Llega el verano...llega la playa.
Ultimamente no escribo mucho -casi nada, por mejor decir- y debe de ser porque no tengo nada que contar. Nada, me refiero, desde el punto de vista de un soltero; no olvidemos que este blog es el de un soltero. Y relatar asuntos bajo el prisma del currante, del deportista, del forofo del Madrid, del apasionado de la bossa-nova y del enamorado de la playa -a mi modesto entender- no tienen cabida aquí.
Bien, de acuerdo, aquí cabe lo que a mi me dé la real gana, que para eso es mi blog, pero, demonios, guardemos un poco las formas; hablemos de todo, pero bajo el sutil prisma del solterón recalcitrante.....por ejemplo.....¡la playa!
Sí, la playa, porque ya se acerca el verano, la temperatura sube y nuestras blancas carnes comienzan a dorarse el la cálida arena de la costa hispánica.
Esa costa, donde cada vez se ven menos solteros (me refiero a los de cierta edad, pues niñatos los hay hasta cansar), porque ya les aburre sudar la gota gorda bajo el tórrido y abrasador sol de la tardo-primavera y novo-verano.
Pero hay una razón de mayor peso: comenzamos a ser conscientes de que hemos superado DOS críticas etapas playeras: a saber.
Una, la del soltero joven, apolíneo, tostadito, jugoso, atractivo (tipo turista italiano, todo moda), practicante de deporte y objeto de suspiro continuo por parte de quinceañeras.
Y dos, la del soltero maduro, conservado, que comienza a marcar canas, interesantón para cuarentonas y que mantiene cierto nivel de éxito aun entre las tardo-treintañeras.
Sí, por desgracia hemos superado ya, muchos de nosotros, esas dos críticas etapas vitales, para entrar en un lamentable tercer estadío, caracterizado por:
horrenda calvicie; papada que comienza a despuntar sin recato; coño, que los pelos que se nos caen de la cabeza se nos quedan pegados al cuerpo (qué desagradable, hombros, espalda y pectorales invadidos por el vello......que digo vello, ¡la melena!); los glúteos comienzan a perder turgencia y ya no llenamos el Meyba (los hay osados en extremo, que se atreven a vestir el típico bañador elástico ajustado: de ellos, por caridad cristiana me ahorro el comentario); tripa blanda, caidorra, con ombligo avergonzado (avergonzado, porque mira hacia abajo, hacia el suelo, señal de que se avergüenza del abdomen que lo cobija) y lo peor, lo que me obsesiona y me revienta en grado sumo: las varices.
Y yo que creía que eso era cosa de mujeres....pues mira que no, que el soltero empedernido también comineza ya a lucir sus bellas varices.
Ante tal espectáculo, para qué ir a la playa. Mejor se queda uno en el chiringuito, con la cerveza y las gambitas. Por eso ya se ven pocos, muy pocos solteros con cuerpos decentes.
Es una especie en peligro de extinción.
Bien, de acuerdo, aquí cabe lo que a mi me dé la real gana, que para eso es mi blog, pero, demonios, guardemos un poco las formas; hablemos de todo, pero bajo el sutil prisma del solterón recalcitrante.....por ejemplo.....¡la playa!
Sí, la playa, porque ya se acerca el verano, la temperatura sube y nuestras blancas carnes comienzan a dorarse el la cálida arena de la costa hispánica.
Esa costa, donde cada vez se ven menos solteros (me refiero a los de cierta edad, pues niñatos los hay hasta cansar), porque ya les aburre sudar la gota gorda bajo el tórrido y abrasador sol de la tardo-primavera y novo-verano.
Pero hay una razón de mayor peso: comenzamos a ser conscientes de que hemos superado DOS críticas etapas playeras: a saber.
Una, la del soltero joven, apolíneo, tostadito, jugoso, atractivo (tipo turista italiano, todo moda), practicante de deporte y objeto de suspiro continuo por parte de quinceañeras.
Y dos, la del soltero maduro, conservado, que comienza a marcar canas, interesantón para cuarentonas y que mantiene cierto nivel de éxito aun entre las tardo-treintañeras.
Sí, por desgracia hemos superado ya, muchos de nosotros, esas dos críticas etapas vitales, para entrar en un lamentable tercer estadío, caracterizado por:
horrenda calvicie; papada que comienza a despuntar sin recato; coño, que los pelos que se nos caen de la cabeza se nos quedan pegados al cuerpo (qué desagradable, hombros, espalda y pectorales invadidos por el vello......que digo vello, ¡la melena!); los glúteos comienzan a perder turgencia y ya no llenamos el Meyba (los hay osados en extremo, que se atreven a vestir el típico bañador elástico ajustado: de ellos, por caridad cristiana me ahorro el comentario); tripa blanda, caidorra, con ombligo avergonzado (avergonzado, porque mira hacia abajo, hacia el suelo, señal de que se avergüenza del abdomen que lo cobija) y lo peor, lo que me obsesiona y me revienta en grado sumo: las varices.
Y yo que creía que eso era cosa de mujeres....pues mira que no, que el soltero empedernido también comineza ya a lucir sus bellas varices.
Ante tal espectáculo, para qué ir a la playa. Mejor se queda uno en el chiringuito, con la cerveza y las gambitas. Por eso ya se ven pocos, muy pocos solteros con cuerpos decentes.
Es una especie en peligro de extinción.
