Camarero (y VI)
Mis manos huelen a lejía desde hace un par de días. Toca limpieza general.
Por supuesto, Martín no hace nada. Martín espera que su empleado limpie todo, y en parte no se equivoca.
- Si quieres te ayudo – me dice Gonzalo, solícito.
No, le contesto. Si me ayudas, luego te tendría que invitar a más copas, y me vaciarías el local.
Gonzalo es un buen amigo del instituto. Bueno, le conocí en el instituto, pero mientras yo encallaba en las aguas del fracaso, él evolucionó a universitario. Y en un botellón, en el que presumía de ser camarero para despertar el morbo de alguna chica, le dije que se pasara cuando quisiera.
Y que estaría invitado.
Y desde entonces Gonzalo viene aquí todos los miércoles, a veces solo, a veces con su novia o con un amigo.
Ante la escasez de clientes, las horas pueden alargarse eternamente si no tienes alguien con quien hablar. En mis primeros meses, podía leer libros, pero un día me dijo Martín que debería centrarme mejor en el local.
Y así todos los días procuro arrastrar a un colega hasta aquí.
Para esquivar el aburrimiento. Para evitar hablar con los solitarios de la barra.
- Tú mismo – me dice.
El teléfono suena para interrumpir mis meditaciones de fregona.
- Soy Martín – dice el aparato -. ¿Qué tal todo por ahí?
- Psé, hay tres mesas nada más, unas ocho personas... la caja no dará para mucho, hoy.
- Bueno – dice, quitando hierro a ese asunto -, a ver si en las últimas horas se te llena más. Pero no te llamo para eso... he estado hablando con el abogado, y es posible que pueda hacerte un contrato que se ajuste a tu horario de trabajo.
Alguno tiene que haber, por supuesto.
Otra cosa es que se haya molestado en buscarlo.
- De acuerdo – contesto.
- Pues nada, ya comentaremos el asunto más adelante.
Cuelgo y sé que nunca me hará contrato, por mucho tiempo que permanezca aquí.
- ¿Martín, no? – dice Gonzalo.
- Sí, pero me ha comentado que a lo mejor me hace contrato. – Una cucaracha pasea cerca de las servilletas. Cojo una y aguanto la respiración, con la servilleta arrugada en mi mano y la cucaracha en el punto de mira.
- Genial. Es lo que quieres, ¿no?
- Ni siquiera sé si quiero seguir trabajando aquí.
Y atrapo a la cucaracha y la tiro a la basura.
Fijaos en el inspector de sanidad. Traje y genitales limpios, y prácticamente las manos vacías.
Se le llena la boca con una sonrisa al ver a Martín. Se saludan efusivamente, y dan una pequeña vuelta alrededor del local.
- ¿Quién es? – pregunto, curioso.
- Es el inspector de sanidad... pero yo que tú no me preocuparía lo más mínimo, porque todo está controlado. Viene desde hace más de veinte años a revisar el local, y ya nos conocemos de sobra – y me da un codazo cómplice en las costillas, y casi le escupo en la cara.
El inspector pasea su elegante traje azul marino con corbata de rayas rojas y amarillas, y aunque abarca todo, no observa nada. No pide que se suba la intensidad de la luz. No rasca la costra de las mesas. Sólo sonríe.
Siguen sonriendo, Martín y el inspector, cuando llegan a la parte trasera del pub, el almacén. Martín fuerza sus carrillos para mantener arqueada la boca y que parezca una sonrisa convincente, pero parece una marioneta, y con su cuerpo tapa el frigorífico de las cervezas.
Los dos se miran fijamente, sin borrar sus estúpidas sonrisas de la cara.
El inspector pasea su porte de ministro hacia el frigorífico de las cervezas, y en el momento en que parece que va a abrirlo y descubrir la rica flora interior, la tundra artificial en las paredes del aparato, espeta:
- Si te vas a quedar mirándome así, mejor saco yo las cervezas, que ya sé donde están.
No sé si echarme a reír ante semejante alarde de falta de profesionalidad. En su lugar, sigo con mi trabajo.
A los veinte minutos, una cerveza por cuenta del jefe está ya en el estómago del inspector, y éste se dirige a la salida haciéndole saber a Martín que no va a pasar nada, y que todo está en orden.
Que ha pasado la inspección.
Si las inspecciones se hacen con las ganas con las que Martín me hace un contrato, no me extrañaría que este local fuera capaz de sobrevivir a una bomba atómica.
Martín es la cucaracha de la hostelería, capaz de sobrevivir a cualquier incidente.
Por supuesto, Martín no hace nada. Martín espera que su empleado limpie todo, y en parte no se equivoca.
- Si quieres te ayudo – me dice Gonzalo, solícito.
No, le contesto. Si me ayudas, luego te tendría que invitar a más copas, y me vaciarías el local.
Gonzalo es un buen amigo del instituto. Bueno, le conocí en el instituto, pero mientras yo encallaba en las aguas del fracaso, él evolucionó a universitario. Y en un botellón, en el que presumía de ser camarero para despertar el morbo de alguna chica, le dije que se pasara cuando quisiera.
Y que estaría invitado.
Y desde entonces Gonzalo viene aquí todos los miércoles, a veces solo, a veces con su novia o con un amigo.
Ante la escasez de clientes, las horas pueden alargarse eternamente si no tienes alguien con quien hablar. En mis primeros meses, podía leer libros, pero un día me dijo Martín que debería centrarme mejor en el local.
Y así todos los días procuro arrastrar a un colega hasta aquí.
Para esquivar el aburrimiento. Para evitar hablar con los solitarios de la barra.
- Tú mismo – me dice.
El teléfono suena para interrumpir mis meditaciones de fregona.
- Soy Martín – dice el aparato -. ¿Qué tal todo por ahí?
- Psé, hay tres mesas nada más, unas ocho personas... la caja no dará para mucho, hoy.
- Bueno – dice, quitando hierro a ese asunto -, a ver si en las últimas horas se te llena más. Pero no te llamo para eso... he estado hablando con el abogado, y es posible que pueda hacerte un contrato que se ajuste a tu horario de trabajo.
Alguno tiene que haber, por supuesto.
Otra cosa es que se haya molestado en buscarlo.
- De acuerdo – contesto.
- Pues nada, ya comentaremos el asunto más adelante.
Cuelgo y sé que nunca me hará contrato, por mucho tiempo que permanezca aquí.
- ¿Martín, no? – dice Gonzalo.
- Sí, pero me ha comentado que a lo mejor me hace contrato. – Una cucaracha pasea cerca de las servilletas. Cojo una y aguanto la respiración, con la servilleta arrugada en mi mano y la cucaracha en el punto de mira.
- Genial. Es lo que quieres, ¿no?
- Ni siquiera sé si quiero seguir trabajando aquí.
Y atrapo a la cucaracha y la tiro a la basura.
Fijaos en el inspector de sanidad. Traje y genitales limpios, y prácticamente las manos vacías.
Se le llena la boca con una sonrisa al ver a Martín. Se saludan efusivamente, y dan una pequeña vuelta alrededor del local.
- ¿Quién es? – pregunto, curioso.
- Es el inspector de sanidad... pero yo que tú no me preocuparía lo más mínimo, porque todo está controlado. Viene desde hace más de veinte años a revisar el local, y ya nos conocemos de sobra – y me da un codazo cómplice en las costillas, y casi le escupo en la cara.
El inspector pasea su elegante traje azul marino con corbata de rayas rojas y amarillas, y aunque abarca todo, no observa nada. No pide que se suba la intensidad de la luz. No rasca la costra de las mesas. Sólo sonríe.
Siguen sonriendo, Martín y el inspector, cuando llegan a la parte trasera del pub, el almacén. Martín fuerza sus carrillos para mantener arqueada la boca y que parezca una sonrisa convincente, pero parece una marioneta, y con su cuerpo tapa el frigorífico de las cervezas.
Los dos se miran fijamente, sin borrar sus estúpidas sonrisas de la cara.
El inspector pasea su porte de ministro hacia el frigorífico de las cervezas, y en el momento en que parece que va a abrirlo y descubrir la rica flora interior, la tundra artificial en las paredes del aparato, espeta:
- Si te vas a quedar mirándome así, mejor saco yo las cervezas, que ya sé donde están.
No sé si echarme a reír ante semejante alarde de falta de profesionalidad. En su lugar, sigo con mi trabajo.
A los veinte minutos, una cerveza por cuenta del jefe está ya en el estómago del inspector, y éste se dirige a la salida haciéndole saber a Martín que no va a pasar nada, y que todo está en orden.
Que ha pasado la inspección.
Si las inspecciones se hacen con las ganas con las que Martín me hace un contrato, no me extrañaría que este local fuera capaz de sobrevivir a una bomba atómica.
Martín es la cucaracha de la hostelería, capaz de sobrevivir a cualquier incidente.
Comentario:
lo q hay q aguantar x 4 duros...ainsss todos los jefes son estandar, les faltan las 6 patas...
un besiyouuuu!!!
un besiyouuuu!!!
Comentario:
La última frase de esta entrega es sencillamente genial. Un cierre estupendo... Ya estoy deseando la siguiente :)





