Demasiada Suerte (Final)
- Te conozco demasiado bien, Vicente – dijo Fer, empuñando un arma y una risa sádica igual de peligrosa. Su pistola tenía un barniz mate que evitaba los molestos y delatadores brillos de un instrumento cromado -. A pesar de habernos vendido a ese cabrón de Dólar, el chino nos dijo que te mandarían a ti. “Pol las molestias, y pala lecoldal a quién debéis la vida si salís de esta” – se burló. – En base a eso, sólo era cuestión de esperarte y prepararnos, cuello cortado.
- Venga, tío, no me rayes y dispara, ¿quieres? – la cicatriz de mi cuello, recuerdo del error que recondujo mi vida al hampa, comenzó a escocerme con el viento y los nervios de mi previsible deceso.
- ¿Por qué no nos mataste antes?
Eso mismo me pregunté en aquel momento. Una semana de observación había desgastado mis reflejos, y en alguno de mis probables descuidos acabé estrellándome contra su radar. Ya daba igual, así que saqué el lado canalla del que no tiene nada que perder:
- No echaban nada bueno por la tele, pardillos. Hay que reconocer que sois un show.
Fer sonrió un poco más, a punto de devorar sus orejas en un movimiento de felicidad. Julián, invisible, se permitió el lujo de reírse porque no tenía una pistola con la que apuntarme.
Cerré los ojos e hice las paces conmigo mismo. O algo parecido: más o menos, las paces que puede hacer un ex policía reconvertido en asesino con esa vocecita que le recrimina “¿Por qué tuviste que esperar a un imbécil para que te volaran la cabeza?”.
No hubo disparo, y supe de la crueldad que tanto les gustaba. Fer estaba esperando que abriera los ojos para matarme.
Bueno, los abrí, y todo sucedió demasiado rápido. El mendigo, situado a medio metro de Fer, se levantó y se interpuso en la trayectoria de la bala que tenía mi nombre. Milagrosamente, el proyectil rebotó hacia el suelo a mi derecha, y decidí aprovechar la ventaja de una situación tan absurda sacando mi pistola, disparando a Fer y, con un rápido giro, a Julián.
Cuando el segundero retomó su ritmo habitual, había tres cadáveres en el suelo y ninguno era yo. Suspiré y me acerqué al mendigo, hervido como estaba yo por los nervios y la adrenalina, que no se disiparía hasta que llegara a mi cama y me atiborrara de valiums.
- Puto corazón – me dije.
Días más tarde, con la paz violenta en marcha entre Dólar y Soo, me dediqué a buscar más cosas sobre el hombre que me había salvado la vida. ¿Cómo ocurrió? Resulta que la bala atravesó su corazón y se desvió gracias al choque con una de sus costillas.
Nada más saber eso, pensé en la suerte que había tenido. Dejé de apostar a la Primitiva y dediqué ese dinero en comprar periódicos, para preocuparme un poco del mundo mientras estoy en el váter y olvidarme de todo nada más tirar de la cadena.
Sin embargo, sentía que el fantasma de aquel pobre diablo me perseguiría si no indagaba sobre él, y moví un par de fichas para hacerme a la idea de quién era mi salvador.
Se llamaba Ramiro, padecía esquizofrenia y nadie quiso tenderle una mano hasta que ya era tarde y se cayó por las ranuras de la alcantarilla. Durante veinte años, lo único que cultivó fue un cáncer terminal de hígado y una enfermedad en la piel por falta de higiene. Consultando el informe forense, el doctor subrayó que, de no ser por el disparo, Ramiro apenas habría durado unos días más antes de sucumbir a la fiebre reproductora de sus células.
Primero, pensé que su muerte había sido casi instantánea e indolora (el shock por disparo de arma de fuego impide sentir nada al principio), y que eso era suerte, comparado con el cruel destino que tenía reservado. Luego, pensé que era todavía más suerte que la bala rebotara y salvara mi vida. Pero que Ramiro simplemente estuviera ahí, en ese mismo instante… que me jodan si eso no fue un milagro.
- Venga, tío, no me rayes y dispara, ¿quieres? – la cicatriz de mi cuello, recuerdo del error que recondujo mi vida al hampa, comenzó a escocerme con el viento y los nervios de mi previsible deceso.
- ¿Por qué no nos mataste antes?
Eso mismo me pregunté en aquel momento. Una semana de observación había desgastado mis reflejos, y en alguno de mis probables descuidos acabé estrellándome contra su radar. Ya daba igual, así que saqué el lado canalla del que no tiene nada que perder:
- No echaban nada bueno por la tele, pardillos. Hay que reconocer que sois un show.
Fer sonrió un poco más, a punto de devorar sus orejas en un movimiento de felicidad. Julián, invisible, se permitió el lujo de reírse porque no tenía una pistola con la que apuntarme.
Cerré los ojos e hice las paces conmigo mismo. O algo parecido: más o menos, las paces que puede hacer un ex policía reconvertido en asesino con esa vocecita que le recrimina “¿Por qué tuviste que esperar a un imbécil para que te volaran la cabeza?”.
No hubo disparo, y supe de la crueldad que tanto les gustaba. Fer estaba esperando que abriera los ojos para matarme.
Bueno, los abrí, y todo sucedió demasiado rápido. El mendigo, situado a medio metro de Fer, se levantó y se interpuso en la trayectoria de la bala que tenía mi nombre. Milagrosamente, el proyectil rebotó hacia el suelo a mi derecha, y decidí aprovechar la ventaja de una situación tan absurda sacando mi pistola, disparando a Fer y, con un rápido giro, a Julián.
Cuando el segundero retomó su ritmo habitual, había tres cadáveres en el suelo y ninguno era yo. Suspiré y me acerqué al mendigo, hervido como estaba yo por los nervios y la adrenalina, que no se disiparía hasta que llegara a mi cama y me atiborrara de valiums.
- Puto corazón – me dije.
Días más tarde, con la paz violenta en marcha entre Dólar y Soo, me dediqué a buscar más cosas sobre el hombre que me había salvado la vida. ¿Cómo ocurrió? Resulta que la bala atravesó su corazón y se desvió gracias al choque con una de sus costillas.
Nada más saber eso, pensé en la suerte que había tenido. Dejé de apostar a la Primitiva y dediqué ese dinero en comprar periódicos, para preocuparme un poco del mundo mientras estoy en el váter y olvidarme de todo nada más tirar de la cadena.
Sin embargo, sentía que el fantasma de aquel pobre diablo me perseguiría si no indagaba sobre él, y moví un par de fichas para hacerme a la idea de quién era mi salvador.
Se llamaba Ramiro, padecía esquizofrenia y nadie quiso tenderle una mano hasta que ya era tarde y se cayó por las ranuras de la alcantarilla. Durante veinte años, lo único que cultivó fue un cáncer terminal de hígado y una enfermedad en la piel por falta de higiene. Consultando el informe forense, el doctor subrayó que, de no ser por el disparo, Ramiro apenas habría durado unos días más antes de sucumbir a la fiebre reproductora de sus células.
Primero, pensé que su muerte había sido casi instantánea e indolora (el shock por disparo de arma de fuego impide sentir nada al principio), y que eso era suerte, comparado con el cruel destino que tenía reservado. Luego, pensé que era todavía más suerte que la bala rebotara y salvara mi vida. Pero que Ramiro simplemente estuviera ahí, en ese mismo instante… que me jodan si eso no fue un milagro.
Comentario:
Ironias de la vida... pero cuando las contamos de forma ficticia es que al igual sentimos también que puedan pasar de verdad....
Muy bueno felicitaciones.
Mundoyas.
P.d. me mata esto de poner el codiguito...jajajaja
Muy bueno felicitaciones.
Mundoyas.
P.d. me mata esto de poner el codiguito...jajajaja
Comentario:
Un buen final para una buena historia. Me encantan tus descripciones y tus comparaciones, las divagaciones en las que caes como aquella de la primitiva en la primera parte y su enlace con la referencia que haces de la misma en ésta. Nada más. Dejemos que corra el aire fresco.
Comentario:
Tienes un estilo cojonudo, no se me ocurre otra palabra mejor para definirlo. Me encanta como describes a los personajes y a la historia en general.
Le das tanta vida a todo que es imposible no imaginarlo.
Aparte de todo esto. le has dado un gran giro a la historia con ese final. Buenísimo, un gran trabajo y muy bien escrito.
Pd. Gracias por tu comentario y por pasarte, realmente no era necesario decir nada más. Entiendo perfectamente lo que tuvo que ser para ti, lo estoy viviendo ahora mismo. Supongo que necesitaba soltarlo. Un beso
Le das tanta vida a todo que es imposible no imaginarlo.
Aparte de todo esto. le has dado un gran giro a la historia con ese final. Buenísimo, un gran trabajo y muy bien escrito.
Pd. Gracias por tu comentario y por pasarte, realmente no era necesario decir nada más. Entiendo perfectamente lo que tuvo que ser para ti, lo estoy viviendo ahora mismo. Supongo que necesitaba soltarlo. Un beso
Comentario:
Pues sí, hay que tener suerte para que eso suceda. Pero mucha más suerte hay que tener para que el que muera sea un enfermo terminal y no un simple mendigo que pasaba por allí.
Como decía aquel la vida a veces da otra oportunidad. Buen relato.
Un abrazo
Como decía aquel la vida a veces da otra oportunidad. Buen relato.
Un abrazo
Comentario:
Estoy de acuerdo con la mayorÃa como no podrÃa ser de otra manera, ya que el relato es estupendo y el final mejor.
Escribes estupendamente.
Saludos
Escribes estupendamente.
Saludos
Comentario:
Te debo unas cuantas leídas. Te dejo mis disculpas, entre mañana ye lmiércoles me pondré al día.
Un abrazo por ahora, desde el sur.
Un abrazo por ahora, desde el sur.
Comentario:
Me he leído ambas partes, y la verdad es que has sabido retratar muy bien a los personajes, así como dar un buen giro a la historia ;) Good job
Comentario:
Ironía en estado puro. Muy buen trabajo te felicito.
Comentario:
coincido con lo que te he dicho antes, pero me ha gustado mucho el giro final del mendigo, redondea la historia a la perfección.
mis felicitaciones, es un relato muy bueno.
un beso
mis felicitaciones, es un relato muy bueno.
un beso
Comentario:
¿De veras no te ha recordado a un cuento tradicional?
Jejejeje
Salu2
Jejejeje
Salu2
Comentario:
Tío, buenísimo, me acabo de leer las dos partes, y tienes detalles muy buenos, como esa frase de "se cayó por las ranuras de la alcantarilla" o lo del periódico en el váter...
Me ha encantado.
Me ha encantado.





