Taxi drivers must talk
A veces creo que esto de tener mi propio dinero, ganado con el sudor de mi frente, me hace más pijo en muchos sentidos. No sé, sigo comprándome las mismas frikadas, me gasto algo en copas, pero ahora, de vez en cuando, cojo un taxi.
Sí, es la forma más pija de desplazarse en ciudad, pero a veces puedo permitírmelo, esas ocasiones en que mis piernas no, o mi cabeza, o simplemente mi ánimo.
Veo Madrid a través de esa ventana, con un desconocido al volante, todo va deprisa y en ocasiones, tengo ganas de gritar al conductor que pare y salir corriendo, salir siguiendo el tráfico de los coches o simplemente a mover los pies en el asfalto.
En parte, las ganas de andar se fueron un poco después de que me atracaran. Que el gilipollas ese me amenazara con matarme no fue lo más agradable de mi vida, y miento si digo que no me siento tan seguro como antes caminando por la noche.
El otro día, un colega lo comentó, el barrio se está poniendo cada vez peor.
- Éste no es mi Legazpi - dijo entristecido y medio borracho -. El otro día le robaron a mi novia un collar de cristales, no de diamantes ni de perlas ni polladas de esas, no, uno de cristales baratito pero muy mono. Y se lo robaron de un tirón. Y como pille al miserable...
Sí, se nota la peligrosidad en el barrio. Desgraciadamente, la pasividad y falta de rigor con la que se dan los papeles, y la falta de penas mayores contra la reincidencia (en mi opinión, para alguien nacido aquí debería ser una sentencia algo más hinchada de lo que supone el delito, y para un inmigrante, la expulsión inmediata y el status de persona non grata) dejan manga ancha a que los delicuentes comunes y las bandas latinas (los malditos Latin Kings están por mi barrio e incluso en mi edificio, y en el barrio de un colega, los Ñetas).
Un coleguilla estaba con su portatil a la puerta del pub donde curra (y donde yo curré antes) y el mismo que dijo que ese barrio ya no era su Legazpi le dijo que tuviera cuidado, que las calles ya no eran tan seguras.
En fin, que todo esto viene a cuento con que la especie más conocida de Madrid, los taxistas, se está extinguiendo en alma. Ese taxista capaz de ligar con una estrella de hollywood, de buscarte un lugar con putas (anécdota verídica) o simplemente, de darte una conversación fascistoide de lo mal que va el país.
Ese taxista incapaz de callarse ni debajo del agua, ya no habla.
Ver, oír, callar.
Es lo que está quedando de Madrid, ver un atraco, oir el ruido, callarse como una puta para refugiarse en casa, y que le den al que sea.
Ver al cliente, oir lo que dice, no contestar y rezar por llegar a destino cuanto antes, y rezar para que no te roben.
Cuando ya llevaba un par de meses, cogiendo esporádicamente el taxi y viendo que era yo el que sacaba una conversación adelante, me atreví a preguntar a un taxista sobre su mutismo.
- Hay mucho miedo - dijo preocupado, cambiando el tono jocoso del anterior tema de conversación -. Mira, esta mañana hemos ido a protestar porque han apuñalado a otro taxista hace dos días. Hay mucho miedo entre mis compañeros, ¿sabes? Que ahora no se andan con miramientos y le clavan un pincho a uno con la respuesta mínima.
Y me dio pena.
El miedo, que hace que ante una noche oscura prefiera gastarme 7 euros en volver a casa en lugar de adentrarme en ella. El miedo, que convierte a una persona en piedra.
Hace mucho que no camino en mitad de la noche cerrada por calles solitarias de Madrid, que no siento los charcos bajo mis pies, por el agua del equipo de limpieza.
Hace mucho que no me siento seguro.
Seth Fortuyn, ¿habeis oido eso? Me ha parecido oír algo en ese callejón... uhm... salimos corriendo ¿no?
Sí, es la forma más pija de desplazarse en ciudad, pero a veces puedo permitírmelo, esas ocasiones en que mis piernas no, o mi cabeza, o simplemente mi ánimo.
Veo Madrid a través de esa ventana, con un desconocido al volante, todo va deprisa y en ocasiones, tengo ganas de gritar al conductor que pare y salir corriendo, salir siguiendo el tráfico de los coches o simplemente a mover los pies en el asfalto.
En parte, las ganas de andar se fueron un poco después de que me atracaran. Que el gilipollas ese me amenazara con matarme no fue lo más agradable de mi vida, y miento si digo que no me siento tan seguro como antes caminando por la noche.
El otro día, un colega lo comentó, el barrio se está poniendo cada vez peor.
- Éste no es mi Legazpi - dijo entristecido y medio borracho -. El otro día le robaron a mi novia un collar de cristales, no de diamantes ni de perlas ni polladas de esas, no, uno de cristales baratito pero muy mono. Y se lo robaron de un tirón. Y como pille al miserable...
Sí, se nota la peligrosidad en el barrio. Desgraciadamente, la pasividad y falta de rigor con la que se dan los papeles, y la falta de penas mayores contra la reincidencia (en mi opinión, para alguien nacido aquí debería ser una sentencia algo más hinchada de lo que supone el delito, y para un inmigrante, la expulsión inmediata y el status de persona non grata) dejan manga ancha a que los delicuentes comunes y las bandas latinas (los malditos Latin Kings están por mi barrio e incluso en mi edificio, y en el barrio de un colega, los Ñetas).
Un coleguilla estaba con su portatil a la puerta del pub donde curra (y donde yo curré antes) y el mismo que dijo que ese barrio ya no era su Legazpi le dijo que tuviera cuidado, que las calles ya no eran tan seguras.
En fin, que todo esto viene a cuento con que la especie más conocida de Madrid, los taxistas, se está extinguiendo en alma. Ese taxista capaz de ligar con una estrella de hollywood, de buscarte un lugar con putas (anécdota verídica) o simplemente, de darte una conversación fascistoide de lo mal que va el país.
Ese taxista incapaz de callarse ni debajo del agua, ya no habla.
Ver, oír, callar.
Es lo que está quedando de Madrid, ver un atraco, oir el ruido, callarse como una puta para refugiarse en casa, y que le den al que sea.
Ver al cliente, oir lo que dice, no contestar y rezar por llegar a destino cuanto antes, y rezar para que no te roben.
Cuando ya llevaba un par de meses, cogiendo esporádicamente el taxi y viendo que era yo el que sacaba una conversación adelante, me atreví a preguntar a un taxista sobre su mutismo.
- Hay mucho miedo - dijo preocupado, cambiando el tono jocoso del anterior tema de conversación -. Mira, esta mañana hemos ido a protestar porque han apuñalado a otro taxista hace dos días. Hay mucho miedo entre mis compañeros, ¿sabes? Que ahora no se andan con miramientos y le clavan un pincho a uno con la respuesta mínima.
Y me dio pena.
El miedo, que hace que ante una noche oscura prefiera gastarme 7 euros en volver a casa en lugar de adentrarme en ella. El miedo, que convierte a una persona en piedra.
Hace mucho que no camino en mitad de la noche cerrada por calles solitarias de Madrid, que no siento los charcos bajo mis pies, por el agua del equipo de limpieza.
Hace mucho que no me siento seguro.
Seth Fortuyn, ¿habeis oido eso? Me ha parecido oír algo en ese callejón... uhm... salimos corriendo ¿no?
Comentario:
A mí me viene pasando igual desde hace un tiempo... Hace seis, siete años, salía de marcha y volvía sola a casa a las cinco de la mañana, con taconazo y escote incluido, sin que nadie me molestase lo más mínimo... Y ahora me da miedo salir por la tarde de la facultad por si acaso. Quizá tenga algo que ver que me robaron hace unos años, aunque sin violencia, por suerte. El caso es que sí, tengo miedo. Y cojo un taxi y le doy palique al taxista y por un ratito me olvido del giñe que me da volver sola a casa.





