Rebajas de la primavera post-nuclear (I)
Sebastián miraba fijamente el hormigón desnudo de su pared y se preguntaba qué estaría pasando fuera de allí. Casi no podía recordar como era la luz del sol, pues era un niño cuando entró en el refugio, pero casi quería verla a través del muro que tenía delante. Deseó hallar en el astro las mismas ganas de superar la contención que les separaba.
Se preguntó si habría nubes.
Se preguntó si habría un cielo azul.
Tenía casi cuarenta años, y la vida bajo tierra no le había tratado demasiado bien, más por cuenta propia que por intervención del entorno. Al principio, su vida en el refugio parecía un juego, como esconderse en un almacén y esperar que una tormenta pase. Pero según fueron pasando los años, fue dándose cuenta de que aquello no era un juego, sino la vida, y la ilusión se fue quebrando a medida que olvidaba la sensación del Sol sobre su piel, tan importante para él.
Se levantó del austero catre y se dirigió a la sala de reuniones para asistir al Acto de Liberación. Le gustaba su solitario cuarto; era uno de los pocos con un sólo inquilino. En teoría cada habitación estaba pensada para cuatro personas, pero los abundantes suicidios a lo largo de los años hicieron que pudiera hospedarse a solas.
Casi como si volviera a descubrir el búnker, observó cada uno de los detalles del pasillo: las líneas de colores para señalar el camino, los fluorescentes de vibración Schumann a frecuencia extra baja, tan importantes para la salud mental de todos sus miembros... Reflexionó sobre lo curioso que resultaba que los científicos pensaran en una manera de imitar las frecuencias del espectro radioeléctrico de la Tierra mediante la iluminación del búnker, y así evitar brotes de psicosis espontáneas, y no cayeran en la cuenta de pintar el gris hormigón para quitarle su deprimente aspecto.
- Típico de esta gente - dijo en voz alta, sin importarle que alguien pudiera escucharle.
Cuando llegó a la inmensa sala de reuniones, los más de quinientos supervivientes esperaban expectantes las declaraciones del Presidente de la Estación Oso-12, Tomás García, elegido al azar entre todos los miembros adultos.
"Éramos dos mil cuando yo entré" - pensó Sebastián mientras ocupaba uno de los numerosos puestos vacíos - ", y apenas ha habido natalidad. Demasiado preocupados en llorar las pérdidas."
La red de Estaciones Oso eran un conjunto de refugios nucleares dentro de la ciudad de Madrid, construidos a más de cincuenta metros bajo tierra con una superestructura de veinte pisos subterráneos cada uno. Oso-12 fue la última en construirse, y la última en ser habitada, antes del llamado Gran Acto de Terrorismo que sumió al mundo en un manto de cenizas radiactivas.
Con gran expectación, la gente en las filas por delante de Sebastián comenzaron a levantarse y a aplaudir. Él se levantó también, sólo para observar por encima de las cabezas del público al presidente, llegando con su habitual traje y una sonrisa de oreja a oreja.
- Hermanos - dijo orgulloso - los días de luz artificial, de comida en lata y cielo de hormigón, han acabado. Todavía hay que estabilizar los filtradores atmosféricos y calibrar un par de cosas, pero las obras de reconstrucción acabarán muy pronto: ¡MAÑANA SEREMOS LIBRES!
Sebastián volvió a sentarse, presa de la emoción. A su alrededor, la gente lanzaba vítores, se abrazaba, se besaba. Otros, como él, comenzaron a llorar, y Sebastián se preguntó cómo era sentir el viento entre sus dedos.
Por primera vez desde que entró allí, escoltado por militares y rodeado de miles de personas llorando de desesperación por entrar con él, se sintió feliz de que la espera por volver a pisar el exterior dejara de ser una entelequia, sino una realidad.
Se preguntó si habría nubes.
Se preguntó si habría un cielo azul.
Tenía casi cuarenta años, y la vida bajo tierra no le había tratado demasiado bien, más por cuenta propia que por intervención del entorno. Al principio, su vida en el refugio parecía un juego, como esconderse en un almacén y esperar que una tormenta pase. Pero según fueron pasando los años, fue dándose cuenta de que aquello no era un juego, sino la vida, y la ilusión se fue quebrando a medida que olvidaba la sensación del Sol sobre su piel, tan importante para él.
Se levantó del austero catre y se dirigió a la sala de reuniones para asistir al Acto de Liberación. Le gustaba su solitario cuarto; era uno de los pocos con un sólo inquilino. En teoría cada habitación estaba pensada para cuatro personas, pero los abundantes suicidios a lo largo de los años hicieron que pudiera hospedarse a solas.
Casi como si volviera a descubrir el búnker, observó cada uno de los detalles del pasillo: las líneas de colores para señalar el camino, los fluorescentes de vibración Schumann a frecuencia extra baja, tan importantes para la salud mental de todos sus miembros... Reflexionó sobre lo curioso que resultaba que los científicos pensaran en una manera de imitar las frecuencias del espectro radioeléctrico de la Tierra mediante la iluminación del búnker, y así evitar brotes de psicosis espontáneas, y no cayeran en la cuenta de pintar el gris hormigón para quitarle su deprimente aspecto.
- Típico de esta gente - dijo en voz alta, sin importarle que alguien pudiera escucharle.
Cuando llegó a la inmensa sala de reuniones, los más de quinientos supervivientes esperaban expectantes las declaraciones del Presidente de la Estación Oso-12, Tomás García, elegido al azar entre todos los miembros adultos.
"Éramos dos mil cuando yo entré" - pensó Sebastián mientras ocupaba uno de los numerosos puestos vacíos - ", y apenas ha habido natalidad. Demasiado preocupados en llorar las pérdidas."
La red de Estaciones Oso eran un conjunto de refugios nucleares dentro de la ciudad de Madrid, construidos a más de cincuenta metros bajo tierra con una superestructura de veinte pisos subterráneos cada uno. Oso-12 fue la última en construirse, y la última en ser habitada, antes del llamado Gran Acto de Terrorismo que sumió al mundo en un manto de cenizas radiactivas.
Con gran expectación, la gente en las filas por delante de Sebastián comenzaron a levantarse y a aplaudir. Él se levantó también, sólo para observar por encima de las cabezas del público al presidente, llegando con su habitual traje y una sonrisa de oreja a oreja.
- Hermanos - dijo orgulloso - los días de luz artificial, de comida en lata y cielo de hormigón, han acabado. Todavía hay que estabilizar los filtradores atmosféricos y calibrar un par de cosas, pero las obras de reconstrucción acabarán muy pronto: ¡MAÑANA SEREMOS LIBRES!
Sebastián volvió a sentarse, presa de la emoción. A su alrededor, la gente lanzaba vítores, se abrazaba, se besaba. Otros, como él, comenzaron a llorar, y Sebastián se preguntó cómo era sentir el viento entre sus dedos.
Por primera vez desde que entró allí, escoltado por militares y rodeado de miles de personas llorando de desesperación por entrar con él, se sintió feliz de que la espera por volver a pisar el exterior dejara de ser una entelequia, sino una realidad.
Comentario:
Creo que te agregé al messnger.
De todas maneras por si no lo hice he añadido la cuenta de hotmail que tienes publica en cuentacuentos. El caso es que me conecto poco... de todas meneras confirmame s
De todas maneras por si no lo hice he añadido la cuenta de hotmail que tienes publica en cuentacuentos. El caso es que me conecto poco... de todas meneras confirmame s
Comentario:
El "eso sí" de arriba no es un defecto, ni mucho menos, es una simple señalización.
Venga dale al teclado quiero leer la segunda parte ;)
Venga dale al teclado quiero leer la segunda parte ;)
Comentario:
Del estilo no diré nada, porque me parece impecable, eso sí un tanto alejado de otros textos tuyos que he leido. En cuentro al argumento es más que prometedor, estoy deseando leer las continuaciones. Me gusta como has descrito eses mundo gris y claustrofóbico. Una gran ambientación.
Un saludo,
Pedro.
Un saludo,
Pedro.





