¿Seguirás recordándome?
Es una de esas tiendas, esta en concreto de bromas, disfraces y lencería, que llevan abierta toda tu vida. Empezó a existir en el momento en que te fijaste en ella por primera vez, y desaparecerá en cuanto te vayas de casa de tus padres, y vuelvas, y pongas los brazos en jarra justo en la esquina donde se encontraba mientras exclamas: “¡Vaya! ¿No había aquí una tienda de curiosidades?”.
Particularmente, tanto mi hermano como yo nunca nos fijamos demasiado en ella cuando éramos pequeños, ni siquiera por las máscaras de goma de monstruos sin nombre y de otros más famosos, que a esa edad parecen tan auténticas como la ajada y caída piel de la cara de tus abuelos. Formaba parte del decorado, y pasábamos una y otra vez por delante sin prestarle atención, como si el fondo de una serie de dibujos de Hanna Barbera se tratara. Y aunque no conociera el interior de la tienda, sí conocía a sus dueños, una pareja de mediana edad, altos y delgados como si se les hubieran agarrado de cabeza y tobillos y hubieran estirado, hasta dejarlos a ambos en una altura parecida. Tenían una pinta pelín enfermiza: él con su cabeza cuadrada y sus grandes gafas de pasta; ella con su pinta de medio bruja, el pelo parecido al de una peluca.
Por casualidad, fue de adulto cuando entré en la tienda. Tenía dieciséis años, iba (supuestamente, porque luego resultó no serlo) a una fiesta de disfraces y quería disfrazarme de Kurt Russell en Rescate en Nueva York. Tenía todo, salvo el parche, ¿y qué mejor lugar para comprar un parche que en aquella tienda de disfraces?
Me adentré en el establecimiento, y me dirigí al dueño, que con su gran nariz tenía todas las papeletas para poseer una voz nasal. Así fue cuando me contestó:
- Me temo que no tengo parches de tela, sólo estos de plástico – y su voz recordaba a un resfriado, a noches de congestión nasal y tres grados en la calle.
- Vaya, muchas gracias de todas formas – contesté con educación.
Salí de allí sin el parche, pues quería un parche decente y no asemejarme a un puto crío de fiesta de disfraces en el colegio. De nuevo, aquella mercería y tienda de disfraces, todo en uno, pasó a formar parte del escenario de mi vida.
Sin embargo, unos meses más tarde, me enteré de que el hombre que me atendió había muerto. Una enfermedad, se decía en el barrio, aunque yo no había visto síntoma alguno cuando tuve contacto con él, sin contar, claro, su extrema delgadez. Cosas que pasan, me dije.
Pero ahí no acabó la cosa. Lo que ocurrió tras su muerte es una de esas cosas que, o te hacen pensar o simplemente exclamar lo puta que es la vida. Las formas que el destino, o la ciudad, o el tiempo o todo lo anterior junto, tiene de burlarse de ti. Porque el hombre, que en vida había estado muy orgulloso de la tienda que había levantado, incólume al paso de los años y las modas, pidió ser incinerado… y que sus cenizas se esparcieran en la fachada de su motivo de orgullo.
Oh, claro, puede parecer algo bonito. Pero no lo era, en absoluto. Porque al poco de echar las cenizas, se mezclaron con el azufre. Poco a poco parece haberse quitado esta tendencia de echarlo en la juntura de suelo y fachada, pero casi era una moda hace unos años, para evitar que los perros meen en ese punto. Digo que se mezclo con azufre, pero también con el orín de algún perro sin olfato o acostumbrado a la sustancia, y con el meado del borracho del barrio y algún joven que volvía de borrachera. Hasta que un día de lluvia todo quedó arrastrado por el agua, en dirección a las alcantarillas, junto a las aguas fecales.
Y de alguna forma me entristece pensar en las cenizas del pobre hombre, que ni siquiera en la muerte se libra de ser constantemente meado encima, pisoteado, envenenado… Y pienso en la mujer, que lógicamente le echará de menos, y si ella, al igual que yo, pensará en el perro destino de su marido.
Porque este tipo de cosas no se olvidan.
Seth Fortuyn - El abuelo cebolleta ataca de nuevo.
Particularmente, tanto mi hermano como yo nunca nos fijamos demasiado en ella cuando éramos pequeños, ni siquiera por las máscaras de goma de monstruos sin nombre y de otros más famosos, que a esa edad parecen tan auténticas como la ajada y caída piel de la cara de tus abuelos. Formaba parte del decorado, y pasábamos una y otra vez por delante sin prestarle atención, como si el fondo de una serie de dibujos de Hanna Barbera se tratara. Y aunque no conociera el interior de la tienda, sí conocía a sus dueños, una pareja de mediana edad, altos y delgados como si se les hubieran agarrado de cabeza y tobillos y hubieran estirado, hasta dejarlos a ambos en una altura parecida. Tenían una pinta pelín enfermiza: él con su cabeza cuadrada y sus grandes gafas de pasta; ella con su pinta de medio bruja, el pelo parecido al de una peluca.
Por casualidad, fue de adulto cuando entré en la tienda. Tenía dieciséis años, iba (supuestamente, porque luego resultó no serlo) a una fiesta de disfraces y quería disfrazarme de Kurt Russell en Rescate en Nueva York. Tenía todo, salvo el parche, ¿y qué mejor lugar para comprar un parche que en aquella tienda de disfraces?
Me adentré en el establecimiento, y me dirigí al dueño, que con su gran nariz tenía todas las papeletas para poseer una voz nasal. Así fue cuando me contestó:
- Me temo que no tengo parches de tela, sólo estos de plástico – y su voz recordaba a un resfriado, a noches de congestión nasal y tres grados en la calle.
- Vaya, muchas gracias de todas formas – contesté con educación.
Salí de allí sin el parche, pues quería un parche decente y no asemejarme a un puto crío de fiesta de disfraces en el colegio. De nuevo, aquella mercería y tienda de disfraces, todo en uno, pasó a formar parte del escenario de mi vida.
Sin embargo, unos meses más tarde, me enteré de que el hombre que me atendió había muerto. Una enfermedad, se decía en el barrio, aunque yo no había visto síntoma alguno cuando tuve contacto con él, sin contar, claro, su extrema delgadez. Cosas que pasan, me dije.
Pero ahí no acabó la cosa. Lo que ocurrió tras su muerte es una de esas cosas que, o te hacen pensar o simplemente exclamar lo puta que es la vida. Las formas que el destino, o la ciudad, o el tiempo o todo lo anterior junto, tiene de burlarse de ti. Porque el hombre, que en vida había estado muy orgulloso de la tienda que había levantado, incólume al paso de los años y las modas, pidió ser incinerado… y que sus cenizas se esparcieran en la fachada de su motivo de orgullo.
Oh, claro, puede parecer algo bonito. Pero no lo era, en absoluto. Porque al poco de echar las cenizas, se mezclaron con el azufre. Poco a poco parece haberse quitado esta tendencia de echarlo en la juntura de suelo y fachada, pero casi era una moda hace unos años, para evitar que los perros meen en ese punto. Digo que se mezclo con azufre, pero también con el orín de algún perro sin olfato o acostumbrado a la sustancia, y con el meado del borracho del barrio y algún joven que volvía de borrachera. Hasta que un día de lluvia todo quedó arrastrado por el agua, en dirección a las alcantarillas, junto a las aguas fecales.
Y de alguna forma me entristece pensar en las cenizas del pobre hombre, que ni siquiera en la muerte se libra de ser constantemente meado encima, pisoteado, envenenado… Y pienso en la mujer, que lógicamente le echará de menos, y si ella, al igual que yo, pensará en el perro destino de su marido.
Porque este tipo de cosas no se olvidan.
Seth Fortuyn - El abuelo cebolleta ataca de nuevo.





