¿ÚNICO SUPERVIVIENTE? (y II)
La calle estaba concurrida, como era habitual, a las siete de la mañana. Mareas de gente deambulaban por los meandros de la ciudad, dispuestos a ocupar sus puestos en el trabajo. Sergio transitaba junto al resto, aunque no prestaba gran atención a lo que le rodeaba: ni a los coches que formaban largas y ruidosas hileras frente a semáforos puteros, ni a la gente de su alrededor, y apenas al mobiliario urbano.
Prefería no pensar en ellos. Eran como buzones, pero con patas. Farolas que hablan. Bancos que estornudan justo al lado de tu hombro.
La acera presentaba un aspecto congestionado, aunque poco a poco la densidad de gente comenzó a descender. Qué raro, pensó Sergio, a estas horas la calle debería seguir abarrotada de gente. No he abandonado la zona de negocios; esto debería seguir lleno de oficinistas. Efectivamente, en aquel momento de extrañeza, podía ir haciendo eses sin chocarse con nadie.
Pero no le dio mucha importancia. Alguna empresa habrá dado vacaciones o estarán con un cursillo, se dijo a sí mismo. Sin embargo, se encontraba inquieto. La situación no era normal, y temía que, de algún modo, fuera un problema de su percepción, y no de la gente que debía estar caminando a su lado.
Sus sospechas cobraron forma cuando fijó su vista en los pechos de una guapa ejecutiva, pelirroja y con el traje a medida; poco a poco, la mujer desapareció de su vista, como si nunca hubiera existido.
- ¿Qué está pasando? – dijo en voz alta.
- ¿Pasa algo am – inquirió un joven a su lado, mientras se disolvía en el aire como una columna de humo bajo una ráfaga de viento.
Y cuanto más interactuaba con las personas que todavía existían, antes desaparecían.
Se detuvo, cerró los ojos y esperó el momento en que él también se desvaneciera, por cualquiera que fuese el motivo que provocara la extinción de la humanidad. No pensó en su mujer, Clara, ni en sus amigos. Tan sólo esperaba su desaparición. Pensó rápido en la ciencia, que probablemente hubiera desatado el aniquilamiento de su raza por tratar de llegar demasiado lejos, demasiado aprisa.
- Estos científicos – masculló con los ojos tapados por sus manos y el miedo que atenazaba su cuerpo -. Me cago en ellos, ¡joder!
Estuvo media hora de pie, preguntándose qué se sentiría al morir y blasfemando contra el progreso. Pero cuando abrió los ojos pudo darse cuenta de que él no iba a esfumarse.
Que él sería, con toda probabilidad, el único superviviente.
Durante el resto del día se dedicó a seguir la rutina habitual. Aunque ya no había jefe ante el que responder, hizo el papeleo que se debía esperar de él. Cogió el coche y comprobó, atónito, que el tráfico, lejos de reducirse a cero, seguía del mismo modo que siempre, solo que con vehículos sin conductor.
Al llegar a casa, saludó a la nada y se sentó en el sillón a ver la televisión. Las personas también habían desaparecido de allí, incluso de las películas que tenía grabadas, por lo que no tardó en aburrirse. Un poco más tarde volvió a intentarlo, pero el asunto seguía igual.
Fue a la cocina y sacó una cerveza. La lata chisporroteó en sus manos mientras clavaba la mirada en la pizarra donde se apuntaba la compra que había que hacer. Acarició la idea de dejar algún mensaje a su mujer, pero una rápida comprobación de la casa le quitó la iniciativa.
- ¿De qué serviría? – se dijo a sí mismo – Si no la veo, no estará por aquí.
Volvió al sofá, nervioso por la posibilidad, siempre presente, de que todo fuera cosa de su vista. Escrutó la ventana, y su vista seguía igual de bien que siempre: podía contar los ladrillos de la fachada de enfrente, y distinguir cada una de las hojas que enarbolaban los árboles plantados a lo largo de la calle.
- No es mi vista. Eso seguro. Veo bien.
Reflexionó sobre la situación que le había llevado hasta ese punto. Sería el protagonista de su propia vida, pero Sergio Moreno no tenía nada especial, y lo sabía. Fue un estudiante mediocre, y era un trabajador decente y un marido. Los fines de semana veía el fútbol, y sólo compraba el periódico los domingos, por el suplemento, y el lunes por los resultados deportivos. Como muchos millones de personas.
- A lo mejor quieren volverme loco – dijo.
¿Pero quién? ¿Los izquierdosos? ¿Las multinacionales?
Se levantó otra vez y fue a la cocina. La cerveza, en su estado de nervios, le había durado poco, y la ansiedad le hacía creer que tenía la garganta llena de tierra. Abrió el frigorífico, sacó otra lata y volvió a mirar la pizarra de los recados.
Alguien había escrito “Te quiero”. Y debajo, con una letra considerablemente más emocionada, apuntillaba “Deberías hacer algo con esto”.
En el momento de leerlo, Sergio soltó la lata en la pila y corrió por cada una de las habitaciones de la casa en busca de Clara, sin éxito. Por si acaso, comprobó el tendedero, a pesar de encontrarse en un séptimo piso. Nada.
Mejor dicho, nadie. Seguía sin haber nadie.
Prefería no pensar en ellos. Eran como buzones, pero con patas. Farolas que hablan. Bancos que estornudan justo al lado de tu hombro.
La acera presentaba un aspecto congestionado, aunque poco a poco la densidad de gente comenzó a descender. Qué raro, pensó Sergio, a estas horas la calle debería seguir abarrotada de gente. No he abandonado la zona de negocios; esto debería seguir lleno de oficinistas. Efectivamente, en aquel momento de extrañeza, podía ir haciendo eses sin chocarse con nadie.
Pero no le dio mucha importancia. Alguna empresa habrá dado vacaciones o estarán con un cursillo, se dijo a sí mismo. Sin embargo, se encontraba inquieto. La situación no era normal, y temía que, de algún modo, fuera un problema de su percepción, y no de la gente que debía estar caminando a su lado.
Sus sospechas cobraron forma cuando fijó su vista en los pechos de una guapa ejecutiva, pelirroja y con el traje a medida; poco a poco, la mujer desapareció de su vista, como si nunca hubiera existido.
- ¿Qué está pasando? – dijo en voz alta.
- ¿Pasa algo am – inquirió un joven a su lado, mientras se disolvía en el aire como una columna de humo bajo una ráfaga de viento.
Y cuanto más interactuaba con las personas que todavía existían, antes desaparecían.
Se detuvo, cerró los ojos y esperó el momento en que él también se desvaneciera, por cualquiera que fuese el motivo que provocara la extinción de la humanidad. No pensó en su mujer, Clara, ni en sus amigos. Tan sólo esperaba su desaparición. Pensó rápido en la ciencia, que probablemente hubiera desatado el aniquilamiento de su raza por tratar de llegar demasiado lejos, demasiado aprisa.
- Estos científicos – masculló con los ojos tapados por sus manos y el miedo que atenazaba su cuerpo -. Me cago en ellos, ¡joder!
Estuvo media hora de pie, preguntándose qué se sentiría al morir y blasfemando contra el progreso. Pero cuando abrió los ojos pudo darse cuenta de que él no iba a esfumarse.
Que él sería, con toda probabilidad, el único superviviente.
Durante el resto del día se dedicó a seguir la rutina habitual. Aunque ya no había jefe ante el que responder, hizo el papeleo que se debía esperar de él. Cogió el coche y comprobó, atónito, que el tráfico, lejos de reducirse a cero, seguía del mismo modo que siempre, solo que con vehículos sin conductor.
Al llegar a casa, saludó a la nada y se sentó en el sillón a ver la televisión. Las personas también habían desaparecido de allí, incluso de las películas que tenía grabadas, por lo que no tardó en aburrirse. Un poco más tarde volvió a intentarlo, pero el asunto seguía igual.
Fue a la cocina y sacó una cerveza. La lata chisporroteó en sus manos mientras clavaba la mirada en la pizarra donde se apuntaba la compra que había que hacer. Acarició la idea de dejar algún mensaje a su mujer, pero una rápida comprobación de la casa le quitó la iniciativa.
- ¿De qué serviría? – se dijo a sí mismo – Si no la veo, no estará por aquí.
Volvió al sofá, nervioso por la posibilidad, siempre presente, de que todo fuera cosa de su vista. Escrutó la ventana, y su vista seguía igual de bien que siempre: podía contar los ladrillos de la fachada de enfrente, y distinguir cada una de las hojas que enarbolaban los árboles plantados a lo largo de la calle.
- No es mi vista. Eso seguro. Veo bien.
Reflexionó sobre la situación que le había llevado hasta ese punto. Sería el protagonista de su propia vida, pero Sergio Moreno no tenía nada especial, y lo sabía. Fue un estudiante mediocre, y era un trabajador decente y un marido. Los fines de semana veía el fútbol, y sólo compraba el periódico los domingos, por el suplemento, y el lunes por los resultados deportivos. Como muchos millones de personas.
- A lo mejor quieren volverme loco – dijo.
¿Pero quién? ¿Los izquierdosos? ¿Las multinacionales?
Se levantó otra vez y fue a la cocina. La cerveza, en su estado de nervios, le había durado poco, y la ansiedad le hacía creer que tenía la garganta llena de tierra. Abrió el frigorífico, sacó otra lata y volvió a mirar la pizarra de los recados.
Alguien había escrito “Te quiero”. Y debajo, con una letra considerablemente más emocionada, apuntillaba “Deberías hacer algo con esto”.
En el momento de leerlo, Sergio soltó la lata en la pila y corrió por cada una de las habitaciones de la casa en busca de Clara, sin éxito. Por si acaso, comprobó el tendedero, a pesar de encontrarse en un séptimo piso. Nada.
Mejor dicho, nadie. Seguía sin haber nadie.
Comentario:
¿Asi que y II? Pues la verdad aunque dejas ahí un misterio muy tenue creo que da para un Y III
Comentario:
Por fin he recuperado internet y aquí me tienes de vuelta ;)
Mejor que el anterior. Me ha gustado especialmente el fragmento de los "buzones con patas", transmite más desprecio que mil fliridas descripciones. Aunque no lo digas supongo que es por eso por lo que deja de ver. De todas me gustaría que continuaras, creo que todavía le quedan unas vueltas de tuerca al asunto ¿Me equivoco?
Un saludo,
Pedro.
Mejor que el anterior. Me ha gustado especialmente el fragmento de los "buzones con patas", transmite más desprecio que mil fliridas descripciones. Aunque no lo digas supongo que es por eso por lo que deja de ver. De todas me gustaría que continuaras, creo que todavía le quedan unas vueltas de tuerca al asunto ¿Me equivoco?
Un saludo,
Pedro.





