Camarero (y IX)
Al llevar un determinado tiempo en un sitio, no sólo trabajando, sino viviendo o compartiendo horas, como puede ser un campamento o una clase, esperas que al marcharte todo el mundo te despida con vítores, que lancen confetis y proclamen el final de una etapa de tu vida. Aunque sea, que te den un par de besos y te deseen suerte.
Mi último día en el pub empieza con la acostumbrada discusión con Martín. Entra por la puerta, embutido en unos vaqueros nuevos del Corte Inglés y una camisa de cuadros rojos y rayas amarillas, su sudor mojando la ropa y expeliendo un nauseabundo hedor a gimnasio.
Yo digo: animal. Orangután.
La primera fase, el interrogatorio, discurre sin mayores problemas, y contesto por orden todo lo que he servido; en la segunda fase, saca una comanda que olvidé el día anterior de ticar y que marqué en la caja hoy mismo: como las cajas de lunes, martes, miércoles y jueves las hace juntas, supuse que el recuento general saldría correcto. Y encima, dejé la comanda colgada, en lugar de pincharla.
Qué cara pondría esta mañana cuando, al pasarse por el Charlestón, vio esa comanda sin cobrar, y al hacer la caja, comprobaría que cuadraba... lo que significaba que, o esa comanda sobraba, o faltaba dinero en la caja.
Y yo no tenía nada que ver. Podría poner una mano en la Biblia, otra en el Corán y con la cabeza girar un rodillo de oraciones tibetano, y aún así juraría que no robé nada ayer. La semana pasada tal vez, y era posible que, sin la discusión de hoy, hubiera cogido cinco euros esta noche, pero no ayer.
Y en la tercera fase, Martín manda todo a tomar por culo y elige la opción B, llamarme ladrón, y le digo que voy a replantearme eso de seguir trabajando en su pub de mierda. Tal y como suena.
Qué puedo decir, estaba en lo cierto pero en el momento inoportuno.
Una semana después, Martín está a la puerta del Charlestón y yo le cuento que no pienso seguir más. E intentando mantener su orgullo, replica que en diciembre me hubiera despedido.
Si me hubiera despedido con las ganas con las que quiso hacerme un contrato, hubiera seguido en el Charlestón indefinidamente.
Mientras busco un trabajo, maquino un plan para hundirle por completo.
No se trata tanto de venganza sino de placer, ostentar mi superioridad y obligarle a reconocer, ésta vez sí, que soy más listo que él.
Me doy cuenta de lo fácil que es, reunir las piezas, amontonar los copos de nieve que hubo en mi camino todo este tiempo: la falta de contrato, las cucarachas, el falso robo. Si la vida cobrase el mismo sentido cuando estás a punto de palmarla, todos moriríamos con una erección.
Creo que no llegué a pensar lo fácil que sería arrojar una enorme bola de nieve sobre mi antiguo jefe.
Imaginad una cosa, ¿vale? Imaginad que tenéis un local que viaja directo a la ruina en una carretera cuesta abajo, e imaginad que, por lo menos, os quedará el consuelo de que, como os pertenece, siempre podréis convertirlo en un locutorio o en un videoclub para salir del paso.
Y un día os llega una carta del Ministerio de Trabajo, denunciándoos por tener a gente sin contrato. Y os anuncian que van a multaros y a revisar vuestros derechos como propietario.
Y otro día, una carta del Ministerio de Sanidad os informa de que en su poder hay fotos que demuestran que las cucarachas son las verdaderas dueñas del local, y quejas firmadas por clientes. Y añaden que el inspector habitual no pasará a hacer la revisión, sino un pelotón de hijoputas malencarados e insobornables.
Y por último, la policía llama para avisarte que habéis sido denunciados por chantaje y coacción, que un empleado que no teníais contratado sufrió una paliza durante un atraco, y le obligasteis a permanecer calladito para mantener el trabajo.
Imaginad que te persigue tanta gente que, por mucho que te escondas debajo de una piedra, alguien va a poder levantarla y obligarte a salir. Que casi pierdes tu local, la mitad de tu dinero se esfuma en multas y daños y perjuicios, y que el mamón responsable de todo es alguien que, jurarías, es más tonto que tú.
¿No es para volverse loco?
Martín es la cucaracha de la hostelería, capaz de sobrevivir a una explosión nuclear.
Si quieres matar a una cucaracha, no uses una bomba atómica, usa un insecticida.
Mi último día en el pub empieza con la acostumbrada discusión con Martín. Entra por la puerta, embutido en unos vaqueros nuevos del Corte Inglés y una camisa de cuadros rojos y rayas amarillas, su sudor mojando la ropa y expeliendo un nauseabundo hedor a gimnasio.
Yo digo: animal. Orangután.
La primera fase, el interrogatorio, discurre sin mayores problemas, y contesto por orden todo lo que he servido; en la segunda fase, saca una comanda que olvidé el día anterior de ticar y que marqué en la caja hoy mismo: como las cajas de lunes, martes, miércoles y jueves las hace juntas, supuse que el recuento general saldría correcto. Y encima, dejé la comanda colgada, en lugar de pincharla.
Qué cara pondría esta mañana cuando, al pasarse por el Charlestón, vio esa comanda sin cobrar, y al hacer la caja, comprobaría que cuadraba... lo que significaba que, o esa comanda sobraba, o faltaba dinero en la caja.
Y yo no tenía nada que ver. Podría poner una mano en la Biblia, otra en el Corán y con la cabeza girar un rodillo de oraciones tibetano, y aún así juraría que no robé nada ayer. La semana pasada tal vez, y era posible que, sin la discusión de hoy, hubiera cogido cinco euros esta noche, pero no ayer.
Y en la tercera fase, Martín manda todo a tomar por culo y elige la opción B, llamarme ladrón, y le digo que voy a replantearme eso de seguir trabajando en su pub de mierda. Tal y como suena.
Qué puedo decir, estaba en lo cierto pero en el momento inoportuno.
Una semana después, Martín está a la puerta del Charlestón y yo le cuento que no pienso seguir más. E intentando mantener su orgullo, replica que en diciembre me hubiera despedido.
Si me hubiera despedido con las ganas con las que quiso hacerme un contrato, hubiera seguido en el Charlestón indefinidamente.
Mientras busco un trabajo, maquino un plan para hundirle por completo.
No se trata tanto de venganza sino de placer, ostentar mi superioridad y obligarle a reconocer, ésta vez sí, que soy más listo que él.
Me doy cuenta de lo fácil que es, reunir las piezas, amontonar los copos de nieve que hubo en mi camino todo este tiempo: la falta de contrato, las cucarachas, el falso robo. Si la vida cobrase el mismo sentido cuando estás a punto de palmarla, todos moriríamos con una erección.
Creo que no llegué a pensar lo fácil que sería arrojar una enorme bola de nieve sobre mi antiguo jefe.
Imaginad una cosa, ¿vale? Imaginad que tenéis un local que viaja directo a la ruina en una carretera cuesta abajo, e imaginad que, por lo menos, os quedará el consuelo de que, como os pertenece, siempre podréis convertirlo en un locutorio o en un videoclub para salir del paso.
Y un día os llega una carta del Ministerio de Trabajo, denunciándoos por tener a gente sin contrato. Y os anuncian que van a multaros y a revisar vuestros derechos como propietario.
Y otro día, una carta del Ministerio de Sanidad os informa de que en su poder hay fotos que demuestran que las cucarachas son las verdaderas dueñas del local, y quejas firmadas por clientes. Y añaden que el inspector habitual no pasará a hacer la revisión, sino un pelotón de hijoputas malencarados e insobornables.
Y por último, la policía llama para avisarte que habéis sido denunciados por chantaje y coacción, que un empleado que no teníais contratado sufrió una paliza durante un atraco, y le obligasteis a permanecer calladito para mantener el trabajo.
Imaginad que te persigue tanta gente que, por mucho que te escondas debajo de una piedra, alguien va a poder levantarla y obligarte a salir. Que casi pierdes tu local, la mitad de tu dinero se esfuma en multas y daños y perjuicios, y que el mamón responsable de todo es alguien que, jurarías, es más tonto que tú.
¿No es para volverse loco?
Martín es la cucaracha de la hostelería, capaz de sobrevivir a una explosión nuclear.
Si quieres matar a una cucaracha, no uses una bomba atómica, usa un insecticida.
Comentario:
Es un Telegrama {STOP}
Mamón {STOP}
Mueve el culo {STOP}
Y "Papa llama" {STOP}
PD {STOP}
Si ejke {STOP}
Mamón {STOP}
Mueve el culo {STOP}
Y "Papa llama" {STOP}
PD {STOP}
Si ejke {STOP}
Comentario:
Querido sociópata: hace un ratito he intentado dejarte un maravilloso mensaje comparando tu literatura por entregas con los folletines típicos del siglo XIX, que nos dieron a conocer a través de la prensa grandes novelas hoy consideradas clásicos, como "Los tres mosqueteros" y tantas otras, pero mi mierda de conexión me jodió bien jodida.
En fin, que eso: que me gusta la serie, me gusta la intriga de ir leyendo poco a poco y sólo siento no haberme incorporado antes a leer tus sociopatías.
Que vivan los filetes con patatas y el té con pastas :P Feliz día de fiesta
En fin, que eso: que me gusta la serie, me gusta la intriga de ir leyendo poco a poco y sólo siento no haberme incorporado antes a leer tus sociopatías.
Que vivan los filetes con patatas y el té con pastas :P Feliz día de fiesta





