Sábado de Juego (y VI; FINAL)
El primero sonrió tras efectuar el disparo, reconfortado de que no hubiera bala.
CLAC!
El segundo se desmayó después de apoyar delicadamente la pistola en la mesa, y todos oímos cómo se meaba encima.
CLAC!
¡Oh, vaya! ¡Eso sí que era suerte! Me sentí libre por primera vez en mucho tiempo; me juré que jamás volvería a jugar, a menos que fuera el parchís o al Monopoly con mi hijo. La deuda estaba saldada, yo limpio, y el mundo iba a seguir girando. Por supuesto, no podía levantarme hasta que alguien se volara la cabeza, pero el hecho de que no fuera yo ese patán le quitaba mucho contenido emocional.
El revólver llegó al experto que tenía a mi derecha, y volvió a sonar hueco, y por un breve tiempo llegué a soñar que la bala había desaparecido y que nadie moriría, iluso de mí. Resulta que el tipo ese tan nervioso, el del tizón en el culo y todo eso, empuñó el arma y apuntó a la cabeza de uno de los tipos que había en la parte superior. La situación pasó de tensa a grave y el resto de los que nos hallábamos en la mesa nos apartamos prudencialmente, dejando que el loco se atreviera a hacer lo que fuera que tenía en mente. Arriba se oían murmullos, y se distinguía el particular sonido de varias armas que están siendo amartilladas. Abajo, los que no parecíamos tan locos nos susurrábamos unos a otros.
- ¿Qué hacemos? – farfulló el experto que tuve a mi derecha y que ahora estaba pegado a la pared, apenas metro y medio a mi izquierda.
- No lo sé –apunté. Luego hice un leve mohín -. Pero tenemos que hacer algo.
- ¡Venga ya! – contestó contrariado el primero en probar suerte. - ¿Por qué deberíamos hacer nada? Ese mamón se ha metido sólo en este problema y por mí, saldría solo de él.
- ¿Sí? – dije, clavando la mirada más amenazadora que pude llegar a hacer. – Y dime una cosa...
- ¿El qué?
- Bien, ¿has visto quién hay arriba?
- No, no dejan subir bajo peligro de muerte.
- Ajá... y ¿alguna vez has mirado a través del agujero?
- Sí, pero joder, ¿a qué viene este puto interrogatorio?
- Viste a unos tíos trajeados, pues.
- Puesss... sí.
- Bueno, ¿y crees que ellos se mancharían de sangre?
- ¿Uh?
- Lo plantearé mejor... NO sabes CUÁNTOS hay en el piso superior ni CÓMO están ARMADOS, ni tampoco sabes si ellos SE MOLESTARÁN en APUNTAR a ese loco o directamente MATARÁN a todos los que estemos aquí debajo. ¿Así mejor?
El muy imbécil estaba pálido del susto, y se aferraba como podía a los tablones que conformaban la pared de la cabaña. Sin embargo, aunque me reportó gran satisfacción asustar a ese pringado contándole lo que de verdad pasaba allí, suponía una victoria pírrica respecto a lo que podía pasar. Al fin y al cabo, yo sólo quería escapar.
Decidí entonces acercarme al loco e intentar razonar con él, usar la poderosa sugestión que hay en las palabras para confundirle lo suficiente y entonces arrebatarle el arma y eliminar la amenaza. A quién quería engañar, creyéndome uno de esos indestructibles héroes de acción que desayunan, comen y cenan teflón como si fuera parte importante de su dieta y que consiguen negociar con cualquier terrorista saliendo mínimamente herido, y con la situación controlada. Lenta, pesadamente, caminé hacia el sujeto, que apuntaba a los de arriba sin terminar de decidirse, como un cazador de video-consola que tiene que elegir entre un pato digital u otro. Me di a conocer cuando estaba a medio metro de él, e intenté hablar mientras con el brazo derecho extendido pretendía traspasarle cierta calma.
- Amigo, no hag-
BLAM!
La vida de mi esposo acabó, según dice la policía, cuando merodeaba por un descampado y le intentaron atracar, con tan mala fortuna que quien fuera que le atracara prefirió registrar un cadáver que vérselas con una persona viva. Es lo que tienen, se disculpan, esos hijoputas heroinómanos que merodean como fantasmas en pena buscando pelas con las que comprar una nueva dosis.
Murió solo.
Mentira.
La Rusa tiene la culpa. Ella y la maldita cabaña donde se jugaba. Pero si abro la boca, tendré problemas por el lado de la policía y el de los tipos de la cabaña. La policía puede estar, hasta donde yo sé, untada, y lo menos que necesito son multas innecesarias y detenciones aleatorias y registros injustificados porque, a lo mejor, mi cara es muy común y es fácil que se me confunda. Y bueno, qué podría decir de los cabrones detrás de ese pequeño habitáculo de madera que no se pueda sacar de esta historia.
Decido callarme.
Los problemas se esfuman cuando con gran pesar, más por la pérdida de pasta que por la pérdida de un cliente, los del seguro me dan dinero suficiente como para que mi hijo tenga un futuro asegurado, y yo, una vida cómoda.
No es un final feliz. No hay asesino por ninguna parte, mi esposo está muerto y el caso lo han cerrado lo más deprisa que han podido, presionados por algún gordo bañado en pasta al que medio departamento debe favores. Pero mi hijo y yo podremos vivir sin tiranteces una buena temporada, y en el fondo sé que mi amor se esforzó por conseguir el desenlace que más nos convenía.
Y eso ya es más de lo que consiguen algunos.
CLAC!
El segundo se desmayó después de apoyar delicadamente la pistola en la mesa, y todos oímos cómo se meaba encima.
CLAC!
¡Oh, vaya! ¡Eso sí que era suerte! Me sentí libre por primera vez en mucho tiempo; me juré que jamás volvería a jugar, a menos que fuera el parchís o al Monopoly con mi hijo. La deuda estaba saldada, yo limpio, y el mundo iba a seguir girando. Por supuesto, no podía levantarme hasta que alguien se volara la cabeza, pero el hecho de que no fuera yo ese patán le quitaba mucho contenido emocional.
El revólver llegó al experto que tenía a mi derecha, y volvió a sonar hueco, y por un breve tiempo llegué a soñar que la bala había desaparecido y que nadie moriría, iluso de mí. Resulta que el tipo ese tan nervioso, el del tizón en el culo y todo eso, empuñó el arma y apuntó a la cabeza de uno de los tipos que había en la parte superior. La situación pasó de tensa a grave y el resto de los que nos hallábamos en la mesa nos apartamos prudencialmente, dejando que el loco se atreviera a hacer lo que fuera que tenía en mente. Arriba se oían murmullos, y se distinguía el particular sonido de varias armas que están siendo amartilladas. Abajo, los que no parecíamos tan locos nos susurrábamos unos a otros.
- ¿Qué hacemos? – farfulló el experto que tuve a mi derecha y que ahora estaba pegado a la pared, apenas metro y medio a mi izquierda.
- No lo sé –apunté. Luego hice un leve mohín -. Pero tenemos que hacer algo.
- ¡Venga ya! – contestó contrariado el primero en probar suerte. - ¿Por qué deberíamos hacer nada? Ese mamón se ha metido sólo en este problema y por mí, saldría solo de él.
- ¿Sí? – dije, clavando la mirada más amenazadora que pude llegar a hacer. – Y dime una cosa...
- ¿El qué?
- Bien, ¿has visto quién hay arriba?
- No, no dejan subir bajo peligro de muerte.
- Ajá... y ¿alguna vez has mirado a través del agujero?
- Sí, pero joder, ¿a qué viene este puto interrogatorio?
- Viste a unos tíos trajeados, pues.
- Puesss... sí.
- Bueno, ¿y crees que ellos se mancharían de sangre?
- ¿Uh?
- Lo plantearé mejor... NO sabes CUÁNTOS hay en el piso superior ni CÓMO están ARMADOS, ni tampoco sabes si ellos SE MOLESTARÁN en APUNTAR a ese loco o directamente MATARÁN a todos los que estemos aquí debajo. ¿Así mejor?
El muy imbécil estaba pálido del susto, y se aferraba como podía a los tablones que conformaban la pared de la cabaña. Sin embargo, aunque me reportó gran satisfacción asustar a ese pringado contándole lo que de verdad pasaba allí, suponía una victoria pírrica respecto a lo que podía pasar. Al fin y al cabo, yo sólo quería escapar.
Decidí entonces acercarme al loco e intentar razonar con él, usar la poderosa sugestión que hay en las palabras para confundirle lo suficiente y entonces arrebatarle el arma y eliminar la amenaza. A quién quería engañar, creyéndome uno de esos indestructibles héroes de acción que desayunan, comen y cenan teflón como si fuera parte importante de su dieta y que consiguen negociar con cualquier terrorista saliendo mínimamente herido, y con la situación controlada. Lenta, pesadamente, caminé hacia el sujeto, que apuntaba a los de arriba sin terminar de decidirse, como un cazador de video-consola que tiene que elegir entre un pato digital u otro. Me di a conocer cuando estaba a medio metro de él, e intenté hablar mientras con el brazo derecho extendido pretendía traspasarle cierta calma.
- Amigo, no hag-
BLAM!
La vida de mi esposo acabó, según dice la policía, cuando merodeaba por un descampado y le intentaron atracar, con tan mala fortuna que quien fuera que le atracara prefirió registrar un cadáver que vérselas con una persona viva. Es lo que tienen, se disculpan, esos hijoputas heroinómanos que merodean como fantasmas en pena buscando pelas con las que comprar una nueva dosis.
Murió solo.
Mentira.
La Rusa tiene la culpa. Ella y la maldita cabaña donde se jugaba. Pero si abro la boca, tendré problemas por el lado de la policía y el de los tipos de la cabaña. La policía puede estar, hasta donde yo sé, untada, y lo menos que necesito son multas innecesarias y detenciones aleatorias y registros injustificados porque, a lo mejor, mi cara es muy común y es fácil que se me confunda. Y bueno, qué podría decir de los cabrones detrás de ese pequeño habitáculo de madera que no se pueda sacar de esta historia.
Decido callarme.
Los problemas se esfuman cuando con gran pesar, más por la pérdida de pasta que por la pérdida de un cliente, los del seguro me dan dinero suficiente como para que mi hijo tenga un futuro asegurado, y yo, una vida cómoda.
No es un final feliz. No hay asesino por ninguna parte, mi esposo está muerto y el caso lo han cerrado lo más deprisa que han podido, presionados por algún gordo bañado en pasta al que medio departamento debe favores. Pero mi hijo y yo podremos vivir sin tiranteces una buena temporada, y en el fondo sé que mi amor se esforzó por conseguir el desenlace que más nos convenía.
Y eso ya es más de lo que consiguen algunos.





