Sábado de Juego (IV)
A partir de ese día, ese terrible día, los sábados ya no eran los días festivos y algo oscuros en los cuales jugaba con esta gente, no... cada sábado podría ser el día de mi muerte. Y me levantaba a las nueve, y me iba al baño, y otra vez el mundo se me venía encima, porque no podía evitar preguntarme cuánto me quedaba.
Pero ella, su tacto agradable, su cálido aroma, sus besos de caramelo y sus caricias aterciopeladas, siempre estaba conmigo, ayudándome a sujetar el globo, que pesaba más y más.
Prácticamente estaba muerto, vagaba en un tiempo ralentizado, dividido infinitamente en momentos más cortos. ¿Cómo alcanzar la redención, cuando era imposible comenzarla? Me di cuenta el primer sábado de que en realidad, yo era un corredor, un corredor en la primera paradoja de Zeno.
Estaba atrapado y no tenía ni idea de lo que iba a entregar a mi familia en caso de que yo muriera: yo tenía un seguro de vida, pero me había hartado de oír cómo los que juegan a la Rusa suelen ser considerados como suicidas, y por ende no acaban cobrando sus familiares un seguro de vida que podrían llegar a necesitar. Me maldecía a mí mismo por no ofrecer una alternativa aceptable a mi vida.
No me preguntéis cómo, pero sé que, antes de morir, mi padre iba a ver al diablo los sábados. Abriría alguna ruta escondida en el tocón de algún viejo árbol podrido de un bosque marchito, ceniciento... infernal, y se metía, y acababa ALLÍ abajo.
No sé lo que hacía dentro; mi mamá me ha prometido que me revelará el secreto cuando sea un adulto.
Sólo sé que, tres sábados después de la llamada que hizo llorar a mi papá por primera vez, el diablo se lo llevó, y le tiene raptado y no me lo ha devuelto. Dos días después creo recordar, mi mamá se vistió toda de negro y se marchó, y al volver, me dijo que papá no regresaría jamás a casa.
Lo que pasó a continuación es algo que no te importa.
Pero ella, su tacto agradable, su cálido aroma, sus besos de caramelo y sus caricias aterciopeladas, siempre estaba conmigo, ayudándome a sujetar el globo, que pesaba más y más.
Prácticamente estaba muerto, vagaba en un tiempo ralentizado, dividido infinitamente en momentos más cortos. ¿Cómo alcanzar la redención, cuando era imposible comenzarla? Me di cuenta el primer sábado de que en realidad, yo era un corredor, un corredor en la primera paradoja de Zeno.
Estaba atrapado y no tenía ni idea de lo que iba a entregar a mi familia en caso de que yo muriera: yo tenía un seguro de vida, pero me había hartado de oír cómo los que juegan a la Rusa suelen ser considerados como suicidas, y por ende no acaban cobrando sus familiares un seguro de vida que podrían llegar a necesitar. Me maldecía a mí mismo por no ofrecer una alternativa aceptable a mi vida.
No me preguntéis cómo, pero sé que, antes de morir, mi padre iba a ver al diablo los sábados. Abriría alguna ruta escondida en el tocón de algún viejo árbol podrido de un bosque marchito, ceniciento... infernal, y se metía, y acababa ALLÍ abajo.
No sé lo que hacía dentro; mi mamá me ha prometido que me revelará el secreto cuando sea un adulto.
Sólo sé que, tres sábados después de la llamada que hizo llorar a mi papá por primera vez, el diablo se lo llevó, y le tiene raptado y no me lo ha devuelto. Dos días después creo recordar, mi mamá se vistió toda de negro y se marchó, y al volver, me dijo que papá no regresaría jamás a casa.
Lo que pasó a continuación es algo que no te importa.
Comentario:
ei!! felicidades a ti también guapo!! y gracias. k tal el viaje?
un beso
cabranocturna
un beso
cabranocturna





