El Perro Manuel (I)
Hoy han sacrificado a mi amigo Manuel.
Me explico.
Hace unos seis meses, Manuel y yo fuimos a visitar a un amigo común, llamado Ernesto. Ernesto vivía solo y podía permitírselo gracias a un buen empleo como diseñador de páginas web o algo de eso; aunque en realidad, no vivía solo, sino con su perro Canelo, un pastor alemán bonachón, como manda la tradición ya vista en películas y series de televisión. Su nombre era ridículo pero le encantaba a Ernesto, lo repetía constantemente mientras lo perseguía por los pasillos y habitaciones de su casa.
Llamamos a la puerta, y los ladridos del perro retumbaron a través, hasta que Ernesto, o unos cascotes parecidos a él, nos abrió en bata.
Parecía salido de una guerra. Ojeras sangrantes, pelo revuelto, la boca pastosa y el aliento avinagrado; caminó renqueando hacia el salón, pasado el pequeño hall de la entrada, con una de las manos sujetándose la cabeza. La otra se apoyaba en sillas, o en la cabeza misma de Canelo, que le seguía sin perdernos, suspicaz, el ojo.
- Buenas Ernesto, ¿qué tal andas?
- Ando, que no es poco, dado mi estado. Cof, cof. – Apenas un hilo de voz recorría su garganta. La tos impedía encadenar más de ocho palabras seguidas. - Me duele todo. Es una gripe bien, cof, fuerte y jodida.
- Canelo parece nervioso – apuntó Manuel.
- Sí, no he podido sacarle en todo el día, y el muy cabrón mira el retrete como una nave venida del espacio. Necesita echar una meada fuera. O un pastelito.
- Puaj.
La idea de recoger las deposiciones me punzaba la columna con gotas de sudor frías.
- Si podéis hacer el favor de sacarle por mí… Lo agradecería mucho. Mi casa también.
- De acuerdo, ¿qué es lo peor que puede pasar? – dijo Manuel, siempre solícito.
- Pero… - discrepé con balbuceos. Mis argumentos no resultaron convincentes.
Canelo observó a Manuel. Parecía listo, el chucho. Sí, un auténtico perro de película, de los que te traen el periódico y las zapatillas a la cama, aunque de momento sólo traía facturas (los perros no tienen Seguridad Social) y el escaso cariño que Ernesto necesitaba para seguir cuerdo.
El día que Ernesto se fue de casa, le mirabas a la cara y se le veía convencido de que una nueva y esplendorosa etapa se abría ante sus ojos. Tenía su dinero, suficiente para pagar el alquiler de una casa y algún que otro lujo, y sus amigos, y no parecía necesitar nada más.
Descubrió, dos días más tarde, que ni la ropa se lava sola, ni podíamos estar disponibles para él mientras curraba desde el hogar, todos los días. Y se deprimió. Se deprimió mucho. No se tiraba por el balcón porque vivía en un segundo, con vistas a un jardín de aspecto mullido, que le traía el olor de la hierba fresca en la primavera.
Su madre tuvo la idea, después de una visita de rutina, de que el chaval se sentía solo. La independización a lo bestia, de estar en un mar de gente a una isla pequeña, con las piernas encogidas en la arena. Se acercó a la tienda de animales y compró al cachorro Canelo.
Al principio no funcionó, pero un poco de práctica y las ganas de Canelo de cagar en sitios públicos convencieron a Ernesto lo suficiente. Más tarde, la idea le encantó hasta el punto de no concebir una vida sin el chucho.
Uña y carne.
Culo y mierda.
Ernesto y Canelo.
Me explico.
Hace unos seis meses, Manuel y yo fuimos a visitar a un amigo común, llamado Ernesto. Ernesto vivía solo y podía permitírselo gracias a un buen empleo como diseñador de páginas web o algo de eso; aunque en realidad, no vivía solo, sino con su perro Canelo, un pastor alemán bonachón, como manda la tradición ya vista en películas y series de televisión. Su nombre era ridículo pero le encantaba a Ernesto, lo repetía constantemente mientras lo perseguía por los pasillos y habitaciones de su casa.
Llamamos a la puerta, y los ladridos del perro retumbaron a través, hasta que Ernesto, o unos cascotes parecidos a él, nos abrió en bata.
Parecía salido de una guerra. Ojeras sangrantes, pelo revuelto, la boca pastosa y el aliento avinagrado; caminó renqueando hacia el salón, pasado el pequeño hall de la entrada, con una de las manos sujetándose la cabeza. La otra se apoyaba en sillas, o en la cabeza misma de Canelo, que le seguía sin perdernos, suspicaz, el ojo.
- Buenas Ernesto, ¿qué tal andas?
- Ando, que no es poco, dado mi estado. Cof, cof. – Apenas un hilo de voz recorría su garganta. La tos impedía encadenar más de ocho palabras seguidas. - Me duele todo. Es una gripe bien, cof, fuerte y jodida.
- Canelo parece nervioso – apuntó Manuel.
- Sí, no he podido sacarle en todo el día, y el muy cabrón mira el retrete como una nave venida del espacio. Necesita echar una meada fuera. O un pastelito.
- Puaj.
La idea de recoger las deposiciones me punzaba la columna con gotas de sudor frías.
- Si podéis hacer el favor de sacarle por mí… Lo agradecería mucho. Mi casa también.
- De acuerdo, ¿qué es lo peor que puede pasar? – dijo Manuel, siempre solícito.
- Pero… - discrepé con balbuceos. Mis argumentos no resultaron convincentes.
Canelo observó a Manuel. Parecía listo, el chucho. Sí, un auténtico perro de película, de los que te traen el periódico y las zapatillas a la cama, aunque de momento sólo traía facturas (los perros no tienen Seguridad Social) y el escaso cariño que Ernesto necesitaba para seguir cuerdo.
El día que Ernesto se fue de casa, le mirabas a la cara y se le veía convencido de que una nueva y esplendorosa etapa se abría ante sus ojos. Tenía su dinero, suficiente para pagar el alquiler de una casa y algún que otro lujo, y sus amigos, y no parecía necesitar nada más.
Descubrió, dos días más tarde, que ni la ropa se lava sola, ni podíamos estar disponibles para él mientras curraba desde el hogar, todos los días. Y se deprimió. Se deprimió mucho. No se tiraba por el balcón porque vivía en un segundo, con vistas a un jardín de aspecto mullido, que le traía el olor de la hierba fresca en la primavera.
Su madre tuvo la idea, después de una visita de rutina, de que el chaval se sentía solo. La independización a lo bestia, de estar en un mar de gente a una isla pequeña, con las piernas encogidas en la arena. Se acercó a la tienda de animales y compró al cachorro Canelo.
Al principio no funcionó, pero un poco de práctica y las ganas de Canelo de cagar en sitios públicos convencieron a Ernesto lo suficiente. Más tarde, la idea le encantó hasta el punto de no concebir una vida sin el chucho.
Uña y carne.
Culo y mierda.
Ernesto y Canelo.
Comentario:
Interesante... A ver dónde nos llevas con esta nueva historieta. "Perro Manuel"... Suena como a requetecueva del sado oscura y con olor a naftalina y cuero sudao... Jur jur!!





