Camarero (y VII)
El deterioro de la relación entre Martín y yo tuvo su catalizador en su esposa, la secretaria, que tan bien me caía al principio. Vamos, me juego un brazo a que esa bruja le comió la oreja más de una vez con que yo era un indeseable.
En un principio, Sonsoles se quedaba hasta las doce en el pub, enseñando a manejarme con el trabajo. Hablábamos mucho, también. No sé, me parecía alguien agradable.
A menudo me instigaba a afeitarme completamente en vez de dejarme la perilla, o a que me cortara el pelo. Criticaba abiertamente mi vestuario, que no era nada estrafalario, aunque reconozco que algo pasado de moda. Y de repente, decide que soy lo peor.
Para muestra, un botón.
Martín tiene un amigo llamado Basilio, Basi para todos menos para el registro civil. Basi pasa todas las semanas, y compartimos aficiones comunes como los cómics, las pelis de terror o los libros de ciencia ficción, y cada vez que viene, nos quedamos horas hablando.
Un viernes aterricé con unos amigos en el “Charlestón”. Los fines de semana son Martín, Sonsoles y aquél chaval argentino de la cerveza belga que cité al principio de mi relato (se llama Marcos) los que trabajan, los dos primeros preparando las copas y el tercero tomando nota y sirviendo.
Junto a la barra, estaba Basi, y me puse a hablar con él. Y en el tiempo en el que yo discutía de la nueva película de John Carpenter, el último libro que me compré de William Gibson y el primer disco de los Pixies, a mis colegas les dio tiempo de tomarse una copa. Pasó una hora o así, ¿vale? Y mis amigos dicen que se van ya. Me despido de Basi, y según salgo por la puerta, Sonsoles le pregunta:
- Oye, ¿te ha molestado el chaval? Como habéis estado ahí hablando bastante tiempo...
- ¡Qué va! ¡Si tenemos gustos muy parecidos!
Qué pobre alivio fueron las palabras de Basi, comparadas con la demoledora pregunta de Sonsoles.
Hice como que no había escuchado nada, y me fui de juerga, y no me pude quitar semejantes palabras de la cabeza. Quizá, llegué a pensar, había llegado la hora de despedirme. O de que me despidieran, porque con semejante arpía cerca, cualquier error que pudiera cometer podía significar mi pasaporte a la calle.
Los nervios empezaron a matarme.
- ¡No! – me dice Eduardo -. ¿De verdad preguntó eso?
- Te lo puedo jurar. Y si Basi no llega a contestar lo que contestó, bueno, hoy le habría mandado a la mierda.
- Joder con Sonsoles.
- Si es que llevan un rollo muy raro. El otro día, me echó una pequeña bronca porque me pasé con los aperitivos de una mesa. Me vino y me dijo que si ponía tanto era mucho gasto y no se qué, es de un rata el hombre éste...
- Déjales, ellos solos se perderán. Siempre pasa lo mismo...
Lo que sospechaba se hace patente. Hay cosas que deben ser comunes a todos los pubs, pero Eduardo acertaba hasta en las más propias del Charlestón.
- Tú has trabajado aquí.
- Jeh... sí, bueno, hace unos cuatro años o así.
No me puedo creer esto. Después de casi cinco meses, se le escapa que trabajó aquí. Encima, se le escapa, no lo dice voluntariamente. Cosas como esa derrumban la voluntad de cualquiera. Nervioso, acaricia su calva.
- Me pasaron las mismas cosas. Te aseguro que es el pelo y la forma de vestir, y supongo que la actitud. Aunque no te lo parezca, cuando yo empecé a trabajar aquí, tenía una melena larga y negra hasta los hombros, y una barba de dos días. A Sonsoles no le gustó nada que trabajara aquí, pero he estado trabajando en un huevo de locales y Martín no pudo negarse. Al principio, todo risas conmigo, ¿no? Pero poco a poco, Sonsoles le fue comiendo el tarro. Una vez la escuché diciendo que creía que yo robaba.
- ¿No hiciste nada?
- Sí. Me acerqué a los dos y la dije que no se atreviera a llamarme eso. Ya tenía asumido que no haría migas con ella, así que me dio igual dejarle las cosas claras. Al año y medio, casi dos, Martín me llamó ladrón delante de unos clientes y le mandé a la mierda. Así de claro. Tú no te amilanes, ni dejes que te pise, el hombre este. Es un hombrecillo patético. Y recuerda que estás sin contrato, y que eres joven y hay otros trabajos...
Coge su cubata y brinda.
- ¡donde pueden explotarte!
Amén.
A raíz de mi conversación con Eduardo, tengo la determinación de aplastar a Martín, hacerle ver que él no es el único que puede hacérselo pasar mal a los demás.
- ¿Cuál es tu ingenioso plan? – dice Eduardo.
- Es muy sencillo. Haré como que me han atracado y me llevaré todo el dinero. Se le puede caer el pelo por muchas razones...
<< El martes es el día que menos gente viene por aquí, ¿no? Pues el martes, a una determinada hora en la que no haya nadie, cogemos y nos ponemos unos guantes y destrozamos el local con barras o paraguas o con lo que sea.>>
- Unmomento... ¿destrozamos?
- Claro, ¿no quieres tú vengarte de este tipejo?
- Como el que más, pero joder, de ahí al vandalismo hay todo un trecho.
- Vamos, si en el fondo lo habrás pensado más de una vez.
<< El caso, que luego me atizo un par de veces en la cara, como para hacer que me han dado una paliza, y la caja fuerte la vaciamos: no sé por qué, últimamente el cabrón la deja abierta todo el rato, y se piensa que no le van a robar porque está escondida. Dentro no hay mucha pasta, ya lo he visto, pero si quitamos la cantidad ingente de monedas que hay dentro, podríamos llevarnos, tranquilamente, seiscientos euros.>>
El trabajito pinta bien, y el dinero y la humillación de Martín todavía más.
Pienso en seiscientos euros.
En un principio, Sonsoles se quedaba hasta las doce en el pub, enseñando a manejarme con el trabajo. Hablábamos mucho, también. No sé, me parecía alguien agradable.
A menudo me instigaba a afeitarme completamente en vez de dejarme la perilla, o a que me cortara el pelo. Criticaba abiertamente mi vestuario, que no era nada estrafalario, aunque reconozco que algo pasado de moda. Y de repente, decide que soy lo peor.
Para muestra, un botón.
Martín tiene un amigo llamado Basilio, Basi para todos menos para el registro civil. Basi pasa todas las semanas, y compartimos aficiones comunes como los cómics, las pelis de terror o los libros de ciencia ficción, y cada vez que viene, nos quedamos horas hablando.
Un viernes aterricé con unos amigos en el “Charlestón”. Los fines de semana son Martín, Sonsoles y aquél chaval argentino de la cerveza belga que cité al principio de mi relato (se llama Marcos) los que trabajan, los dos primeros preparando las copas y el tercero tomando nota y sirviendo.
Junto a la barra, estaba Basi, y me puse a hablar con él. Y en el tiempo en el que yo discutía de la nueva película de John Carpenter, el último libro que me compré de William Gibson y el primer disco de los Pixies, a mis colegas les dio tiempo de tomarse una copa. Pasó una hora o así, ¿vale? Y mis amigos dicen que se van ya. Me despido de Basi, y según salgo por la puerta, Sonsoles le pregunta:
- Oye, ¿te ha molestado el chaval? Como habéis estado ahí hablando bastante tiempo...
- ¡Qué va! ¡Si tenemos gustos muy parecidos!
Qué pobre alivio fueron las palabras de Basi, comparadas con la demoledora pregunta de Sonsoles.
Hice como que no había escuchado nada, y me fui de juerga, y no me pude quitar semejantes palabras de la cabeza. Quizá, llegué a pensar, había llegado la hora de despedirme. O de que me despidieran, porque con semejante arpía cerca, cualquier error que pudiera cometer podía significar mi pasaporte a la calle.
Los nervios empezaron a matarme.
- ¡No! – me dice Eduardo -. ¿De verdad preguntó eso?
- Te lo puedo jurar. Y si Basi no llega a contestar lo que contestó, bueno, hoy le habría mandado a la mierda.
- Joder con Sonsoles.
- Si es que llevan un rollo muy raro. El otro día, me echó una pequeña bronca porque me pasé con los aperitivos de una mesa. Me vino y me dijo que si ponía tanto era mucho gasto y no se qué, es de un rata el hombre éste...
- Déjales, ellos solos se perderán. Siempre pasa lo mismo...
Lo que sospechaba se hace patente. Hay cosas que deben ser comunes a todos los pubs, pero Eduardo acertaba hasta en las más propias del Charlestón.
- Tú has trabajado aquí.
- Jeh... sí, bueno, hace unos cuatro años o así.
No me puedo creer esto. Después de casi cinco meses, se le escapa que trabajó aquí. Encima, se le escapa, no lo dice voluntariamente. Cosas como esa derrumban la voluntad de cualquiera. Nervioso, acaricia su calva.
- Me pasaron las mismas cosas. Te aseguro que es el pelo y la forma de vestir, y supongo que la actitud. Aunque no te lo parezca, cuando yo empecé a trabajar aquí, tenía una melena larga y negra hasta los hombros, y una barba de dos días. A Sonsoles no le gustó nada que trabajara aquí, pero he estado trabajando en un huevo de locales y Martín no pudo negarse. Al principio, todo risas conmigo, ¿no? Pero poco a poco, Sonsoles le fue comiendo el tarro. Una vez la escuché diciendo que creía que yo robaba.
- ¿No hiciste nada?
- Sí. Me acerqué a los dos y la dije que no se atreviera a llamarme eso. Ya tenía asumido que no haría migas con ella, así que me dio igual dejarle las cosas claras. Al año y medio, casi dos, Martín me llamó ladrón delante de unos clientes y le mandé a la mierda. Así de claro. Tú no te amilanes, ni dejes que te pise, el hombre este. Es un hombrecillo patético. Y recuerda que estás sin contrato, y que eres joven y hay otros trabajos...
Coge su cubata y brinda.
- ¡donde pueden explotarte!
Amén.
A raíz de mi conversación con Eduardo, tengo la determinación de aplastar a Martín, hacerle ver que él no es el único que puede hacérselo pasar mal a los demás.
- ¿Cuál es tu ingenioso plan? – dice Eduardo.
- Es muy sencillo. Haré como que me han atracado y me llevaré todo el dinero. Se le puede caer el pelo por muchas razones...
<< El martes es el día que menos gente viene por aquí, ¿no? Pues el martes, a una determinada hora en la que no haya nadie, cogemos y nos ponemos unos guantes y destrozamos el local con barras o paraguas o con lo que sea.>>
- Unmomento... ¿destrozamos?
- Claro, ¿no quieres tú vengarte de este tipejo?
- Como el que más, pero joder, de ahí al vandalismo hay todo un trecho.
- Vamos, si en el fondo lo habrás pensado más de una vez.
<< El caso, que luego me atizo un par de veces en la cara, como para hacer que me han dado una paliza, y la caja fuerte la vaciamos: no sé por qué, últimamente el cabrón la deja abierta todo el rato, y se piensa que no le van a robar porque está escondida. Dentro no hay mucha pasta, ya lo he visto, pero si quitamos la cantidad ingente de monedas que hay dentro, podríamos llevarnos, tranquilamente, seiscientos euros.>>
El trabajito pinta bien, y el dinero y la humillación de Martín todavía más.
Pienso en seiscientos euros.
Comentario:
¡¡Ahí, ahí!! Tienes la trama en el punto más interesante... Dale caña que al menos una lectora fiel te has ganado ;)





