Rebajas de la primavera post-nuclear (II)
Si el mayor enemigo del hombre era el propio hombre, estaba claro que encontraba un aliado para su locura en el aislamiento.
Durante los cuarenta años que duró el encierro de todos los supervivientes, hubo más de una revuelta, alguna rebelión y sobre todo, suicidios. Algunos no se sentían dignos de seguir vivos; otros, simplemente no podían vivir a diario con un techo sobre sus cabezas, y les resultaba imposible pensar en una salida a corto plazo del búnker.
Si no puedo salir de estas paredes andando, saldrá mi espíritu, dejó escrito el beato Agustín. Por motivos prácticos, sólo se dejaba pasar a un eclesiástico a cada búnker, pues en términos de supervivencia suponían un callejón sin salida para la especie; eso provocó que en más de una instalación las soflamas demagógicas trataran de captar al máximo número de acólitos. Con Agustín funcionó: fue un joven reconvertido al cristianismo, que dejó una colección de poemas sobre el encierro antes de salir a la superficie y morir envenenado por la radiación. Se contaba que los primeros hombres en salir tras su muerte vieron el cadáver de Agustín incólume, como si hubiera acabado con su vida cualquier otra cosa menos el peligroso ambiente exterior; un milagro que se quedó sin corroboración porque tuvieron que dejarlo fuera justo antes de que una ponzoñosa lluvia radioactiva corroyera cualquier cosa más blanda que el cemento.
Cuarenta años de encierro, pensó Sebastián, y sólo ese pobre cristiano se atrevió a escribir algo sobre el búnker. La escasa literatura que se produjo tenía que ver con el exterior, con parajes naturales verdes y llenos de vida, con ciudades pobladas y parques y paseos, e incluso se habló con los búnkers de Estados Unidos y comprobaron un nuevo auge de la literatura de ciencia ficción, centrada en su vertiente más galáctica.
Sebastián poseía multitud de documentos en su ordenador personal, e incluso de vez en cuando le gustaba juntar un par de palabras aquí y allá y empaparse de las admiraciones y críticas de sus conciudadanos.
Fue precisamente mientras escribía en su terminal cuando se le ocurrió pensar por qué había que esperar otro día más; ¿por qué anunciarlo? ¿Es que alguna de las recientes encuestas volvía a registrar un aumento en los picos de intencionalidad de suicidio? ¿Cómo funcionaba el proceso de limpieza del aire? Demasiadas preguntas, y la curiosidad ya estaba moviendo los engranajes de su cabeza, alimentando su mente y sus músculos.
Se puso en marcha, dispuesto a investigar. La información sobre las diversas colonias subterráneas la suministraban los propios gobernantes, librándose del intermediario del periodista; su motivo parecía justo, pues no había ninguna razón para mentir, con un mundo en ruinas. Y sin embargo, el olfato de Sebastián, aficionado también a las novelas policíacas que le legaron sus padres antes de ahorcarse mutuamente en su cuarto, le indicaba que olía a gato encerrado.
Preguntaría a un colega suyo, científico, qué es lo que se estaba tramando, si es que había algo. Cómo se hacía la descontaminación, y si conocía las cifras exactas del progreso a día de hoy. En el extraño caso de que no lo supiera o no le contestara, iría al propio Tomás García y le preguntaría si fuera necesario.
Y de paso, ya que ambos eran más viejos que él, le preguntaría a alguno de los dos cuál era el olor de un gato: sobre todo, si estaba encerrado.
Durante los cuarenta años que duró el encierro de todos los supervivientes, hubo más de una revuelta, alguna rebelión y sobre todo, suicidios. Algunos no se sentían dignos de seguir vivos; otros, simplemente no podían vivir a diario con un techo sobre sus cabezas, y les resultaba imposible pensar en una salida a corto plazo del búnker.
Si no puedo salir de estas paredes andando, saldrá mi espíritu, dejó escrito el beato Agustín. Por motivos prácticos, sólo se dejaba pasar a un eclesiástico a cada búnker, pues en términos de supervivencia suponían un callejón sin salida para la especie; eso provocó que en más de una instalación las soflamas demagógicas trataran de captar al máximo número de acólitos. Con Agustín funcionó: fue un joven reconvertido al cristianismo, que dejó una colección de poemas sobre el encierro antes de salir a la superficie y morir envenenado por la radiación. Se contaba que los primeros hombres en salir tras su muerte vieron el cadáver de Agustín incólume, como si hubiera acabado con su vida cualquier otra cosa menos el peligroso ambiente exterior; un milagro que se quedó sin corroboración porque tuvieron que dejarlo fuera justo antes de que una ponzoñosa lluvia radioactiva corroyera cualquier cosa más blanda que el cemento.
Cuarenta años de encierro, pensó Sebastián, y sólo ese pobre cristiano se atrevió a escribir algo sobre el búnker. La escasa literatura que se produjo tenía que ver con el exterior, con parajes naturales verdes y llenos de vida, con ciudades pobladas y parques y paseos, e incluso se habló con los búnkers de Estados Unidos y comprobaron un nuevo auge de la literatura de ciencia ficción, centrada en su vertiente más galáctica.
Sebastián poseía multitud de documentos en su ordenador personal, e incluso de vez en cuando le gustaba juntar un par de palabras aquí y allá y empaparse de las admiraciones y críticas de sus conciudadanos.
Fue precisamente mientras escribía en su terminal cuando se le ocurrió pensar por qué había que esperar otro día más; ¿por qué anunciarlo? ¿Es que alguna de las recientes encuestas volvía a registrar un aumento en los picos de intencionalidad de suicidio? ¿Cómo funcionaba el proceso de limpieza del aire? Demasiadas preguntas, y la curiosidad ya estaba moviendo los engranajes de su cabeza, alimentando su mente y sus músculos.
Se puso en marcha, dispuesto a investigar. La información sobre las diversas colonias subterráneas la suministraban los propios gobernantes, librándose del intermediario del periodista; su motivo parecía justo, pues no había ninguna razón para mentir, con un mundo en ruinas. Y sin embargo, el olfato de Sebastián, aficionado también a las novelas policíacas que le legaron sus padres antes de ahorcarse mutuamente en su cuarto, le indicaba que olía a gato encerrado.
Preguntaría a un colega suyo, científico, qué es lo que se estaba tramando, si es que había algo. Cómo se hacía la descontaminación, y si conocía las cifras exactas del progreso a día de hoy. En el extraño caso de que no lo supiera o no le contestara, iría al propio Tomás García y le preguntaría si fuera necesario.
Y de paso, ya que ambos eran más viejos que él, le preguntaría a alguno de los dos cuál era el olor de un gato: sobre todo, si estaba encerrado.
Comentario:
Y yo metiéndome en el nuevo y pensando que no actualizabas....
Estas rebajas me intrigan! Me da tol mal rollo. Y tngo visualizada la comunidad subterránea claramente...
Estas rebajas me intrigan! Me da tol mal rollo. Y tngo visualizada la comunidad subterránea claramente...
Comentario:
Muy buena la continuación(lástima de este maldito catarro, si no hubiera pasado antes), esa duda que has implantado sobre los gobernantes. EL toque sobre el beato es un perla, explotalá en las continuaciones, ha dado un toque muy ionteresante al conjunto. En esta ocasión te da para un relato muy largo, hay tantas líneas interesantes que explorar. Sigue siendo fabulosa la sensaciónd e claustrofobia que transmites.
Un abrazo,
Pedro.
Pd: Como te dije casi no me conecto al messnger, así que si coincidimo lanzate al cuello ;) . En aullidos nos veremos las caras, lástima que en el HEC estemos TAN separados, pero bueno otra vez será.
Un abrazo,
Pedro.
Pd: Como te dije casi no me conecto al messnger, así que si coincidimo lanzate al cuello ;) . En aullidos nos veremos las caras, lástima que en el HEC estemos TAN separados, pero bueno otra vez será.
Comentario:
¡Muchas gracias, a mí Bukowski también me toca la fibra sensible, así que tampoco perderé de vista este diario de sociópata!;)





