La Guerra. Capítulo 5: Viernes
El día empieza normal: me caigo de la cama, me hago una brecha en la frente con la mesilla de noche, me lastimo un codo con la pila del baño, me retuerzo un dedo del pie al resbalar en la ducha… Apenas una hora después de levantarme, cojeo como un pirata y maldigo como tal. Hay días en los que levantarse es peligroso para la salud física y mental, y todo apunta a que hoy va a ser uno de esas jornadas puteras; días en los que Dios se ríe de ti y, como si tú estuvieras recitando un monólogo de comedia, tuvieras que callarte y asentir mientras se carcajea en tu cara.
Por lo demás, nada destacable, hasta que me encuentro con Andrés y Jack Daniels en la plaza Santa Ana, cerca de una de las zonas de copas de Madrid, Huertas. El motivo no es otro que alejar a mi amigo de sus colegas, que andan todos por Malasaña y Tribunal, y beber tranquilo en una plaza normalmente atestada de botellones, sin más problemas que algún capullo tocando los bongos.
Cogemos sitio frente a un parque infantil, nos tiramos en el suelo y desperdigamos las bolsas. Con agilidad extraemos dos vasos, echamos un par de hielos y la medida que consideramos correcta para un cubata decente. La conversación, mientras tanto, es una retahíla de temas superficiales y algún asuntillo meramente trivial.
A los tres cubatas, pregunto al fin decidido:
- Tío, ¿por qué te dejas llevar a la movida de este sábado?
- Porque son mis colegas, y voy a ayudar a la causa.
- ¿Causa? ¿Qué coño causa?
- Contra los skins.
- Son gente peligrosa, maldita sea.
- Nosotros también.
Ya está. Tiene comido el coco, pienso. Encima, mi estúpida lealtad me va a obligar a acompañarle a la manifestación mañana. Tengo que pensar en algo que le aleje del asunto.
- He leído Diario de un skin.
- Debe ser la polla.
- Son iguales. Los skins y los sharperos, son la misma mierda – los bongos suben el volumen y la intensidad de los golpeteos, aumentando de forma teatral la tensión creada entre los dos.
- Ni te atrevas a decir eso – me contesta, amenazante. Cualquiera diría que he insultado a su madre.
- Sí, sí, son iguales. El otro día, de hecho, hace un par de semanas, vi a unos punkis pegar a un par de heavys cerca de Malasaña. Sin motivo alguno, uno de ellos se acercó, escuálido como un palillo que era el cabrón, y se puso en plan Bruce Lee con un tipo con camiseta de Saratoga – digo. Por un momento pienso que estaría muy bien que algo parecido volviera a suceder, pero luego me desengaño: la vida real no es como en las películas. Los ejemplos no acuden a tiempo para cambiar la mentalidad de una persona, porque la vida, al contrario que el cine, es amoral y no se molesta en disimularlo con moralina.
- Algo haría.
- Estábamos cerca de ellos cuando pasó. Ni les miraron.
- No sé…
- Fue sin motivo. Se acercaron porque iban la hostia de colocados y querían pegar a alguien y notar como los huevos les crecían de la hombría.
- Lo del sábado es importante – frente a nosotros, un tipo empieza a fumarse un porro y se pone amarillo. Sus amigos se ríen en su cara y el hombre se sienta, lívido como el espíritu de uno de los Simpsons.
- Es una tontería. Un puñado de gente sin nada mejor que hacer.
- Hay que estar ahí para defendernos.
- Vais a atacar.
- Ellos nos odian.
- Y vosotros a ellos, y en general os odiáis mucho… venga, ¿quedamos mañana? – alrededor nuestro los relaciones públicas de discotecas mendigan algo de clientela a la gente que pasa: prometen chupitos, normalmente de zumo de piña, con un sabor parecido al alcohol, y una noche de fiesta.
- No.
- No sé, damos una vuelta, jugamos a la consola en mi casa, vamos al cine a ver alguna película.
- He dicho que no.
- ¿Me vas a obligar a acompañarte?
- No te lo he pedido.
- Pero iré, porque eres mi amigo. No te voy a dejar tirado.
- Yo también voy por mis amigos.
Pillado. No tendría que haber recurrido al sentimentalismo.
- ¿No lo entiendes? Pegáis a pijos porque os da asco el dinero que se gastan y lo mayoritariamente idiotas que son. Pegáis a los jipis porque son de izquierdas y no van con vosotros. PEGÁIS a la gente porque no se ALÍAN con VOSOTROS. CREO que eso es FASCISMO.
- Quizá se pasan de violentos algunos, pero sí que se lo merecen.
- ¿Cómo se va a merecer un tipo pacífico que le partan el labio?
- Es una guerra.
- Y sólo estáis vosotros. A la gente normal nos suda la polla, ¡joder!
- En serio, si no quieres, no vayas, pero yo pienso ir.
- Es absurdo. No es normal, lo que pretendéis hacer. Es, es… sigh, déjalo.
Para no terminar de joder la noche, pues ya sé que será imposible convencerle ni aún metiéndole catorce cubatas, cambio rápido de conversación y nos dedicamos a beber y divertirnos, y cantar mientras damos la nota por la calle. De vez en cuando, tira algún cubo en mitad de la calzada, y no me corto al lanzarle miradas duras, casi afiladas. Luego sus ojos me contestan como que es la costumbre, y casi puedes leer en el iris la violencia que le han marcado a fuego.
Ni se me ocurre meterle en algún local, porque no sé si nos dejarían pasar y porque, dado nuestro grado de embriaguez, ni él puede manejarse demasiado bien ni yo estoy en condiciones de protegerle, y viceversa.
Cuando le dejo en casa, cae al suelo y vomita, con la mejilla tocando el suelo, la cara cubierta del contenido de su estómago. Me guardo las arcadas y consigo alzar su cuerpo y arrastrarle hacia su apartamento. Hasta le ayudo a centrar la llave para que quepa en la puerta, y como si ésta pesara varias toneladas, me ofrezco a empujarla.
Al volver a mi hogar, no sé si ponerme a llorar por lo mucho que le han comido el coco, o porque mañana es probable que me den de hostias hasta en el carné de identidad. Mis ojos, secos gracias a un gran esfuerzo voluntario, se cierran en la cama, visualizando todas las ventanas al mañana.
Y sólo puedo perder.
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Próxima entrega: La Guerra.
Por lo demás, nada destacable, hasta que me encuentro con Andrés y Jack Daniels en la plaza Santa Ana, cerca de una de las zonas de copas de Madrid, Huertas. El motivo no es otro que alejar a mi amigo de sus colegas, que andan todos por Malasaña y Tribunal, y beber tranquilo en una plaza normalmente atestada de botellones, sin más problemas que algún capullo tocando los bongos.
Cogemos sitio frente a un parque infantil, nos tiramos en el suelo y desperdigamos las bolsas. Con agilidad extraemos dos vasos, echamos un par de hielos y la medida que consideramos correcta para un cubata decente. La conversación, mientras tanto, es una retahíla de temas superficiales y algún asuntillo meramente trivial.
A los tres cubatas, pregunto al fin decidido:
- Tío, ¿por qué te dejas llevar a la movida de este sábado?
- Porque son mis colegas, y voy a ayudar a la causa.
- ¿Causa? ¿Qué coño causa?
- Contra los skins.
- Son gente peligrosa, maldita sea.
- Nosotros también.
Ya está. Tiene comido el coco, pienso. Encima, mi estúpida lealtad me va a obligar a acompañarle a la manifestación mañana. Tengo que pensar en algo que le aleje del asunto.
- He leído Diario de un skin.
- Debe ser la polla.
- Son iguales. Los skins y los sharperos, son la misma mierda – los bongos suben el volumen y la intensidad de los golpeteos, aumentando de forma teatral la tensión creada entre los dos.
- Ni te atrevas a decir eso – me contesta, amenazante. Cualquiera diría que he insultado a su madre.
- Sí, sí, son iguales. El otro día, de hecho, hace un par de semanas, vi a unos punkis pegar a un par de heavys cerca de Malasaña. Sin motivo alguno, uno de ellos se acercó, escuálido como un palillo que era el cabrón, y se puso en plan Bruce Lee con un tipo con camiseta de Saratoga – digo. Por un momento pienso que estaría muy bien que algo parecido volviera a suceder, pero luego me desengaño: la vida real no es como en las películas. Los ejemplos no acuden a tiempo para cambiar la mentalidad de una persona, porque la vida, al contrario que el cine, es amoral y no se molesta en disimularlo con moralina.
- Algo haría.
- Estábamos cerca de ellos cuando pasó. Ni les miraron.
- No sé…
- Fue sin motivo. Se acercaron porque iban la hostia de colocados y querían pegar a alguien y notar como los huevos les crecían de la hombría.
- Lo del sábado es importante – frente a nosotros, un tipo empieza a fumarse un porro y se pone amarillo. Sus amigos se ríen en su cara y el hombre se sienta, lívido como el espíritu de uno de los Simpsons.
- Es una tontería. Un puñado de gente sin nada mejor que hacer.
- Hay que estar ahí para defendernos.
- Vais a atacar.
- Ellos nos odian.
- Y vosotros a ellos, y en general os odiáis mucho… venga, ¿quedamos mañana? – alrededor nuestro los relaciones públicas de discotecas mendigan algo de clientela a la gente que pasa: prometen chupitos, normalmente de zumo de piña, con un sabor parecido al alcohol, y una noche de fiesta.
- No.
- No sé, damos una vuelta, jugamos a la consola en mi casa, vamos al cine a ver alguna película.
- He dicho que no.
- ¿Me vas a obligar a acompañarte?
- No te lo he pedido.
- Pero iré, porque eres mi amigo. No te voy a dejar tirado.
- Yo también voy por mis amigos.
Pillado. No tendría que haber recurrido al sentimentalismo.
- ¿No lo entiendes? Pegáis a pijos porque os da asco el dinero que se gastan y lo mayoritariamente idiotas que son. Pegáis a los jipis porque son de izquierdas y no van con vosotros. PEGÁIS a la gente porque no se ALÍAN con VOSOTROS. CREO que eso es FASCISMO.
- Quizá se pasan de violentos algunos, pero sí que se lo merecen.
- ¿Cómo se va a merecer un tipo pacífico que le partan el labio?
- Es una guerra.
- Y sólo estáis vosotros. A la gente normal nos suda la polla, ¡joder!
- En serio, si no quieres, no vayas, pero yo pienso ir.
- Es absurdo. No es normal, lo que pretendéis hacer. Es, es… sigh, déjalo.
Para no terminar de joder la noche, pues ya sé que será imposible convencerle ni aún metiéndole catorce cubatas, cambio rápido de conversación y nos dedicamos a beber y divertirnos, y cantar mientras damos la nota por la calle. De vez en cuando, tira algún cubo en mitad de la calzada, y no me corto al lanzarle miradas duras, casi afiladas. Luego sus ojos me contestan como que es la costumbre, y casi puedes leer en el iris la violencia que le han marcado a fuego.
Ni se me ocurre meterle en algún local, porque no sé si nos dejarían pasar y porque, dado nuestro grado de embriaguez, ni él puede manejarse demasiado bien ni yo estoy en condiciones de protegerle, y viceversa.
Cuando le dejo en casa, cae al suelo y vomita, con la mejilla tocando el suelo, la cara cubierta del contenido de su estómago. Me guardo las arcadas y consigo alzar su cuerpo y arrastrarle hacia su apartamento. Hasta le ayudo a centrar la llave para que quepa en la puerta, y como si ésta pesara varias toneladas, me ofrezco a empujarla.
Al volver a mi hogar, no sé si ponerme a llorar por lo mucho que le han comido el coco, o porque mañana es probable que me den de hostias hasta en el carné de identidad. Mis ojos, secos gracias a un gran esfuerzo voluntario, se cierran en la cama, visualizando todas las ventanas al mañana.
Y sólo puedo perder.
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Próxima entrega: La Guerra.
Comentario:
Esperando ansiosa la continuación :)





