El Perro Manuel (y II)
- ¿Tú crees que será consciente de que, por mucho que quiera al perro, tarde o temprano morirá? – inquirió preocupado Manuel. Bajito, de músculos nerviosos y personalidad metamorfa (adaptable a la situación, pero masilla deforme la mayoría del tiempo), su temperamento parecía estar, aquel día, en la pestaña de infantil.
- ¿Y esa pregunta?
- Coño, se preocupa mucho por Canelo. Seguro que, con lo poco que puede moverse ahora, lo que le mantenía preocupado era poder sacarlo. Estaría esperando visita para endosarlo.
- Como una novia. En cuanto eche su primer polvo, cambiará.
- Con casa propia, ya le vale.
- Y tenemos veinte años y él en cuanto pille cacho no lo soltará. Se casará con la primera que le agarre de las pelotas. Con hijos, se preocupará menos del perro.
- Eso es muy cínico.
- Es verdad.
Me bastaba.
Canelo correteaba, dejaba una mierda, correteaba de nuevo y paraba en seco para mear u oler el culo de una perra. Canelo era un perro muy sucio, y me alegraba no ser su dueño.
El animal se daba tufos mientras Manuel y yo le insultábamos hacia nuestros adentros. No nos caía bien, el perro. En seis años que llevaba con él, o Ernesto no le enseñó muy bien a respetar a las personas o pasaba de todo; ladraba a todo el que no le cayera bien, y visto lo visto, parecía que era todo el mundo.
Al llegar al portal, llamamos al telefonillo. El portal, bien grande y pesado, de aspecto lujoso aunque el resto del edificio estuviera hecho una mierda, emitió un chasquido a la altura de la cerradura. Con esfuerzo, abrimos el portón, de medio palmo de ancho, y Canelo se quedó atrás, negándose a pasar, como intuyendo lo que iba a pasar. Soltamos la puerta y tiramos de la correa, pensando que habría tiempo más que suficiente para que Canelo pasara.
Nos equivocamos. Otro chasquido y un quejido ahogado en sangre nos remarcaron el error. Doblado en el hueco entre la puerta y su marco, la estructura metálica había hundido la mitad de su abdomen. La boca aleteó un par de veces antes de quedar inerte, sin emitir sonido alguno.
En un minuto, Manuel y yo nos miramos y sacamos al perro, temiendo lo que nos diría Ernesto. Encariñado con el perro, nos mandaría a la mierda para siempre y se buscaría otro animal y otros amigos con los que estar.
- Tengo una idea – dijo Manuel.
- Dime.
Pero era demasiado absurda. No me lo podía creer, ¿estaba Manuel hablando en serio?
El perro acabó en un cubo de basura. Sacamos las bolsas y le dejamos al fondo y luego volvimos a colocar la basura encima, sin que nadie nos viera. Tuvimos suerte; los basureros no se darían cuenta y con suerte la sangre no cantaría demasiado. No sabrían de dónde vino el chucho.
Luego subimos a casa de Ernesto. Manuel se agachó, poco a poco, mientras caminaba: arqueó la espalda hacia arriba con las manos apoyadas en el suelo, forzó la columna para bajar y adaptarse a la nueva postura; los brazos dejaron de estar rígidos, y se flexionaron para no levantar el resto del cuerpo por encima de la altura de Canelo; la cabeza miraba hacia delante, el cuello doblado como goma en forma de ese discreta. Manuel, ante mis ojos, se había transformado en la parodia humana de un pastor alemán.
- Vamos – pareció ladrar.
No era posible. Ernesto no picaría. Creí ver en las intenciones de Manuel una broma dura, humor negro, para quitar el pesimismo de un golpe. Hay un dicho, que ni pintado al caso, que me pasó por la cabeza.
Si un perro te molesta, pégale un buen mordisco.
Llamamos al timbre. Acostumbrado a los ladridos de Canelo, se me hizo raro no oírle una última vez detrás de esa puerta gruesa de contrachapado y lámina de acero. Comprendí entonces la pérdida, al saber que no volvería a presenciar esa escena.
Manuel jadeó.
Ernesto abrió la puerta.
Me eché las manos a la cara.
Y llegó la sorpresa.
- ¿Y Manuel? – preguntó Ernesto, acariciando al amigo por el que preguntaba.
- ¿Y esa pregunta?
- Coño, se preocupa mucho por Canelo. Seguro que, con lo poco que puede moverse ahora, lo que le mantenía preocupado era poder sacarlo. Estaría esperando visita para endosarlo.
- Como una novia. En cuanto eche su primer polvo, cambiará.
- Con casa propia, ya le vale.
- Y tenemos veinte años y él en cuanto pille cacho no lo soltará. Se casará con la primera que le agarre de las pelotas. Con hijos, se preocupará menos del perro.
- Eso es muy cínico.
- Es verdad.
Me bastaba.
Canelo correteaba, dejaba una mierda, correteaba de nuevo y paraba en seco para mear u oler el culo de una perra. Canelo era un perro muy sucio, y me alegraba no ser su dueño.
El animal se daba tufos mientras Manuel y yo le insultábamos hacia nuestros adentros. No nos caía bien, el perro. En seis años que llevaba con él, o Ernesto no le enseñó muy bien a respetar a las personas o pasaba de todo; ladraba a todo el que no le cayera bien, y visto lo visto, parecía que era todo el mundo.
Al llegar al portal, llamamos al telefonillo. El portal, bien grande y pesado, de aspecto lujoso aunque el resto del edificio estuviera hecho una mierda, emitió un chasquido a la altura de la cerradura. Con esfuerzo, abrimos el portón, de medio palmo de ancho, y Canelo se quedó atrás, negándose a pasar, como intuyendo lo que iba a pasar. Soltamos la puerta y tiramos de la correa, pensando que habría tiempo más que suficiente para que Canelo pasara.
Nos equivocamos. Otro chasquido y un quejido ahogado en sangre nos remarcaron el error. Doblado en el hueco entre la puerta y su marco, la estructura metálica había hundido la mitad de su abdomen. La boca aleteó un par de veces antes de quedar inerte, sin emitir sonido alguno.
En un minuto, Manuel y yo nos miramos y sacamos al perro, temiendo lo que nos diría Ernesto. Encariñado con el perro, nos mandaría a la mierda para siempre y se buscaría otro animal y otros amigos con los que estar.
- Tengo una idea – dijo Manuel.
- Dime.
Pero era demasiado absurda. No me lo podía creer, ¿estaba Manuel hablando en serio?
El perro acabó en un cubo de basura. Sacamos las bolsas y le dejamos al fondo y luego volvimos a colocar la basura encima, sin que nadie nos viera. Tuvimos suerte; los basureros no se darían cuenta y con suerte la sangre no cantaría demasiado. No sabrían de dónde vino el chucho.
Luego subimos a casa de Ernesto. Manuel se agachó, poco a poco, mientras caminaba: arqueó la espalda hacia arriba con las manos apoyadas en el suelo, forzó la columna para bajar y adaptarse a la nueva postura; los brazos dejaron de estar rígidos, y se flexionaron para no levantar el resto del cuerpo por encima de la altura de Canelo; la cabeza miraba hacia delante, el cuello doblado como goma en forma de ese discreta. Manuel, ante mis ojos, se había transformado en la parodia humana de un pastor alemán.
- Vamos – pareció ladrar.
No era posible. Ernesto no picaría. Creí ver en las intenciones de Manuel una broma dura, humor negro, para quitar el pesimismo de un golpe. Hay un dicho, que ni pintado al caso, que me pasó por la cabeza.
Si un perro te molesta, pégale un buen mordisco.
Llamamos al timbre. Acostumbrado a los ladridos de Canelo, se me hizo raro no oírle una última vez detrás de esa puerta gruesa de contrachapado y lámina de acero. Comprendí entonces la pérdida, al saber que no volvería a presenciar esa escena.
Manuel jadeó.
Ernesto abrió la puerta.
Me eché las manos a la cara.
Y llegó la sorpresa.
- ¿Y Manuel? – preguntó Ernesto, acariciando al amigo por el que preguntaba.
Comentario:
Como siempre, me sorprendes. Creo que, por mí, la historia podría terminar aquí perfectamente. Qué cojonuda te ha quedado, chatín :)))





