Un día de lluvia.
Un día de lluvia debería de ser un día como otro cualquiera, pero no es así, al menos para las personas que, como yo, necesitan que los rayos de sol nos bañen e iluminen el camino a seguir.
El día de lluvia es gris, plomizo, brumoso, triste, pesimista, húmedo a veces, mojado, otras; irreverente, corto, desconcertante, melancólico, inactivo, lento, reflexivo, pensativo, habitualmente estéril, poco provechoso, lánguido, depresivo, exasperantemente odioso.
Sin embargo, cuando llueve, se revelan en nosotros capacidades que jamás creímos poder sacar a la luz; aumenta la creatividad para todo y hasta nos sentimos más cerca de ser felices cuando vemos la fina lluvia caer tras los cristales, que nos protegen de ese húmedo manto que desata estados de honda espiritualidad.
Será por eso que somos mejores cuando llueve, la apariencia de tristeza que nos invade por fuera se torna en sonrisa interna, apertura hacia los demás y paz infinita. Por eso la Navidad es época de lluvia y hasta de nieve, que no es más que la lluvia vestida de domingo, alegre, bullanguera y orgullosa de ser la protagonista de todo. Pues cuando nieva todos miramos más que absortos cómo cada pequeño copo de nieve se deposita en el suelo, en el alar del tejado, sobre la hoja de un arbol. La nieve tiene su dignidad, porque si cae en el suelo, enseguida se quita su traje de domingo y vuelve a ser lluvia, vulgar, barrosa y triste.
La lluvia es sonido de recuerdos.
La lluvia huele a limpio.
La lluvia es de color de anhelos.
La lluvia tiene tacto de amores pretéritos, mas no olvidados.
La lluvia se va y la creemos olvidada hasta que somos capaces de escribir sobre ella aquel deseo de la infancia que nunca se cumplió.
Sí, la lluvia es siempre la misma que nos moja el rostro. Nos pregunta ¿te acuerdas de mi? ¿Recuerdas aquel día?Y nosotros respondemos sí, claro que te recuerdo, fue ayer que estuve contigo, que trajiste otra vez mi memoria olvidada, mis recuerdos, mi pasado que no es más que mi vida sentida......¡Quien diría que un día de lluvia puede ser tan gris y plomizo como hoy.....!

El día de lluvia es gris, plomizo, brumoso, triste, pesimista, húmedo a veces, mojado, otras; irreverente, corto, desconcertante, melancólico, inactivo, lento, reflexivo, pensativo, habitualmente estéril, poco provechoso, lánguido, depresivo, exasperantemente odioso.
Sin embargo, cuando llueve, se revelan en nosotros capacidades que jamás creímos poder sacar a la luz; aumenta la creatividad para todo y hasta nos sentimos más cerca de ser felices cuando vemos la fina lluvia caer tras los cristales, que nos protegen de ese húmedo manto que desata estados de honda espiritualidad.
Será por eso que somos mejores cuando llueve, la apariencia de tristeza que nos invade por fuera se torna en sonrisa interna, apertura hacia los demás y paz infinita. Por eso la Navidad es época de lluvia y hasta de nieve, que no es más que la lluvia vestida de domingo, alegre, bullanguera y orgullosa de ser la protagonista de todo. Pues cuando nieva todos miramos más que absortos cómo cada pequeño copo de nieve se deposita en el suelo, en el alar del tejado, sobre la hoja de un arbol. La nieve tiene su dignidad, porque si cae en el suelo, enseguida se quita su traje de domingo y vuelve a ser lluvia, vulgar, barrosa y triste.
La lluvia es sonido de recuerdos.
La lluvia huele a limpio.
La lluvia es de color de anhelos.
La lluvia tiene tacto de amores pretéritos, mas no olvidados.
La lluvia se va y la creemos olvidada hasta que somos capaces de escribir sobre ella aquel deseo de la infancia que nunca se cumplió.
Sí, la lluvia es siempre la misma que nos moja el rostro. Nos pregunta ¿te acuerdas de mi? ¿Recuerdas aquel día?Y nosotros respondemos sí, claro que te recuerdo, fue ayer que estuve contigo, que trajiste otra vez mi memoria olvidada, mis recuerdos, mi pasado que no es más que mi vida sentida......¡Quien diría que un día de lluvia puede ser tan gris y plomizo como hoy.....!
