Cuento largo: Camarero
Voy a probar mis dotes para el cuento largo, y escribiros un cuento largo mezclando mis experiencias reales en el pub árabe en el que curré hace un año con la ficción.
Lo serializaré, y cada cuatro o cinco días colgaré la continuación. Pero quiero comentarios, por favor. Es la primera vez que me atrevo a publicar algo tan largo públicamente (suelo guardar los cuentos largos para publicarlos en una editorial, a ver si hay suerte), y quiero saber qué tal os parece mi faceta de cuentista extendido...
Ahí vamos:
CAMARERO
PRÓLOGO
Estoy en el pub “Charlestón”, sentado en un taburete junto a la barra, cerca de la puerta. El pub está en el centro de Madrid, y aunque la clientela ha subido algo, sigue siendo escasa, aunque fiel.
Y entras.
No me voy a molestar en describirte, porque podrías ser cualquiera, hombre o mujer, joven o adulto. Si quieres, podrías ser el camarero, pero entonces no te contaría mi historia.
Porque el camarero escucha detrás de la barra, y créeme, podría hacer de tu vida un infierno.
Consideremos pues que entras, afuera es de noche, y te sientas a mi lado.
- Hola – dices.
- ¿Qué hay? – contesto. Y añado -: ¿Quieres escuchar mi historia?
- Podría darte una oportunidad – dices, pensando en alto.
Me quedo observando el local. Es bastante amplio, y según entras a la derecha está la barra. Frente a la barra, unos taburetes metálicos negros con cojines rojos y brillantes. Frente a los taburetes, un pasillo de un metro de ancho, y al lado izquierdo del pasillo un par de mesas. En las paredes negras, con pequeñas y relucientes piedrecitas, como trozos de cielo, hay carteles de viejas películas.
Al fondo, y tras bajar cinco peldaños, siete mesas y catorce instantes del cine americano más clásico. No hay ninguna fuente en el medio.
- Es curioso cómo el pub ha quedado prácticamente igual a como era antes – digo.
Humphrey Bogart en Casablanca, en el aeropuerto, en la memoria del cinéfilo.
- ¿Sabes? Sufrió un incendio – digo.
Glenn Ford, en Gilda. Y Rita Hayworth está más abajo, quitándose un guante.
- Fue culpa mía. Tuve que hacerlo para demostrar que nadie tiene derecho a insultarte. Que tienes una dignidad que mantener – digo.
Marlene Dietrich observa, con los focos a cuarenta y cinco grados de inclinación, si en las mesas del fondo la gente queda satisfecha.
- Y todo acabó a puñetazos, con esto en llamas y Martín crepitando bajo la luna de verano. Pero claro, me estoy adelantando.
- ¿Y el principio, cómo empezó todo? – espetas impaciente.
- Tengo un amigo que también escribe, le conocí en el instituto, y me enseñó a arruinar a las personas. Que los objetivos de una persona son sus mayores debilidades. Y me dijo que una frase impactante al principio de tu historia vale más que cuarenta páginas.
No sé si es para tanto, te digo, pero por probar no pasa nada
Lo serializaré, y cada cuatro o cinco días colgaré la continuación. Pero quiero comentarios, por favor. Es la primera vez que me atrevo a publicar algo tan largo públicamente (suelo guardar los cuentos largos para publicarlos en una editorial, a ver si hay suerte), y quiero saber qué tal os parece mi faceta de cuentista extendido...
Ahí vamos:
CAMARERO
PRÓLOGO
Estoy en el pub “Charlestón”, sentado en un taburete junto a la barra, cerca de la puerta. El pub está en el centro de Madrid, y aunque la clientela ha subido algo, sigue siendo escasa, aunque fiel.
Y entras.
No me voy a molestar en describirte, porque podrías ser cualquiera, hombre o mujer, joven o adulto. Si quieres, podrías ser el camarero, pero entonces no te contaría mi historia.
Porque el camarero escucha detrás de la barra, y créeme, podría hacer de tu vida un infierno.
Consideremos pues que entras, afuera es de noche, y te sientas a mi lado.
- Hola – dices.
- ¿Qué hay? – contesto. Y añado -: ¿Quieres escuchar mi historia?
- Podría darte una oportunidad – dices, pensando en alto.
Me quedo observando el local. Es bastante amplio, y según entras a la derecha está la barra. Frente a la barra, unos taburetes metálicos negros con cojines rojos y brillantes. Frente a los taburetes, un pasillo de un metro de ancho, y al lado izquierdo del pasillo un par de mesas. En las paredes negras, con pequeñas y relucientes piedrecitas, como trozos de cielo, hay carteles de viejas películas.
Al fondo, y tras bajar cinco peldaños, siete mesas y catorce instantes del cine americano más clásico. No hay ninguna fuente en el medio.
- Es curioso cómo el pub ha quedado prácticamente igual a como era antes – digo.
Humphrey Bogart en Casablanca, en el aeropuerto, en la memoria del cinéfilo.
- ¿Sabes? Sufrió un incendio – digo.
Glenn Ford, en Gilda. Y Rita Hayworth está más abajo, quitándose un guante.
- Fue culpa mía. Tuve que hacerlo para demostrar que nadie tiene derecho a insultarte. Que tienes una dignidad que mantener – digo.
Marlene Dietrich observa, con los focos a cuarenta y cinco grados de inclinación, si en las mesas del fondo la gente queda satisfecha.
- Y todo acabó a puñetazos, con esto en llamas y Martín crepitando bajo la luna de verano. Pero claro, me estoy adelantando.
- ¿Y el principio, cómo empezó todo? – espetas impaciente.
- Tengo un amigo que también escribe, le conocí en el instituto, y me enseñó a arruinar a las personas. Que los objetivos de una persona son sus mayores debilidades. Y me dijo que una frase impactante al principio de tu historia vale más que cuarenta páginas.
No sé si es para tanto, te digo, pero por probar no pasa nada
Comentario:
¡¡Hola!! Muchas gracias por tu visita a mi blog, y gracias por la opinión, jeje. ¿Sabes lo más curioso? En mi pueblo soy de las pocas que no lo aguantan, pero se ve que la gente de allí no tiene motivos para decir por qué le gusta el reggaetón.
Otra cosa, tu historia empieza muy bien, me iré metiendo para ver lo que vas colgando, un besazo y espero que vuelvas otra vez por mi page.
Bye bye
Otra cosa, tu historia empieza muy bien, me iré metiendo para ver lo que vas colgando, un besazo y espero que vuelvas otra vez por mi page.
Bye bye





