Torbellino.
A veces la vida te llega a borbotones, te inunda de sensaciones, momentos especiales y toda clase de vicisitudes, de modo abrumador y sin darte un respiro ni tiempo para escoger lo importante y aquello que merezca la pena ser vivido, sentido en lo más profundo, para moldear nuestro devenir por el mundo.
Es como la encrucijada de caminos que nos invita a elegir una ruta, casi siempre de manera irreversible, pues poco más adelante hay otra y luego una más y de nuevo otra, sin darnos tiempo a preguntarnos si la primera elección fue o no adecuada y qué habría pasado de habernos decidido por alguna otra.
Y sabemos que no podemos dar marcha atrás, pues los acontecimientos nos persiguen tan de cerca que nos presionan de modo consante hacia adelante, sin importar la senda que tomenos, porque simpre, al intentar un alto en el camino, sentimos el aliento de lo realizado justo detrás, queriendo impedirnos la reflexión y coartándonos la capacidad de elección, la libertad para decidir.
Este modo de vida lo hemos hecho nuestro, hemos asimilado los algoritmos que nos conducen a diario por la vida, sin saber a ciencia cierta si tal modo de proceder es el deseado o por contra, es inconsistente y perverso para nuestros intereses, pero ¡ay! amigo, en tales momentos salimos siempre con aquello de así es la vida.
¿Pero de verdad es así la vida?
¿Qué nos arrastra de ese modo hacia adelante?

Quien se rebele y quiera detenerse un momento será inexorable y brutalmente arrastrado por los acontecimientos y lo que es peor, será tachado de indeciso, débil, irresoluto, versátil, dubitativo en exceso y sin personalidad por aquellos que, creyéndose en mejor posición para valorar la vida -la suya y la nuestra- no nos dejan vivirla en paz.
Me gustaría mucho reflexionar mañana sobre lo que ahora estoy escribiendo, rehacer mis ideas, moldear mis impresiones, paladear mis sentimientos, pero no lo haré porque sino mi blog quedará tan atrasado que ya nadie lo volverá a leer. Tendré que expeler nuevas ideas y vivencias para que el contador de visitas no se atasque, quien sabe si de modo irreversible. Seré así arrastrado, como cada día, por la vida. La vida que decimos vivir, pero que apenas si podemos ver pasar ante nuestros ojos.
Es como la encrucijada de caminos que nos invita a elegir una ruta, casi siempre de manera irreversible, pues poco más adelante hay otra y luego una más y de nuevo otra, sin darnos tiempo a preguntarnos si la primera elección fue o no adecuada y qué habría pasado de habernos decidido por alguna otra.
Y sabemos que no podemos dar marcha atrás, pues los acontecimientos nos persiguen tan de cerca que nos presionan de modo consante hacia adelante, sin importar la senda que tomenos, porque simpre, al intentar un alto en el camino, sentimos el aliento de lo realizado justo detrás, queriendo impedirnos la reflexión y coartándonos la capacidad de elección, la libertad para decidir.
Este modo de vida lo hemos hecho nuestro, hemos asimilado los algoritmos que nos conducen a diario por la vida, sin saber a ciencia cierta si tal modo de proceder es el deseado o por contra, es inconsistente y perverso para nuestros intereses, pero ¡ay! amigo, en tales momentos salimos siempre con aquello de así es la vida.
¿Pero de verdad es así la vida?
¿Qué nos arrastra de ese modo hacia adelante?

Quien se rebele y quiera detenerse un momento será inexorable y brutalmente arrastrado por los acontecimientos y lo que es peor, será tachado de indeciso, débil, irresoluto, versátil, dubitativo en exceso y sin personalidad por aquellos que, creyéndose en mejor posición para valorar la vida -la suya y la nuestra- no nos dejan vivirla en paz.
Me gustaría mucho reflexionar mañana sobre lo que ahora estoy escribiendo, rehacer mis ideas, moldear mis impresiones, paladear mis sentimientos, pero no lo haré porque sino mi blog quedará tan atrasado que ya nadie lo volverá a leer. Tendré que expeler nuevas ideas y vivencias para que el contador de visitas no se atasque, quien sabe si de modo irreversible. Seré así arrastrado, como cada día, por la vida. La vida que decimos vivir, pero que apenas si podemos ver pasar ante nuestros ojos.
El tiempo.
Es cierto que uno se mira cada día en el espejo y se ve siempre del mismo modo, sin cambio alguno, mas el simple recordatorio de una fotografía de unos pocos años antes evidencia los cambios, profundos, que el tiempo va dejando en nuestra apariencia.
Sin embargo, qué distinta es la percepción que tenemos de nuestro interior. En este caso, sí que podemos abiertamente reconocer que el tiempo nos va haciendo diferentes, esto es, sí que somos capaces de advertir tales cambios y las implicaciones que conllevan.
Si pudiésemos tomar una fotografía de nuestro modo de ser, tomar una imagen de cómo nos proyectamos al exterior, es posible que nos sorprendieramos, pues para el resto fuimos, somos y seremos muy parecidos, casi idénticos.
Es para mi una de las cuestiones más sorprendentes y que más me hace reflexionar acerca de qué supone en definitiva, envejecer.
¿Unas cuantas arrugas más? ¿Menos capacidad de aguantar gintonics en una noche de fiesta? ¿Más entradas y cabello más blanco?
¿Unos intereses e inquietudes diferentes?
Y no obstante, todo parece seguir igual. Hacemos lo mismo cada día, posponemos trabajos, dejamos escapar el tiempo entre nuestras manos y creemos que habrá un mañana que será igual a hoy y en el que seremos capaces de hacer todo lo arrinconado día a día en espera de una mejor o mayor oportunidad.
Pero ocurre que no siempre llega esa otra oportunidad y todo aquello que quisimos pero no pudimos hacer es lo que moldea nuestro interior para hacernos más distintos, aunque para los demás sigamos siendo nosotros mismos: eso sí, con las marcas externas del paso del tiempo sobre nuestro rostro.

Sin embargo, qué distinta es la percepción que tenemos de nuestro interior. En este caso, sí que podemos abiertamente reconocer que el tiempo nos va haciendo diferentes, esto es, sí que somos capaces de advertir tales cambios y las implicaciones que conllevan.
Si pudiésemos tomar una fotografía de nuestro modo de ser, tomar una imagen de cómo nos proyectamos al exterior, es posible que nos sorprendieramos, pues para el resto fuimos, somos y seremos muy parecidos, casi idénticos.
Es para mi una de las cuestiones más sorprendentes y que más me hace reflexionar acerca de qué supone en definitiva, envejecer.
¿Unas cuantas arrugas más? ¿Menos capacidad de aguantar gintonics en una noche de fiesta? ¿Más entradas y cabello más blanco?
¿Unos intereses e inquietudes diferentes?
Y no obstante, todo parece seguir igual. Hacemos lo mismo cada día, posponemos trabajos, dejamos escapar el tiempo entre nuestras manos y creemos que habrá un mañana que será igual a hoy y en el que seremos capaces de hacer todo lo arrinconado día a día en espera de una mejor o mayor oportunidad.
Pero ocurre que no siempre llega esa otra oportunidad y todo aquello que quisimos pero no pudimos hacer es lo que moldea nuestro interior para hacernos más distintos, aunque para los demás sigamos siendo nosotros mismos: eso sí, con las marcas externas del paso del tiempo sobre nuestro rostro.






