Camarero (y VIII)
El día del falso atraco no puede ir mejor, porque antes de las doce se han hecho ciento ochenta euros de caja y todos los clientes se han ido. Así que cuando Eduardo entra en el baño y sale como un atracador con pasamontañas y guantes de cuero, la función empieza.
- Ve destrozando cosas – le digo -. Voy a cerrar la puerta para evitar visitas inesperadas.
Entonces entra Marcos, el chaval este argentino, y no sabe qué decir y se queda como una estatua en el marco de la puerta, observando atónito los destrozos que Eduardo inflinge al local.
- Es un atraco – susurro -. Vete ahora mientras puedas.
- No... te ayudaré – dice mi héroe.
Dejo que se adelante, y es en el momento en que se encuentra de espaldas a mí, que le propino un buen golpe en la cabeza con una silla. Es una de esas cosas que haces sin pensar, y que sabes que pueden ir peor, porque le podría haber partido la cabeza, matado incluso, y podría no haber tenido la suerte de dejarle inconsciente. Por no hablar de la probable conmoción cerebral.
Y mientras Marcos duerme el sueño de los justos, cerramos la puerta, rompemos todo lo que siempre quisimos romper, incluida la horrible fuente del centro del pub, y desvalijamos la caja registradora y la caja fuerte. Me atizo un par de puñetazos en la cara, hasta asegurarme de que la cara no sólo me escuece, sino que sangra.
Pienso en seiscientos euros.
Luego, Eduardo se marcha, Marcos se levanta y yo llamo por teléfono a Martín.
- ¿Que te han atracado, dices? No, no llames a la policía... espera a que llegue yo.
Marcos se me acerca nada más colgar el teléfono.
- ¿E-estás bien? A mi me duele la cabeza...
Me doy la vuelta y puede apreciar los moratones en todo su esplendor. En parte se queda sobrecogido, y se sujeta la cabeza como si se le fuera a despegar de los hombros, como si el golpe le hubiera dado alas e intentara mantenerla en su sitio.
- He llamado a Martín, me ha dicho que no llamara a la policía por ahora.
- Querrá cubrir sus huellas, tan bien como pueda.
Claro que ya me imaginaba que sucedería algo así. Cuando llega razona su versión de los hechos.
- Yo estaba atendiendo el local... tú solo vienes de vez en cuando a tomarte algo, y cuando entraron te golpearon un par de veces y a mi me echaron a un lado. Luego se llevaron el dinero. Pero tú no trabajas aquí, ¿de acuerdo?
Y cuando pienso que, por primera vez, las cosas pueden irme relativamente bien, Sonsoles interviene. Aparta a Martín y susurra que no ha habido atraco, y que yo he cogido el dinero y me he golpeado. Sonsoles, eso es muy retorcido, dice Martín, preocupado. Ya, ya, pero nunca me he fiado de este chaval. A mí me da que lo ha robado él.
Me ayuda el hecho de que Marcos estuviera aquí y fuera agredido, para que la historia cuele mejor, pero reconozco que las suspicacias de Sonsoles dan por una vez en el clavo.
Y como se supone que me han atracado y que todos estamos de los nervios, aprovecho para hacerme la víctima y gritarles a los dos.
- ¡Bruja estúpida! ¡¿A quién se le ocurriría algo tan absurdo?! ¡Maldita sea, es que no sabes hacer otra cosa que sospechar de los demás! ¡Pues contaré mi jodida versión a la policía! ¡Que estoy currando aquí sin contrato, y que me atracaron y me golpearon a mí!
- Tranquilo – dice Martín, asustado - , no lo dice en serio, ¿verdad? – La bruja se calla la boca y sale a la calle, toda roja y furibunda, echándome unas miradas de desprecio. – Déjame a mí hablar con la policía, y recibirás un pequeño incentivo. – Traducción: te estoy sobornando. Y añade -: Venga, ponte a recoger un poco el fondo del local y te vas a casa, hoy cerramos antes.
No sé si echarme a reír por lo bien que ha salido todo.
No sé si echarme a reír por lo bajo que parece haber caído Sonsoles. En su lugar, sigo trabajando.
Son las tres de la madrugada, y estoy en el pub Mc Corman con Eduardo, que viene todo radiante.
- He contado el dinero. En total, ¡son ochocientos euros!
- Genial tío, ya sabes, la mitad es tuyo.
Él se pide una Grimbergen Óptimo Bruno y yo una ginebra con tónica, y brindamos varias copas antes de irnos a casa.
- No te lo vas a creer, pero llega Martín con ese apéndice de bruja que llama esposa y empieza a suplicarme que le deje a él hablar con la policía. Hasta ahí, todo normal, más o menos, pero Sonsoles va y dice que todo es un montaje.
- Quedaría como una retorcida de mierda, supongo.
- Claro, joder, ¡tenías que haberla visto! Soltaba espumarajos por la boca mientras vomitaba la verdad y nadie la hacía caso. Martín la llevó a la calle, y luego entró y dijo que hablaría con la policía y todo se arreglaría.
- ¿Y cuánto crees que vas a durar en el pub? – me dice.
- No lo sé... sólo sé que me pilla al lado de casa y que sigo cobrando la misma mierda de siempre, aunque ahora trabaje menos. Alguna vez he llegado a cerrar el pub y echarme un rato. Es que estudio por las mañanas, y me faltan horas de sueño. Pero no me quejo. Además, pueden visitarme mis amigos.
- ¿Y seguirás siendo honesto?
- Creo que eso – digo – es una etapa pasada de mi vida.
Y añado -. Brinda conmigo. ¡Hasta que el cuerpo aguante!
Y que dure lo que tenga que durar, pienso.
A principios de mes, Martín me da el cheque y en vez de doscientos euros, veo en la casilla de la cantidad un flamante quinientos. Es el colofón a algo perfecto, pues la policía no halló pista alguna y se tragaron la historia de Martín.
Si lo llego a saber, me atraco antes.
Ahora debería marcharme del local, lanzar una mirada por encima del hombro y cerrar la puerta detrás mío, pero decido seguir en el trabajo y buscar nuevas y lucrativas maneras de estafar a mi jefe.
- Mi madre está hasta las narices, ¿sabes? – dice Gonzalo, sentado junto a la barra -. Resulta que hay una plaga de cucarachas por el barrio, y la están inundando con toneladas de papeles.
Por el momento, no me estaba diciendo nada nuevo. Quiero decir, cuando una cucaracha pasea alegremente por entre las cajas de cervezas, y te obligas a no gritar mientras la coges, ese bicho grande y marrón de textura oleaginosa, y la arrojas a la basura, asumes que vas a tener que acostumbrarte a su presencia. Muerdes tu lengua y, aunque los clientes te ven como poseído por Joe Cocker, ni se imaginan lo que estás ocultando.
Y no porque no intente, a base de limpieza, exterminar sus colonias. Si Martín limpiase más a menudo el almacén, si todas las mañanas estuviera aquí, como miente a su familia, en lugar de irse de bar en bar hasta las dos del mediodía; si yo mismo me molestara en limpiar... Al empezar, limpiaba una vez a la semana. Actualmente es un milagro si limpio una vez cada dos meses.
Una cucaracha se patea el cuenco con pipas, y disimuladamente la atrapo y la deposito en el suelo del almacén. La hago un par de fotos para mi álbum.
- Tú ve atento, creo que tarde o temprano tu madre puede tener negocio aquí – le digo. Y añado -: una última tocada de huevos y adiós local.
- ¿Vas a dejar este curro?
- Creo que sí. Cada vez la falta de sueño me está afectando más. No puedo acordarme de las cosas bien, me duermo en cualquier esquina, y creo que este sitio tiene tan mala ventilación que el exceso de dióxido de carbono me da soñolencia.
- Vaya, es toda una retahíla de quejas.
- Es lo que hay, ¿otra copa? Por cuenta de la casa, claro está...
Unos clientes me piden la cuenta, y no se fijan que la caja registradora ya está abierta. No pueden ver que en realidad no tecleo precio alguno, sino que le doy a teclas que sé que sólo sirven para hacer ruiditos. Y cuando me dan el dinero, éste permanece en el interior de la caja hasta que salen por la puerta, momento que aprovecho para introducirlo en mi cartera.
De ahora en adelante, el cliente también proveerá.
- Ve destrozando cosas – le digo -. Voy a cerrar la puerta para evitar visitas inesperadas.
Entonces entra Marcos, el chaval este argentino, y no sabe qué decir y se queda como una estatua en el marco de la puerta, observando atónito los destrozos que Eduardo inflinge al local.
- Es un atraco – susurro -. Vete ahora mientras puedas.
- No... te ayudaré – dice mi héroe.
Dejo que se adelante, y es en el momento en que se encuentra de espaldas a mí, que le propino un buen golpe en la cabeza con una silla. Es una de esas cosas que haces sin pensar, y que sabes que pueden ir peor, porque le podría haber partido la cabeza, matado incluso, y podría no haber tenido la suerte de dejarle inconsciente. Por no hablar de la probable conmoción cerebral.
Y mientras Marcos duerme el sueño de los justos, cerramos la puerta, rompemos todo lo que siempre quisimos romper, incluida la horrible fuente del centro del pub, y desvalijamos la caja registradora y la caja fuerte. Me atizo un par de puñetazos en la cara, hasta asegurarme de que la cara no sólo me escuece, sino que sangra.
Pienso en seiscientos euros.
Luego, Eduardo se marcha, Marcos se levanta y yo llamo por teléfono a Martín.
- ¿Que te han atracado, dices? No, no llames a la policía... espera a que llegue yo.
Marcos se me acerca nada más colgar el teléfono.
- ¿E-estás bien? A mi me duele la cabeza...
Me doy la vuelta y puede apreciar los moratones en todo su esplendor. En parte se queda sobrecogido, y se sujeta la cabeza como si se le fuera a despegar de los hombros, como si el golpe le hubiera dado alas e intentara mantenerla en su sitio.
- He llamado a Martín, me ha dicho que no llamara a la policía por ahora.
- Querrá cubrir sus huellas, tan bien como pueda.
Claro que ya me imaginaba que sucedería algo así. Cuando llega razona su versión de los hechos.
- Yo estaba atendiendo el local... tú solo vienes de vez en cuando a tomarte algo, y cuando entraron te golpearon un par de veces y a mi me echaron a un lado. Luego se llevaron el dinero. Pero tú no trabajas aquí, ¿de acuerdo?
Y cuando pienso que, por primera vez, las cosas pueden irme relativamente bien, Sonsoles interviene. Aparta a Martín y susurra que no ha habido atraco, y que yo he cogido el dinero y me he golpeado. Sonsoles, eso es muy retorcido, dice Martín, preocupado. Ya, ya, pero nunca me he fiado de este chaval. A mí me da que lo ha robado él.
Me ayuda el hecho de que Marcos estuviera aquí y fuera agredido, para que la historia cuele mejor, pero reconozco que las suspicacias de Sonsoles dan por una vez en el clavo.
Y como se supone que me han atracado y que todos estamos de los nervios, aprovecho para hacerme la víctima y gritarles a los dos.
- ¡Bruja estúpida! ¡¿A quién se le ocurriría algo tan absurdo?! ¡Maldita sea, es que no sabes hacer otra cosa que sospechar de los demás! ¡Pues contaré mi jodida versión a la policía! ¡Que estoy currando aquí sin contrato, y que me atracaron y me golpearon a mí!
- Tranquilo – dice Martín, asustado - , no lo dice en serio, ¿verdad? – La bruja se calla la boca y sale a la calle, toda roja y furibunda, echándome unas miradas de desprecio. – Déjame a mí hablar con la policía, y recibirás un pequeño incentivo. – Traducción: te estoy sobornando. Y añade -: Venga, ponte a recoger un poco el fondo del local y te vas a casa, hoy cerramos antes.
No sé si echarme a reír por lo bien que ha salido todo.
No sé si echarme a reír por lo bajo que parece haber caído Sonsoles. En su lugar, sigo trabajando.
Son las tres de la madrugada, y estoy en el pub Mc Corman con Eduardo, que viene todo radiante.
- He contado el dinero. En total, ¡son ochocientos euros!
- Genial tío, ya sabes, la mitad es tuyo.
Él se pide una Grimbergen Óptimo Bruno y yo una ginebra con tónica, y brindamos varias copas antes de irnos a casa.
- No te lo vas a creer, pero llega Martín con ese apéndice de bruja que llama esposa y empieza a suplicarme que le deje a él hablar con la policía. Hasta ahí, todo normal, más o menos, pero Sonsoles va y dice que todo es un montaje.
- Quedaría como una retorcida de mierda, supongo.
- Claro, joder, ¡tenías que haberla visto! Soltaba espumarajos por la boca mientras vomitaba la verdad y nadie la hacía caso. Martín la llevó a la calle, y luego entró y dijo que hablaría con la policía y todo se arreglaría.
- ¿Y cuánto crees que vas a durar en el pub? – me dice.
- No lo sé... sólo sé que me pilla al lado de casa y que sigo cobrando la misma mierda de siempre, aunque ahora trabaje menos. Alguna vez he llegado a cerrar el pub y echarme un rato. Es que estudio por las mañanas, y me faltan horas de sueño. Pero no me quejo. Además, pueden visitarme mis amigos.
- ¿Y seguirás siendo honesto?
- Creo que eso – digo – es una etapa pasada de mi vida.
Y añado -. Brinda conmigo. ¡Hasta que el cuerpo aguante!
Y que dure lo que tenga que durar, pienso.
A principios de mes, Martín me da el cheque y en vez de doscientos euros, veo en la casilla de la cantidad un flamante quinientos. Es el colofón a algo perfecto, pues la policía no halló pista alguna y se tragaron la historia de Martín.
Si lo llego a saber, me atraco antes.
Ahora debería marcharme del local, lanzar una mirada por encima del hombro y cerrar la puerta detrás mío, pero decido seguir en el trabajo y buscar nuevas y lucrativas maneras de estafar a mi jefe.
- Mi madre está hasta las narices, ¿sabes? – dice Gonzalo, sentado junto a la barra -. Resulta que hay una plaga de cucarachas por el barrio, y la están inundando con toneladas de papeles.
Por el momento, no me estaba diciendo nada nuevo. Quiero decir, cuando una cucaracha pasea alegremente por entre las cajas de cervezas, y te obligas a no gritar mientras la coges, ese bicho grande y marrón de textura oleaginosa, y la arrojas a la basura, asumes que vas a tener que acostumbrarte a su presencia. Muerdes tu lengua y, aunque los clientes te ven como poseído por Joe Cocker, ni se imaginan lo que estás ocultando.
Y no porque no intente, a base de limpieza, exterminar sus colonias. Si Martín limpiase más a menudo el almacén, si todas las mañanas estuviera aquí, como miente a su familia, en lugar de irse de bar en bar hasta las dos del mediodía; si yo mismo me molestara en limpiar... Al empezar, limpiaba una vez a la semana. Actualmente es un milagro si limpio una vez cada dos meses.
Una cucaracha se patea el cuenco con pipas, y disimuladamente la atrapo y la deposito en el suelo del almacén. La hago un par de fotos para mi álbum.
- Tú ve atento, creo que tarde o temprano tu madre puede tener negocio aquí – le digo. Y añado -: una última tocada de huevos y adiós local.
- ¿Vas a dejar este curro?
- Creo que sí. Cada vez la falta de sueño me está afectando más. No puedo acordarme de las cosas bien, me duermo en cualquier esquina, y creo que este sitio tiene tan mala ventilación que el exceso de dióxido de carbono me da soñolencia.
- Vaya, es toda una retahíla de quejas.
- Es lo que hay, ¿otra copa? Por cuenta de la casa, claro está...
Unos clientes me piden la cuenta, y no se fijan que la caja registradora ya está abierta. No pueden ver que en realidad no tecleo precio alguno, sino que le doy a teclas que sé que sólo sirven para hacer ruiditos. Y cuando me dan el dinero, éste permanece en el interior de la caja hasta que salen por la puerta, momento que aprovecho para introducirlo en mi cartera.
De ahora en adelante, el cliente también proveerá.





