Desesperanza
No se trata de que hoy tenga un mal día, haya dormido mal o simplemente tenga uno de esos días malos que cualquier persona puede padecer a lo largo de su vida, sino que es una vivencia cierta y que indefectiblemente, se reproduce cada cierto tiempo en el corazón y el sentir de un soltero como yo.
La desesperanza a veces me invade, inunda con sus gélidas aguas el interior tibio que todos poseemos y nos llena la desesperanza.
Desesperanza, porque cuando salimos a la calle estamos solos; desesperanza porque vemos que otras personas no lo están, aun cuando, si lo pensamos con detenimiento, no nos cambiaríamos por ninguna de ellas; desesperanza porque miramos la guía de nuestro móvil y no sabemos si llamar a alguien, a quién llamar y para qué; no sabemos si cualquiera de esas personas que tenemos memorizadas en la tarjeta de nuestro ingenio electrónico estará dispuesta a compartir unos minutos con nosotros; al fin y al cabo hasta nos sabe mal enviarle un mensaje o llamarla, porque con nuestra tan cacareada independencia solemos pasar casi siempre de casi todo el mundo y al final, mire usted por donde, tenemos que recurrir a una de esas personas a las que hemos renunciado durante mucho tiempo, pero que con nuestro mal día hoy se nos hacen necesarias, y muy necesarias.
Y al final pensamos que no tenemos derecho a cabrearnos con ella porque no nos responda al mensaje, no esté al otro lado de la línea como esperando nuestra señal de socorro puesto que sólo recurrimos a ella cuando nos conviene, cuando necesitamos de alguien porque nos hemos levantado con el pie izquierdo y lo vemos todo oscuro, gris, triste, con desesperanza.
A veces, hasta nos cabreamos muy en serio con esa persona, que en el fondo creemos que tiene que estar dispuesta para cuando nos venga bien, y que es esa su única misión en la vida. ¡Qué desvergonzados somos....! O sólo se trata de nuestra independencia, que nos lleva a estar de acá para allá sin reparar en que a veces, esas otras personas también gustarían de nuestra palabra, de nuestra presencia, pero, claro está, no tenemos atadura alguna y no nos viene bien estar detrás de nadie.
Pero luego queremos que lo estén de nosotros.
Y cuando el sentimiento es inaguantable, lo mejor que podemos hacer es desconectar nuestra consciencia (a dormir se ha dicho) y esperar que la vuelta al mundo real no sea tan dura y tan cruel como lo ha sido hoy.
Y si no lo es, entonces volvemos a hacer gala de nuestra independencia, de nuestra libertad, de nuestro "savoir faire" y nos volvemos a olvidar de aquellos a los que reclamamos como si fueran nuestros, de nuestra exclusiva propiedad y que nos provocaron ese inaguantable sentimiento de celos, por pensar que siempre tienen que estar cuando nos convenga.
Así de sencillo, y así de duro. Así de amargo.
La desesperanza a veces me invade, inunda con sus gélidas aguas el interior tibio que todos poseemos y nos llena la desesperanza.
Desesperanza, porque cuando salimos a la calle estamos solos; desesperanza porque vemos que otras personas no lo están, aun cuando, si lo pensamos con detenimiento, no nos cambiaríamos por ninguna de ellas; desesperanza porque miramos la guía de nuestro móvil y no sabemos si llamar a alguien, a quién llamar y para qué; no sabemos si cualquiera de esas personas que tenemos memorizadas en la tarjeta de nuestro ingenio electrónico estará dispuesta a compartir unos minutos con nosotros; al fin y al cabo hasta nos sabe mal enviarle un mensaje o llamarla, porque con nuestra tan cacareada independencia solemos pasar casi siempre de casi todo el mundo y al final, mire usted por donde, tenemos que recurrir a una de esas personas a las que hemos renunciado durante mucho tiempo, pero que con nuestro mal día hoy se nos hacen necesarias, y muy necesarias.
Y al final pensamos que no tenemos derecho a cabrearnos con ella porque no nos responda al mensaje, no esté al otro lado de la línea como esperando nuestra señal de socorro puesto que sólo recurrimos a ella cuando nos conviene, cuando necesitamos de alguien porque nos hemos levantado con el pie izquierdo y lo vemos todo oscuro, gris, triste, con desesperanza.
A veces, hasta nos cabreamos muy en serio con esa persona, que en el fondo creemos que tiene que estar dispuesta para cuando nos venga bien, y que es esa su única misión en la vida. ¡Qué desvergonzados somos....! O sólo se trata de nuestra independencia, que nos lleva a estar de acá para allá sin reparar en que a veces, esas otras personas también gustarían de nuestra palabra, de nuestra presencia, pero, claro está, no tenemos atadura alguna y no nos viene bien estar detrás de nadie.
Pero luego queremos que lo estén de nosotros.
Y cuando el sentimiento es inaguantable, lo mejor que podemos hacer es desconectar nuestra consciencia (a dormir se ha dicho) y esperar que la vuelta al mundo real no sea tan dura y tan cruel como lo ha sido hoy.
Y si no lo es, entonces volvemos a hacer gala de nuestra independencia, de nuestra libertad, de nuestro "savoir faire" y nos volvemos a olvidar de aquellos a los que reclamamos como si fueran nuestros, de nuestra exclusiva propiedad y que nos provocaron ese inaguantable sentimiento de celos, por pensar que siempre tienen que estar cuando nos convenga.
Así de sencillo, y así de duro. Así de amargo.
Remordimiento
El remordimiento es la consecuencia de tener mala conciencia. Y la conciencia, como bien dijo D. Salvador de Madariaga "no nos impide cometer pecados, pero desgraciadamente sí disfrutar de ellos".
Los solteros solemos tener a veces remordimientos, por no tener la conciencia tranquila. Al menos, todo soltero que se precie de ser moral debe pasar obligadamente por tal trance.
Y nosotros estamos expuestos a multitud de situaciones en las que podemos sufrir remordimiento -siempre y cuando seamos personas morales y con principios-.
El soltero es un persona libre que, en principio, no debe dar cuentas a nadie sobre sus acciones, exceptuando a su propia conciencia. Por nuestra amplia libertad de acción, también disponemos de campos de maniobra más amplios que el resto del personal, y en consecuencia mayores posibilidades de interacción con otras personas (mujeres, vamos).
En general los hombres se ven con frecuencia despechados y despachados por las mujeres, porque no hay nada más cierto que aquel adagio que afirma "hay tres cosas que no dejan huella: el pájaro en el aire, el pez en el agua y el hombre en la mujer". Sin embargo, en pocas ocasiones el hombre es el que despecha a la mujer, y creo que la mayoría de estas veces es el soltero el que origina la situación, en contra de lo que las mujeres creen habitualmente, esto es, que son los casados los que las hieren en su tierno corazoncillo.
El soltero es un ave de rapiña que nunca satisface sus cinegéticos deseos, por lo cual se halla en numerosos campos de batalla librando luchas constantes con las féminas objeto de sus más oscuros deseos.
Por norma común, las mujeres son mucho más hábiles en estas situaciones que los hombres, de modo que es más probable asomarse a la ventana y ver un cerdo azul volando que un hombre hiera los sentimientos más íntimos de una dama. Pero hay casos y casos, y a veces un hombre puede encontrarse en situación de poder ofender a más de una dama. ¡Qué maravillosa situación! se dirán algunos, sobre todo aquellos que disfruten del feliz estado del matrimonio, pero no es nada cierto.
Los solteros no inmorales no podemos consentir causar daño, tan siquiera a una mujer, porque sabemos del dolor que producen los desengaños amorosos y no estamos dispuestos a soportar el remordimiento de haber sido causa -injusta- de él.
Los solteros solemos tener a veces remordimientos, por no tener la conciencia tranquila. Al menos, todo soltero que se precie de ser moral debe pasar obligadamente por tal trance.
Y nosotros estamos expuestos a multitud de situaciones en las que podemos sufrir remordimiento -siempre y cuando seamos personas morales y con principios-.
El soltero es un persona libre que, en principio, no debe dar cuentas a nadie sobre sus acciones, exceptuando a su propia conciencia. Por nuestra amplia libertad de acción, también disponemos de campos de maniobra más amplios que el resto del personal, y en consecuencia mayores posibilidades de interacción con otras personas (mujeres, vamos).
En general los hombres se ven con frecuencia despechados y despachados por las mujeres, porque no hay nada más cierto que aquel adagio que afirma "hay tres cosas que no dejan huella: el pájaro en el aire, el pez en el agua y el hombre en la mujer". Sin embargo, en pocas ocasiones el hombre es el que despecha a la mujer, y creo que la mayoría de estas veces es el soltero el que origina la situación, en contra de lo que las mujeres creen habitualmente, esto es, que son los casados los que las hieren en su tierno corazoncillo.
El soltero es un ave de rapiña que nunca satisface sus cinegéticos deseos, por lo cual se halla en numerosos campos de batalla librando luchas constantes con las féminas objeto de sus más oscuros deseos.
Por norma común, las mujeres son mucho más hábiles en estas situaciones que los hombres, de modo que es más probable asomarse a la ventana y ver un cerdo azul volando que un hombre hiera los sentimientos más íntimos de una dama. Pero hay casos y casos, y a veces un hombre puede encontrarse en situación de poder ofender a más de una dama. ¡Qué maravillosa situación! se dirán algunos, sobre todo aquellos que disfruten del feliz estado del matrimonio, pero no es nada cierto.
Los solteros no inmorales no podemos consentir causar daño, tan siquiera a una mujer, porque sabemos del dolor que producen los desengaños amorosos y no estamos dispuestos a soportar el remordimiento de haber sido causa -injusta- de él.
El soltero observador.
El soltero es un espécimen que se caracteriza por su elevada capacidad de observación de situaciones que, en un futuro, bien podrían ser asumidas por él mismo si un cambio en su estado civil aconteciera. Y es esta elevada capacidad de observación y análisis de situaciones la que le proporciona los elementos de juicio necesarios -aunque a veces no suficientes- para entender qué es lo que ocurre en el común de las parejas, y por extensión, qué podría sucederle a él mismo si decidiera, en un momento dado, pasar de la soltería al matrimonio.
Una de las situaciones que particularmente más me ha llamado la atención, es el comportamiento de la pareja en un restaurante cualquiera, un día cualquiera y a una hora cualquiera.
La pareja, se supone, es algo más que dos personas: al margen del significado estrictamente numérico (una pareja=2 personas), supongo que es un todo integrado, una común unión, un algo indivisible, entrelazado, difícil de separar, de discernir, de extraer de su todo. Y ello creo que debe ser así porque la unión ha tenido que producirse en un entorno de máxima comunicación, de intercambio de ideas, impresiones, pareceres, pensamientos íntimos, vivencias y actitudes ante la vida. Todo ello es una amalgama, un elemento cohesivo que hace que la pareja ¿sea? un todo y no un 1+1.
Pero en el restaurante se delata el engaño, la ignominia, la falacia, el truco de prestidigitador torpe, la apariencia, el modus vivendi inicuo.
Uno sentado frente al otro, con miradas perdidas, sin articular palabra, cerca física pero lejos emocionalmente; aislados por la ensalada mixta que comparten en la misma mesa y sólo unidos en la comunicación por las breves y esporádicas apariciones del camarero que, portador de las viandas que han de satisfacer sus organismos vivos,. delatan la lejanía en que se hallan sumidos. Así toda la comida, incluído el postre y el café.
A mi no me entra en la mollera estar compartiendo mesa con alguien a quien, salvo para pedirle la sal o el pan, no dirijo la mirada y el verbo en una interminable sucesión de entremeses, primeros platos, segundos platos o postres.
Y no es caso aislado y anecdótico el que aquí relato, sino más bien todo lo contrario; es habitual y triste.
¿Dónde quedó la sugestiva conversación del 1+1 cuando aun no eran 2?
¿Dónde el mirarse a la cara y hacer de la simple ingestión de alimentos aspecto secundario al verdadero interés de la reunión en torno a los calamares y la paella de marisco, que no es sino progresar cada vez más en el 2 y no en el 1+1; comprenderse, comunicarse, compartir pensamientos, inquietudes, propósitos?
Debe ser que la unión hace [debilitarse] la fuerza de la comunicación entre ellos, en vez de aumentarla de modo directamente proporcional.
Pues para eso, para aislarme en mi mundo y simplemente compartir físicamente un lugar habitación y procesos fisiológicos diarios, para eso, digo, mejor continuar solo. Y cuanto más observo este comportamiento, más convencido estoy de que la mayoría de las parejas hace mucho tiempo que no tienen nada que decirse (nada interesante), nada que compartir; ninguna ilusión a la que llegar como 2 y no como 1+1, ningún futuro común, ningún elemento que cohesione y una sus vidas. En ocasiones, las veces de este mortero de unión lo representan los hijos de la pareja. Pero tener como escusa a los niños para seguir compartiendo una vida que nada les depara en el futuro, ni proyecta sobre sus sórdidas existencias elemento compartido es, bajo mi observador punto de vista, simplemente lamentable.
Pero no es la mesa el único escenario en el que se representa la tragedia de la incomunicación y la apatía, hay otros muy variados en los que estos actores de la cotidianidad nos ofrecen el monólogo más repetitivo sobre lo que hay que hacer para sobrellevar una vida sin sobresaltos, pausada, discreta, como sin queriendo.....
Una de las situaciones que particularmente más me ha llamado la atención, es el comportamiento de la pareja en un restaurante cualquiera, un día cualquiera y a una hora cualquiera.
La pareja, se supone, es algo más que dos personas: al margen del significado estrictamente numérico (una pareja=2 personas), supongo que es un todo integrado, una común unión, un algo indivisible, entrelazado, difícil de separar, de discernir, de extraer de su todo. Y ello creo que debe ser así porque la unión ha tenido que producirse en un entorno de máxima comunicación, de intercambio de ideas, impresiones, pareceres, pensamientos íntimos, vivencias y actitudes ante la vida. Todo ello es una amalgama, un elemento cohesivo que hace que la pareja ¿sea? un todo y no un 1+1.
Pero en el restaurante se delata el engaño, la ignominia, la falacia, el truco de prestidigitador torpe, la apariencia, el modus vivendi inicuo.
Uno sentado frente al otro, con miradas perdidas, sin articular palabra, cerca física pero lejos emocionalmente; aislados por la ensalada mixta que comparten en la misma mesa y sólo unidos en la comunicación por las breves y esporádicas apariciones del camarero que, portador de las viandas que han de satisfacer sus organismos vivos,. delatan la lejanía en que se hallan sumidos. Así toda la comida, incluído el postre y el café.
A mi no me entra en la mollera estar compartiendo mesa con alguien a quien, salvo para pedirle la sal o el pan, no dirijo la mirada y el verbo en una interminable sucesión de entremeses, primeros platos, segundos platos o postres.
Y no es caso aislado y anecdótico el que aquí relato, sino más bien todo lo contrario; es habitual y triste.
¿Dónde quedó la sugestiva conversación del 1+1 cuando aun no eran 2?
¿Dónde el mirarse a la cara y hacer de la simple ingestión de alimentos aspecto secundario al verdadero interés de la reunión en torno a los calamares y la paella de marisco, que no es sino progresar cada vez más en el 2 y no en el 1+1; comprenderse, comunicarse, compartir pensamientos, inquietudes, propósitos?
Debe ser que la unión hace [debilitarse] la fuerza de la comunicación entre ellos, en vez de aumentarla de modo directamente proporcional.
Pues para eso, para aislarme en mi mundo y simplemente compartir físicamente un lugar habitación y procesos fisiológicos diarios, para eso, digo, mejor continuar solo. Y cuanto más observo este comportamiento, más convencido estoy de que la mayoría de las parejas hace mucho tiempo que no tienen nada que decirse (nada interesante), nada que compartir; ninguna ilusión a la que llegar como 2 y no como 1+1, ningún futuro común, ningún elemento que cohesione y una sus vidas. En ocasiones, las veces de este mortero de unión lo representan los hijos de la pareja. Pero tener como escusa a los niños para seguir compartiendo una vida que nada les depara en el futuro, ni proyecta sobre sus sórdidas existencias elemento compartido es, bajo mi observador punto de vista, simplemente lamentable.
Pero no es la mesa el único escenario en el que se representa la tragedia de la incomunicación y la apatía, hay otros muy variados en los que estos actores de la cotidianidad nos ofrecen el monólogo más repetitivo sobre lo que hay que hacer para sobrellevar una vida sin sobresaltos, pausada, discreta, como sin queriendo.....
Los escarceos de los viernes
Los solteros son individuos de costumbres, aunque entre ellas encontremos algunas de muy difícil explicación. Una de estas atrocidades -y la llamo así y no me arrepiento lo más mínimo- suele ser cometida indefectiblemente en fin de semana, sobre todo en viernes y por supuesto, viernes noche.
El viernes es un día ciertamente especial, antesala (que llaman los redichos) del fin de semana; día ni de juerga ni trabajo; ni de blanco ni de negro; ni de frío ni de calor; ni de salir ni de quedarse en casa: al menos ese es el principio, si bien según transcurre las horas, la balanza se inclina cada vez más hacia la salida -por supuesto, para "recogerse" pronto- que termina a muy altas horas de la noche.
La excusa es siempre tomar UNA copa, mas esa copa siempre es seguida de varias más; demasiadas, en ocasiones.
Ya sabemos todos de los efectos del alcohol, efectos muy conocidos, aunque otros no tanto. Qusiera yo ahora hacer referencia a uno de éstos, que he denominado SCE (del español, supresión de la capacidad de exigencia).
Así, el alcohol conlleva, a moderadas o altas dosis, supresión de esta capacidad, que está particularmente desarrollada en el espécimen de hombre soltero.
¿Y en qué consiste exactamente el SCE?
Los solteros son solteros, entre otras cuestiones, porque suele decirse que son muy delicados o exquisitos, a la hora de elegir mujer.
De este modo, muchos permenecen (permanacemos) en dicho estado porque terminamos siendo notoriamente exigentes con para con las féminas, no conformándonos con lo que habitualmente a otros les parece bien, suficiente o adecuado.
El alcohol, como apunto, disminuye con la dosis ingerida la CE (capacidad de exigencia), produciéndose la supresión de ésta al cabo de dosis que oscilan entre las 4 o las 6 copas; o bien las 10 o 12 cervezas.
Ello conduce, según mis investigaciones, al denominado SPS (síndrome paradójico del soltero), que consiste en un comportamiento contradictorio según pasan las horas y se eleva el consumo de alcohol, pasando del ERA (estado refractario absoluto) al ENA (estado de necesidad absoluto). Es, como en fisiología de la transmisión del impulso nervioso, la ley "del todo o nada"; esto es, se pasa de decir "no hay ninguna que me guste; sólo hay callos; son todas maduronas; no hay más que desesperadas; si todas son casadas; vaya desastre esta noche, no se salva una........." a decir "pues esa no está mal del todo; por lo menos tiene un buen par de tetas; esa se las tiene que comer dobladas; mira que me está poniendo cachondo la rubia aquella; sabes que a esa no me importaría hacerle un favor (en realidad se quiere decir que ya me gustaría que me hiciese un favor).....
Acaba así la noche con una necesidad absoluta de pegarse un refregón con la primera que se preste, pasando de una exigencia rallana en lo más exquisito a, querer con cualquiera, y si es casada, casi mejor (parece que da más morbo), llegando incluso al ENP (estado de necesidad puteril), es decir, si no cuaja la cosa con ninguna, hay que irse a la casa de putas más proxima a evacuar los conductos deferentes.
Triste, patético y lamentable, pero así es el comportamiento de los solteros en multitud de ocasiones. Lógicamente, cuando los efectos del alcohol se han dejado de hacer notar, el remordimiento más notable acude a la mente del muy procaz, que jura y perjura que nunca más saldrá un viernes, y que nunca más se atreverá a decirle nada a la pájara aquella, coño, ¡que mira que es fea la cabrona....!
Por supuesto, hasta el fin de semana siguiente, momento en que vuelve a manifestarse en el soltero el conocido como SREP (del español, síndrome de repetición de experiencia pasada), conducta caracterizada por un deseo irrefrenable de tratar de mejorar los resultados de lo acaecido en la semana anterior, y que termina de cerrar un círculo vicioso.....y muy vicioso, de verdad.
El viernes es un día ciertamente especial, antesala (que llaman los redichos) del fin de semana; día ni de juerga ni trabajo; ni de blanco ni de negro; ni de frío ni de calor; ni de salir ni de quedarse en casa: al menos ese es el principio, si bien según transcurre las horas, la balanza se inclina cada vez más hacia la salida -por supuesto, para "recogerse" pronto- que termina a muy altas horas de la noche.
La excusa es siempre tomar UNA copa, mas esa copa siempre es seguida de varias más; demasiadas, en ocasiones.
Ya sabemos todos de los efectos del alcohol, efectos muy conocidos, aunque otros no tanto. Qusiera yo ahora hacer referencia a uno de éstos, que he denominado SCE (del español, supresión de la capacidad de exigencia).
Así, el alcohol conlleva, a moderadas o altas dosis, supresión de esta capacidad, que está particularmente desarrollada en el espécimen de hombre soltero.
¿Y en qué consiste exactamente el SCE?
Los solteros son solteros, entre otras cuestiones, porque suele decirse que son muy delicados o exquisitos, a la hora de elegir mujer.
De este modo, muchos permenecen (permanacemos) en dicho estado porque terminamos siendo notoriamente exigentes con para con las féminas, no conformándonos con lo que habitualmente a otros les parece bien, suficiente o adecuado.
El alcohol, como apunto, disminuye con la dosis ingerida la CE (capacidad de exigencia), produciéndose la supresión de ésta al cabo de dosis que oscilan entre las 4 o las 6 copas; o bien las 10 o 12 cervezas.
Ello conduce, según mis investigaciones, al denominado SPS (síndrome paradójico del soltero), que consiste en un comportamiento contradictorio según pasan las horas y se eleva el consumo de alcohol, pasando del ERA (estado refractario absoluto) al ENA (estado de necesidad absoluto). Es, como en fisiología de la transmisión del impulso nervioso, la ley "del todo o nada"; esto es, se pasa de decir "no hay ninguna que me guste; sólo hay callos; son todas maduronas; no hay más que desesperadas; si todas son casadas; vaya desastre esta noche, no se salva una........." a decir "pues esa no está mal del todo; por lo menos tiene un buen par de tetas; esa se las tiene que comer dobladas; mira que me está poniendo cachondo la rubia aquella; sabes que a esa no me importaría hacerle un favor (en realidad se quiere decir que ya me gustaría que me hiciese un favor).....
Acaba así la noche con una necesidad absoluta de pegarse un refregón con la primera que se preste, pasando de una exigencia rallana en lo más exquisito a, querer con cualquiera, y si es casada, casi mejor (parece que da más morbo), llegando incluso al ENP (estado de necesidad puteril), es decir, si no cuaja la cosa con ninguna, hay que irse a la casa de putas más proxima a evacuar los conductos deferentes.
Triste, patético y lamentable, pero así es el comportamiento de los solteros en multitud de ocasiones. Lógicamente, cuando los efectos del alcohol se han dejado de hacer notar, el remordimiento más notable acude a la mente del muy procaz, que jura y perjura que nunca más saldrá un viernes, y que nunca más se atreverá a decirle nada a la pájara aquella, coño, ¡que mira que es fea la cabrona....!
Por supuesto, hasta el fin de semana siguiente, momento en que vuelve a manifestarse en el soltero el conocido como SREP (del español, síndrome de repetición de experiencia pasada), conducta caracterizada por un deseo irrefrenable de tratar de mejorar los resultados de lo acaecido en la semana anterior, y que termina de cerrar un círculo vicioso.....y muy vicioso, de verdad.
Idiocias propias de un soltero.
Si bien las mentecateces, en un sentido genérico, no son patrimonio exclusivo -ni siquiera parcial- de ningún grupo etáneo, étnico, socio-cultural o geográfico, no es menos verdad que en ocasiones, determinados conjuntos de población son más propensos a la idiotez supina que otros. Cualquiera me rebatiría tal hipótesis mirando su propia experiencia, o por la simple revisión de casos conocidos, pero si por algo se manifiesta el carácter memo de un soltero, es por la ingente cantidad de subnormalidades que pueden llegar a cometerse por minuto, por metro cuadrado o por neurona viable.
Alguno de estos comportamientos se refieren a la vida diaria, y tal vez -y sólo en este caso- no son, como antes apunté, patrimonio de los de su mismo estado civil sino de, en general, cualquier bicho viviente; no obstante, otros, sí que son inherentes a lo que en mi escritó anterior describí como La búsqueda, es decir, lo que nunca reconocemos que hacemos los solteros (hipócrita actitud) cuando nos desesperamos buscando alguien que quiera compartir nuestro nidito de amor.
En internet se puede encontrar de todo, hasta pareja. Qué pareja encuentres depende de muchos factores, entre otros, de cómo te publicites tú mismo, de lo sustancioso de tu cuenta corriente, del dominio de los idiomas que tengas (ya dije que el patético inglés internacional que todos chapurreamos es suficiente), del lugar donde vivas o residas y, en especial, de las majaderías que puedas o estés dispuesto a cometer: casi todas, contra el sentido común.
Son innumerables las webs que proporcionan contactos con señoras y señoritas de muy distintos países (lógicamente previo pago de su importe) y a su vez permiten colgar al susodicho un pequeño anuncio personal, donde auto-promocionarse del mejor modo posible.
No niego que haya muchas de estas féminas deseosas de encontrar un hombre con el que compartir lo que les quede de vida, mas un número nada despreciable de ellas son, simplemente, unas cabronazas estafadoras que hacen caer en la trampa al ingenuo soltero.
Después de descubrir estas webs, uno es estafado, y tras ser engañado vilmente uno descubre las webs donde los afrentados pueden encontrar todo un catálogo de estas cara-duras, y en los que cada uno relata sus míseras experiencias.
Estas van desde quien sufre un desengaño amoroso terrible tras descubrir que su ¿amada? no quería más que su dinero, pasando por quienes se creen el cuento chino de que la pobre mujercita, en su lóbrego país, tiene a su abuelita muy muy malita en el hospital y necesita un dinerillo para una urgente intervención quirúrgica, hasta los que, bobos de ellos, se creen lo del accidente de coche de la zorrona y la necesidad de un dinero urgente para no incurrir en un delito por conducir sin seguro, por los daños causados o por lo que sea. Como es natural, dinerete vía western-unión y tras la recepción de las pelas, por supuesto, repentina desaparición de la chorva.
Hasta aquí, el grado uno de idiotez.
El grado dos de burreza lo constituye el creerse, tras dos, tres o cuatro e-milios, que la tierna amapolilla se ha enamorado arrebatadamente de nosotros, y que sus deseos de obterner la visa, el billete de avión y gastos más varios, son realmente ciertos. La ingenuidad, vemos, no tiene límites y el anormal soltero se planta incluso en el aeropuerto a esperar a su amada. Naturalmente que la pájara no llega, ni en ese, ni en ningún vuelo, y lo más probable es que a la hora en que el borriquillo la aguarda impaciente, ella se esté fundiendo su dinerete con quien más le plazca. Eso sí, tras esta decepción, el burlado nunca más recibe noticias de la muy guarra.
Y por fin el grado tres, el sumum de la mediocridad intelectual, la estulticia encarnada en hombre (soltero), la más patética muestra de que el hombre (soltero) no tiene límites en su pérdida de materia gris que le permita el raciocinio.
Es es lamentable caso de aquellos que se plantan en el país de su respectiva enamorada, con una ramito de flores en la mano y sonrisa simplona a más no poder.
El proceder de la elementa es bien sencillo: pasearlo por las calles de la ciudad en cuestión, haciendo que se gaste en su gatita ingentes cantidades de USD, o, en su defecto, euros, contantes y sonantes, a su vez que le deja tirado la mitad de los días en un deplorable hotelucho de tres al cuarto, sin contestar a las llamadas del pobre zoquete que, poco a poco, va barruntando que le han tomado el cuero cabelludo completo.
Así, la mayor parte de las veces, retorna a su país de origen, tristón y con el rabo entre las piernas, y con la inequívoca sensación de que le han aflojado sustancialmente el peso de la cartera.
Así, sin más, incrédulo de él, se sienta en el aeropuerto con cara de paleto y pensando en lo cochina que ha sido la su amada para con una alma tan bondadosa como la suya, y esperando que despegue el avión de vuelta a casa, con la esperanza de que no se caiga a medio trayecto, porque ya sería el colmo de la desgracia......
Esta que aquí he descrito no es sino una breve sinopsis de métodos actuales de búsqueda de pareja de los solteros llamados "de oro" y los inconvenientes inherentes a los mismos.
Y mañana, más....
Alguno de estos comportamientos se refieren a la vida diaria, y tal vez -y sólo en este caso- no son, como antes apunté, patrimonio de los de su mismo estado civil sino de, en general, cualquier bicho viviente; no obstante, otros, sí que son inherentes a lo que en mi escritó anterior describí como La búsqueda, es decir, lo que nunca reconocemos que hacemos los solteros (hipócrita actitud) cuando nos desesperamos buscando alguien que quiera compartir nuestro nidito de amor.
En internet se puede encontrar de todo, hasta pareja. Qué pareja encuentres depende de muchos factores, entre otros, de cómo te publicites tú mismo, de lo sustancioso de tu cuenta corriente, del dominio de los idiomas que tengas (ya dije que el patético inglés internacional que todos chapurreamos es suficiente), del lugar donde vivas o residas y, en especial, de las majaderías que puedas o estés dispuesto a cometer: casi todas, contra el sentido común.
Son innumerables las webs que proporcionan contactos con señoras y señoritas de muy distintos países (lógicamente previo pago de su importe) y a su vez permiten colgar al susodicho un pequeño anuncio personal, donde auto-promocionarse del mejor modo posible.
No niego que haya muchas de estas féminas deseosas de encontrar un hombre con el que compartir lo que les quede de vida, mas un número nada despreciable de ellas son, simplemente, unas cabronazas estafadoras que hacen caer en la trampa al ingenuo soltero.
Después de descubrir estas webs, uno es estafado, y tras ser engañado vilmente uno descubre las webs donde los afrentados pueden encontrar todo un catálogo de estas cara-duras, y en los que cada uno relata sus míseras experiencias.
Estas van desde quien sufre un desengaño amoroso terrible tras descubrir que su ¿amada? no quería más que su dinero, pasando por quienes se creen el cuento chino de que la pobre mujercita, en su lóbrego país, tiene a su abuelita muy muy malita en el hospital y necesita un dinerillo para una urgente intervención quirúrgica, hasta los que, bobos de ellos, se creen lo del accidente de coche de la zorrona y la necesidad de un dinero urgente para no incurrir en un delito por conducir sin seguro, por los daños causados o por lo que sea. Como es natural, dinerete vía western-unión y tras la recepción de las pelas, por supuesto, repentina desaparición de la chorva.
Hasta aquí, el grado uno de idiotez.
El grado dos de burreza lo constituye el creerse, tras dos, tres o cuatro e-milios, que la tierna amapolilla se ha enamorado arrebatadamente de nosotros, y que sus deseos de obterner la visa, el billete de avión y gastos más varios, son realmente ciertos. La ingenuidad, vemos, no tiene límites y el anormal soltero se planta incluso en el aeropuerto a esperar a su amada. Naturalmente que la pájara no llega, ni en ese, ni en ningún vuelo, y lo más probable es que a la hora en que el borriquillo la aguarda impaciente, ella se esté fundiendo su dinerete con quien más le plazca. Eso sí, tras esta decepción, el burlado nunca más recibe noticias de la muy guarra.
Y por fin el grado tres, el sumum de la mediocridad intelectual, la estulticia encarnada en hombre (soltero), la más patética muestra de que el hombre (soltero) no tiene límites en su pérdida de materia gris que le permita el raciocinio.
Es es lamentable caso de aquellos que se plantan en el país de su respectiva enamorada, con una ramito de flores en la mano y sonrisa simplona a más no poder.
El proceder de la elementa es bien sencillo: pasearlo por las calles de la ciudad en cuestión, haciendo que se gaste en su gatita ingentes cantidades de USD, o, en su defecto, euros, contantes y sonantes, a su vez que le deja tirado la mitad de los días en un deplorable hotelucho de tres al cuarto, sin contestar a las llamadas del pobre zoquete que, poco a poco, va barruntando que le han tomado el cuero cabelludo completo.
Así, la mayor parte de las veces, retorna a su país de origen, tristón y con el rabo entre las piernas, y con la inequívoca sensación de que le han aflojado sustancialmente el peso de la cartera.
Así, sin más, incrédulo de él, se sienta en el aeropuerto con cara de paleto y pensando en lo cochina que ha sido la su amada para con una alma tan bondadosa como la suya, y esperando que despegue el avión de vuelta a casa, con la esperanza de que no se caiga a medio trayecto, porque ya sería el colmo de la desgracia......
Esta que aquí he descrito no es sino una breve sinopsis de métodos actuales de búsqueda de pareja de los solteros llamados "de oro" y los inconvenientes inherentes a los mismos.
Y mañana, más....
La búsqueda
Pues sí, la vida no es sólo sexo, aunque desconozco qué es exactamente lo que provoca ese inevitable deseo de ayuntar continuamente con la hembra que nos gusta; sólo esos deliciosos segundos en los que somos capaces de decir muchas cosas que incluso no sentimos (yo he aprendido a morderme la lengua para luego no tener que arrepentirme) determinan nuestro comportamiento diario y hasta nuestras vidas. Esos escasos y cortos segundos en los que nuestro sagrado elixir se nos escapa expeliendo oleadas de inmenso placer nos atormentan, porque cuando ya han tranascurrido nos parece que hemos perdido el tiempo y más hubiera valido hacerse lo que en mi pueblo llaman un "pajote vil", que es precisamente el modo menos envilecedor de usar ese ansiolítico natural que es el orgasmo.
Pero caray, si dije que no todo era sexo, y resulta que no hablo de otra cosa....me arrepiento y vuelvo a la senda marcada por el título de mi intervención: la búsqueda.
¿Y qué es la búsqueda? o por mejor decir, ¿la búsqueda de qué?
Pues la búsqueda de la mujer de nuestra vida, por muy soltero recalcitrante que uno demuestre ser.
Sí, esa búsqueda que a veces mantenemos en el más absoluto secreto por miedo a ser descubiertos y acusados de triadores a la noble y honesta causa de la soltería universal.
Sí, amigos, me acuso de haber buscado y ser además reicidente en la falta, y de ser poco honrado cuando muchas veces he negado tal situación; pero uno tiene la esperanza de encontrar algo mejor que aquello que hallaron los demás.
Y los métodos de búsqueda son variopintos: desde el más usual y recomendado (nene, hijo, sal por ahí de copas, de fiesta, a ver si conoces a alguien, ¿o es que esperas que vengan a tu casa a buscarte?) hasta los más actuales y modernos (internet y sus múltiples usos, como las agencias matrimoniales electrónicas, que al fin y al cabo no son más que la globalización marital), si bien ninguno de ellos finalmente dio el resultado apetecido....¿o sí? Lo digo porque no siempre está uno convencido de que lo que se encuentre satisfará plenamente los deseos y anhelos acumulados durante tanto tiempo.
El medio más accesible, por tanto, es la salida nocturna, preferentemente en fin de semana con el objetivo de "marcar" a las posibles candidatas. El inconveniente principal es la de horas que uno pierde en las largas noches de invierno; el inmenso trabajo de acercamiento, presentación, seducción y ataque final que requiere la técnica, con el agravante de que casi nunca se obtienen los resultados apetecidos. Todo lo más, lo único que encuentra uno es algún putón verbenero, alguna calientapollas o alguna desesperada, que sin ser objetivo de nuestra búsqueda, interfiere inexplicablemente en nuestra tarea, casi siempre por ser la amiga de la que nos interesa.
Así, este proceder queda casi descartado, y en todo caso, es únicamente apto para principiantes y jovenzuelos imberbes que se consuelan con la horripilante masturbación post-festera.
Otra metodología aceptada como viable es la participación externa en el proceso, entendida ésta como la intervención de las amistades, siempre con altruistas intenciones, para promover el acercamiento hacia alguien que creen es lo que necesitamos y buscamos. Pero justamente siempre creen bueno para nosotros lo contrario, o en todo caso, lo más alejado a nuestro ideal. De ahí que este método sea prontamente descartable por su vacuidad.
Y al fin llegamos a lo más moderno en el cribado marital; esto es, el uso de internet y las nuevas tecnologías, ampliando de esa forma el espectro y por ello, las posibilidades de hallar el sublime objeto de nuestros anhelos.
El idioma no suele ser inconveniente, pues el chapurreo en patético inglés suele ser común en todo el mundo, y con él nos entendemos.
Lo peor, creo, es la existencia de las conocidas "scammers" (estafadoras profesionales), que utilizan la red para limpiar las cuentas corrientes y las carteras de los sufridos usuarios que aun pensamos en las nobles intenciones de todas aquellas que dicen querrer buscar una vida mejor, en un sitio mejor.
Mi próxima entrega ahondará en las estupideces que podemos llegar a cometer los hombres que alguna vez hemos utilizado internet para tratar de acabar con nuestra soltería.
Pero caray, si dije que no todo era sexo, y resulta que no hablo de otra cosa....me arrepiento y vuelvo a la senda marcada por el título de mi intervención: la búsqueda.
¿Y qué es la búsqueda? o por mejor decir, ¿la búsqueda de qué?
Pues la búsqueda de la mujer de nuestra vida, por muy soltero recalcitrante que uno demuestre ser.
Sí, esa búsqueda que a veces mantenemos en el más absoluto secreto por miedo a ser descubiertos y acusados de triadores a la noble y honesta causa de la soltería universal.
Sí, amigos, me acuso de haber buscado y ser además reicidente en la falta, y de ser poco honrado cuando muchas veces he negado tal situación; pero uno tiene la esperanza de encontrar algo mejor que aquello que hallaron los demás.
Y los métodos de búsqueda son variopintos: desde el más usual y recomendado (nene, hijo, sal por ahí de copas, de fiesta, a ver si conoces a alguien, ¿o es que esperas que vengan a tu casa a buscarte?) hasta los más actuales y modernos (internet y sus múltiples usos, como las agencias matrimoniales electrónicas, que al fin y al cabo no son más que la globalización marital), si bien ninguno de ellos finalmente dio el resultado apetecido....¿o sí? Lo digo porque no siempre está uno convencido de que lo que se encuentre satisfará plenamente los deseos y anhelos acumulados durante tanto tiempo.
El medio más accesible, por tanto, es la salida nocturna, preferentemente en fin de semana con el objetivo de "marcar" a las posibles candidatas. El inconveniente principal es la de horas que uno pierde en las largas noches de invierno; el inmenso trabajo de acercamiento, presentación, seducción y ataque final que requiere la técnica, con el agravante de que casi nunca se obtienen los resultados apetecidos. Todo lo más, lo único que encuentra uno es algún putón verbenero, alguna calientapollas o alguna desesperada, que sin ser objetivo de nuestra búsqueda, interfiere inexplicablemente en nuestra tarea, casi siempre por ser la amiga de la que nos interesa.
Así, este proceder queda casi descartado, y en todo caso, es únicamente apto para principiantes y jovenzuelos imberbes que se consuelan con la horripilante masturbación post-festera.
Otra metodología aceptada como viable es la participación externa en el proceso, entendida ésta como la intervención de las amistades, siempre con altruistas intenciones, para promover el acercamiento hacia alguien que creen es lo que necesitamos y buscamos. Pero justamente siempre creen bueno para nosotros lo contrario, o en todo caso, lo más alejado a nuestro ideal. De ahí que este método sea prontamente descartable por su vacuidad.
Y al fin llegamos a lo más moderno en el cribado marital; esto es, el uso de internet y las nuevas tecnologías, ampliando de esa forma el espectro y por ello, las posibilidades de hallar el sublime objeto de nuestros anhelos.
El idioma no suele ser inconveniente, pues el chapurreo en patético inglés suele ser común en todo el mundo, y con él nos entendemos.
Lo peor, creo, es la existencia de las conocidas "scammers" (estafadoras profesionales), que utilizan la red para limpiar las cuentas corrientes y las carteras de los sufridos usuarios que aun pensamos en las nobles intenciones de todas aquellas que dicen querrer buscar una vida mejor, en un sitio mejor.
Mi próxima entrega ahondará en las estupideces que podemos llegar a cometer los hombres que alguna vez hemos utilizado internet para tratar de acabar con nuestra soltería.
De cómo mi amigo Alejandro y yo tenemos algunos puntos en común.
Si he de ser sincero, Alejandro y yo tenemos poco en común, aunque sí algunas cosas. De hecho, últimamente no le veo mucho, debido a que tiene, me da la impresión, graves problemas.
Para empezar, ha perdido el trabajo. Un trabajo realmente bueno, en el que estaba hacía no sé el tiempo. ¿El motivo? Pues nadie me lo confirma, pero todos los comentarios giran entorno a cuestiones muy delicadas y que jamás hubiera pensado de Alejandro.
Le veo desmejorado, con mala cara; hablan incluso de problemas emocionales......en una persona que siempre ha tenido una imagen inmejorable y que en parte, ha sido modelo, aunque no lo quieran reconocer, para mucha gente.
Yo estoy en el extremo opuesto: ningún problema emocional; sigo con mi trabajo, buena salud física y mental, y, por supuesto, soltero.
Y lo de soltero lo digo no para presumir, porque no es algo de lo que haya que jactarse, pero lo reconozco como irresoluble por el momento. A pesar de que he leído notas de prensa sobre estudios que documentan que los solteros suelen vivir menos que las personas casadas, por ese plus de estabilidad sentimental y emocional que proporciona el matrimonio (supongo que se referirán al feliz matrimonio, y no a todos). Además, la calidad de vida de las personas solteras suele ser menor que para los que conviven en pareja (porque no todos los que conviven en pareja están casados).
Ante este estudio podría yo sentirme preocupado, por mi futura salud, esperanza de vida y calidad de la misma. Pero de momento, esto no es así. No tengo motivos para la preocupación.
Bien es cierto que no tendría ningún inconveniente en casarme, y pasar a engrosar las filas de aquellos que conviven en pareja. Pero después de estos años, pienso que si no encuentro algo que realmente me satisfaga mucho, no creo oportuno cambiar de estado civil. Entre otras cosas, porque estimo muchísimo mi independencia, y es algo que, obviamente, perdería -al menos en parte- al compartir mi vida con otra persona, además de que me niego a casarme por casarme, con cualquiera (.....no, mira que es buena chica, que tiene su carrerita, su buen trabajito, es honrada y simpática.....cuántos amigos y amigas se han casado así porque se les marchitaba la flor) y no se entienda lo de cualquiera en sentido despectivo; yo soy también cualquiera, no soy nadie especial en nada, pero si no encuentro algo que me cuadre mucho, mejor solo que arrepentido de estar acompañado.
Pero volviendo atrás unas líneas, decía que algunas cosas en común tengo con Alejandro: en parte ese "savoir faire" que en muchos aspectos me hace diferente del común de la gente en determinados comportamientos y aspectos del diario proceder y actuar; y creo en conciencia también, que su afición a las aventuras sentimentales es común a ambos. Hay elementos no obstante que nos separan en ese lugar de coincidencia: no estoy casado y no engaño a nadie con mi proceder; soy más honrado y no me invento una vida o un trabajo o un lugar de procedencia para preservar mi intimidad. Mi comportamiento se dirige más a contar lo que crea que deba saber mi interlocutora y nada más, sin invenciones malintencionadas.
Tampoco expongo mis trofeos de "caza" en un lugar privilegiado de mis comentarios, situación que es habitual en él. Mi vida privada es mía, y de nadie más. Cuántes veces hasta me he sentido culpable de escuchar una tras una, sus hazañas donjuanescas con pelos y señales (y lo de pelos, nunca mejor dicho, sobre todo, púbicos) mientras que yo, en vez de entrar en la solidaria réplica con mkis devaneos y aventuras, callaba conscientemente como un cabroncete. He de reconocer también que soy más persona de escuchar y escuchar que de hablar y hablar.
Pero el elemento definitorio de nuestro común proceder son, sin duda, los clubes de alterne.
Yo creo que existe una gran diferencia (aunque vaya diferencia, dirán algunos) entre una casa de putas y un club de alterne.
Las casas de putas son lugares sórdidos, con mujeres semi-desnudas que manosean los genitales a toda una caterva de ordinarios que a su vez, meten mano bajo las bragas (¡de las que las lleven!) de la puta, sin que a ésta le altere lo más mínimo este bochornoso proceder. Además, negocian a la baja los emolumentos por el polvo a la mamada, mientras ellas tratan de engañar al susodicho con actuaciones tan poco convincentes como malintencionadas. Y una vez consumado el hecho sexual, si te he visto no me acuerdo, en general.
Los clubes de alterne, buenos clubes de alterne (vaya, resulta que la prostitución es algo bueno, ¿no?) son lugares muy bien instalados, con comodidades inauditas en esta clase de lugares, y ´donde el sexo no ocupa el lugar preponderante, sino el alterne.
Porque digo yo, cuántas veces he salido yo a una discoteca o a un pub y allí he intentada ligar con alguna chica, la he invitado a alguna copa, hemos charlado amistosamente, hemos bailado y si se terció, hemos ido " a otro sitio" a fornicar como posesos. ¿Cuántas?
Pues alguna que otra. Y ni yo por ello soy un pervertido ni mi "partenaire" una putón desorejado.
Pues bien, en esos otros clubes, los de alternar, uno en principio no va a follar (ja,ja, pensarán algunos). Pues no señor. Para empezar, las putas de esos lugares no van medio desnudas, sino bien vestidas, elegantes; y de igual modo son elegantes en sus maneras (mujeres de mundo, cultas, que saben varios idiomas y que no meten mano en la entrepierna del varón; comportamiento exquisito y a la que por fuerza, tienes que invitar a una copa, porque tiene conversación interesante, no te habla de follarte o lamerte la polla y no se comporta como una mala actriz intentando hacerte ver que le resultas muy atractivo y que tiene unas ganas locas de "hacer el amor" contigo.
Porque además, hay un restaurante donde uno puede cenar, sólo o acompañado de la puta; reservados donde disfrutar de una agradable conversación sin ver a nadie más y sin que nadie te moleste; piscina donde tomar un baño y donde te ofrecen bañador y toalla.......Claro, que todo eso vale dinero, además, bastante dinero. Y hay muchas putas que así, sin llegar al sexo, se sacan un pastón. Y sobre todo, no están presas de desaprensivos explotadores, y proxenetas que maltratan y amenazan. La que no está agusto allí, coge su maleta y se va. Sin más.
¿Qué diferencia pues, entre el fin de semana de pub o discoteca, al azecho de alguna que se deje domeñar para el ñogo-ñogo y una noche en uno de los que he denominado "clubes de alterne de cierta clase"? Pues yo no veo ninguna. Bueno, sí, que si vas al club, la cosa te sale un poco más cara.
Ah, y las señoras putas suelen ser más limpias y precavidas en lo del sexo que la chica "normal" muy normal ella, que te ligas en el pub y luego accede al sexo contigo. Es sorprendente la diferencia que hay.
Pero no se piense que esto es una defensa de la prostitución por mi parte; únicamente me limito a constatar un hecho derivado de mi experiencia.
Así, como al final de la última intervención escribí, la vida sexual de los solteros oscila entre la aventura con la amiga con la que jamás creiste que podías tener nada y las visitas, por mi parte, sólo a los clubes de cierto nivel, donde además a veces una botella de champán y una cena con agradable conversación es más placentera que un polvo con la chica de la minifalda que ayer conocí en el pub donde me tomo la última (penúltima) copa.
Pero la vida del soltero no es sólo sexo. Claro, hay más.
Para empezar, ha perdido el trabajo. Un trabajo realmente bueno, en el que estaba hacía no sé el tiempo. ¿El motivo? Pues nadie me lo confirma, pero todos los comentarios giran entorno a cuestiones muy delicadas y que jamás hubiera pensado de Alejandro.
Le veo desmejorado, con mala cara; hablan incluso de problemas emocionales......en una persona que siempre ha tenido una imagen inmejorable y que en parte, ha sido modelo, aunque no lo quieran reconocer, para mucha gente.
Yo estoy en el extremo opuesto: ningún problema emocional; sigo con mi trabajo, buena salud física y mental, y, por supuesto, soltero.
Y lo de soltero lo digo no para presumir, porque no es algo de lo que haya que jactarse, pero lo reconozco como irresoluble por el momento. A pesar de que he leído notas de prensa sobre estudios que documentan que los solteros suelen vivir menos que las personas casadas, por ese plus de estabilidad sentimental y emocional que proporciona el matrimonio (supongo que se referirán al feliz matrimonio, y no a todos). Además, la calidad de vida de las personas solteras suele ser menor que para los que conviven en pareja (porque no todos los que conviven en pareja están casados).
Ante este estudio podría yo sentirme preocupado, por mi futura salud, esperanza de vida y calidad de la misma. Pero de momento, esto no es así. No tengo motivos para la preocupación.
Bien es cierto que no tendría ningún inconveniente en casarme, y pasar a engrosar las filas de aquellos que conviven en pareja. Pero después de estos años, pienso que si no encuentro algo que realmente me satisfaga mucho, no creo oportuno cambiar de estado civil. Entre otras cosas, porque estimo muchísimo mi independencia, y es algo que, obviamente, perdería -al menos en parte- al compartir mi vida con otra persona, además de que me niego a casarme por casarme, con cualquiera (.....no, mira que es buena chica, que tiene su carrerita, su buen trabajito, es honrada y simpática.....cuántos amigos y amigas se han casado así porque se les marchitaba la flor) y no se entienda lo de cualquiera en sentido despectivo; yo soy también cualquiera, no soy nadie especial en nada, pero si no encuentro algo que me cuadre mucho, mejor solo que arrepentido de estar acompañado.
Pero volviendo atrás unas líneas, decía que algunas cosas en común tengo con Alejandro: en parte ese "savoir faire" que en muchos aspectos me hace diferente del común de la gente en determinados comportamientos y aspectos del diario proceder y actuar; y creo en conciencia también, que su afición a las aventuras sentimentales es común a ambos. Hay elementos no obstante que nos separan en ese lugar de coincidencia: no estoy casado y no engaño a nadie con mi proceder; soy más honrado y no me invento una vida o un trabajo o un lugar de procedencia para preservar mi intimidad. Mi comportamiento se dirige más a contar lo que crea que deba saber mi interlocutora y nada más, sin invenciones malintencionadas.
Tampoco expongo mis trofeos de "caza" en un lugar privilegiado de mis comentarios, situación que es habitual en él. Mi vida privada es mía, y de nadie más. Cuántes veces hasta me he sentido culpable de escuchar una tras una, sus hazañas donjuanescas con pelos y señales (y lo de pelos, nunca mejor dicho, sobre todo, púbicos) mientras que yo, en vez de entrar en la solidaria réplica con mkis devaneos y aventuras, callaba conscientemente como un cabroncete. He de reconocer también que soy más persona de escuchar y escuchar que de hablar y hablar.
Pero el elemento definitorio de nuestro común proceder son, sin duda, los clubes de alterne.
Yo creo que existe una gran diferencia (aunque vaya diferencia, dirán algunos) entre una casa de putas y un club de alterne.
Las casas de putas son lugares sórdidos, con mujeres semi-desnudas que manosean los genitales a toda una caterva de ordinarios que a su vez, meten mano bajo las bragas (¡de las que las lleven!) de la puta, sin que a ésta le altere lo más mínimo este bochornoso proceder. Además, negocian a la baja los emolumentos por el polvo a la mamada, mientras ellas tratan de engañar al susodicho con actuaciones tan poco convincentes como malintencionadas. Y una vez consumado el hecho sexual, si te he visto no me acuerdo, en general.
Los clubes de alterne, buenos clubes de alterne (vaya, resulta que la prostitución es algo bueno, ¿no?) son lugares muy bien instalados, con comodidades inauditas en esta clase de lugares, y ´donde el sexo no ocupa el lugar preponderante, sino el alterne.
Porque digo yo, cuántas veces he salido yo a una discoteca o a un pub y allí he intentada ligar con alguna chica, la he invitado a alguna copa, hemos charlado amistosamente, hemos bailado y si se terció, hemos ido " a otro sitio" a fornicar como posesos. ¿Cuántas?
Pues alguna que otra. Y ni yo por ello soy un pervertido ni mi "partenaire" una putón desorejado.
Pues bien, en esos otros clubes, los de alternar, uno en principio no va a follar (ja,ja, pensarán algunos). Pues no señor. Para empezar, las putas de esos lugares no van medio desnudas, sino bien vestidas, elegantes; y de igual modo son elegantes en sus maneras (mujeres de mundo, cultas, que saben varios idiomas y que no meten mano en la entrepierna del varón; comportamiento exquisito y a la que por fuerza, tienes que invitar a una copa, porque tiene conversación interesante, no te habla de follarte o lamerte la polla y no se comporta como una mala actriz intentando hacerte ver que le resultas muy atractivo y que tiene unas ganas locas de "hacer el amor" contigo.
Porque además, hay un restaurante donde uno puede cenar, sólo o acompañado de la puta; reservados donde disfrutar de una agradable conversación sin ver a nadie más y sin que nadie te moleste; piscina donde tomar un baño y donde te ofrecen bañador y toalla.......Claro, que todo eso vale dinero, además, bastante dinero. Y hay muchas putas que así, sin llegar al sexo, se sacan un pastón. Y sobre todo, no están presas de desaprensivos explotadores, y proxenetas que maltratan y amenazan. La que no está agusto allí, coge su maleta y se va. Sin más.
¿Qué diferencia pues, entre el fin de semana de pub o discoteca, al azecho de alguna que se deje domeñar para el ñogo-ñogo y una noche en uno de los que he denominado "clubes de alterne de cierta clase"? Pues yo no veo ninguna. Bueno, sí, que si vas al club, la cosa te sale un poco más cara.
Ah, y las señoras putas suelen ser más limpias y precavidas en lo del sexo que la chica "normal" muy normal ella, que te ligas en el pub y luego accede al sexo contigo. Es sorprendente la diferencia que hay.
Pero no se piense que esto es una defensa de la prostitución por mi parte; únicamente me limito a constatar un hecho derivado de mi experiencia.
Así, como al final de la última intervención escribí, la vida sexual de los solteros oscila entre la aventura con la amiga con la que jamás creiste que podías tener nada y las visitas, por mi parte, sólo a los clubes de cierto nivel, donde además a veces una botella de champán y una cena con agradable conversación es más placentera que un polvo con la chica de la minifalda que ayer conocí en el pub donde me tomo la última (penúltima) copa.
Pero la vida del soltero no es sólo sexo. Claro, hay más.





