Un recorrido nostálgico
A veces, para que un hombre no se vuelva loco, es necesario que se tome un descanso de la rutina diaria, que se aparte de los raíles que lo transportan de la cama a la ducha, a la mesa, al metro, a la universidad, al trabajo, a casa de nuevo para descansar...
Hoy necesitaba uno de esos días. Necesitaba hacerme a la idea de que soy algo más que una máquina de procesar conocimientos, sentado en una mesa, en la fila décima de una clase enorme.
Como he cobrado, mi afán consumista me empuja a una de las enormes colmenas del consumo, en busca de algo de miel que llevarme a los labios. Estoy mirando un par de libros, que es lo único que busco, y salgo a La Casa del Libro, porque allí me hacen descuento, y tampoco quiero gastarme mucho. Me siento imbécil cuando, saliendo de la tienda, mierda: necesito unos cascos nuevos.
De vuelta a la colmena, un par de guardias de seguridad interrumpen su conversación para verme comprar unos cascos, elegidos, los más baratos, entre una colección de auriculares a cual más caro.
Caigo en la cuenta entonces de que carezco de objetivo, e intento buscar algo interesante que hacer antes de que el aburrimiento llame al aburrimiento y acabe en clase, con mis neuronas exprimidas en un día en el que me siento inspirado. En la plaza de Callao, un anuncio consigue llamarme la atención y que mire hacia arriba, como un turista cualquiera.
Estoy en una tienda de cómics en San Bernardo y me acuerdo de que, al inicio de mi pasión por la palabra y el dibujo escrito, estos establecimientos tenían un cierto componente mítico, todos esos ejemplares en las estanterías, esperando ser cogidos.
Salgo con las manos vacías, y me dejo arrastrar por la corriente de San Bernardo. Y miro a mi izquierda, unos cuantos metros más adelante, una calle estrecha y oscura que identifico de inmediato como un pasillo a mis recuerdos.
Encamino mis pasos hacia allí, consciente de que hace más de dos años que no camino por esa zona. Tengo al fin mi objetivo, aunque sólo sea para hoy: recorrer ese escenario de mi infancia, algo olvidado por mi ausencia. Desde que mi abuela murió, no, desde antes, desde que la metimos en una residencia (no teníamos ninguno de los miembros de la familia tiempo material para cuidar de ella, y la dejamos en ese sitio donde se entierra el pasado sin esperar a que expire) que esas calles pasaron a ser fotos en mi cabeza. Imágenes estáticas con una fecha en la parte inferior; temo, caminando por allí, reconocerme de pequeño. Mis temores se cumplen.
En esa primera calle que desemboca en San Bernardo, oteo las tiendas que me rodean. Antes, los locutorios apenas existían en la estructura comercial de las calles, pero proliferaron. La mayoría de tiendas están cerradas, y es una pena, me acuerdo de cada una de ellas, de ser pequeño y sentarme en uno de los bancos de una carnicería, y veía a mi abuela comprar la comida y mis piernas me colgaban, y jugaba con mi hermano. Susurrábamos secretos que nadie más escucharía y que no recordamos.
Incólume, un viejo Gama sobrevive al paso del tiempo y la agresividad de la economía. Un retortijón me indica, en la boca del estómago, que los recuerdos salen bombeados del corazón, hirviendo por todo mi cuerpo. Siento el calor dentro, agitando mis ojos, humedeciéndoles; llorar de nostalgia es un ejercicio de enfriar la conciencia.
Dispuesto y envalentonado, me dirijo a la calle donde vivía mi abuela, y donde actualmente vive una de mis tías; es una calle que no he pisado en mucho tiempo, y casi puedo oír a las baldosas recibirme como un pariente perdido en la guerra. Subo la cuesta pronunciada de la calle, la mochila pesándome por los libros (tratan de recordarme, los muy hijos de puta, dónde tendría que estar ahora) y compruebo alegre que algunas cosas no cambian. El par de tiendas y bares que hay continúan.
Desemboco en una pequeña plaza, creo que se llama de las Comendadoras, no lo recuerdo bien y eso que procuré fijarme en el nombre de los bares: muchas veces, bautizan su local con la vía que les acoge. Me quedo observando un parque infantil.
- Maldita sea - digo, analizando las vallas de colorines, los enanos divertimentos de madera que jalonan el parque. Sin columpios grandes, sin toboganes, sin esas complicadas estructuras de metal que de pequeños parecían elevarse al cielo, y subíamos y subíamos, enredándonos en su esqueleto hasta llegar a la cima -. Yo crecí pelándome las rodillas en toboganes de metal, joder. Que yo sepa no han matado a tantos niños como para merecer el exilio.
Frente a la iglesia cercana al parque rememoro los últimos años de mi abuela, y la insistencia de mis familiares, e incluso del párroco, de que no hacía falta que fuera a misa, que ya era muy anciana y podía caminar más bien poco. No la vendría bien andar todos los domingos, madrugar para su ración semanal de Dios.
Doy media vuelta, volviendo a la calle de mi abuela, y me meto por la única callejuela que tengo cerca, otro pasillo, éste más corto, que alumbra al final la visión del palacio Conde Duque. Sigue la "ecolibrería", llamada así porque está llena de libros de economía. También hay muchas tiendas de ropa, y al final del pasillo una tienda de ultramarinos está sustituida, también, por una tienda de trapos fashion.
- Es indudable que cada vez la gente está menos acostumbrada a comer en este barrio - mascullo, las orejas de los dueños del local fashion bien atentas, están tomando el aire fuera-, pero vestir, vestirán todos de puta madre.
Algo malhumorado ando con el palacio Conde Duque a mi izquierda. Maldigo todo lo que ha cambiado, la nostalgia que, como una bolsa de gas, se infla en mis tripas, impeliéndome a soltar insultos contra los cambios del barrio.
- Mierda - me paro, reflexiono sobre la vida, me siento un personaje de una novela. La vida, pienso, es una sucesión de decesos: la muerte de abuelos, de los padres, y al final, tú pasas con los pies por delante bajo el marco de las puertas de un tanatorio y todo lo que viene después. Me viene, traído por el viento, los versos de Bukowski, versos o frases de un libro, no lo recuerdo, ni recuerdo bien las palabras. Algo como esto:
Y los manicomios se llenan
Y los asilos se llenan
Y los vertederos se llenan
Y las tumbas se llenan
Y nada más se llena...
Me obligo a tener pensamientos alegres para evitar sentirme tan hecho mierda como para tirarme bajo las ruedas de un coche. Sigo el camino imaginario que me impuse hace una hora, y estoy delante de LA CALLE. Una calle cuya acera no cruzaba desde que tenía ocho o diez años, con mi abuela, una arteria al final de la cual se yergue un edificio majestuoso, un hotel de estrellas. La cruzo, siento que al final nada existe, el decorado de mi vida acaba ahí.
Termino de atravesarla y estoy en Alberto Aguilera, si no me equivoco. Mi cabeza explota. Creía que al final de esa calle misteriosa habría un mundo nuevo, pero en realidad, sólo es el enlace de mi vida antes y de mi vida ahora; en Alberto Aguilera, recuerdo, es donde camino con mi novia muchas noches de fiesta en que la acompaño a casa.
Me imagino como Charlton Heston, arrodillado y gritando e imaginando una Estatua de la libertad enterrada en el pavimento, precintados los accesos con cordón de Gas Natural, o cualquiera de esas empresas que tienen como hobby remover las aceras y lo que tienen debajo.
Vida nueva, chip nuevo. Cambio mi forma de pensar ante el cambio de paisaje. Cambio la música de mi reproductor por algo un poco más rockero y menos nostálgico, y tengo un nuevo objetivo para la jornada: escribir lo que me ha sucedido.
La odisea, sin embargo, no acaba aquí.
En la calle Princesa, frente a la estatua de Argüelles, me detengo en un semáforo, y observo al sol ponerse en el horizonte, derramando oro en las calles frente a mí, dándolas el aspecto de portales al cielo.
Directo a la Plaza de España, compro una revista de tetas para distraer mis pensamientos un momento. Trato de almacenar para su posterior recuperación todo lo que he redactado en mi cabeza antes de darle forma física (más bien digital). En mitad de la plaza un policía entorpece el tráfico: parece un coreógrafo, dirigiendo gordas metálicas, ruidosas, apestosas, hacia el ballet del día a día ; mi visión cambia, y es un señor fosforescente, rodeado por un halo de moscas que trata de espantar con aspavientos consensuados.
El hilo de mis pensamientos brilla incandescente, encendiendo en mi cabeza una bombilla que deseo, no se funda hasta que plasme la locura de mi día. Camino deprisa, perseguido por un torrente de palabras que, en el momento de pararme, invadirán mi cerebro, mis dedos.
Y me harán escribir esto.
Seth Fortuyn, el caminante.
Hoy necesitaba uno de esos días. Necesitaba hacerme a la idea de que soy algo más que una máquina de procesar conocimientos, sentado en una mesa, en la fila décima de una clase enorme.
Como he cobrado, mi afán consumista me empuja a una de las enormes colmenas del consumo, en busca de algo de miel que llevarme a los labios. Estoy mirando un par de libros, que es lo único que busco, y salgo a La Casa del Libro, porque allí me hacen descuento, y tampoco quiero gastarme mucho. Me siento imbécil cuando, saliendo de la tienda, mierda: necesito unos cascos nuevos.
De vuelta a la colmena, un par de guardias de seguridad interrumpen su conversación para verme comprar unos cascos, elegidos, los más baratos, entre una colección de auriculares a cual más caro.
Caigo en la cuenta entonces de que carezco de objetivo, e intento buscar algo interesante que hacer antes de que el aburrimiento llame al aburrimiento y acabe en clase, con mis neuronas exprimidas en un día en el que me siento inspirado. En la plaza de Callao, un anuncio consigue llamarme la atención y que mire hacia arriba, como un turista cualquiera.
Estoy en una tienda de cómics en San Bernardo y me acuerdo de que, al inicio de mi pasión por la palabra y el dibujo escrito, estos establecimientos tenían un cierto componente mítico, todos esos ejemplares en las estanterías, esperando ser cogidos.
Salgo con las manos vacías, y me dejo arrastrar por la corriente de San Bernardo. Y miro a mi izquierda, unos cuantos metros más adelante, una calle estrecha y oscura que identifico de inmediato como un pasillo a mis recuerdos.
Encamino mis pasos hacia allí, consciente de que hace más de dos años que no camino por esa zona. Tengo al fin mi objetivo, aunque sólo sea para hoy: recorrer ese escenario de mi infancia, algo olvidado por mi ausencia. Desde que mi abuela murió, no, desde antes, desde que la metimos en una residencia (no teníamos ninguno de los miembros de la familia tiempo material para cuidar de ella, y la dejamos en ese sitio donde se entierra el pasado sin esperar a que expire) que esas calles pasaron a ser fotos en mi cabeza. Imágenes estáticas con una fecha en la parte inferior; temo, caminando por allí, reconocerme de pequeño. Mis temores se cumplen.
En esa primera calle que desemboca en San Bernardo, oteo las tiendas que me rodean. Antes, los locutorios apenas existían en la estructura comercial de las calles, pero proliferaron. La mayoría de tiendas están cerradas, y es una pena, me acuerdo de cada una de ellas, de ser pequeño y sentarme en uno de los bancos de una carnicería, y veía a mi abuela comprar la comida y mis piernas me colgaban, y jugaba con mi hermano. Susurrábamos secretos que nadie más escucharía y que no recordamos.
Incólume, un viejo Gama sobrevive al paso del tiempo y la agresividad de la economía. Un retortijón me indica, en la boca del estómago, que los recuerdos salen bombeados del corazón, hirviendo por todo mi cuerpo. Siento el calor dentro, agitando mis ojos, humedeciéndoles; llorar de nostalgia es un ejercicio de enfriar la conciencia.
Dispuesto y envalentonado, me dirijo a la calle donde vivía mi abuela, y donde actualmente vive una de mis tías; es una calle que no he pisado en mucho tiempo, y casi puedo oír a las baldosas recibirme como un pariente perdido en la guerra. Subo la cuesta pronunciada de la calle, la mochila pesándome por los libros (tratan de recordarme, los muy hijos de puta, dónde tendría que estar ahora) y compruebo alegre que algunas cosas no cambian. El par de tiendas y bares que hay continúan.
Desemboco en una pequeña plaza, creo que se llama de las Comendadoras, no lo recuerdo bien y eso que procuré fijarme en el nombre de los bares: muchas veces, bautizan su local con la vía que les acoge. Me quedo observando un parque infantil.
- Maldita sea - digo, analizando las vallas de colorines, los enanos divertimentos de madera que jalonan el parque. Sin columpios grandes, sin toboganes, sin esas complicadas estructuras de metal que de pequeños parecían elevarse al cielo, y subíamos y subíamos, enredándonos en su esqueleto hasta llegar a la cima -. Yo crecí pelándome las rodillas en toboganes de metal, joder. Que yo sepa no han matado a tantos niños como para merecer el exilio.
Frente a la iglesia cercana al parque rememoro los últimos años de mi abuela, y la insistencia de mis familiares, e incluso del párroco, de que no hacía falta que fuera a misa, que ya era muy anciana y podía caminar más bien poco. No la vendría bien andar todos los domingos, madrugar para su ración semanal de Dios.
Doy media vuelta, volviendo a la calle de mi abuela, y me meto por la única callejuela que tengo cerca, otro pasillo, éste más corto, que alumbra al final la visión del palacio Conde Duque. Sigue la "ecolibrería", llamada así porque está llena de libros de economía. También hay muchas tiendas de ropa, y al final del pasillo una tienda de ultramarinos está sustituida, también, por una tienda de trapos fashion.
- Es indudable que cada vez la gente está menos acostumbrada a comer en este barrio - mascullo, las orejas de los dueños del local fashion bien atentas, están tomando el aire fuera-, pero vestir, vestirán todos de puta madre.
Algo malhumorado ando con el palacio Conde Duque a mi izquierda. Maldigo todo lo que ha cambiado, la nostalgia que, como una bolsa de gas, se infla en mis tripas, impeliéndome a soltar insultos contra los cambios del barrio.
- Mierda - me paro, reflexiono sobre la vida, me siento un personaje de una novela. La vida, pienso, es una sucesión de decesos: la muerte de abuelos, de los padres, y al final, tú pasas con los pies por delante bajo el marco de las puertas de un tanatorio y todo lo que viene después. Me viene, traído por el viento, los versos de Bukowski, versos o frases de un libro, no lo recuerdo, ni recuerdo bien las palabras. Algo como esto:
Y los manicomios se llenan
Y los asilos se llenan
Y los vertederos se llenan
Y las tumbas se llenan
Y nada más se llena...
Me obligo a tener pensamientos alegres para evitar sentirme tan hecho mierda como para tirarme bajo las ruedas de un coche. Sigo el camino imaginario que me impuse hace una hora, y estoy delante de LA CALLE. Una calle cuya acera no cruzaba desde que tenía ocho o diez años, con mi abuela, una arteria al final de la cual se yergue un edificio majestuoso, un hotel de estrellas. La cruzo, siento que al final nada existe, el decorado de mi vida acaba ahí.
Termino de atravesarla y estoy en Alberto Aguilera, si no me equivoco. Mi cabeza explota. Creía que al final de esa calle misteriosa habría un mundo nuevo, pero en realidad, sólo es el enlace de mi vida antes y de mi vida ahora; en Alberto Aguilera, recuerdo, es donde camino con mi novia muchas noches de fiesta en que la acompaño a casa.
Me imagino como Charlton Heston, arrodillado y gritando e imaginando una Estatua de la libertad enterrada en el pavimento, precintados los accesos con cordón de Gas Natural, o cualquiera de esas empresas que tienen como hobby remover las aceras y lo que tienen debajo.
Vida nueva, chip nuevo. Cambio mi forma de pensar ante el cambio de paisaje. Cambio la música de mi reproductor por algo un poco más rockero y menos nostálgico, y tengo un nuevo objetivo para la jornada: escribir lo que me ha sucedido.
La odisea, sin embargo, no acaba aquí.
En la calle Princesa, frente a la estatua de Argüelles, me detengo en un semáforo, y observo al sol ponerse en el horizonte, derramando oro en las calles frente a mí, dándolas el aspecto de portales al cielo.
Directo a la Plaza de España, compro una revista de tetas para distraer mis pensamientos un momento. Trato de almacenar para su posterior recuperación todo lo que he redactado en mi cabeza antes de darle forma física (más bien digital). En mitad de la plaza un policía entorpece el tráfico: parece un coreógrafo, dirigiendo gordas metálicas, ruidosas, apestosas, hacia el ballet del día a día ; mi visión cambia, y es un señor fosforescente, rodeado por un halo de moscas que trata de espantar con aspavientos consensuados.
El hilo de mis pensamientos brilla incandescente, encendiendo en mi cabeza una bombilla que deseo, no se funda hasta que plasme la locura de mi día. Camino deprisa, perseguido por un torrente de palabras que, en el momento de pararme, invadirán mi cerebro, mis dedos.
Y me harán escribir esto.
Seth Fortuyn, el caminante.
Comentario:
Hola Seth, veo que sigues igual de mal macho. Tienes que acortar tus historias que los que andamos tras los treinta no tenemos tanto tiempo. Veo que ya te escriben algo más. Yo también tengo algún seguidor que otro, aún no se porqué pero tengo más seguidores de derechas que de izquierdas, supongo que debe ser algún tipo de psicopatía sadomasoquista o algo así.
Comentario:
Muy buena esa frase: "la dejamos en ese sitio donde se entierra el pasado sin esperar a que expire". Me ha gustado cómo describes la locura del proceso creativo :)





