Un Cuento Navideño (Parte I)
La Navidad había llegado: parecía noche cerrada a las siete de la tarde, pero las intensas luces de la festividad se encargaban de desorientar a la gente, que corría como hámsteres en celo inflados de éxtasis entre los mil y un frutos del consumismo; el frío cortaba los labios, abofeteaba las caras y apuñalaba a través del cartón con el que duermen los mendigos; la felicidad surgía, natural o no, de buenas personas, o no tan buenas, y el altruismo, o el comportamiento debidamente calculado para un beneficio próximo, se extendía como mantequilla sobre la rebanada de pan que las personas tienen en la cabeza.
Y ahí, justo en medio, con viejos guantes de lana, pantalones de pana, jersey, bufanda y abrigo tres cuartos, Jorge caminaba cabizbajo por las calles, repasando sus problemas como si de una lista de la compra de angustia se tratara. Aterido y soñoliento, caminó hasta su instituto y, como de costumbre, aguantó la respiración cuando pasó delante de Johnny, Fran y Areces, los tres matones del centro. Esta vez no le hicieron nada, quizá inmovilizados por el frío, pero le lanzaron una mirada dispuesta a rajar el abrigo de Jorge y mangarle la cartera del pantalón.
Tragó saliva.
Entró a clase.
El profesor Suances empleó su tiempo en una divertida arenga navideña sustituyendo a su lección de Lengua Española, y cinco minutos antes de acabar su hora tuvo tiempo de sacar a Jorge y obligarle a leer en voz alta, a pesar de que al chico le costaba y se agobiaba bajo las risas de sus compañeros, un antiguo poema de vete a saber quién. Quince minutos después Jorge pudo sentarse de nuevo, y sus compañeros no sabían si tirarse encima de él por haber sobrepasado el tiempo de descanso entre clase y clase o seguir la continua burla hacia su persona, que tanto alumnos como profesores se encargaban de resucitar día tras día.
En su mesa, Jorge suspiró, y si no lloró fue porque no quería caer aún más bajo delante de sus compañeros. Volvió a las últimas hojas de su cuaderno, a los rayajos de motivos navideños y desesperados sueños de amor con Emma, la chica rubia, guapa y atontadamente superficial que ocupaba su corazón. Una chica que disfrutaba haciéndoselo pasar mal con insinuaciones banales y cierto parasitismo, pues se dedicaba a salir de paseo con su novio Luís mientras le encargaba fotocopias de los apuntes de clase; una chica intocable, pues el mismo Luís era lo que se considera un mal tipo, fuerte y apuesto sí, pero delincuente juvenil y fracasado en potencia, y amenazaba con rajar a todo aquel que se atreviera a tocar a su churri.
Total, que con la excusa de ir al baño, Jorge entró en los lavabos y lloró silenciosamente, limpiándose de vez en cuando con papel higiénico y atragantándose con los viles efluvios del váter contiguo. Deseó poder cambiar su vida, aunque fuera un poco, encauzarla hacia un camino útil o, si fuera posible, menos doloroso. Pero ni el instituto parecía acabarse pronto (estaba en primero de Bachillerato, y no se veía capaz de aprobar todas las asignaturas), ni sabía qué hacer con su vida.
En ese momento de indefensión física y sentimental, sintió la presencia de un haz de luz particularmente denso que cobraba forma y volumen. Poco a poco, lo que parecía otro cortocircuito de la defectuosa instalación eléctrica se convirtió en un ángel de aspecto huraño, alto como un bonsái y voluminoso como un roble, ataviado con ropajes blancos y anchos que parecían sacados de un video clip ochentero, chorreras incluidas; la cara, de toques perrunos, hizo una mueca descaradamente falsa de felicidad y júbilo y abrió los labios:
- Veo que tienes problemas – dijo, con un tono irritante y alegre.
- Como siempre – contestó cabizbajo Jorge. Atontado por el milagro que acababa de presenciar, no supo si maravillarse o sentirse vulnerable porque alguien, y mucho más un ángel, le viera llorando en un habitáculo apestoso lleno de mensajes groseros. Optó por quedarse callado.
- Pues has tenido suerte… ¡la Navidad está aquí! ¡Y para que seas feliz, vamos a hacer un recorrido por los diferentes aspectos de tu vida!
- ¿Puedes dejar de hablar con ese tono?
- ¿Por? ¡Ahora mismo todos están paralizados! ¡Sólo tú y yo podemos hablar en este instante congelado en el tiempo!
- ESE tono.
- Vale, ¿a quién coño voy a engañar? – la voz se correspondió con la cara del ángel, y se volvió mucho más grave y rota -. Sólo quiero unas putas alas. Y tú eres mi billete para conseguirlas.
- Ah… entonces…
- Antes de que lo digas, sí, he venido a ayudarte. ¿Tienes a todos los que te tratan mal sobre un pedestal, eh? Pues veremos cómo son en realidad. Sólo sígueme.
El ángel salió del habitáculo y atravesó la pared.
- Vamos, cruza – dijo -, ahora eres intangible.
Jorge se levantó del váter, caminó con paso firme y estuvo cerca de romperse la nariz con el tabique.
- Era broma – y la risa del ángel sonó como una serpiente dentro de un túnel, escupiendo trozos de alquitrán con cada gorgoteo -. AHORA sí eres intangible. Sígueme.
Rascándose la dolorida nariz, Jorge pudo al fin atravesar el tabique.
Y ahí, justo en medio, con viejos guantes de lana, pantalones de pana, jersey, bufanda y abrigo tres cuartos, Jorge caminaba cabizbajo por las calles, repasando sus problemas como si de una lista de la compra de angustia se tratara. Aterido y soñoliento, caminó hasta su instituto y, como de costumbre, aguantó la respiración cuando pasó delante de Johnny, Fran y Areces, los tres matones del centro. Esta vez no le hicieron nada, quizá inmovilizados por el frío, pero le lanzaron una mirada dispuesta a rajar el abrigo de Jorge y mangarle la cartera del pantalón.
Tragó saliva.
Entró a clase.
El profesor Suances empleó su tiempo en una divertida arenga navideña sustituyendo a su lección de Lengua Española, y cinco minutos antes de acabar su hora tuvo tiempo de sacar a Jorge y obligarle a leer en voz alta, a pesar de que al chico le costaba y se agobiaba bajo las risas de sus compañeros, un antiguo poema de vete a saber quién. Quince minutos después Jorge pudo sentarse de nuevo, y sus compañeros no sabían si tirarse encima de él por haber sobrepasado el tiempo de descanso entre clase y clase o seguir la continua burla hacia su persona, que tanto alumnos como profesores se encargaban de resucitar día tras día.
En su mesa, Jorge suspiró, y si no lloró fue porque no quería caer aún más bajo delante de sus compañeros. Volvió a las últimas hojas de su cuaderno, a los rayajos de motivos navideños y desesperados sueños de amor con Emma, la chica rubia, guapa y atontadamente superficial que ocupaba su corazón. Una chica que disfrutaba haciéndoselo pasar mal con insinuaciones banales y cierto parasitismo, pues se dedicaba a salir de paseo con su novio Luís mientras le encargaba fotocopias de los apuntes de clase; una chica intocable, pues el mismo Luís era lo que se considera un mal tipo, fuerte y apuesto sí, pero delincuente juvenil y fracasado en potencia, y amenazaba con rajar a todo aquel que se atreviera a tocar a su churri.
Total, que con la excusa de ir al baño, Jorge entró en los lavabos y lloró silenciosamente, limpiándose de vez en cuando con papel higiénico y atragantándose con los viles efluvios del váter contiguo. Deseó poder cambiar su vida, aunque fuera un poco, encauzarla hacia un camino útil o, si fuera posible, menos doloroso. Pero ni el instituto parecía acabarse pronto (estaba en primero de Bachillerato, y no se veía capaz de aprobar todas las asignaturas), ni sabía qué hacer con su vida.
En ese momento de indefensión física y sentimental, sintió la presencia de un haz de luz particularmente denso que cobraba forma y volumen. Poco a poco, lo que parecía otro cortocircuito de la defectuosa instalación eléctrica se convirtió en un ángel de aspecto huraño, alto como un bonsái y voluminoso como un roble, ataviado con ropajes blancos y anchos que parecían sacados de un video clip ochentero, chorreras incluidas; la cara, de toques perrunos, hizo una mueca descaradamente falsa de felicidad y júbilo y abrió los labios:
- Veo que tienes problemas – dijo, con un tono irritante y alegre.
- Como siempre – contestó cabizbajo Jorge. Atontado por el milagro que acababa de presenciar, no supo si maravillarse o sentirse vulnerable porque alguien, y mucho más un ángel, le viera llorando en un habitáculo apestoso lleno de mensajes groseros. Optó por quedarse callado.
- Pues has tenido suerte… ¡la Navidad está aquí! ¡Y para que seas feliz, vamos a hacer un recorrido por los diferentes aspectos de tu vida!
- ¿Puedes dejar de hablar con ese tono?
- ¿Por? ¡Ahora mismo todos están paralizados! ¡Sólo tú y yo podemos hablar en este instante congelado en el tiempo!
- ESE tono.
- Vale, ¿a quién coño voy a engañar? – la voz se correspondió con la cara del ángel, y se volvió mucho más grave y rota -. Sólo quiero unas putas alas. Y tú eres mi billete para conseguirlas.
- Ah… entonces…
- Antes de que lo digas, sí, he venido a ayudarte. ¿Tienes a todos los que te tratan mal sobre un pedestal, eh? Pues veremos cómo son en realidad. Sólo sígueme.
El ángel salió del habitáculo y atravesó la pared.
- Vamos, cruza – dijo -, ahora eres intangible.
Jorge se levantó del váter, caminó con paso firme y estuvo cerca de romperse la nariz con el tabique.
- Era broma – y la risa del ángel sonó como una serpiente dentro de un túnel, escupiendo trozos de alquitrán con cada gorgoteo -. AHORA sí eres intangible. Sígueme.
Rascándose la dolorida nariz, Jorge pudo al fin atravesar el tabique.
Comentario:
Espero que lo continúes. Me ha gustado, sobre todo el personaje del angelito perruno.
Nos vemos.
Nos vemos.
Comentario:
He hecho un gran descubrimiento...Sencillamente felicidades por conseguir con cada letra la dureza, la felicidad, el asco, la belleza....la realidad...
Un saludo
Un saludo
Comentario:
Me ha gustado ese tono sordido que le has dado al conjunto del relato, reinventando ese viejo clásico de "¡Que bello es vivir" . Ese adolescente torturado y que no ve el final del tunel, el típico recibe collejas descrito desde dentro, sin ningún tipo de compasión es un punto fuerte; y el ángel "desangelado" otro. Promete.
Un abrazo,
Pedro.
*¿Has recibido mis mails? Si no es así dame otra cuenta; Si lo es...¡Contesta!;)
Un abrazo,
Pedro.
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