El mundo secreto de mi adolescencia.
Durante mucho tiempo me he considerado una persona más bien desafortunada en amoríos, ligues, rolletes; es decir, el típico que no se come una rosca ni por equivocación.
Miraba con auténtica envidia a todos aquellos desenvueltos que, casi sin querer, eran centro de atención y objeto de deseo entre las chicas.
A mi, por contra, me reservaban el secundario papel de confidente a quien, con un suspiro tras otro, confiaban inquietudes, deseos, anhelos ocultos sobre mis amigotes los guaperas, los simpáticos, los enrrollados, los afortunados de contar con el favor continuo del llamado -y aun no sé porqué- sexo débil.
Qué desgracia la mía, ser simple espectador de batallas amorosas ajenas.
Infinidad de veces me pregunté cual era el motivo de mi poco lustroso papel en el escabroso engranaje de las relaciones sociales, amorosas y carnales de mis coetáneos: ¿sería mi exagerada timidez? ¿O sería mi aspecto de poco aliño?
¿La absoluta ausencia de indumentaria a la moda? ¿La escasa presencia de músculo que recubriera mi esqueleto? (Recuerdo aun el sarcástico comentario de aquel amigo que, estando en las piscina tomando el sol, señaló -y no sin razón- mi asombroso parecido a una radiografía en bañador).
El asunto de la extrema desproporción entre mi altura y mi peso me llevó a padecer una especie de trauma a la hora de utilizar la playa como zona de juego y recreo. No había forma de que me quitara la camiseta (sólo para entrar en el agua). De ahí que luciera, casi hasta el final del verano, el típico moreno albañil que afeaba todavía más si cabe mi deplorable aspecto.
A pesar de ello, si por algo era capaz de atraer al sexo femenino, era precisamente por mi moderada capacidad de practicar diferentes deportes con cierto grado de destreza.
Pero no era suficiente, porque si se trataba de desvestir el tronco al final de la competición, ahí se desvanecían todas mis esperanzas, pasando éstas ineluctablemente al zote bien formado al que había derrotado y humillado -deportivamente- en toda lid.
Pero si hubo algo que quizá influyó más negativamente que el asunto corpóreo en mis relaciones con las chicas fue, sin duda, la sorprendente capacidad de mi rostro para adquirir coloraciones rojo rubí de exquisita elegancia cuando me hallaba en presencia de féminas de buen ver.
Eso, será objeto de análisis minucioso en el próximo escrito (aquí llamado post).

Miraba con auténtica envidia a todos aquellos desenvueltos que, casi sin querer, eran centro de atención y objeto de deseo entre las chicas.
A mi, por contra, me reservaban el secundario papel de confidente a quien, con un suspiro tras otro, confiaban inquietudes, deseos, anhelos ocultos sobre mis amigotes los guaperas, los simpáticos, los enrrollados, los afortunados de contar con el favor continuo del llamado -y aun no sé porqué- sexo débil.
Qué desgracia la mía, ser simple espectador de batallas amorosas ajenas.
Infinidad de veces me pregunté cual era el motivo de mi poco lustroso papel en el escabroso engranaje de las relaciones sociales, amorosas y carnales de mis coetáneos: ¿sería mi exagerada timidez? ¿O sería mi aspecto de poco aliño?
¿La absoluta ausencia de indumentaria a la moda? ¿La escasa presencia de músculo que recubriera mi esqueleto? (Recuerdo aun el sarcástico comentario de aquel amigo que, estando en las piscina tomando el sol, señaló -y no sin razón- mi asombroso parecido a una radiografía en bañador).
El asunto de la extrema desproporción entre mi altura y mi peso me llevó a padecer una especie de trauma a la hora de utilizar la playa como zona de juego y recreo. No había forma de que me quitara la camiseta (sólo para entrar en el agua). De ahí que luciera, casi hasta el final del verano, el típico moreno albañil que afeaba todavía más si cabe mi deplorable aspecto.
A pesar de ello, si por algo era capaz de atraer al sexo femenino, era precisamente por mi moderada capacidad de practicar diferentes deportes con cierto grado de destreza.
Pero no era suficiente, porque si se trataba de desvestir el tronco al final de la competición, ahí se desvanecían todas mis esperanzas, pasando éstas ineluctablemente al zote bien formado al que había derrotado y humillado -deportivamente- en toda lid.
Pero si hubo algo que quizá influyó más negativamente que el asunto corpóreo en mis relaciones con las chicas fue, sin duda, la sorprendente capacidad de mi rostro para adquirir coloraciones rojo rubí de exquisita elegancia cuando me hallaba en presencia de féminas de buen ver.
Eso, será objeto de análisis minucioso en el próximo escrito (aquí llamado post).

Una tarde de domingo.
La tarde es plácida, diríase que el tiempo se hace lento, porque, a propósito, quiere que exprimamos todo lo posible las sensaciones que acompañan un atardecer de domingo, oyendo el lejano trinar de los pájaros, el leve susurro de la brisa en las hojas de ese eucalipto centenario, la calidez del sol otoñal que baña el rostro y lo ilumina, hasta que, de repente, como el tronar de una tormenta, resuena en mis oidos el exabrupto de una fémina, que exclama a pleno pulmón, sin recato alguno ¡¡ hijoputa, me cago en tu puta madre, ya que te murieras, so cabrón....!!
Abro los ojos, vuelvo a la mundanal realidad y hállome a escasos metros de la hirsuta que ha proferido el improperio, vaharada que aun inunda y resuena en el ambiente, estimulando incluso las risotadas de los que rodean a la muy zafia.
Sí; vuelvo a la realidad de una tarde de domingo en el fútbol, lugar donde uno paga y tiene todo el derecho ( te lo recuerdan a menudo) a insultar, escupir, zaherir, encolerizarse, agredir verbal - y si se da el caso, también físicamente- al primero que ose llevar la contraria; lugar donde los malos modos tornan la realidad en ficción; lugar en el que la prehistoria se hace coeténea, extrayendo de cada sujeto la fracción más execrable de su comportamiento, reducto adrenérgico por excelencia; lugar, en fin, do el hombre se hace animal irracional e imbécil de tomo y lomo.
En el fútbol, el árbitro es hijoputa. Puede ser un hijoputa que se acojona y nos pita a favor, o un hijoputa de lo más hijoputa, en cuyo caso, siempre nos pita en contra.
Los jugadores son seres beatíficos, a los que los árbitros persiguen y quieren hundir inmisericordemente.
Un jugador de fútbol nunca se tira en el área para que le piten penalti. Siempre es objeto de falta. Lo que pasa es que nadie lo entiende.
Un futbolista que insulta y se da de hostias con un contrario dice que son cosas que deben quedar en el campo. Pero al árbitro, hay que perseguirlo fuera del campo, en la prensa, en la radio, donde sea, porque lo que pita nunca, repito, nunca jamás debe quedar sólo dentro del campo.
Los aficionados pagan la entrada y tienen derecho a insultar a quien se les ponga a tiro, aunque sea al masajista del equipo contrario cuando, el pobre, tirando de su maletín con Reflex y Cloretilo, corre a asistir a un jugador lesionado.
Ah, el fútbol, ese maravilloso mundo, lugar aparte, singular como no hay más, refugio de la masa y alegría de muchos iletrados, que ilumina nuestras tardes de domingo y las hace plenas y felices.
Y es que, ya lo dijo ¿Vujadin Boskov?, fútbol es fútbol.

Abro los ojos, vuelvo a la mundanal realidad y hállome a escasos metros de la hirsuta que ha proferido el improperio, vaharada que aun inunda y resuena en el ambiente, estimulando incluso las risotadas de los que rodean a la muy zafia.
Sí; vuelvo a la realidad de una tarde de domingo en el fútbol, lugar donde uno paga y tiene todo el derecho ( te lo recuerdan a menudo) a insultar, escupir, zaherir, encolerizarse, agredir verbal - y si se da el caso, también físicamente- al primero que ose llevar la contraria; lugar donde los malos modos tornan la realidad en ficción; lugar en el que la prehistoria se hace coeténea, extrayendo de cada sujeto la fracción más execrable de su comportamiento, reducto adrenérgico por excelencia; lugar, en fin, do el hombre se hace animal irracional e imbécil de tomo y lomo.
En el fútbol, el árbitro es hijoputa. Puede ser un hijoputa que se acojona y nos pita a favor, o un hijoputa de lo más hijoputa, en cuyo caso, siempre nos pita en contra.
Los jugadores son seres beatíficos, a los que los árbitros persiguen y quieren hundir inmisericordemente.
Un jugador de fútbol nunca se tira en el área para que le piten penalti. Siempre es objeto de falta. Lo que pasa es que nadie lo entiende.
Un futbolista que insulta y se da de hostias con un contrario dice que son cosas que deben quedar en el campo. Pero al árbitro, hay que perseguirlo fuera del campo, en la prensa, en la radio, donde sea, porque lo que pita nunca, repito, nunca jamás debe quedar sólo dentro del campo.
Los aficionados pagan la entrada y tienen derecho a insultar a quien se les ponga a tiro, aunque sea al masajista del equipo contrario cuando, el pobre, tirando de su maletín con Reflex y Cloretilo, corre a asistir a un jugador lesionado.
Ah, el fútbol, ese maravilloso mundo, lugar aparte, singular como no hay más, refugio de la masa y alegría de muchos iletrados, que ilumina nuestras tardes de domingo y las hace plenas y felices.
Y es que, ya lo dijo ¿Vujadin Boskov?, fútbol es fútbol.

Un diamante por corazón.
Fue hace casi cinco años.
Tú eras la mujer más maravillosa que jamás había conocido. Alguien con quien no habría soñado nunca compartir minutos, días, horas de inolvidables experiencias, enriquecedores momentos que me servían para descubrir que me hallaba ante lo que todo hombre ha soñado siempre. Quizá, incluso, demasiado bonito para ser real.
Pellizcábame a diario para tratar de asegurarme que seguías estando ahí, que eras real y no sueño; que estabas a mi lado y no deseabas dejar de estarlo, porque te proporcionaba algo que, sorprendentemente, ningún otro hombre antes te había dado.
¿Cómo es posible?
¿Porqué yo, simplemente yo, soy especial para ti?
¿De dónde vienes, con quién has compartido antes tu vida, de quiénes te has rodeado, para ahora, sonreir cada vez que me miras, sentirte segura con cada una de nuestras citas, querer explorarme como un ente desconocido y misterioso, que te sorprende a cada momento del camino que juntos, andamos....?
Demasiadas preguntas a las que, tal vez, ni siquiera me atrevía a buscar respuestas.
Y fue entonces cuando de repente, sin saber cómo, sin saber porqué, el día mutó en noche, la alegría en tristeza, el deseo en incomprensión, la placidez de tu compañía en amargura por tu ausencia.

Nunca más supe de ti. Así de sencillo, así de trágico, así de real....
Desde entonces, tengo un diamante por corazón, un objeto duro, frío, inanimado, aunque precioso, porque me da la vida.
Mi corazón es tan duro e inaccesible como un diamante. Nada puede contra él.
Ahora tú intentas penetrar en su interior, quizá incluso yo deseo que lo hagas, pero no puedes, porque es tan duro, inhóspito e insensible que pienso que nada puede ya crecer en él.
Tú eras la mujer más maravillosa que jamás había conocido. Alguien con quien no habría soñado nunca compartir minutos, días, horas de inolvidables experiencias, enriquecedores momentos que me servían para descubrir que me hallaba ante lo que todo hombre ha soñado siempre. Quizá, incluso, demasiado bonito para ser real.
Pellizcábame a diario para tratar de asegurarme que seguías estando ahí, que eras real y no sueño; que estabas a mi lado y no deseabas dejar de estarlo, porque te proporcionaba algo que, sorprendentemente, ningún otro hombre antes te había dado.
¿Cómo es posible?
¿Porqué yo, simplemente yo, soy especial para ti?
¿De dónde vienes, con quién has compartido antes tu vida, de quiénes te has rodeado, para ahora, sonreir cada vez que me miras, sentirte segura con cada una de nuestras citas, querer explorarme como un ente desconocido y misterioso, que te sorprende a cada momento del camino que juntos, andamos....?
Demasiadas preguntas a las que, tal vez, ni siquiera me atrevía a buscar respuestas.
Y fue entonces cuando de repente, sin saber cómo, sin saber porqué, el día mutó en noche, la alegría en tristeza, el deseo en incomprensión, la placidez de tu compañía en amargura por tu ausencia.

Nunca más supe de ti. Así de sencillo, así de trágico, así de real....
Desde entonces, tengo un diamante por corazón, un objeto duro, frío, inanimado, aunque precioso, porque me da la vida.
Mi corazón es tan duro e inaccesible como un diamante. Nada puede contra él.
Ahora tú intentas penetrar en su interior, quizá incluso yo deseo que lo hagas, pero no puedes, porque es tan duro, inhóspito e insensible que pienso que nada puede ya crecer en él.
Preguntas
¿Porqué prometemos amor eterno y a la primera oportunidad somos infieles?
¿Tiene algo que ver el amor con el sexo?
¿Cuánto tiempo se puede mantener una relación basada en el sexo sin que exista amor?
¿Cuánto tiempo se puede mantener una relación basada en el amor sin que exista sexo?
¿Elegiríamos amor sin sexo, o sexo sin amor?
Si existe el flechazo, esto es, pasar de manera repentina del no enamoramiento a un estado sublime de idiotez amorosa, ¿podría existir el anti-flechazo, esto es, pasar de un estado de sublime enamoramiento a otro en el que tal carácter haya desaparecido por completo?
Experimentalmente, he de concluir que sí, que -por propia experiencia- alguien que estaba enamorada de mi ha sufrido un anti-flechazo en cuestión de días.
¿Tiene alguna relación causa-efecto el anti-flechazo con la antedicha infidelidad?
¿Es la infidelidad causa o consecuencia del anti-flechazo?
¿Qué relación tiene la tendencia a la promiscuidad sexual con la tendencia a la infidelidad? ¿Y ambas con el anti-flechazo?
¿El infiel termina por ser promiscuo, o es el promiscuo el que acaba por manifestar su infidelidad?
¿Podríamos perdonar la infidelidad?
Si la respuesta es NO, rotundo, ¿entenderíamos de igual modo que nuestra infidelidad fuese correspondida de manera similar?
¿Es puta por naturaleza la mujer, mientras el hombre es macho machote?
¿Concedemos el mismo valor y atribuimos las mismas consecuencias a penetrar, o ser penetrada?
¿Es posible quedar inmunizado frente al amor?
(Ya sé que no contra el sexo)
La diversidad de respuestas frente a cualquiera de estas preguntas, ¿indica formas distintas de pensar o formas distintas de actuar?

¿Tiene algo que ver el amor con el sexo?
¿Cuánto tiempo se puede mantener una relación basada en el sexo sin que exista amor?
¿Cuánto tiempo se puede mantener una relación basada en el amor sin que exista sexo?
¿Elegiríamos amor sin sexo, o sexo sin amor?
Si existe el flechazo, esto es, pasar de manera repentina del no enamoramiento a un estado sublime de idiotez amorosa, ¿podría existir el anti-flechazo, esto es, pasar de un estado de sublime enamoramiento a otro en el que tal carácter haya desaparecido por completo?
Experimentalmente, he de concluir que sí, que -por propia experiencia- alguien que estaba enamorada de mi ha sufrido un anti-flechazo en cuestión de días.
¿Tiene alguna relación causa-efecto el anti-flechazo con la antedicha infidelidad?
¿Es la infidelidad causa o consecuencia del anti-flechazo?
¿Qué relación tiene la tendencia a la promiscuidad sexual con la tendencia a la infidelidad? ¿Y ambas con el anti-flechazo?
¿El infiel termina por ser promiscuo, o es el promiscuo el que acaba por manifestar su infidelidad?
¿Podríamos perdonar la infidelidad?
Si la respuesta es NO, rotundo, ¿entenderíamos de igual modo que nuestra infidelidad fuese correspondida de manera similar?
¿Es puta por naturaleza la mujer, mientras el hombre es macho machote?
¿Concedemos el mismo valor y atribuimos las mismas consecuencias a penetrar, o ser penetrada?
¿Es posible quedar inmunizado frente al amor?
(Ya sé que no contra el sexo)
La diversidad de respuestas frente a cualquiera de estas preguntas, ¿indica formas distintas de pensar o formas distintas de actuar?
