El protocolo de Kyoto.
Estamos contaminando el planeta.
Lo estamos contaminando mucho, demasiado, con el execrable CO2, que, entre otras cosas, permite la fotosíntesis de las plantas. Y ese tan pernicioso CO2 procede de la actividad humana. Porque los humanos (y humanas, como dicen ahora los cursis políticamente correctos) tenemos una actividad sentimental y amorosa tan activa, ardiente, cambiante, modificable, que consume recursos del corazón a troche y moche, y por ende, contamina.
Para eso se ha implantado el protocolo de Kyoto: para asignar cantidades fijas de los contaminantes derivados de nuestros amargos desengaños que podemos emitir a la saludable atmósfera de nuestras relaciones sociales.
Los hay que contaminan poco, que se equivocan poco, que siempre aciertan y son felices, y por ello podrían vendernos sus derchos de emisión a los que, no damos una a derechas -sentimentalmente hablando-, erramos en casi todas nuestras aproximaciones al amor ideal y no paramos, con nuestra fútil actividad amorosa, de contaminar el recto discurrir de nuestra sociedad.
El protocolo de Kyoto nos permite contaminar un poco más de lo permitido, siempre y cuando les compremos a los afortunados y felices en el amor, sus derechos de emisión.
Los hay, sin embargo, que por muchos derechos que compren (o compremos), siempre se excederán y pondrán el planeta perdido de amargura, desasosiego, desesperanza, tristeza y soledad. Y de CO2, que no es más que el gas derivado de la combustión de nuestros días en busca de un camino feliz.
Cada día quemanos más hojas de ese calendario, y más CO2 producimos, sin beneficio a cambio. Nuestra soledad se torna insoportable, y sólo la brisa de la mañana en el rostro nos aleja la fatídica presencia del gas que nos recuerda que aun tenemos mucho camino que andar, muchos días que recorrer, albergando el deseo de encontrar ese punto de alegre inflexión, en el que, decididamente, ya no tengamos que comprar más derechos de emisión.
Y es que además de cornudos.....apaleados....
¡Viva Kyoto!
Lo estamos contaminando mucho, demasiado, con el execrable CO2, que, entre otras cosas, permite la fotosíntesis de las plantas. Y ese tan pernicioso CO2 procede de la actividad humana. Porque los humanos (y humanas, como dicen ahora los cursis políticamente correctos) tenemos una actividad sentimental y amorosa tan activa, ardiente, cambiante, modificable, que consume recursos del corazón a troche y moche, y por ende, contamina.
Para eso se ha implantado el protocolo de Kyoto: para asignar cantidades fijas de los contaminantes derivados de nuestros amargos desengaños que podemos emitir a la saludable atmósfera de nuestras relaciones sociales.
Los hay que contaminan poco, que se equivocan poco, que siempre aciertan y son felices, y por ello podrían vendernos sus derchos de emisión a los que, no damos una a derechas -sentimentalmente hablando-, erramos en casi todas nuestras aproximaciones al amor ideal y no paramos, con nuestra fútil actividad amorosa, de contaminar el recto discurrir de nuestra sociedad.
El protocolo de Kyoto nos permite contaminar un poco más de lo permitido, siempre y cuando les compremos a los afortunados y felices en el amor, sus derechos de emisión.
Los hay, sin embargo, que por muchos derechos que compren (o compremos), siempre se excederán y pondrán el planeta perdido de amargura, desasosiego, desesperanza, tristeza y soledad. Y de CO2, que no es más que el gas derivado de la combustión de nuestros días en busca de un camino feliz.
Cada día quemanos más hojas de ese calendario, y más CO2 producimos, sin beneficio a cambio. Nuestra soledad se torna insoportable, y sólo la brisa de la mañana en el rostro nos aleja la fatídica presencia del gas que nos recuerda que aun tenemos mucho camino que andar, muchos días que recorrer, albergando el deseo de encontrar ese punto de alegre inflexión, en el que, decididamente, ya no tengamos que comprar más derechos de emisión.
Y es que además de cornudos.....apaleados....
¡Viva Kyoto!
Insensibilidad
Uno jamás piensa que determinadas cosas le puedan pasar a él, y sí a los demás. Lo típico es un accidente de tráfico, la muerte de un familiar muy próximo y querido o que le toque la lotería de Navidad y la vida cambie por completo. Pues no son sólo acontecimientos negativos los que a veces pueden cruzarse en nuestro camino, sino también los positivos y deseables.
Hablando de lotería y de amor, éste parece como un sorteo de áquel: a veces jugamos y nos hacemos el cuento de la lechera. Qué cosas haríamos con todo el amor que nos tocara, cómo cambiaría nuestra existencia, porque si hay gente, a la que vemos cada día por la calle, en el trabajo, en nuestras horas de ocio que han sido agraciados con el sorteo de la lotería nacional del amor, a ver porqué a nosotros no nos va a caer el premio gordo. Ese premio consistente en el amor de nuestros sueños, en el ideal más absoluto, en el premio de un idílico estado que nos transporta al futuro en un estado de nirvana de felicidad rayana en la tontuna, por hermoso y felicísimo.
Nos empeñamos en jugar y jugar, pero siempre les toca a otros el gordo.
Por eso a veces hasta nos conformaríamos con alguna pedrea, con algún premio menor que no nos daría ese cuasi estado de tontez absoluto, pero que nos reconfortaría. Quiza no constituyese el amor de nuestra vida, pero nos daría crédito amoroso por muchos años. Y estabilidad, que es lo que al fin y al cabo anhelamos.
Ocurre en ocasiones que de tanto y tanto jugar, se nos agota la paciencia, porque no vemos ni un céntimo de felicidad, y entonces dejamos de jugar. Porque estamos convencidos de que, como dijo Aristóteles, el hombre tiene para sí mil planes; el azar, sólo uno para cada uno de nosotros.
Y al dejar de jugar, nos consume la tristeza y la desesperanza. Pero es tanto el hastío que invade nuestro interior, que nos damos por contentos de haberlo, al menos, intentado.
Pero ¿y cuando a uno le corresponden dos premios menores, que sabemos no nos servirán para mucho, o para casi nada?
¿Qué hacer?
¿Disfrutar de ellos a riesgo de hacernos la ilusión de que el crédito alcanzará más alla de lo que la realidad nos esconde, nos oculta?
Yo tengo ahora dos pequeños premios en el bolsillo de mi corazón. Y no sé qué hacer; si ir a cobrarlos y ver hasta dónde me alcanzan, o tirar los boletos a la basura. Creo que no es ético cobrar dos premios al mismo tiempo, porque las cobranzas en género de distinta naturaleza al final nos depara más dudas y remordimientos que felicidad. Mas, ¿y si alguno de ellos nos diera ese pequeño pellizco de felicidad que tal vez fuese suficiente para cubrir un menguado trayecto de camino?
¿Tan cobarde y mísero sería uno en aceptando tal regalo?
Ya veis, hasta cuando se tiene la fortuna de recibir un pequeño premio, nos sentimos insensibles y tristes. Insensibilidad, cuando dejarás de poner cerco a mi pobre corazón.....
Hablando de lotería y de amor, éste parece como un sorteo de áquel: a veces jugamos y nos hacemos el cuento de la lechera. Qué cosas haríamos con todo el amor que nos tocara, cómo cambiaría nuestra existencia, porque si hay gente, a la que vemos cada día por la calle, en el trabajo, en nuestras horas de ocio que han sido agraciados con el sorteo de la lotería nacional del amor, a ver porqué a nosotros no nos va a caer el premio gordo. Ese premio consistente en el amor de nuestros sueños, en el ideal más absoluto, en el premio de un idílico estado que nos transporta al futuro en un estado de nirvana de felicidad rayana en la tontuna, por hermoso y felicísimo.
Nos empeñamos en jugar y jugar, pero siempre les toca a otros el gordo.
Por eso a veces hasta nos conformaríamos con alguna pedrea, con algún premio menor que no nos daría ese cuasi estado de tontez absoluto, pero que nos reconfortaría. Quiza no constituyese el amor de nuestra vida, pero nos daría crédito amoroso por muchos años. Y estabilidad, que es lo que al fin y al cabo anhelamos.
Ocurre en ocasiones que de tanto y tanto jugar, se nos agota la paciencia, porque no vemos ni un céntimo de felicidad, y entonces dejamos de jugar. Porque estamos convencidos de que, como dijo Aristóteles, el hombre tiene para sí mil planes; el azar, sólo uno para cada uno de nosotros.
Y al dejar de jugar, nos consume la tristeza y la desesperanza. Pero es tanto el hastío que invade nuestro interior, que nos damos por contentos de haberlo, al menos, intentado.
Pero ¿y cuando a uno le corresponden dos premios menores, que sabemos no nos servirán para mucho, o para casi nada?
¿Qué hacer?
¿Disfrutar de ellos a riesgo de hacernos la ilusión de que el crédito alcanzará más alla de lo que la realidad nos esconde, nos oculta?
Yo tengo ahora dos pequeños premios en el bolsillo de mi corazón. Y no sé qué hacer; si ir a cobrarlos y ver hasta dónde me alcanzan, o tirar los boletos a la basura. Creo que no es ético cobrar dos premios al mismo tiempo, porque las cobranzas en género de distinta naturaleza al final nos depara más dudas y remordimientos que felicidad. Mas, ¿y si alguno de ellos nos diera ese pequeño pellizco de felicidad que tal vez fuese suficiente para cubrir un menguado trayecto de camino?
¿Tan cobarde y mísero sería uno en aceptando tal regalo?
Ya veis, hasta cuando se tiene la fortuna de recibir un pequeño premio, nos sentimos insensibles y tristes. Insensibilidad, cuando dejarás de poner cerco a mi pobre corazón.....
Al otro lado de la red.
En general, me gusta el deporte, y de entre los que he practicado, sobresale el tenis. Lo juego desde pequeño.
En el tenis, hay una red en el centro de la pista, y los jugadores tratan de enviar la bola fuera del alcance del contrincante, hecho que cuando se produce es responsable de una satistacción más que notable.
En la vida, jugamos un continuo partido de tenis.
Cuando las cosas nos van bien, todos los golpes nos salen, vemos la inmensa cancha del rival, los ángulos de su lado desafían la geometría y parecen pasar de 90 a más de 120 grados.
Llegamos a todas las bolas y las golpeamos con fruición; inventamos a cada momento un nuevo golpe, que por sorprendente que sea, nos sale.
¿Y qué hay del saque (o del servicio, como dicen los cursis redomados)?
Potente, colocado, con efecto, a los ángulos....desarmamos a cuantos rivales nos salen a devolver el envenenado envío.
Si acaso alcanzamos la muerte súbita (el tie-break de los cursis), estamos seguro de que triunfaremos.
Yo, como soltero, comencé un partido de tenis algunos años.
La cosa, desde hace algún tiempo, se ha puesto cuesta arriba: perdí el saque nada más iniciar el partido, y sufro muchísimo para mantenerlo en cada juego. Incluso me han llegado a romper el saque más de una vez por set (por juego, para ser más castizo).
No entiendo porqué ya no me entra el saque; tengo que jugar con segundos saques continuamente, y la presión rival en la devolución (en el resto, de los cursilones) me hace ir con la lengua fuera en cada punto; es decir, sin llevar la iniciativa, a la defensiva, en el fondo de la pista, soportando pelotazos y mandando al otro campo lo que puedo, que casi siempre son bolas tan blanditas, sin efecto, que no me dan el mínimo respiro.
Lo peor viene cuando saca el contrario. ¡Es que las meta todas! Y encima, con el primer saque. No sé si situarme más al fondo, para que la bola de la vida no se me venga encima, o adelantarme para anticiparme al golpeo y sorprender. Pero si ésto último es lo que hago, no controlo la potencia del saque y la pelota se me queda en la red, a medio camino, pero siempre de mi lado.
Lo que más me fastdia de todo, sin embargo, son esas bolas que el rival golpea con la caña, mal, y que parece que se van a quedar en la red: nada más lejos de la realidad; golpean en el borde superior de la cinta y caen muertas en mi lado de la cancha. Y veo como botan una, dos, tres y hasta cuatro veces antes de rodar mansas como acontecimientos que nunca preví, pero que sabía que podrían ocurrir y siempre quedan lejos de mi alcance.
Sólo espero poder romper el saque del contrario una vez. Quizá esa pequeña ventaja me haga emepezar el nuevo juego con cierta ventaja y cambiar el signo de este partido, que cada vez se ve más y más cuesta arriba.
En el tenis, hay una red en el centro de la pista, y los jugadores tratan de enviar la bola fuera del alcance del contrincante, hecho que cuando se produce es responsable de una satistacción más que notable.
En la vida, jugamos un continuo partido de tenis.
Cuando las cosas nos van bien, todos los golpes nos salen, vemos la inmensa cancha del rival, los ángulos de su lado desafían la geometría y parecen pasar de 90 a más de 120 grados.
Llegamos a todas las bolas y las golpeamos con fruición; inventamos a cada momento un nuevo golpe, que por sorprendente que sea, nos sale.
¿Y qué hay del saque (o del servicio, como dicen los cursis redomados)?
Potente, colocado, con efecto, a los ángulos....desarmamos a cuantos rivales nos salen a devolver el envenenado envío.
Si acaso alcanzamos la muerte súbita (el tie-break de los cursis), estamos seguro de que triunfaremos.
Yo, como soltero, comencé un partido de tenis algunos años.
La cosa, desde hace algún tiempo, se ha puesto cuesta arriba: perdí el saque nada más iniciar el partido, y sufro muchísimo para mantenerlo en cada juego. Incluso me han llegado a romper el saque más de una vez por set (por juego, para ser más castizo).
No entiendo porqué ya no me entra el saque; tengo que jugar con segundos saques continuamente, y la presión rival en la devolución (en el resto, de los cursilones) me hace ir con la lengua fuera en cada punto; es decir, sin llevar la iniciativa, a la defensiva, en el fondo de la pista, soportando pelotazos y mandando al otro campo lo que puedo, que casi siempre son bolas tan blanditas, sin efecto, que no me dan el mínimo respiro.
Lo peor viene cuando saca el contrario. ¡Es que las meta todas! Y encima, con el primer saque. No sé si situarme más al fondo, para que la bola de la vida no se me venga encima, o adelantarme para anticiparme al golpeo y sorprender. Pero si ésto último es lo que hago, no controlo la potencia del saque y la pelota se me queda en la red, a medio camino, pero siempre de mi lado.
Lo que más me fastdia de todo, sin embargo, son esas bolas que el rival golpea con la caña, mal, y que parece que se van a quedar en la red: nada más lejos de la realidad; golpean en el borde superior de la cinta y caen muertas en mi lado de la cancha. Y veo como botan una, dos, tres y hasta cuatro veces antes de rodar mansas como acontecimientos que nunca preví, pero que sabía que podrían ocurrir y siempre quedan lejos de mi alcance.
Sólo espero poder romper el saque del contrario una vez. Quizá esa pequeña ventaja me haga emepezar el nuevo juego con cierta ventaja y cambiar el signo de este partido, que cada vez se ve más y más cuesta arriba.