Un Cuento Navideño (Parte III)
Unos minutos más tardes, el dúo navideño, visiblemente más pálidos que cuando comenzó esta historia, bajaron hasta la clase de geografía, esa clase que Jorge se estaba perdiendo mientras su cuerpo estaba sentado en la taza del váter y su alma recorría el instituto. Era una de las contadas ocasiones en que, sentados como estudiantes normales, Johnny, Fran y Areces atendían en clase. El motivo era que la profesora resultaba ser amiga de la madre del primero, y aunque los tres se las daban de duros sólo temían a sus madres y, mucho más abajo en la escala, a la policía.
Fulgencio dirigió la concentración de su protegido hacia los tres.
- ¿Qué quieres que haga? – preguntó Jorge con voz queda, aún impactado por las proezas de Emma y el Suances.
- Quiero que, como has estado haciendo antes con la pared durante cinco minutos, atravieses lentamente a este trío, para que descubras lo que portan.
Siguiendo aquellas órdenes, Jorge se colocó a la espalda de Fran y poco a poco, fue adelantándose hasta que sus ojos contemplaron una espina dorsal parecida a una S. Horrorizado por la complejidad del cuerpo humano, pues hasta ese momento siempre había pensado que Johnny, Fran y Areces eran macrobios, retrocedió con un respingo y dio con el cuchillo que Fran portaba entre el elástico del calzoncillo y su espalda.
Una rápida, y por el bien de su estabilidad mental, mejor calculada ojeada a los otros dos le llevó a localizar un pequeño arsenal. Si antes le atemorizaban las palizas que le pudieran propinar, Jorge había descubierto una nueva dimensión de terror. Si su alma seguía conectada con su cuerpo, agradeció estar sentado en el trono y no en clase.
- ¿Y ahora qué? ¿Me dices que mi vida corre peligro? ¿Que estos me matarán si, en uno de sus excesos matutinos con el MDMA, no lo hace antes Luís? – y Jorge comenzó a llorar.
- No. Lo que vas a hacer es usar la información que tienes, para… ¡¡AH!!
El ángel corrió a esconderse en el interior de Jorge, aunque la actual naturaleza trasluciente de ambos compuso una figura grotesca de joven patético con bebé malformado en su interior.
- ¿Qué pasa, Fulgencio? Sólo he oído el jodido maullido de Renato, el gato del conserje.
- Cuando un gato grita de esa manera, es que un ángel está siendo apalizado. Les encanta jalear a los agresores.
- ¿Pero cómo…? – Jorge se interrumpió, incrédulo –. Pero bueno, a ti no te está pasando nada, ¿no? Tranquilízate y sal de mi tripa, antes de que vomite.
- Bueno – dijo Fulgencio, situándose a la derecha de Jorge y sacudiendo motas de polvo imaginarias de su hombro -, espero que sea para el capullo de Clarence. Ese relamido nunca me gustó demasiado, con ese camisón.
- ¿Entonces ya está? ¿Mi gran misión navideña va a consistir en chivarme de toda esta gente para joderles la vida y que me dejen en paz?
- Una vez, unos bomberos le rociaron con su manguera para reírse de él; pensaron que era un loco escapado del psiquiátrico… Voló cinco metros, no te digo más.
- ¿Pero no es un poco lamentable?
- Oh vamos, la Navidad ya no es lo que era. Reconócelo.
- Bueno…
- Si lo estás deseando, alguna tontería del tipo “es una fiesta con afán capitalista que bla, bla, bla…”.
- No es eso… pero es que en el fondo, siempre creí en la Navidad… al viejo estilo, buen rollo y todo eso, ¿sabes?
- Oh, venga – y Fulgencio se puso a caminar junto a Jorge, de camino al baño donde se conocieron -, aunque no sea del todo lo correcto, te hará BIEN. Y eso cuenta, (o eso espero). Así que cree en MI tipo de Navidad.
- Pero sólo por esta vez, ¿vale?
Se detuvieron frente al tabique de los lavabos, y se despidieron con un firme apretón de manos.
- Vamos muchacho, atraviesa la pared – dijo Fulgencio.
Otra vez, Jorge estuvo a punto de dejarse la nariz entre el alicatado de la pared. La risa del ángel, semejante al estertor de un Papá Noel electrónico fundiéndose, resonó en las inmateriales orejas de su víctima, quien se prometió venganza mientras decía “no es nada, un dolorcillo inmaterial”.
Fulgencio se quedó para contemplar los frutos de su obra, mientras cruzaba los dedos de manos y pies.
Fulgencio dirigió la concentración de su protegido hacia los tres.
- ¿Qué quieres que haga? – preguntó Jorge con voz queda, aún impactado por las proezas de Emma y el Suances.
- Quiero que, como has estado haciendo antes con la pared durante cinco minutos, atravieses lentamente a este trío, para que descubras lo que portan.
Siguiendo aquellas órdenes, Jorge se colocó a la espalda de Fran y poco a poco, fue adelantándose hasta que sus ojos contemplaron una espina dorsal parecida a una S. Horrorizado por la complejidad del cuerpo humano, pues hasta ese momento siempre había pensado que Johnny, Fran y Areces eran macrobios, retrocedió con un respingo y dio con el cuchillo que Fran portaba entre el elástico del calzoncillo y su espalda.
Una rápida, y por el bien de su estabilidad mental, mejor calculada ojeada a los otros dos le llevó a localizar un pequeño arsenal. Si antes le atemorizaban las palizas que le pudieran propinar, Jorge había descubierto una nueva dimensión de terror. Si su alma seguía conectada con su cuerpo, agradeció estar sentado en el trono y no en clase.
- ¿Y ahora qué? ¿Me dices que mi vida corre peligro? ¿Que estos me matarán si, en uno de sus excesos matutinos con el MDMA, no lo hace antes Luís? – y Jorge comenzó a llorar.
- No. Lo que vas a hacer es usar la información que tienes, para… ¡¡AH!!
El ángel corrió a esconderse en el interior de Jorge, aunque la actual naturaleza trasluciente de ambos compuso una figura grotesca de joven patético con bebé malformado en su interior.
- ¿Qué pasa, Fulgencio? Sólo he oído el jodido maullido de Renato, el gato del conserje.
- Cuando un gato grita de esa manera, es que un ángel está siendo apalizado. Les encanta jalear a los agresores.
- ¿Pero cómo…? – Jorge se interrumpió, incrédulo –. Pero bueno, a ti no te está pasando nada, ¿no? Tranquilízate y sal de mi tripa, antes de que vomite.
- Bueno – dijo Fulgencio, situándose a la derecha de Jorge y sacudiendo motas de polvo imaginarias de su hombro -, espero que sea para el capullo de Clarence. Ese relamido nunca me gustó demasiado, con ese camisón.
- ¿Entonces ya está? ¿Mi gran misión navideña va a consistir en chivarme de toda esta gente para joderles la vida y que me dejen en paz?
- Una vez, unos bomberos le rociaron con su manguera para reírse de él; pensaron que era un loco escapado del psiquiátrico… Voló cinco metros, no te digo más.
- ¿Pero no es un poco lamentable?
- Oh vamos, la Navidad ya no es lo que era. Reconócelo.
- Bueno…
- Si lo estás deseando, alguna tontería del tipo “es una fiesta con afán capitalista que bla, bla, bla…”.
- No es eso… pero es que en el fondo, siempre creí en la Navidad… al viejo estilo, buen rollo y todo eso, ¿sabes?
- Oh, venga – y Fulgencio se puso a caminar junto a Jorge, de camino al baño donde se conocieron -, aunque no sea del todo lo correcto, te hará BIEN. Y eso cuenta, (o eso espero). Así que cree en MI tipo de Navidad.
- Pero sólo por esta vez, ¿vale?
Se detuvieron frente al tabique de los lavabos, y se despidieron con un firme apretón de manos.
- Vamos muchacho, atraviesa la pared – dijo Fulgencio.
Otra vez, Jorge estuvo a punto de dejarse la nariz entre el alicatado de la pared. La risa del ángel, semejante al estertor de un Papá Noel electrónico fundiéndose, resonó en las inmateriales orejas de su víctima, quien se prometió venganza mientras decía “no es nada, un dolorcillo inmaterial”.
Fulgencio se quedó para contemplar los frutos de su obra, mientras cruzaba los dedos de manos y pies.





