¿ÚNICO SUPERVIVIENTE? (Final)
Cuando terminó la historia, sólo el silencio le contestó. Sergio no esperaba otra cosa, si bien se sintió decepcionado al no observar ninguna anotación en la libreta con la que esperaba comunicarse a un mundo que le era constantemente negado por sus sentidos.
Dejó la libreta más cerca del lugar donde esperaba que se encontrara el psiquiatra, la señaló un par de veces y se dio la vuelta, para asegurarse a sí mismo que no era él quien contestaba, representando una obra de teatro paranoica y desquiciada, sino una persona de verdad.
- Nunca hay pistas suficientes – dijo en voz alta -. Con tanta soledad, ya no puedo fiarme de mí mismo. Al fin y al cabo, si mi mente me engaña para hacer desaparecer a las personas, ¿qué me garantiza que en realidad me ha estado engañando para hacerme creer que vivo rodeado de ellas?
Cerró los ojos y concentró todo su ser en las sensaciones que recibía a través de los pies, focalizando su inmovilidad con el fin de no despertar su locura. Esperó el tiempo que creyó conveniente y se acercó a la silla del especialista.
- ¿Es grave, doctor? – dijo con tono despectivo. Desde que empezó su problema, Sergio no dejaba de hablar solo para no soportar el silencio. Le reconfortaba escuchar el sonido de su voz, del mismo modo que un trago de agua reconforta a un sediento caminante del desierto.
Aunque seguía sin haber rastro alguno de un psiquiatra, y Sergio se aseguró de ello, pues había golpeado levemente todos los asientos de la consulta (aunque no confiaba tampoco en su tacto), la libreta mostraba una nueva hoja plagada de aquella letra picuda que leyó al llegar a la consulta, una letra que convertía una hoja manuscrita en una escarpada cordillera con peligrosos picos en forma de l. A Sergio también se le ocurrió esa misma descripción, y se dijo a sus adentros lo fácil que era delirar siendo la última persona existente. En la hoja se decía:
“Una conducta extremadamente egoísta le ha llevado a una fractura extrema con la realidad, gracias a la cual pasa por una experiencia delirante y disociativa en la que es el único hombre vivo, máximo exponente de la egolatría, pues ya no existe nadie a quien pueda compararse o que pueda superarle. La fantasía llega a tal punto que no sólo su vista, sino al parecer el resto de sus sentidos, niega cualquier contacto humano. Lo único que se me ocurre para poner fin a tan singular trastorno, es crear un conflicto catártico con la gente, obligándola a reintroducirse en su experiencia sensitiva personal”.
Demasiada cháchara, y no muy técnica. Puede que el supuesto doctor no quisiera aburrirle, pero con la nota no consiguió convencer del todo a Sergio de que no era él quien escribía. Sin embargo, la idea estaba bien: tenía que obligar a la gente a interactuar con él. A lo bestia, y a ser posible, cuanta más gente mejor.
- Dada la pasividad de las personas que van por la calle, pedir ayuda a grito pelado no serviría de mucho, ¿eh? – apuntilló.
La solución que más rápido le vino a la mente fue coger un arma y matar gente. O golpearla. Coger uno de los bastones de madera que guardaba en casa de cuando se rompió el pie, y andar por la acera golpeando de un lado a otro, de izquierda a derecha, de arriba abajo. Por fortuna, cualquier remedio violento acabó desechado para evitar ser atrapado por las autoridades (en el caso de que todavía existieran).
Y así, dio con la situación perfecta para reintroducirse en el mundo.
Sergio dio muchas vueltas a lo que estaba a punto de hacer antes de abrir la puerta de su casa con las llaves en una mano y su libreta en la otra. Se encontraba desnudo y tenía intención de corretear por la calle de esa guisa, de modo que la gente que no le estuviera gritando o mirando sorprendida, intentara detenerla o, por lo menos, vestirla. La libreta sólo era una medida de emergencia.
Si había más gente en el mundo, las diversas reacciones ante un tabú tan arraigado como el de la desnudez integral provocarían que su cerebro no tuviera más remedio que recoger las miradas de la gente, escuchar sus voces y risas, sentir sus manos deseando detenerle lo antes posible. Si era el último ejemplar de ser humano, nadie se daría cuenta de la tontería que iba a hacer.
Salió a la calle con una sonrisa de oreja a oreja.
En un principio se dedicó simplemente a pasear, pero pasado un minuto, creyó que sería más divertido ponerse a correr y a saludar con la mano. Lo hizo en todo momento por la acera, pues su estado aparentemente alucinado ya no le permitía ver los coches en movimiento, en un intento de negar con furia a sus semejantes. Y aunque siempre le quedaría la duda de si su cerebro hubiera terminado rehuyendo también aparatos y edificios, no se arrepintió de su osadía.
Del mismo modo que habían desaparecido, las personas de su alrededor volvieron a ser visibles, y sus voces audibles. Y a pesar de ver caras rojas, de risa o de vergüenza ajena, y de escuchar numerosas carcajadas, estaba contento de haber vuelto al mundo.
Cerró los ojos y corrió con los brazos en alto, claro que sí, como si estuviera en la parte final de un musical y faltara el último gran número. Los abrió en cuanto sintió cuatro firmes manos sujetándole ambos brazos. Detrás de los brazos, había dos atónitos agentes de policía que, entre carcajadas, trataban de reducir a Sergio para detenerlo.
- ¡Me alegro de veros, amigos! – dijo Sergio, exultante.
- ¿Qué coño dice este? – dijo un policía.
- ¡Yo que coño sé! ¡Andará drogado, como todos estos flipaillos que se meten un chute y ven no-sé-qué hostias en vinagre! – le contestó su compañero.
- No, verán, es que… - comenzó a decir Sergio. Se interrumpió al constatar lo inverosímil de su historia. Le harían chequeos para comprobar si había drogas o alcohol en su sangre, y al estar limpio como una patena podría achacar todo a una enajenación mental transitoria. En breve, podría continuar su vida en el punto en el que la había dejado.
Y de repente, volvió a ocurrir. Las personas que hacían corrillo alrededor de los policías comenzaron a esfumarse, sus voces disueltas en el ululante viento de verano. Sergio se preguntó qué estaba haciendo mal para volver a pasar por aquello, hasta que uno de los agentes le dijo al otro:
- ¡Mi- mierda! ¡Estoy desapareciendo! ¿¡Ayúdame, me oyes!? ¡¡Ayúdame!!
Sergió cayó al suelo en el momento en que los policías se licuaron en millones de partículas dispersas. La situación, aunque parecida, era totalmente diferente. Su mente no podía haber imaginado diálogos falsos, ni aquellas caras de horror al intuir un destino presumiblemente peor que la muerte. ¿O sí? ¿Hasta ahí podía llegar su capacidad por encerrarse en sí mismo, hasta el punto de inventar una situación crítica como excusa para su alucinación?
Se sentó en el suelo, indeciso ante el rumbo a seguir. Finalmente, cogió su libreta, que gracias a Dios no le dio tiempo a la policía a confiscársela, y escribió, en letras muy grandes:
“¿HAY ALGUIEN AHÍ?”
Apoyó la hoja contra las pantorrillas.
Y esperó.
Dejó la libreta más cerca del lugar donde esperaba que se encontrara el psiquiatra, la señaló un par de veces y se dio la vuelta, para asegurarse a sí mismo que no era él quien contestaba, representando una obra de teatro paranoica y desquiciada, sino una persona de verdad.
- Nunca hay pistas suficientes – dijo en voz alta -. Con tanta soledad, ya no puedo fiarme de mí mismo. Al fin y al cabo, si mi mente me engaña para hacer desaparecer a las personas, ¿qué me garantiza que en realidad me ha estado engañando para hacerme creer que vivo rodeado de ellas?
Cerró los ojos y concentró todo su ser en las sensaciones que recibía a través de los pies, focalizando su inmovilidad con el fin de no despertar su locura. Esperó el tiempo que creyó conveniente y se acercó a la silla del especialista.
- ¿Es grave, doctor? – dijo con tono despectivo. Desde que empezó su problema, Sergio no dejaba de hablar solo para no soportar el silencio. Le reconfortaba escuchar el sonido de su voz, del mismo modo que un trago de agua reconforta a un sediento caminante del desierto.
Aunque seguía sin haber rastro alguno de un psiquiatra, y Sergio se aseguró de ello, pues había golpeado levemente todos los asientos de la consulta (aunque no confiaba tampoco en su tacto), la libreta mostraba una nueva hoja plagada de aquella letra picuda que leyó al llegar a la consulta, una letra que convertía una hoja manuscrita en una escarpada cordillera con peligrosos picos en forma de l. A Sergio también se le ocurrió esa misma descripción, y se dijo a sus adentros lo fácil que era delirar siendo la última persona existente. En la hoja se decía:
“Una conducta extremadamente egoísta le ha llevado a una fractura extrema con la realidad, gracias a la cual pasa por una experiencia delirante y disociativa en la que es el único hombre vivo, máximo exponente de la egolatría, pues ya no existe nadie a quien pueda compararse o que pueda superarle. La fantasía llega a tal punto que no sólo su vista, sino al parecer el resto de sus sentidos, niega cualquier contacto humano. Lo único que se me ocurre para poner fin a tan singular trastorno, es crear un conflicto catártico con la gente, obligándola a reintroducirse en su experiencia sensitiva personal”.
Demasiada cháchara, y no muy técnica. Puede que el supuesto doctor no quisiera aburrirle, pero con la nota no consiguió convencer del todo a Sergio de que no era él quien escribía. Sin embargo, la idea estaba bien: tenía que obligar a la gente a interactuar con él. A lo bestia, y a ser posible, cuanta más gente mejor.
- Dada la pasividad de las personas que van por la calle, pedir ayuda a grito pelado no serviría de mucho, ¿eh? – apuntilló.
La solución que más rápido le vino a la mente fue coger un arma y matar gente. O golpearla. Coger uno de los bastones de madera que guardaba en casa de cuando se rompió el pie, y andar por la acera golpeando de un lado a otro, de izquierda a derecha, de arriba abajo. Por fortuna, cualquier remedio violento acabó desechado para evitar ser atrapado por las autoridades (en el caso de que todavía existieran).
Y así, dio con la situación perfecta para reintroducirse en el mundo.
Sergio dio muchas vueltas a lo que estaba a punto de hacer antes de abrir la puerta de su casa con las llaves en una mano y su libreta en la otra. Se encontraba desnudo y tenía intención de corretear por la calle de esa guisa, de modo que la gente que no le estuviera gritando o mirando sorprendida, intentara detenerla o, por lo menos, vestirla. La libreta sólo era una medida de emergencia.
Si había más gente en el mundo, las diversas reacciones ante un tabú tan arraigado como el de la desnudez integral provocarían que su cerebro no tuviera más remedio que recoger las miradas de la gente, escuchar sus voces y risas, sentir sus manos deseando detenerle lo antes posible. Si era el último ejemplar de ser humano, nadie se daría cuenta de la tontería que iba a hacer.
Salió a la calle con una sonrisa de oreja a oreja.
En un principio se dedicó simplemente a pasear, pero pasado un minuto, creyó que sería más divertido ponerse a correr y a saludar con la mano. Lo hizo en todo momento por la acera, pues su estado aparentemente alucinado ya no le permitía ver los coches en movimiento, en un intento de negar con furia a sus semejantes. Y aunque siempre le quedaría la duda de si su cerebro hubiera terminado rehuyendo también aparatos y edificios, no se arrepintió de su osadía.
Del mismo modo que habían desaparecido, las personas de su alrededor volvieron a ser visibles, y sus voces audibles. Y a pesar de ver caras rojas, de risa o de vergüenza ajena, y de escuchar numerosas carcajadas, estaba contento de haber vuelto al mundo.
Cerró los ojos y corrió con los brazos en alto, claro que sí, como si estuviera en la parte final de un musical y faltara el último gran número. Los abrió en cuanto sintió cuatro firmes manos sujetándole ambos brazos. Detrás de los brazos, había dos atónitos agentes de policía que, entre carcajadas, trataban de reducir a Sergio para detenerlo.
- ¡Me alegro de veros, amigos! – dijo Sergio, exultante.
- ¿Qué coño dice este? – dijo un policía.
- ¡Yo que coño sé! ¡Andará drogado, como todos estos flipaillos que se meten un chute y ven no-sé-qué hostias en vinagre! – le contestó su compañero.
- No, verán, es que… - comenzó a decir Sergio. Se interrumpió al constatar lo inverosímil de su historia. Le harían chequeos para comprobar si había drogas o alcohol en su sangre, y al estar limpio como una patena podría achacar todo a una enajenación mental transitoria. En breve, podría continuar su vida en el punto en el que la había dejado.
Y de repente, volvió a ocurrir. Las personas que hacían corrillo alrededor de los policías comenzaron a esfumarse, sus voces disueltas en el ululante viento de verano. Sergio se preguntó qué estaba haciendo mal para volver a pasar por aquello, hasta que uno de los agentes le dijo al otro:
- ¡Mi- mierda! ¡Estoy desapareciendo! ¿¡Ayúdame, me oyes!? ¡¡Ayúdame!!
Sergió cayó al suelo en el momento en que los policías se licuaron en millones de partículas dispersas. La situación, aunque parecida, era totalmente diferente. Su mente no podía haber imaginado diálogos falsos, ni aquellas caras de horror al intuir un destino presumiblemente peor que la muerte. ¿O sí? ¿Hasta ahí podía llegar su capacidad por encerrarse en sí mismo, hasta el punto de inventar una situación crítica como excusa para su alucinación?
Se sentó en el suelo, indeciso ante el rumbo a seguir. Finalmente, cogió su libreta, que gracias a Dios no le dio tiempo a la policía a confiscársela, y escribió, en letras muy grandes:
“¿HAY ALGUIEN AHÍ?”
Apoyó la hoja contra las pantorrillas.
Y esperó.
Comentario:
en términos generales me ha encantao el relato. La idea, el argumento, los roles de los personajes... perfectamente cuadradados. por decir algo, me he quedao con ganas de que se creara más conflicto entre Sergio y el psiquiatra. algo como q sergio dudara de que realmente un médico le estuviera escuchando y, que el psiquiatra creyera realmente la historia de sergio. algo asi a lo "no me chilles que no te veo". Pero vamos, tal y como está esta sobrao. el final redondo. sin palabras.
Comentario:
¡Ey! Un largo parentesis, incluso para un único superviviente como tú...
Supongo que la vida te tiene demasiado consumido, yo me peleo con ella a diario y la voy ganando, de momento ;)
Supongo que la vida te tiene demasiado consumido, yo me peleo con ella a diario y la voy ganando, de momento ;)
Comentario:
Me temo que voy a ser mal crítico. Me ha encantado el final, redondea completamente la historia (lo de los policías sobresaliente); y además las dudas del protagonista, esos pensamientos agónicos de soy yo el loco o esta realmente sucediendo me parecen muy buenos.
Un saludo,
Pedro.
Pd: Casí hay eco en el blog y es una pena, ¿Has probado a añadirlo a los directorios de blogs?
Un saludo,
Pedro.
Pd: Casí hay eco en el blog y es una pena, ¿Has probado a añadirlo a los directorios de blogs?





