QUÉ ES LA BIBLIOTECONOMÍA
Bueno, como dijo el misionero delante de todos esos indígenas, dispuestos a ser instruidos en la fe de Dios y jodidos cuando se terciara: Pues ya estamos aquí.
Es como llegar a casa después de un gran viaje. Miras las paredes, el techo, la puta lámpara que prometiste arreglar algún día y un sándwich que te dejaste fuera y está tan mohoso que se ha autoproclamado territorio independiente, anexionándose la nevera y la coca cola que tanto quieres. No, no bebo cerveza, gracias.
- Pues vaya escritor de mierda, si no bebes cerveza.
- Que te jodan de lado amigo.
El caso es que llego a mi blog con un texto propio que para nada es un cuento, cuando hacía tiempo que no lo hacía. No lo recordaba, ¿para qué volver? Es divertido, crearte tus propios mundos, para qué negarlo.
Hoy, niños, hablaremos de la biblioteconomía. Hablaremos bien, hablaremos mal, y esos sarnosos pecadores saldrán de Tijuana con el culo en llamas.
La biblioteconomía, que es lo que estudio, es mi pértiga para llegar a una carrera interesante (porque no nos engañemos: ni ser bibliotecario es el mejor oficio del mundo ni el más emocionante). ¿Pero qué es exactamente?
Supongo que podría daros la brasa teórica sobre qué es la biblioteconomía, o como les gusta llamarlo a ellos, siempre a ellos, “ciencia de la documentación”. Entérate hijo: si hoy una disciplina no tiene la palabra ciencia por delante, es una mierda. Claro que añadir “ciencia” a algunas disciplinas es como anteponer Doña a la palabra mierda. ¿Demasiado escatológico? Antes de abandonar este desviado tren de pensamiento, piensa un hipotético futuro en que Filosofía pasara a llamarse Ciencias del Pensamiento; ¿te matricularías en la carrera? ¿Siendo un tipo de recursos humanos, contrarías a alguien con semejante término en su currículum? Sí. Pero pones Filosofía y ya puedes pedir empleo como cajero.
La biblioteconomía es como llegar al médico para vacunarte de tétanos, y encontrarte al buen galeno con una sonrisa amplia, una erección y unos guantes de látex. Es prepararte para el pinchazo y sentir martillazos en las rodillas para medir tus reflejos; un palo de madera a punto de provocarte el vómito para comprobar tu garganta; un estetoscopio frío y duro en la barriga y en la espalda; una voz desagradable y derretida por el éxtasis pidiéndote que repitas, una y otra vez, 33; un examen proctológico del tipo hard style (esto es, meter el puño y abrir la mano dentro) y, por fin, el pinchacito de marras.
Eso es la biblioteconomía.
Extrapolemos su caso a una palabra: maniobrar.
Sabes lo que es, aunque no como viene en el diccionario (hacer maniobras; y una maniobra puede ser:
• f. Cualquier operación material que se ejecuta con las manos.
• Manejo, intriga: fue víctima de una maniobra de su competidor.
• Conjunto de operaciones para dirigir un vehículo: maniobra de adelantamiento.
• pl. Simulacro de operaciones militares: el escuadrón salió de maniobras
, tal cual aparece en el diccionario). Y entonces llega un listillo y te dice: Maniobrar no es tan fácil. Además, hay muchos tipos, está la maniobra evasiva, la maniobra preventiva…
Cuando te quieres dar cuenta, tienes a un tío escribiendo un tratado con más de cuarenta formas de maniobrar, los precedentes, las consecuencias y los implicados. Y cuando crees que no puede ir a peor, te meten la Mimología, la Payasística, las Técnicas Psicológicas de Impermeabilidad Empática, asignaturas de Filología (o Ciencia del Lenguaje Español), Historia…, y todo envuelto en un precioso paquete para que te matricules, apruebes y consigas el título.
¿Cómo se llamaría la carrera? Maniobrabilística y Movilidad, o Ciencias del Movimiento Humano. Antes siquiera de poder quejarte, la facultad estará abierta y habrá catedráticos dispuestos a pelarse los nudillos por una oportunidad de hacer el vago, o hacerse el cabrón, todos ellos jodiéndose a machetazos en el patio dentro de un aro de fuego.
De nada.
Es como llegar a casa después de un gran viaje. Miras las paredes, el techo, la puta lámpara que prometiste arreglar algún día y un sándwich que te dejaste fuera y está tan mohoso que se ha autoproclamado territorio independiente, anexionándose la nevera y la coca cola que tanto quieres. No, no bebo cerveza, gracias.
- Pues vaya escritor de mierda, si no bebes cerveza.
- Que te jodan de lado amigo.
El caso es que llego a mi blog con un texto propio que para nada es un cuento, cuando hacía tiempo que no lo hacía. No lo recordaba, ¿para qué volver? Es divertido, crearte tus propios mundos, para qué negarlo.
Hoy, niños, hablaremos de la biblioteconomía. Hablaremos bien, hablaremos mal, y esos sarnosos pecadores saldrán de Tijuana con el culo en llamas.
La biblioteconomía, que es lo que estudio, es mi pértiga para llegar a una carrera interesante (porque no nos engañemos: ni ser bibliotecario es el mejor oficio del mundo ni el más emocionante). ¿Pero qué es exactamente?
Supongo que podría daros la brasa teórica sobre qué es la biblioteconomía, o como les gusta llamarlo a ellos, siempre a ellos, “ciencia de la documentación”. Entérate hijo: si hoy una disciplina no tiene la palabra ciencia por delante, es una mierda. Claro que añadir “ciencia” a algunas disciplinas es como anteponer Doña a la palabra mierda. ¿Demasiado escatológico? Antes de abandonar este desviado tren de pensamiento, piensa un hipotético futuro en que Filosofía pasara a llamarse Ciencias del Pensamiento; ¿te matricularías en la carrera? ¿Siendo un tipo de recursos humanos, contrarías a alguien con semejante término en su currículum? Sí. Pero pones Filosofía y ya puedes pedir empleo como cajero.
La biblioteconomía es como llegar al médico para vacunarte de tétanos, y encontrarte al buen galeno con una sonrisa amplia, una erección y unos guantes de látex. Es prepararte para el pinchazo y sentir martillazos en las rodillas para medir tus reflejos; un palo de madera a punto de provocarte el vómito para comprobar tu garganta; un estetoscopio frío y duro en la barriga y en la espalda; una voz desagradable y derretida por el éxtasis pidiéndote que repitas, una y otra vez, 33; un examen proctológico del tipo hard style (esto es, meter el puño y abrir la mano dentro) y, por fin, el pinchacito de marras.
Eso es la biblioteconomía.
Extrapolemos su caso a una palabra: maniobrar.
Sabes lo que es, aunque no como viene en el diccionario (hacer maniobras; y una maniobra puede ser:
• f. Cualquier operación material que se ejecuta con las manos.
• Manejo, intriga: fue víctima de una maniobra de su competidor.
• Conjunto de operaciones para dirigir un vehículo: maniobra de adelantamiento.
• pl. Simulacro de operaciones militares: el escuadrón salió de maniobras
, tal cual aparece en el diccionario). Y entonces llega un listillo y te dice: Maniobrar no es tan fácil. Además, hay muchos tipos, está la maniobra evasiva, la maniobra preventiva…
Cuando te quieres dar cuenta, tienes a un tío escribiendo un tratado con más de cuarenta formas de maniobrar, los precedentes, las consecuencias y los implicados. Y cuando crees que no puede ir a peor, te meten la Mimología, la Payasística, las Técnicas Psicológicas de Impermeabilidad Empática, asignaturas de Filología (o Ciencia del Lenguaje Español), Historia…, y todo envuelto en un precioso paquete para que te matricules, apruebes y consigas el título.
¿Cómo se llamaría la carrera? Maniobrabilística y Movilidad, o Ciencias del Movimiento Humano. Antes siquiera de poder quejarte, la facultad estará abierta y habrá catedráticos dispuestos a pelarse los nudillos por una oportunidad de hacer el vago, o hacerse el cabrón, todos ellos jodiéndose a machetazos en el patio dentro de un aro de fuego.
De nada.





