Sábado de Juego (I)
La primera vez que pasó, debía de tener yo seis años.
Había visto llorar a mi mamá, ya entonces, muchas veces.
No me gustaba.
Normalmente lo hacía en la cocina, cuando yo miraba alguna peli, para evitar dar un espectáculo. Mi papá se marchaba, y ella se cogía la cara y lloraba y lloraba, y luego se tragaba las lágrimas para evitar que yo supiese algo.
Pero sabía que lloraba, porque yo permanecía escondido detrás de los abrigos del perchero, y la escuchaba y me entraban ganas de llorar porque me ponía triste ver a mi mamá así, y me tragaba los llantos para evitar que me oyese y se pusiese más triste todavía.
Un día, el único sábado que no se marchó, oí una conversación que tuvo mi papá con un señor por el teléfono de la cocina.
- Joder, tío, estoy hasta arriba de deudas. Ese puta de Manny me sacó hasta el último centavo y... no, espera ¿de verdad? Oh Dios, no... espera, seguro que podré conseguir la pasta ¿ok? Pero no me presiones joder porq-
Se paró, me miró con gesto amenazador y me largué. En realidad, me escondí detrás del perchero, atento a cada palabra.
- No, nada, mi hijo. Joder, de verdad, estoy con los cojones de corbata... hay demasiadas cosas que pueden salir mal. ¿Pero te has escuchado tío? ¿¡Eh!? ¿Te has escuchado? Tengo familia... Espera, espera. ¡No! ¡Ni se os ocurra tocarlos! ¡Lo haré joder, lo haré, pero no me presionéis, no te me pongas farruco conmigo que sabes que la armo! ¡Hasta el puto sábado!
Al poco colgó, y me asomé por el marco de la puerta, oculto entre los abrigos, y esa fue la primera vez que vi llorar a mi papá. No me hizo sentir triste, como mamá. Ver a mi papá llorar me aterrorizó, me sentí desnudo y vulnerable y me meé en los pantalones al ver cómo se derrumbaba sobre el mugriento suelo de la cocina (mamá decía que no sabía qué usar para que quedase reluciente).
A partir de ese día, los sábados dejaron de gustarme. No era un día de vacaciones. Los sábados, aunque yo era pequeño, sabía que, si mi padre salía, podría no volver.
Y desde ese día, los sábados por la mañana veía a mi padre sollozar en el baño y llorar en la cocina sobre mamá, y los dos lloraban refugiándose el uno sobre el otro, como si el mundo fuese a morir después de aquella mañana.
Había visto llorar a mi mamá, ya entonces, muchas veces.
No me gustaba.
Normalmente lo hacía en la cocina, cuando yo miraba alguna peli, para evitar dar un espectáculo. Mi papá se marchaba, y ella se cogía la cara y lloraba y lloraba, y luego se tragaba las lágrimas para evitar que yo supiese algo.
Pero sabía que lloraba, porque yo permanecía escondido detrás de los abrigos del perchero, y la escuchaba y me entraban ganas de llorar porque me ponía triste ver a mi mamá así, y me tragaba los llantos para evitar que me oyese y se pusiese más triste todavía.
Un día, el único sábado que no se marchó, oí una conversación que tuvo mi papá con un señor por el teléfono de la cocina.
- Joder, tío, estoy hasta arriba de deudas. Ese puta de Manny me sacó hasta el último centavo y... no, espera ¿de verdad? Oh Dios, no... espera, seguro que podré conseguir la pasta ¿ok? Pero no me presiones joder porq-
Se paró, me miró con gesto amenazador y me largué. En realidad, me escondí detrás del perchero, atento a cada palabra.
- No, nada, mi hijo. Joder, de verdad, estoy con los cojones de corbata... hay demasiadas cosas que pueden salir mal. ¿Pero te has escuchado tío? ¿¡Eh!? ¿Te has escuchado? Tengo familia... Espera, espera. ¡No! ¡Ni se os ocurra tocarlos! ¡Lo haré joder, lo haré, pero no me presionéis, no te me pongas farruco conmigo que sabes que la armo! ¡Hasta el puto sábado!
Al poco colgó, y me asomé por el marco de la puerta, oculto entre los abrigos, y esa fue la primera vez que vi llorar a mi papá. No me hizo sentir triste, como mamá. Ver a mi papá llorar me aterrorizó, me sentí desnudo y vulnerable y me meé en los pantalones al ver cómo se derrumbaba sobre el mugriento suelo de la cocina (mamá decía que no sabía qué usar para que quedase reluciente).
A partir de ese día, los sábados dejaron de gustarme. No era un día de vacaciones. Los sábados, aunque yo era pequeño, sabía que, si mi padre salía, podría no volver.
Y desde ese día, los sábados por la mañana veía a mi padre sollozar en el baño y llorar en la cocina sobre mamá, y los dos lloraban refugiándose el uno sobre el otro, como si el mundo fuese a morir después de aquella mañana.
Comentario:
Sentí como se encogia la cosa palpitante que tengo en el pecho (decir el corazon hubiese sonado muy cursi)... Gracias a cierto limón llegué aca...espero continuar visitandote.
Comentario:
Me alegra mucho que estás posteando este relato tuyo que a mi me llegó tan hondo...es cierto tengo algo abandonado el blog,pero es que carezco de tiempo...ya publiqué algo,pero a ver si me vuelve la creatividad para escribir al menos,jejejeje...
Un besote fuerte!
Un besote fuerte!
Comentario:
Interesante, aunque un poco triste, ¿no? Bueno, ya te comentare cuando lo postees entero. Un saludo.