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Un soltero como otro cualquiera.
Vivencias y pensamientos de un soltero contumaz, recalcitrante.
Acerca de
Soy soltero de nacimiento. Según creo, es algo que tiene que ver con la genética. He intentado todas las terapias posibles, mas sin resultados. Parece que mi única posibilidad de salvación es la terapia génica, si bien...¿en realidad deseo curarme de mi soltería?
Sindicación
 
La primera vez.
Cuando muchos de mis amigos ya habían tenido su primer contacto sexual con una chica, andaba yo aun dándole vueltas a la cabeza sobre qué era lo que realmente espantaba a las mujers de mi.
Quizá todo era más sencillo de lo que parecía, y tan solo proponerlo podría resultar efectivo en la búsqueda del estreno, de esa primera vez de la que tanto se habla.
Y llegó para mi siendo ya todo un hombrecito, con -si no recuerdo mal- 28 años, si bien tuve en años anteriores algún escarceo que finalmente no llegó a alcanzar el grado de coito.
Acostumbrado uno a la actividad sexual solitaria que, como bien es sabido, se ejerce más bien con cierta prisa y premura por alcanzar el glorioso éxtasis, me preguntaba si en esa primera vez llegaría a proporcionar placer a la chica, si estaría a la altura de las circunstancias y saciaría a la ¿afortunada? que compartiese el idílico momento conmigo.
Tuve la desgracia de que Lisa, 22 años -nombre ficticio de la chica- padecía de ciertos problemas a la hora de llegar al orgasmo, lo que añadido a mi debú en las lides del sexo, se tradujo en una noche que me hizo paladear la gloria del climax en 6 ocasiones, mientras que yo no fui capaz de nada.
Por lo visto, tal felonía no debió sentarle mal, porque por la mañana y una vez pasé por la ducha, decidió obsequiarme con la séptima, ésta conseguida con su -ahora lo sé- poco entrenada y más bien torpes lengua y boca, aunque en aquel momento, que queréis que os diga, me supo más que a gloria.
Fue una noche interminable de hotel, en la que Lisa, con sus pechos duros, bien formados y su delicioso pubis, provocaba la largura de mi hombría una y otra vez, sin fin, y sin que yo sintiera que me estaba extrayendo mi esencia de manera extenuante.
La verdad es que en ningún momento me vi cansado, agotado, flojo de miembro, que al contrario, se ponía como la dura cama que nos acogía una y otra vez.
Ahora que lo pienso, me fastidia que a la pobre no pudiese proporcionarle ni un gramo de placer, porque su excitación era tal que me tenía inundado con sus deliciosos jugos, afanándose en darlo todo por mi. Supongo que algún placer añadido debió de extraer de la experiencia, porque posteriormente seguimos manteniendo algún que otro roce sexual.
Para ser la primera vez, no hubo demasiado romanticismo, y tanto ella como yo teníamos claro que de lo que se trataba era de sexo, sin más, y cuanto más -sobre todo para mi- mejor.
Ella sí que tenía experiencia, pues tenia novio y además era una auténtica experta en las artes del kamasutra. Creo que jamás he vuelto a experimentar las llamativas posiciones con las que Lisa me llevó a los umbrales del placer infinito.
 
Un inciso dedicado a San Valentín.

¡ Qué mal haría este buen santo para que hayan transformado el día dedicado a su memoria en un horror como el que hoy conocemos, compendio de cursiladas, obligaciones inauditas y estériles y día, más que de los enamorados, de la memez más supina y sublime !
Acabo de estar con un amigo, dueño de uno de estos nuevos restaurantes, donde se practica la nueva cocina, otra de esas idioteces dedicadas a aflojar el bolsillo del snob que se cree todo lo que le dicen y que gasta un dineral en probar ridiculeces en enorme plato profusamente decorado.
Pues me decía mi amigo que anoche fue terrible; el restaurante lleno ¡de parejitas que celebraban San Valentín! Sí, esas parejitas que el domingo próximo no se hablan, porque el maridito se va al bareto de la esquina a ver el partido del Barça, mientras la parienta se queda en casa ofuscada porque el payo llega cuatro horas después de que haya acabado el partido, pedo perdido.
Sí, esas parejitas que hace tres meses que no se ponen el un dedo encima (el uno, porque aprovecha para irse de putas en cuanto puede; la otra, porque aunque no pueda demostrarlo lo sabe, le toca las narices la cosa -como es natural- y aprovecha la existencia de una entidad patológica llamada cefalea para impedir que su macho se le monte encima cuando le apetezca).
Sí, parejitas de esas que no saben adónde colocar a la abuela, la pobre de un sitio para otro, y a la que demuestran tan poco cariño como agradecimiento por sus esfuerzos de toda una vida.
Sí, parejitas de esas que por narices piensan que si en tan señalado día se quieren, se regalan y cenan a la luz de las velas, tienen bula para todo un año de escarnio, olvidos, pasotismo y monotonía....
ah, pero qué no pueden conseguir romántica música en la cena, unas rosas y una broche de oro, para convertir lo negro en blanco, lo sucio en limpio, lo aburrido en fuente de inspiración, la desgana en deseo sexual arrebatado....
Enfín, lo dicho, San Valentín, dichoso San Valentín.....
 
El adolescente sexualmente inactivo.
Una de las características más relevantes de los adolescentes de mi época - la de un actual cuarentón- era la actividad sexual desenfrenada, habitualmente llevada a cabo en solitario y para más señas, ayudado tan solo por las manos.
Había unos pocos, y bien pocos, más bien privilegiados, que ya habían descubierto el que el sexo en realidad era mucho más placentero si era compartido con una persona del sexo opuesto. Eso sí, también solía practicarse en esa época lo que ahora es la denominada quedada de los chats, en la que un grupo de adolescentes se reunían en torno a una de aquellas revistas porno de contrabando, con el objeto de masturbarse en común y aprovechar de paso, para ver quién la tenía más grande.
Era una época difícil, en la que un simple beso en los labios (sin lengua ni nada similar) era ya considerado un logro, y siempre había de ser ejecutado convenientemente oculto de indiscretas miradas. Eso, y luego procurarse uno el goce sexual en solitario, rememorando lo anterior, era a lo máximo que, en general, se podía aspirar.
El paso de los años, aun bañados nuestros cuerpos y mentes por la marejadilla de la adolescencia, iba dando paso a actividades más comprometidas. Cuando uno llegaba de pardillo a la Facultad, se daba cuenta de que allí ya no había chicas, sino mujeres, hechas y derechas, y con las que uno veía cada vez más lejos la posibilidad del intercambio de fluídos.
Las reuniones para la común masturbación eran sustituídas por otras en las que cada uno relataba su experiencia sexual previa.
En ellas yo permanecía como simple oyente, por motivos obvios y me convencí de que era un espécimen extraño, que aun no había saboreado las mieles del sexo compartido.
Creo que he sido uno de los vírgenes más contumaces de mi generación, pues hasta pasados los 25 no tuve contacto carnal con mujer alguna. Escarceos, sí, pero sin profundizar más en el asunto.
¿Me arrepiento de ello? ¿A qué se debió mi tardanza? ¿Acaso mi héctica apariencia influyó en el retardo? ¿No existió mujer alguna que se caldeara con la simple visualización de mi gallarda estampa?
La próxima reflexión abundará en los detalles de ese mi primer encuentro sexual con una mujer, que me transportó al paraíso de las más sublimes sensaciones.
 
El adolescente florido
Sí, florido, porque precisamente ese era el aspecto de mi rostro la mayor parte del tiempo. Hubo alguien que me preguntó si eso era una cara o una pista de motocross, a lo que otro gracioso allí presente replicó que en realidad era una paella (por la de granos que había).
Fuera una cosa u otra, el acné es un pecado al que están condenados miles de adolescentes, en una edad proclive al sonrojo por la proximidad de las féminas, que, es de suponer, no se sienten especialmente atraídas por los atorados folículos pilosebáceos de los púberes semi-lampiños.
Lo de los granos es terrible, sobre todo, a la hora del afeitado. Hiciérase con hoja, hiciérase con maquinilla eléctrica, el resultado siempre era descorazonador.
Había chicas, no sé si indolentes en extremo o quizá mostrando empatía en exceso, que comparaban el floreciente careto de un adolescente y sus problemas estéticos a la hora del afeitado, con los inconvenientes de la depilación o la llegada de la regla.
- ¡Cada uno tiene lo suyo..! exclamaban orgullosas mientras exhibían sus esculturales piernas recién depiladas.
Pero la comparación no resiste el menor análisis. Mientras el resultado final de una mala depilación era posible ocultarlo bajo el pantalón, el acnéico rostro deformado e inflamado tras el laborioso rasurado, era imposible de disimular, a no ser que uno se quedara en casa encerrado un par de días.
Más de una vez introduje la cabeza en el congelador, con objeto de que el frío, conocido vasoconstrictor y antiinflamatorio, obrase el milagro del día. Esfuerzo baldío, aunque sí se notaba una ligera mejoría, en términos de frescor, aunque no se tradujese en beneficio estético.
Recuerdo que mi padre siempre me aconsejaba paciencia, pues el proceso habría de desaparecer al salir de manera definitiva la barba.
¿Y cuando sería eso? era mi pregunta una y otra vez.
Ahora, una vez superados los díficiles días del acné, aun padezco algún ramalazo de grano cabronzuelo, de esos profundos y que duelen, a los que he de lidiar con mi gran experiencia acumulada a lo largo de años y años de lucha sin cuartel frente al peligrosísimo enemigo del grano indiscreto.
Ah, claro, como obviar ese clásico comentario en presencia de un rostro granado...... ¡ si es que te la cascas más que los monos..!