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Diario de un profe (casi) novato
2º año de experiencias en el instituto, ahora en el norte de Madrid
Acerca de
No nací una tarde lluviosa de septiembre, me dijo mi madre que naci a la una y cuarto de la madrugada (lo tenía mal antes) y no se me da muy bien hablar de mí. El caso es que este va a ser mi segundo año como profesor de secundaria y poco a poco voy encontrando mi sitio... Por lo menos aquí, ya que he encontrado algo qué contar ;-)
Sindicación
 
[VANAS PERSECUCIONES (I parte)]
Salió del cine. La película que había visto le emocionaba hasta tal punto que no pudo evitar comenzar a llorar desconsoladamente. Corría como abatido, pero movía los brazos sin control para ahuyentar a los fantasmas del pasado que lo perseguían. Era una carrera vana: siempre con idéntico resultado lo alcanzaban, pero procuraba no dejarse ver en esos momentos para que nadie pudiese conocer sus debilidades: “si te conocen bien eres manipulable...estás perdido”, se repetía constantemente, como un dogma de fe que le han inculcado pero en el que no cree en absoluto.

Todo le hubiera ido bien a aquel hombre de gesto tierno, tez blanca y pelo rubio de no ser porque ese día yo estaba en el cine. No sé qué ocurrió, algún proceso extraño se desencadenó en mi cuerpo y aquellos pensamientos ridículos, pero sumamente insistentes y subversivos se apoderaron de mi subconsciente hasta hacerme sucumbir ante la tentación que yo me negaba a aceptar: quería perseguirle. Yo no sé por qué a veces el hombre es más emocional que racional, ni por qué diantres yo no soy la excepción, pero lo cierto es que comencé a correr desenfrenadamente hacia lo que sería la mayor locura de mi vida, sin oponer la menor resistencia.

Años después, sigo sin saber qué fue exactamente lo que me hizo salir atropelladamente de aquel cine en una fría mañana de finales de septiembre, pero sospecho que un extraño fulgor de inocencia en sus ojos (que muy poca gente posee) provocó en mí un sentimiento de compasión. La bondad es mercancía escasa en estos tiempos, y me dio la sensación de que aquel hombre tenía en exceso. No puedo acabar de creer que fuera sólo eso lo que me impulsó a violar la intimidad a la que aquel hombre tenía derecho y a trotar por las calles de Princeton en una lluviosa noche estrellada desafiando a mi propia curiosidad, pero creo que así fue, e intentar negarlo no me convertiría sino en una infeliz.

Creo que no notó que alguien le seguía, si no su reacción hubiera sido bastante diferente, así que después de recorrer un par de kilómetros a buen ritmo, se detuvo (casualidad o quizás no) a las puertas de la Facultad de aquel grandioso campus en el que yo iba a trabajar por primera vez en mi vida. Lo primero que me vino a la mente al detenerme fue que necesitaba urgentemente algo de deporte que me proporcionase la frescura que por aquel entonces me faltaba, pero rápidamente me concentré en lo que me había llevado hasta allí: aquel misterioso hombre. Sentí miedo, pues lo que ahora veía en sus ojos no era inocencia, sino rencor, que lo hacía parecer muy poco humano en aquel ambiente perdido en medio de la naturaleza, y ardía en deseos de marcharme, pero la extraña fuerza que allí me retenía no dejó de actuar, hasta que volví a mirar y noté un gesto de impotencia que rodeaba su ser, y mi compasión afloró de nuevo transformándose en un altruismo que, potencialmente, sería peligroso.

Después de un rato allí sentado, entregado a una profunda meditación, pareció sentirse avergonzado y olvidar el motivo que le había hecho tan susceptible, así que se levantó y en un instante pareció distinguir mi figura borrosa, pero después debió pensar que dicha figura era inexistente y que no era sino producto de sus propios miedos, por lo que se tranquilizó y me limité a seguirlo hasta mi apartamento recientemente alquilado en el centro.

Ya era bastante tarde (demasiado para los de mi profesión) cuando acabé de cenar y me acosté en la cama dispuesta a disfrutar de un sueño renovador, pero eso fue exactamente lo único que no ocurrió, pues en mis sueños (o quizás estaba despierta) me asaltaron las dudas sobre si era lícito o no lo que había hecho y me invadió el sentimiento de culpabilidad y el remordimiento. Todo esto se vio agravado por una pesadilla en la que yo era enviada al infierno, donde el demonio me juzgaba y me humillaba en presencia de los ángeles, que estaban allí para contemplar el mayor crimen de la especie humana. Allí nada parecía tener sentido, y ni yo misma podía encontrar las palabras que me justificasen ante el demonio, por lo que se decidió imponerme un castigo que cumpliría eternamente. Entonces sonó el despertador, alejándome de los infiernos para ascender al mundo real y darme cuenta de que, ocurriese lo que ocurriese, jamás volvería a seguir a aquel pobre hombre.

Me puse el abrigo (intentaba combatir como podía el poco aprecio que le tenía al clima de los EEUU) y me dirigí hacia la Facultad con nuevos ánimos. Pero duraron menos de lo esperado. Cuando llevaba un rato allí comencé a preguntarme por qué a veces uno decide hacer algo aún cuando sabe que está equivocado, y a culparme por lo que había hecho la noche anterior. Estas preguntas surgieron porque aquella fue una mañana muy poco productiva, en la que mejor hubiera sido que me quedase en casa recuperando las horas de sueño que me impedían concentrarme. Algunos compañeros me preguntaron si me ocurría algo e hice lo que pude por pronunciar un no altamente convincente, aunque no sé si lo logré. Salí del trabajo camino del apartamento con la idea en mente de parar en la biblioteca a recoger un libro de ensayo científico que me había recomendado un compañero, pero pronto captó mi atención una persona que caminaba inquieta por la otra acera. Era él. Intenté guardar mis peores intenciones para otro momento más oportuno, pero sólo mi subconsciente tiene la capacidad de convicción necesaria para impedir a mi conciencia funcionar correctamente, así que crucé la acera y me camuflé entre la muchedumbre con un único objetivo: ver a dónde se dirigía. He de admitir que fue bastante mi sorpresa cuando fue a su apartamento, a comer. No se me había ocurrido que alguien tan misterioso como él hiciera cosas con tan poca gracia. Una vez que localicé su apartamento (estaría a veinte minutos del mío...) me dirigí a tomar una comida ligera. Puse también música chill out para ver si conseguía olvidar mis maquiavélicos planes, pero cometí el error de finalizar la sesión con una canción de rock (es la música que me gusta) que me exaltó todavía más. Después de disfrutar durante un rato del silencio y atender una llamada de un amigo en la que se preocupaba por mi vida en América, decidí ya iniciar el espionaje, y me dirigí a su apartamento, descubriendo por primera vez en mi vida que tengo muy poca facilidad para la orientación en territorios ajenos (yo creí que tenía memoria fotográfica). Una vez allí quise abortar el plan de espionaje e iniciar el plan B, que consistiría en centrar mi atención en otra cosa inmediatamente. Pero no fui capaz y allí me quedé, de pie durante una media hora recibiendo miradas inquisitivas de curiosos. Cuando por fin me había convencido a mí misma de que lo mejor sería marchar, salió de su apartamento haciéndome olvidar esa estúpida suposición. Durante toda la tarde anduvo errante por gran parte de la ciudad, hasta que se sentó en la hierba a observar la melancolía que fluía por el río menos concurrido de todo el lugar. Por un momento estuve tentada a unirme a él, pero después recordé que no tenía ningún derecho y me marché a casa, avergonzada. Sea lo que fuere lo que escondía aquel hombre, y por mucha curiosidad que me inspirase, no sería tan interesante como para perder mi dignidad.

Muchas veces me recuerda esta fase de mi vida a una paranoia. El día que no se espía se experimenta una sensación de vacío e incomodidad muy desagradable que sólo cesa espiando. Lo que empezó con un seguimiento ocasional para satisfacer mi curiosidad acabó convirtiéndose en una verdadera adicción. No había día que no me enterase de sus movimientos, y en caso de que así fuese experimentaba síndrome de abstinencia. Un día llegué incluso a comer en el mismo restaurante de comida rápida que él, a pesar de que suelo pasarlo bastante mal para lograr comerla.

Así pasé dos años de mi vida, siguiéndolo, hasta que un día me convencí de que aquello no tenía ningún sentido y tenía que acabar ya, poniendo todo de mi parte para que así fuera. Ya iba hacia mi casa realmente feliz cuando, al doblar una esquina, caí bruscamente. Era él.

- Señorita, sería conveniente que vigilara usted sus pasos, no querrá que un día alguien tropiece con sus pies y caiga-dijo inmediatamente.

- Disculpe, señor, pero estaremos de acuerdo en que ha sido usted el que me ha tirado…¿cómo explica si no que haya sido yo la que caí al suelo y no usted? Venía corriendo y, para eso, las esquinas son un sitio difícil (dígamelo a mí…) No pasa nada.

- Tenga cuidado con esa lengua suya, que un día se envenena.

Después de tanto tiempo vigilándolo, sabía que la discusión sería en vano, ya que ese día no estaba receptivo. A pesar de todo, intervine:

- Le escucho, señor. Pero escúcheme también usted a mí: yo creo que ese exceso de velocidad suyo le va a traer problemas un día…cualquiera que no lo conociese diría que tenía usted prisa, pero yo…yo creo que escapaba usted de sus recuerdos.

- Es usted una insolente, además de poco prudente-estalló, en un ataque de cólera- ¿Nunca le han dicho que es de buenos modales dar una opinión sólo cuando se la piden?

- Sí, me lo han mencionado un par de veces, como muchas otras cosas, y nunca la doy, pero veo en sus ojos a un ser que la pide a gritos deliberados-dije, con el único fin de provocarle.

- Yo tal vez necesite una segunda opinión, pero usted (permítame la indecencia), necesita un psicoanalista.

Llegada esta fase del intercambio de palabras sabía ya que no diría nada y, además, que sólo podría escuchar de su boca descalificaciones. Así se lo dije:

- Ya veo que en estos momentos no es fácil para usted expresar sus emociones, ni para mí invitarle a hacerlo. Veo también que esta discusión es superflua. Cálmese, y vaya con Dios.

- Yo no necesito calmantes de ningún tipo, y menos de los que usted me pueda proporcionar. Parece inocente, la pregunta es si lo es…-dijo, confirmando mis sospechas.

Seguía impregnando el ambiente de malas palabras, pero yo ya me había ido. Si hay algo que no me guste son los interlocutores poco accesibles. Me dirigí a casa, y no debí haber recorrido ni cien metros cuando empecé a preguntarme si además de hacer algo tan sumamente rastrero como vigilarlo sin su consentimiento tenía yo derecho a juzgarle de manera tan dura, tuviera o no tuviera razón. Estaba bastante cansada, así que me límite a caminar como una autómata con la mente en blanco para no llegar a una conclusión que no me gustara oír. Creo que a pesar de todo, no conseguí dejar la mente totalmente libre de tensiones porque me pregunté qué pretendía conseguir ayudando a aquel hombre. Que añoraba algo…que quizás había otra solución que no fuera entregarse a la amargura…eso lo sabíamos tanto yo como él, sin embargo era yo la que se obcecaba con intentar hacérselo ver. Pero…¿y si ya lo sabía? Cuando llegué a casa metí los pies en agua tibia…no hay nada más relajante que sentir el rélax en los propios pies. Bueno, quizás sea más relajante tener la conciencia tranquila, pero como a esas alturas eso era una utopía a la que yo no podía aspirar, opté por mojar los pies. Después escuché un poco de rock para descargar la adrenalina que me sobraba e hice un bocadillo que recordaré siempre por lo mal que me supo…sabía ligeramente a sin razón y a remordimiento…que mala combinación, no volveré a probarlo…

Al día siguiente, después de una mañana un poco dura en la Facultad, pero muy entretenida, ya se habían disipado todas mis dudas para transformarse en una certeza de no sé exactamente qué. Pasé por la biblioteca para recogerle el libro a mi amigo de una vez por todas, y después me dirigía a casa a paso rápido cuando repentinamente volví a caer al suelo doblando la misma esquina que el día anterior. La situación no era la misma, sin embargo.

- Me dirijo al psicoanalista, ¿usted se da a la fuga?-comenté, en tono jovial.

- Muy graciosa. No, es mi manera de afrontar los problemas.

- Muy saludable, por cierto…si cada vez que tiene un problema hace la maratón yo creo que tendrá una vida larga-repliqué de nuevo en tono desenfadado. No quería volver a cometer el mismo error que el día anterior.

- Lamento decirle que tiene usted bastante razón.

- Creo que eso es un error…no sé por qué habría de lamentarlo…de todos modos, gracias por la parte que me toca.

Desde ese día comenzamos a vernos bastante a menudo, y en los encuentros ya no se respiraba aquella tensión indescriptible. Yo no sé si es una desgracia o una bendición, pero gran parte de los amigos que tengo los he hecho así, por accidente. Nuestros lazos de amistad eran firmes y a la vez débiles, sin embargo creo que ha sido uno de mis mejores amigos, sino el mejor. Con débiles me refiero a que yo no sabía apenas nada de él, de sus aspectos personales ni él de los míos, éramos dos personas a las que no nos gustaba demasiado hablar de nosotros, pero que sin embargo conectábamos muy bien, nos entendíamos sin necesidad de hablar, y ése es uno de los mejores sentimientos del mundo. Digo que éramos muy buenos amigos porque siempre podíamos refugiarnos el uno en el otro para abstraernos y evadirnos de la realidad. Era él una de las personas más inteligentes y más frías (a veces simplemente desagradable) que he conocido nunca. Era bastante independiente, siempre mostrando sus principios como carta de presentación, gustasen o no. Lo cierto es que reunía todas las condiciones para ser odiado por las masas, y yo lo sabía, pero no podía dejar de observarlo con respeto y admiración, procurando aprender de él.

(CONTINUARÁ...)
 
[EL TRIÁNGULO ISÓSCELES]
Nunca había habido tanta gente en la sala. Al menos no en mi presencia. ¿Puedo beber agua? Tengo la boca seca...
Nos sentamos en la fila cinco. No, no, mentira. Nos íbamos a sentar en la fila cinco, pero Jorge empezó a patalear y dijo que aquellos asientos olían mal. Es un niño muy maniático y exigente, pero no puedo culparle, creo que le hemos mimado demasiado desde que nació, pero es lógico porque tardé tres años en quedarme embarazada y... sí, disculpe. A veces cambio de tema con facilidad.

La magia es más real de lo que la gente cree. Que no veas algo no significa que no exista. Sueñas que algo suceda y sucede. ¿Acaso eso no es magia? Pero tienes que tener cuidado, mucho cuidado, porque a veces lo que más deseas es lo que menos te conviene, sobre todo si al final te encuentras con que todo tiene truco, y los trucos al final se descubren.

El espectáculo comenzó a la hora prevista. Me alegré, porque Jorge se removía constantemente en su asiento durante los momentos previos. Yo también estaba muy nerviosa. Siempre que acudimos allí lo estoy, pero aquel día mi sensación era diferente. ¿Nunca ha presentido que...? Déjelo, sólo digo tonterías. Jaime me lo decía continuamente.

Primero empecé a odiar sus manos. Estaban tan gastadas... luego su cuello, su nuca. Odié también sus piernas y su pecho, su boca y sus ojos, aunque fueran del color del mar. Pero el día que odié su voz fue cuando lo tuve claro. Odias una voz y te das cuenta de que ya no tienes otra solución. Era una voz.

Jorge miraba tan atento al escenario que parecía como transportado a otro mundo. Estoy convencida de que si le hubiese rozado la cara con mis heladas manos ni siquiera se hubiese percatado. No le había visto nunca tan atrapado por ninguna otra cosa. Estaba fascinado: Los colores, la música, los juegos de manos... Todo formaba un universo que le seducía tanto...

¿Y qué iba a hacer si no? Además, ella también estaba de acuerdo.

Cuando salió su padre, aplaudió emocionado mientras se levantaba de la butaca, dando pequeños saltos. Llevaba toda la noche esperando este momento y por fin sucedía. Imagínese lo que puede suponer para un niño ver a su padre ahí, en el escenario, con toda esa gente clavando sus pupilas en él. Jaime le miró desde arriba y le hizo una divertida mueca de complicidad. Jorge sonrío, pero yo me sentí incómoda... A mí ni siquiera me miró. Hacía mucho tiempo que no me miraba.

Juntos, tres años. Nos conocíamos desde mucho antes, desde que se casó con Irene. Pero éramos amantes desde hacía tres años. Prefería acostarme con él a no acostarme con nadie, pero ni siquiera me parecía atractivo.

Primero fueron unos juegos de cartas, bastante simples. Ya sabe, el mago saca una baraja y pide a un espectador escogido al azar que memorice una. Ese truco siempre sale bien, pero es facilísimo. Incluso yo lo he aprendido. No entiendo cómo impresiona tanto, pero me gustaba ver a Jorge fascinado.

Al principio manteníamos precauciones. Nunca quedábamos en un sitio concurrido ni tampoco en su casa. Cuidábamos mucho esos detalles. Es lógico, pero pasado un tiempo daba igual. Me acostaba con él en su casa, en su cama. Donde cada noche dormía con su mujer. A mí no me importaba, a él tampoco. Irene ni lo sabía.

Jaime disfrutaba como nunca. Supongo que más que porque el espectáculo estuviera saliendo a la perfección, era debido a que el público contaba con un invitado de lujo. Yo podía sentirme ignorada, relegada o incluso rechazada por él. Pero para Jaime nuestro hijo era su mundo. Todo lo que a mí no me daba, lo tenía él. Todo su cariño, toda su admiración y también todo su respeto. Y así creaban una especie de pacto entre ellos del que yo me sentía excluida. Y entrar en su perfecto mundo era imposible. O eras Jaime o eras Jorge, o estabas fuera. No debería importarme la complicidad que sólo ellos conseguían tener, pero no estaba dispuesta a aceptar que la distancia que había entre mi hijo y yo siguiera creciendo día tras día. ¡Era mi hijo! Y él lo estaba alejando de su madre, ¿no lo ve?

No se puede confiar tanto en alguien. No hasta ese punto. Jamás. Yo no lo haría, pero él era demasiado inconsciente. Yo no tengo la culpa de que confiara tanto en mí, no debería haberlo hecho, se lo estoy diciendo. No se puede confiar en las personas. Nos gusta traicionarnos.

Y entonces llegó el momento. La piel se me erizó, empecé a temblar, a llorar, a sentirme intranquila. Jorge no percibió nada, ni siquiera cuando me vio retorcerme en mi butaca con un gesto de dolor. No pude contener un leve grito, pero fue camuflado por los aplausos de los espectadores. Y mientras, a mi hijo le brillaban los ojos. A mí nunca me había mirado tan emocionado. Ni siquiera me importaba quebrar aquella transparente mirada de niño para siempre.

Cuando Irene nos encontró desnudos aquella mañana no se sobresaltó demasiado. Dijo algo parecido a “ya lo sabía” y se puso a planchar la ropa. Jaime tampoco trató de disimular. Fue una sensación muy extraña pero no me sentí en absoluto incómoda. Me levanté de la cama, me puse el camisón y bajé a la cocina. Irene lloraba desconsolada, pero no era por habernos encontrado en su cama. Conozco demasiado bien a mi hermana. Sí, conozco demasiado bien a mi hermana...

Era el número más importante de la noche. La guillotina. El mecanismo es sencillo: un seguro que al activarlo, hace que al caer la hoja, lo haga sobre otra falsa que se desliza por debajo de la cabeza sin atravesarla. Pero si no lo activas...

Si no lo activas, corta de verdad. Y yo no lo activé.

Estaba sonriendo, tan ensimismada en mi felicidad que no escuché ni los gritos de la gente ni el estridente llanto de mi hijo hasta varios minutos después, cuando el escenario se había llenado de médicos, policías y gente que hablaba por el walkie-talkie. Todo había salido bien. Nuestro plan se había desarrollado sin ningún tipo de complicación. Pero cuando fui consciente de que ahora era yo quien estaba fallando, cambié la expresión de mi rostro y reproduje durante todas aquellas horas esas muecas de dolor. Las mismas que tenía cuando ustedes me encontraron. Siempre se me ha dado bien fingir, algo bueno tenía que tener estar doce años casada con un inútil en la cama.

Lo planeamos dos semanas antes. No era un plan demasiado difícil, teniendo en cuenta que llevábamos mucho tiempo trabajando juntos en el espectáculo de magia. Yo era su ayudante y cada viernes por la noche entreteníamos al público con nuestros números. Ni a mi hermana ni a mí nos faltaban motivos para querer destruirle: yo le odiaba desde que odié su voz. ¿Y qué pasaba con mi hermana? Irene se sentía anulada y a años luz de su hijo por su culpa. ¿Realmente hacen falta más motivos para querer matar a alguien?

Mi hijo se convirtió en mi coartada. Nadie hubiese imaginado que una madre pudiera permitir que su hijo fuese testigo de cómo decapitaban a su padre, ¿no? ¿Qué clase de mente sádica puede planear algo así? Pero me lo debía, porque sus cinco años de existencia coinciden con mis cinco años de inexistencia. Y le debía a mi hijo la lección que su padre de otro modo no le habría podido dar jamás.

¿Arrepentirme? Nunca mi trabajo había sido tan placentero.

¿Arrepentirme yo? Sí, de haber dudado y no haberlo hecho antes.
 
Consecuencias de las confusiones en la agenda
¿Os acordáis que os decía que me había confundido de semana en mi agenda y que estaba apuntando las cosas con una semana de adelanto? Pues cuando ya creía que lo tenía solucionado (me había dado cuenta y eso ya era bastante) y si bien alguna vez que otra confundía anotaciones de semana, resulta que se me echan encima las evaluaciones.

No metafóricamente, sino literalmente. Las notas se me han tirado al cuello y me han dejado por los suelos: yo contaba con una semana más para poner notas y exámenes y resulta que el plazo máximo para poner las notas y sus correspondientes avisos y anotaciones para los tutores venció el viernes a las 10:20.

Para entonces estaba corrigiendo el examen de lectura que puse en 3º, recogiendo trabajos porque los de 4º se habían retrasado y volviéndome loco con las medias. ¿Estrés? ¿Por qué? Si da gusto chuparte los recreos, los únicos momentos libres que tengo los viernes porque mis 5 horas son seguidas, haciendo echar chispas al boli rojo... Claro que ya cuando ves en el 2º recreo (12 y pico) que vas de coxis contra el viento, te paras, respiras y te resignas a aplazar la puesta de notas en el tamagochi al martes. Aún hay tiempo para que a los tutores les dé tiempo a preparar la evaluación. Y fijo que yo soy uno de esos tutores a los que no les llegan las notas a tiempo. ¿Apostamos? De todas maneras, ya os diré si hay bronca o no...

Por otra parte, atentos a esta situación en clase: estábamos analizando métricamente un poema. Le pregunto a un alumno cuánto mide (el verso, mal pensados).

Uno espera lo típico: 7, 8, 9 versos... Pero recibe esta contestación: 5 centímetros. Le faltó medirlo con la reglaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaahhhhhhhhhhhhhhhhhh(yo me muero, entre eso y mis puñetazos en la pizarra tratando de explicar cuándo es una palabra aguda, llana y esdrújula, yo me muero).


PD: la semana que viene yo creo que empezaré con los relatos... Si veis que en este blog suceden cosas inexplicables y pensáis que el profe ha sucumbido, no os asustéis... Demasiado.
 
Una de Barrio Sésamo (con trampa)
Iba a enumerar los parecidos y las diferencias respecto al año pasado en este post.

Parecidos que tenía apuntados:
  • Tengo que madrugar un huevo montón.

  • Para llegar, tengo que disfrutar de las bondades del metro de Madrid (¿VUELA? Noooooo: HUELA, huela el sobaco del vecino que te planta en la cara cuando estás en el vagón como una sardina).

  • Me llevo en general bien con los niños/as.

Diferencias:
  • Los compañeros no son los del año pasado, aunque hay excepciones, claro.

  • Este año los niños son unos benditos. Suelo decir que están domesticados, mientras que el año pasado estaban salvajes (aunque, eso sí, tuve alumnos más brillantes el año pasado y había algunos que eran muy cariñosos y buenísimos).

  • Estoy en el norte y antes iba al sur...

Pero como lo del Barrio Sésamo no daba para mucho más, he pensado que sería mejor hablar de algunos de mis fabulosos e irrepetibles... ¡compañeros!

Todos hemos tenido alguna vez alguna experiencia traumática con alguno de nuestros profesores y sería raro el caso que no pudiera contar alguna anécdota del profe freaky que le tocó padecer (Espacio reservado para vuestras respuestas. El Diario de Patricia: "Mi profesor era..."...).

El año pasado creo que conté los dos casos destacados:

Uno era el de plástica, un individuo repulsivo que se dedicaba a provocar, a dar por culo con su mala educación y su falta de respeto, a insultar y vejar a los alumnos que le caían mal (incluso a retarlos, que aún recuerdo cuando estaba de guardia y vi cómo, en una discusión, le decía a uno que le esperaba en la calle). Y además, era un especialista. En cogerse la baja a mitad de curso y desaparecer. El año pasado fue un accidente de tráfico que le dañó las cervicales. Pobre...

Y el otro era el de filosofía, que estaba más para allá que para acá. Si bien tenía una parte lúcida (un 20% de sus capacidades cerebrales), en su mayor parte le daba por mostrar un lado extraño y a menudo pasota. Por ejemplo, dejaba jugar al fútbol a los chicos en clase (el inspector le pilló un par de veces...), miraba a las niñas con ojos libidinosos, les hacía comentarios fuera de lugar...

En este instituto la cosa no llega a tanto. Además, como somos un porrón y medio, a muchos sólo les conozco de vista, no sé ni sus nombres ni la asignatura que dan; aunque hay figuras que se hacen notar: el supertutor, que dice una cosa a los compañeros y por detrás otra a los alumnos y padres; la pavisosa, que se escaquea de las guardias de biblioteca; el G.P.S. (va de paquete y se permite el lujo de ir guiando -y perdiendo- a gritos, o dando prisa a quien le tiene que llevar, que es un santo y un cacho de pan), que se engancha al ordenador y parece una lapa y no lo suelta; el cenizo, que siempre está contando experiencias traumáticas de las oposiciones o vaticina que se va a quedar en el paro; la de tecnología y su babero a cuadros que no te pone una puñetera nota a su hora y luego deja a alumnos notas sin poner porque no han hecho el último trabajo (ya no pongo más motes porque a mis compañeras no se les ha ocurrido, jejeje; hay otro con mote, pero este le pusieron los niños: el enterrador, un hombre que sustituye a no sé quién y que anda como a cámara lenta y además ni te saluda al cruzarte con él); una de las orientadoras, que pasa más tiempo en la cafetería que en su despacho; el sustituto de inglés, que parece un tímido o un fantasma, pero tiene más morro que otra cosa porque llega a todas las clases 10 minutos tarde, por no hablar de las guardias que se fuma; una de naturales (creo) que más que lengua tiene una ametralladora (los niños, además, la llaman la Hitler); otra que tiene una desagradabilísima voz de pito, te mira por encima del hombro y se queja hora sí y hora también con una sonrisa en la boca de su tutoría; el que se saca los mocos y los pone en el libro para señalizar la página...

No todo es un cuadro esperpéntico, eso sí: luego está un profesor de griego, un hombre mayor y sordo de un oído que es un tío encantador y que posee una alegría a menudo casi incompatible con el medio en el que se mueve (el campo educativo), cuyo trato con todo el mundo es de quitarse el sombrero; el de francés, que ha sufrido una gran pérdida y aun así tiene un espíritu jovial, incansable y optimista del que todos tenemos que aprender; y, cómo no, mis compis de bus, sin las cuales este instituto sería un auténtico c-o-ñ-a-z-o. Ellas y mi tutoría y alguna otra cosa que ahora no recuerde, lo mejor de aquí, lo que hace que este curso valga la pena.

PD: los relatos van avanti. Aún sigue el plazo abierto para hacérmelos llegar.
 
Recuentos:
Papeles entregados para poder presentarme a las oposiciones.

(Adicional: rezar por que no se pierda ninguno ni realicen ninguna equivocación, que bastante han tenido ya, no sé si dije que no me habían computado ningún año de experiencia...).

Exámenes preparados. (Bueno, me falta uno de 1º, pero ya he ido mirando poemas y enunciados y quedan dos semanas).

Me falta corregir los del viernes (diez preguntas de ortografía, más un relato que compruebe su espantosa expresión escrita y la cantidad de faltas al margen de las que tendrán en el examen).

Examen de geografía para el martes entregado para que me lo fotocopien.

Poco a poco, avances en el periódico de El País... Pasar entrevista para el periódico al escritor Gómez Cerdá, que ya me dio una alumna su mp3 para que lo fuera transcribiendo y tengo el archivo en el ordenador.

Estudios, también como el periódico, avanzando. Voy por el tema 20 (acabado).

Visita a mi ex insti, realizada (y no por coincidir con la agresión. Tengo testigos de que estaba programada la excursión hace más de un mes. Por cierto, que hay sospechas de que se grabó en móvil la paliza...). Vi a muchos de mis alumnos. Los de 1º habían crecido mucho. Los Juliiii, por otra parte, me sonaron desde muy lejos...

2º bolígrafo rojo robado, y eso que falté de la mesa de la sala de profes 20 segundos. Algunos más que compañeros son urracas que en vez de atraerles lo brillente les atrae lo rojo, como a los toros. Ya tengo el 3º (también de secretaría) y el firme propósito de conservarlo como si me fuera la vida en ello. Míioooooo, mi tesorooooo.

Rebelión en las guardias de patio, empezada:

Ya el lunes me cansé de ser el único gilipollas imbécil que salía a hacer la guardia del patio. En el primer recreo tengo (bueno, eso creo, apenas les he visto durante el curso) de compañeros de guardia a dos de Educación Física. A uno lo habré visto..., tres veces. Al otro el primer día y alguna vez que va de paso a su departamento.

En el segundo recreo, uno sí sale bastante a menudo... A hablar en la puerta con el conserje. El otro suele salir también... A los campos de fútbol sala. Y la otra restante, a esa sólo la he visto una vez de lejos.

En el primer recreo directamente ni salí. Ni pienso salir más. Me he chupado 5 meses de guardias (aunque no me movía del tejado o del sol) y aunque mis dos compañeros se pongan lo que resta de curso a salir, no me cubrirían. En el segundo salí. Vi que uno estaba fumando fuera y que el otro estaba en jefatura. Volví. Y luego dos de estos (el de E. Física y el que habla en la puerta con el conserje) son los que encima en los claustros hablan de implicación, de que están hartos de dar la cara para que se la partan. Juassss...

Relato del asesinato perfecto, cocinándose. Los vuestros, pendientes... Los (pocos) que tengáis el relato ya, avisádmelo en los comentarios; los que tengáis intención de escribirlo, decídmelo también en los comentarios, para que os deje mi dirección de correo electrónico y podáis mandármelo. Los que no queráis hacerlo... Que os den..., digooooo, no pasa nada :p
 
Sherezade y las mil y una barbaridades
O cómo corregir un examen de lectura y no morir asqueado en el intento. Os he recopilado algunas de las cosas con las que me he encontrado. Iré por orden, a modo de examen resumido:

1. Faltas de ortografía leídas en el examen:

inca (Ia espada), abia dicho, habrieron (la puerta), istorias , se salba, le iva gustando, llebo (pasado), inbenta, vuscara, asta, alluda, onbre, tesorro, a gustado, cabar, a sido, ha su mujer, coje, estava, tragera, apareze, exclabo, ace (creerse), lla, le dice que balla a, izo

Si no entendéis el significado de alguna, preguntadme; para otro examen os hago una redacción a partir de sus faltas. Prometido.

2. Frases para el recuerdo:
  • Porque un rey, palacios, guerreros, princesa. [Con una letra en la que en vez de 'guerreros', por si fuera poco, parece que ponga 'su enero'. No esperéis más porque la frase acaba ahí...].

  • Cuando el principio la infiel de la mujer del príncipe [sí, esta frase también termina ahí...].

  • No la consiguio y al ser ejecutado un joven y un anciano [Las dos veces primeras vale, te mosqueas, les pones lo del sujeto y predicado, pero a la tercera empiezas a preguntarte por qué cojones leches no terminan ni una puñetera frase. ¿Tan difícil es?].

  • Zeyn-Al-Asnam era un príncipe que se fue de marcha [... y cuentan los marchosos del lugar que se le vio por el Kapital, Joy Eslava, la Lola, el Búho Real y demás garitos de antes de Cristo].

  • Ante la pregunta de por qué se quedó ciego un personaje, cito la respuesta: Porque le echan un ácido en los ojos [Juro que es por una maldición al pecar de avaricioso].

  • Pregunta: ¿Qué es lo que más te ha gustado? ¿Y lo que menos? Respuesta: Que hay muchas istorias cortas, que hay istorias largas.
    [No, si cuando se ponen filósofos y me descubren verdades metafísicas, ante las cuales no te queda más que agradecerles que te hayan abierto los ojos y descubierto una nueva realidad, sólo puedes descubrirte y reconocer que las nuevas generaciones vienen pisando fuerte...]


3. Lo que voy a transcribir (literalmente) a continuación es un párrafo verídico donde lo único que cambia del original es la letruja abigarrada:

El rey de una ciudad se disfraza para saber si su pueblo le quieren se encontro con pescador que le dio un cofre que al abrirlo se encontro una mujer echa pedazos el rey mando buscar a el asesino a matarlo [creo que pone eso] al visir a los tres dias cuando iban a matar al visir aparecio un ombre que dijo que era el asesino".

El principio es normal, incluso 'rey' va con 'y griega' y te haces ilusiones. Ya cuando dice "para saber si su pueblo le quieren", la cosa va rechinando. Y ya con el resto directamente pides la baja por depresión... ¿Qué hacer ante esto?

Suicidarse / Dedicarte al ganado o a la pesca.
EJERCICIO práctico: lee el párrafo del alumno tal y como está escrito, respetando la acentuación indebida y la ausencia de signos de puntuación. Que oigan el engendro que han construido y que se rían unos de los fallos de los otros (que luego les tocará su turno). Y después, que copien las faltas 10 veces y hagan una frase incluyendo la palabra que habían escrito mal.

En fin, ¿qué se puede esperar si en la última pregunta, la de opinión, tengo que recalcar en el enunciado lo siguiente?: "¿Qué historia te ha gustado más?

(NO VALE DECIR NINGUNA)".

Y, para más inri, te dicen 5 ó 6 que por qué no pueden poner ninguna...
 
Agresión en mi ex instituto y 3 posdatas
Ayer salgo del metro y recibo un mensaje de Ana: "Si estás en casa pon telemadrid, sale el insti por motivos desagradables. Ya hablaremos". No llegué a verlo, pero supe que habían agredido a un profesor.

No me he enterado demasiado bien, ni sé quién es el agresor (puede que hasta un alumno de mi tutoría del año pasado, aunque no me cuadra; puede que fuera macarra, pero no le veo hasta ese punto) ni los detalles exactos, pero la historia es que el profesor, que ya había resultado amenazado por este tío, al entrar a la clase, se vio sorprendido porque el "alumno", escondido detrás de la puerta, le puso la papelera en la cabeza y comenzó a golpearle hasta que el profesor consiguió escapar y el alumno salió huyendo cual cobarde que es.

Poco más sé aparte de que al día siguiente no hubo clases en el instituto y sí una manifestación. Los ecos han sido escasos fuera de la reseña (algo marginal) en telemadrid. El caso es que cada vez estos hechos son menos ocasionales. Si no un alumno, un padre. O si no, alguien en plan mafioso y encima grabando el apaleamiento.

PD1: días de fotos. Si no tuve bastante el pasado viernes con la de la orla por sorpresa (o no sorpresa y simplemente anduve torpe al creer que sólo se la tenían que hacer los tutores de los cuartos y segundos de bachillerato y resulta que eran todos los profes de dichos cursos, y de ahí la barba del pasado domingo...), hoy foto de grupo para la revista del instituto... Le decía a la orientadora: "pero cómo me hacéis esto, ¡si no me he traído el maquillaje!".

PD2: aclaración para mi compi: con el tamagochi pasamos lista y ponemos las faltas y retrasos, las notas cuando tocan y avisos a los padres que pueden ver por la tarde si tienen Internet y/o interés, o quincenalmente con informes. Suena muy bien, pero sirve para más bien poco, salvo para guardarte las espaldas y que no te digan que no les avisaste...

PD3: para los relatos (ver no sé qué post...), el plazo se cerrará cuando acabe el mío, que va aún lentísimo. Mientras, podéis ir mandándome los que ya tengáis, y yo iré colgándolos (sin nombre). Si no sabéis mi correo, os lo dejo en algún comentario de vuestro blog, si seguís interesados.