... Como decíamos ayer...
Me hubiera gustado emplear la tan famosa cita de fray Luis de León en latín, que miré antes de ayer en el tema correspondiente y que por tanto debería haberme aprendido de memoria, pero ésta no da más de sí y nos tendremos que conformar con su traducción. La cita vale para justificar esta "ausencia" en el blog. Tenía pensado emplear la Semana Santa para los relatos, pero sobre todo por problemas técnicos con ya.com no he podido retomar la situación, aunque me ha venido bien esta especie de descanso, sin tener que ponerme a recordar alguna anécdota de clase.
¿Alguien sabe por qué en mi casa, en cualquiera de los dos ordenadores, no puedo meter mis datos y poder acceder así al blog? Es poner el nombre de usuario en el campo y salir "error en la página". De modo que los últimos posts me los ha tenido que poner Laura (no pongo el enlace porque estoy en el recreo y no tengo demasiado tiempo) y tengo que ingeniármelas para buscar uno de mis escasos huecos sin padres o sin historias para colgar este post que pensé anoche así por encima y que ahora mismo estoy transcribiendo.
Si me preguntáis por la vuelta, os diré que ha sido muy dura. Sin ganas de dar clases al ver que ellos tienen aún menos ganas de aprender. Peleándome con los niños de primero porque hagan algo, tratando de romper la dinámica de vaguería en tercero y dándome contra la indiferencia de cuarto, en la optativa. Lo único que me motiva es la realización del periódico, cuyo plazo acaba mañana a las dos. 60% hecho por ellos y 40% por mí... Pero es que no sólo corrijo las múltiples faltas de ortografía, sino que acabo metiéndome con el estilo y cambiando los artículos de arriba abajo...
Y poco más, sigo con los estudios, afortunadamente en literatura, con lo que me cunde más. Y poco más... Sólo recuerdo una anécdota que apunté en mi agenda. Estábamos hablando de la épica. Pregunto que si saben qué es (primero de la eso) y salta una niña:
"Eso es lo de los caballos, ¿no?"...
En fin, que hay que aprovechar el último puente del año y seguir la cuesta abajo, que ya queda poco.
¿Alguien sabe por qué en mi casa, en cualquiera de los dos ordenadores, no puedo meter mis datos y poder acceder así al blog? Es poner el nombre de usuario en el campo y salir "error en la página". De modo que los últimos posts me los ha tenido que poner Laura (no pongo el enlace porque estoy en el recreo y no tengo demasiado tiempo) y tengo que ingeniármelas para buscar uno de mis escasos huecos sin padres o sin historias para colgar este post que pensé anoche así por encima y que ahora mismo estoy transcribiendo.
Si me preguntáis por la vuelta, os diré que ha sido muy dura. Sin ganas de dar clases al ver que ellos tienen aún menos ganas de aprender. Peleándome con los niños de primero porque hagan algo, tratando de romper la dinámica de vaguería en tercero y dándome contra la indiferencia de cuarto, en la optativa. Lo único que me motiva es la realización del periódico, cuyo plazo acaba mañana a las dos. 60% hecho por ellos y 40% por mí... Pero es que no sólo corrijo las múltiples faltas de ortografía, sino que acabo metiéndome con el estilo y cambiando los artículos de arriba abajo...
Y poco más, sigo con los estudios, afortunadamente en literatura, con lo que me cunde más. Y poco más... Sólo recuerdo una anécdota que apunté en mi agenda. Estábamos hablando de la épica. Pregunto que si saben qué es (primero de la eso) y salta una niña:
"Eso es lo de los caballos, ¿no?"...
En fin, que hay que aprovechar el último puente del año y seguir la cuesta abajo, que ya queda poco.
[MANIFIESTO]
Una frase que lo inicie todo. Esa es la principal dificultad. Para que surja efecto, una proclama ha de nutrirse desde el impacto de la palabra. La palabra origina la acción y la acción es el fin último, por ello necesita que algo la desencadene. Para que la bala salga disparada, ha de apretarse el gatillo. Tenemos la frase:
Los mecanismos de un asesinato siempre son apasionantes.
En tiempos como los actuales, ya era hora de proclamar actividades alejadas de la rutina que nos depara cada aburrido día de nuestras existencias y que nos haga vislumbrar que otro horizonte es posible más allá de estériles confrontaciones políticas, pasatiempos lúdicos intrascendentes o banales distracciones deportivas o televisivas. El ser humano tiene que evitar su degradación, necesita de ideas inspiradas que le liberen de su estancamiento espiritual. Volver a recuperar la dignidad perdida en este tránsito hacia un mundo mecanizado y capitalizado, ese ha de ser nuestro objetivo.
El arte no es la salida. Sería darnos de bruces contra puertas cerradas que no llevan a ninguna parte. El arte en sí ha desaparecido por culpa de los intereses. No se busca conmover, se busca vender. El dinero lo mueve todo, y es un principio incompatible con la creación. Cualquier producto es válido pasa la masa si ha pasado por la publicidad, no existen los filtros del buen gusto. Crear es mostrar nuevas formas de ver las cosas y eso cada vez escasea más. Crear no tiene que llevar aparejado una bolsa llena de monedas. No. El arte ha de ser espontáneo, natural, sin contraprestaciones. Y por desgracia, algo sin esas premisas está abocado a la desaparición, al desprecio, al olvido.
Por eso nuestra doctrina parte de una idea brillante y que no está corrompida por la sociedad impura. Nuestra doctrina cifra en el asesinato la receta para no pasar jamás desapercibidos, es la única manera de desafiar al olvido. La muerte sólo puede ser vencida por la muerte:
El asesinato tiene que ser la base de todo.
Cualquiera que no esté de acuerdo nunca podrá sumarse a esta revolución que está empezando en pequeños foros dentro de un movimiento imparable y arrollador, un universo cerrado y autónomo como es Internet, que expandirá como una explosión esta verdad tan afilada como necesaria. Quien no quiera saber más, que lo deje. Esto no es un ejercicio para niños. Quien pretenda algo más, quien aspire a trascender de lo efímero, que siga leyendo:
Una visión ha de ser compartida. Para ello, una palabra puede ser la semilla.
Creemos el culto del asesinato, seamos sus evangelizadores, alimentemos el terreno y planteemos la necesidad de hacer algo diferente como un ejercicio necesario para expandir nuestros horizontes. Para eso, antes de nada, necesitamos desprender nuestras mentes de cualquier residuo, liberarnos de prejuicios y afrontar el futuro con la mirada limpia.
Urge una explicación de la afirmación para no espantar o defraudar a nadie. ¿Por qué los mecanismos del asesinato son apasionantes? La respuesta se halla en el proceso, que es el siguiente:
Lo primero es la idea, la revelación. Nuestras vidas son una permanente inmersión en lo gris. Una idea puede convertirse en nuestra salvación. La idea es luz, es brillo, es vida: Dios tuvo una idea cuando se le ocurrió alumbrar la creación. Seamos nosotros dioses, ideemos algo inspirado, demoledor, mágico. Creemos una ruptura, que se produzca un antes (basado en la oscuridad) y un después (de brillo cegador). La creatividad en su máximo exponente.
En este proceso, pues, la idea puede que llegue al principio en forma de intuición, casi un sueño sin forma, una luz borrosa al final del túnel; vale que la genialidad está en este inspirado momento que no le llega a cualquiera y ya nos hace diferentes; pero necesitamos continuar, no quedarnos estancados. La apología del paralítico es algo contra lo que renegar.
Sí. Quien posee una idea le da sentido a su vida. Aunque lo único que haga sea alimentar esa idea sin ser capaz de darle forma. Aquí habría que distinguir al soñador del hombre de acción. Al cobarde del valiente. Al que no tiene miedo de intentar y probar del que se resigna con darle forma a su idea en el plano abstracto. La pureza de lo que no existe es peor que la impureza del que lo intenta, aunque fracase. Vivir por darle forma a un ideal es consagrarse a una actividad colosal. Es necesario darle el valor suficiente, glorificar a cualquiera que no se deja vencer por cualquier imprevisto. Este manifiesto honra y elogia a cuantos lo han intentado o lo intentarán y anima a dar el empujón definitivo a quienes aún no han traspasado el umbral de la planificación.
El siguiente paso consiste en alejar los peligros, las dudas, los inconvenientes, barajar los pros y los contras, llegar a la conclusión de que no hay vuelta atrás. ¿Qué es mejor, silenciarse detrás de una cortina apagada u opaca, o abrir las ventanas, recibir la luz del sol y saber que esa ventana la has abierto tú y que el mundo que te recibe es el mundo que tú quieres dominar con tus actos? La doctrina de quien se arriesga a avanzar con el asesinato es la doctrina del fuerte, del que no tiene miedo, del que se sabe un Dios con derecho a modelar lo que tiene a su alcance. Si algo no le gusta y puede eliminarlo, debe eliminarlo. El poder de hacerlo está en su mano.
Tras eso, tras haber madurado esa intuición hasta el punto de hacerlo el eje de su existencia, llega el momento de moldear con fuerza el barro, lo cual significa mancharse o, como se diría vulgarmente, “pringarse”: la planificación. Porque en una sociedad tan hipócrita como la nuestra asesinar es delito, no vale con realizar el acto en sí, es necesario eludir el dedo acusatorio.
Un asesino descubierto es un criminal culpable, puesto que se pone en juego la trama de los convencionalismos, de la tradición, del factor de corrección que supone la religión e incluso –paradojas– de la ley. No nos vale lamentarnos ni gritar a los cuatro vientos que la hipocresía reina entre nosotros. Al contrario. Nos alegramos de que esto sea así porque es el motivo por el cual nuestra tarea posee el rango de suprema. Matar no es la finalidad. Asesinar tampoco. Buscamos el crimen perfecto, el diseño idóneo para no pasar desapercibidos. Elegimos la gloria, aunque debemos resignarnos al anonimato.
Gracias a ir contra la ley, el asesinato tiene un punto mayor de atractivo para el titán que acomete la empresa de diseñar y ejecutar un crimen. No nos vale con el mero hecho de apretar un gatillo, asestar una puñalada o estrangular al otro (adversario, oponente, contrario). No podemos dejarnos atrapar. Ni por la sociedad ni por nosotros mismos, que corremos el riesgo de ser influenciados y reprimidos por esta urdimbre tejida desde tiempos inmemoriales. Nos rebelamos contra la tiranía y la dictadura de que nos digan lo que está bien y lo que está mal. Nosotros imponemos las normas. Fuera remordimientos, son sólo un lastre del que hay que desprenderse.
Nuestro objetivo, pues, se trata de un crimen perfecto. No estamos hablando de un torpe acto que nos señale a los ojos de los demás como criminales de poca consideración; ni de un horrendo y censurable crimen pasional; ni bajezas rastreras como ajustes de cuentas que nos ligan a conceptos viscerales como la venganza, muy lejos del territorio del intelecto. Eso sí que degrada a la condición humana. ¿Matar porque sí? ¿Es que somos animales y ahora nos movemos por nuestros instintos y no por nuestra materia gris? Siempre que el ser humano se ha regido por fundamentalismos fanáticos ha sido indicativo de la pobreza evolutiva y cultural de esa determinada etapa. Tampoco se puede hablar bien de quien emplea la muerte como arma para lograr un objetivo colectivo. La muerte es algo privado, no pertenece a ninguna sociedad que pretenda bajo la ley de la sangre algún objetivo. ¿Es que aún vivimos de espaldas al reloj imparable de nuestra modernización y progreso, inscritos como un sello anacrónico en un sobre que jamás llegará a nuestro destino?
Por favor, seamos coherentes con la inteligencia, derribemos mitos y fronteras, propongamos sin temor que el nuevo arte, una vez que la pintura, escritura, escultura y arquitectura no tienen nada nuevo que decir, es el arte del asesinato perfecto, y elaboremos un manifiesto que glorifique algo que hasta ahora sólo se ha visto ocasionalmente, sin teorías especializadas o críticas constructivas. Alabemos el ingenio del asesino en serie que destrona los sórdidos imperios de los “defensores” de la ley –pero no al psicópata movido por desagradables impulsos trastornados–, loemos la imaginación de quien consigue quitarse de en medio a quien le impide realizarse con plenitud –pero no al que no es capaz de manchar de sangre sus propias manos y paga a alguien para que lo haga–, glorifiquemos al que sea merecedor siguiendo estas directrices.
Para que no queden dudas, el tribunal que ha redactado este manifiesto se erigirá vigilante sobre los asesinatos y marcará cuáles son merecedores de entrar en los anales de la historia y cuáles no. En foros diseminados por cualquier rincón de la red, los señalizaremos con la marca propia de la organización cuando consideremos que verdaderamente son merecedores de tal distinción. Y las futuras personas que se vean seducidas por este manifiesto, que dejen constancia a su vez con alguna marca de que son discípulos nuestros, que no sólo será la marca de su obra, sino que será inscrita en esta iniciativa sin parangón en la historia de la humanidad.
Extracto encontrado en diversos foros de Internet como consecuencia de las investigaciones de la INTERPOL, después del creciente e inusitado proliferación de crímenes fuera de las líneas habituales. Actualmente se considera la pista más barajada para explicar dichos crímenes, aunque se está lejos de encontrar al promotor o promotores de dicha iniciativa que se ha tratado de ocultar a los medios de comunicación para no producir un estado de alarma.
Los mecanismos de un asesinato siempre son apasionantes.
En tiempos como los actuales, ya era hora de proclamar actividades alejadas de la rutina que nos depara cada aburrido día de nuestras existencias y que nos haga vislumbrar que otro horizonte es posible más allá de estériles confrontaciones políticas, pasatiempos lúdicos intrascendentes o banales distracciones deportivas o televisivas. El ser humano tiene que evitar su degradación, necesita de ideas inspiradas que le liberen de su estancamiento espiritual. Volver a recuperar la dignidad perdida en este tránsito hacia un mundo mecanizado y capitalizado, ese ha de ser nuestro objetivo.
El arte no es la salida. Sería darnos de bruces contra puertas cerradas que no llevan a ninguna parte. El arte en sí ha desaparecido por culpa de los intereses. No se busca conmover, se busca vender. El dinero lo mueve todo, y es un principio incompatible con la creación. Cualquier producto es válido pasa la masa si ha pasado por la publicidad, no existen los filtros del buen gusto. Crear es mostrar nuevas formas de ver las cosas y eso cada vez escasea más. Crear no tiene que llevar aparejado una bolsa llena de monedas. No. El arte ha de ser espontáneo, natural, sin contraprestaciones. Y por desgracia, algo sin esas premisas está abocado a la desaparición, al desprecio, al olvido.
Por eso nuestra doctrina parte de una idea brillante y que no está corrompida por la sociedad impura. Nuestra doctrina cifra en el asesinato la receta para no pasar jamás desapercibidos, es la única manera de desafiar al olvido. La muerte sólo puede ser vencida por la muerte:
El asesinato tiene que ser la base de todo.
Cualquiera que no esté de acuerdo nunca podrá sumarse a esta revolución que está empezando en pequeños foros dentro de un movimiento imparable y arrollador, un universo cerrado y autónomo como es Internet, que expandirá como una explosión esta verdad tan afilada como necesaria. Quien no quiera saber más, que lo deje. Esto no es un ejercicio para niños. Quien pretenda algo más, quien aspire a trascender de lo efímero, que siga leyendo:
Una visión ha de ser compartida. Para ello, una palabra puede ser la semilla.
Creemos el culto del asesinato, seamos sus evangelizadores, alimentemos el terreno y planteemos la necesidad de hacer algo diferente como un ejercicio necesario para expandir nuestros horizontes. Para eso, antes de nada, necesitamos desprender nuestras mentes de cualquier residuo, liberarnos de prejuicios y afrontar el futuro con la mirada limpia.
Urge una explicación de la afirmación para no espantar o defraudar a nadie. ¿Por qué los mecanismos del asesinato son apasionantes? La respuesta se halla en el proceso, que es el siguiente:
Lo primero es la idea, la revelación. Nuestras vidas son una permanente inmersión en lo gris. Una idea puede convertirse en nuestra salvación. La idea es luz, es brillo, es vida: Dios tuvo una idea cuando se le ocurrió alumbrar la creación. Seamos nosotros dioses, ideemos algo inspirado, demoledor, mágico. Creemos una ruptura, que se produzca un antes (basado en la oscuridad) y un después (de brillo cegador). La creatividad en su máximo exponente.
En este proceso, pues, la idea puede que llegue al principio en forma de intuición, casi un sueño sin forma, una luz borrosa al final del túnel; vale que la genialidad está en este inspirado momento que no le llega a cualquiera y ya nos hace diferentes; pero necesitamos continuar, no quedarnos estancados. La apología del paralítico es algo contra lo que renegar.
Sí. Quien posee una idea le da sentido a su vida. Aunque lo único que haga sea alimentar esa idea sin ser capaz de darle forma. Aquí habría que distinguir al soñador del hombre de acción. Al cobarde del valiente. Al que no tiene miedo de intentar y probar del que se resigna con darle forma a su idea en el plano abstracto. La pureza de lo que no existe es peor que la impureza del que lo intenta, aunque fracase. Vivir por darle forma a un ideal es consagrarse a una actividad colosal. Es necesario darle el valor suficiente, glorificar a cualquiera que no se deja vencer por cualquier imprevisto. Este manifiesto honra y elogia a cuantos lo han intentado o lo intentarán y anima a dar el empujón definitivo a quienes aún no han traspasado el umbral de la planificación.
El siguiente paso consiste en alejar los peligros, las dudas, los inconvenientes, barajar los pros y los contras, llegar a la conclusión de que no hay vuelta atrás. ¿Qué es mejor, silenciarse detrás de una cortina apagada u opaca, o abrir las ventanas, recibir la luz del sol y saber que esa ventana la has abierto tú y que el mundo que te recibe es el mundo que tú quieres dominar con tus actos? La doctrina de quien se arriesga a avanzar con el asesinato es la doctrina del fuerte, del que no tiene miedo, del que se sabe un Dios con derecho a modelar lo que tiene a su alcance. Si algo no le gusta y puede eliminarlo, debe eliminarlo. El poder de hacerlo está en su mano.
Tras eso, tras haber madurado esa intuición hasta el punto de hacerlo el eje de su existencia, llega el momento de moldear con fuerza el barro, lo cual significa mancharse o, como se diría vulgarmente, “pringarse”: la planificación. Porque en una sociedad tan hipócrita como la nuestra asesinar es delito, no vale con realizar el acto en sí, es necesario eludir el dedo acusatorio.
Un asesino descubierto es un criminal culpable, puesto que se pone en juego la trama de los convencionalismos, de la tradición, del factor de corrección que supone la religión e incluso –paradojas– de la ley. No nos vale lamentarnos ni gritar a los cuatro vientos que la hipocresía reina entre nosotros. Al contrario. Nos alegramos de que esto sea así porque es el motivo por el cual nuestra tarea posee el rango de suprema. Matar no es la finalidad. Asesinar tampoco. Buscamos el crimen perfecto, el diseño idóneo para no pasar desapercibidos. Elegimos la gloria, aunque debemos resignarnos al anonimato.
Gracias a ir contra la ley, el asesinato tiene un punto mayor de atractivo para el titán que acomete la empresa de diseñar y ejecutar un crimen. No nos vale con el mero hecho de apretar un gatillo, asestar una puñalada o estrangular al otro (adversario, oponente, contrario). No podemos dejarnos atrapar. Ni por la sociedad ni por nosotros mismos, que corremos el riesgo de ser influenciados y reprimidos por esta urdimbre tejida desde tiempos inmemoriales. Nos rebelamos contra la tiranía y la dictadura de que nos digan lo que está bien y lo que está mal. Nosotros imponemos las normas. Fuera remordimientos, son sólo un lastre del que hay que desprenderse.
Nuestro objetivo, pues, se trata de un crimen perfecto. No estamos hablando de un torpe acto que nos señale a los ojos de los demás como criminales de poca consideración; ni de un horrendo y censurable crimen pasional; ni bajezas rastreras como ajustes de cuentas que nos ligan a conceptos viscerales como la venganza, muy lejos del territorio del intelecto. Eso sí que degrada a la condición humana. ¿Matar porque sí? ¿Es que somos animales y ahora nos movemos por nuestros instintos y no por nuestra materia gris? Siempre que el ser humano se ha regido por fundamentalismos fanáticos ha sido indicativo de la pobreza evolutiva y cultural de esa determinada etapa. Tampoco se puede hablar bien de quien emplea la muerte como arma para lograr un objetivo colectivo. La muerte es algo privado, no pertenece a ninguna sociedad que pretenda bajo la ley de la sangre algún objetivo. ¿Es que aún vivimos de espaldas al reloj imparable de nuestra modernización y progreso, inscritos como un sello anacrónico en un sobre que jamás llegará a nuestro destino?
Por favor, seamos coherentes con la inteligencia, derribemos mitos y fronteras, propongamos sin temor que el nuevo arte, una vez que la pintura, escritura, escultura y arquitectura no tienen nada nuevo que decir, es el arte del asesinato perfecto, y elaboremos un manifiesto que glorifique algo que hasta ahora sólo se ha visto ocasionalmente, sin teorías especializadas o críticas constructivas. Alabemos el ingenio del asesino en serie que destrona los sórdidos imperios de los “defensores” de la ley –pero no al psicópata movido por desagradables impulsos trastornados–, loemos la imaginación de quien consigue quitarse de en medio a quien le impide realizarse con plenitud –pero no al que no es capaz de manchar de sangre sus propias manos y paga a alguien para que lo haga–, glorifiquemos al que sea merecedor siguiendo estas directrices.
Para que no queden dudas, el tribunal que ha redactado este manifiesto se erigirá vigilante sobre los asesinatos y marcará cuáles son merecedores de entrar en los anales de la historia y cuáles no. En foros diseminados por cualquier rincón de la red, los señalizaremos con la marca propia de la organización cuando consideremos que verdaderamente son merecedores de tal distinción. Y las futuras personas que se vean seducidas por este manifiesto, que dejen constancia a su vez con alguna marca de que son discípulos nuestros, que no sólo será la marca de su obra, sino que será inscrita en esta iniciativa sin parangón en la historia de la humanidad.
[PALABRAS AL FILO DEL FINAL]
- Ya estoy aquí; ahora de nada sirve mirar atrás. Si levanto los brazos, casi toco el cielo… y si salto… si salto me doy de bruces contra él. Me lo merezco; mataros a los dos sería condenarme al infierno, y aunque es lo que más me apetece en estos momentos, siempre me enseñaron que terminaría en el cielo. Y allá voy… Ya no merece la pena mantener los pies en tierra, sobre estos adoquines que han sentido el peso de mis zapatos junto a los tuyos durante tantas y tantas horas… tantos paseos que ahora parecen mil pasos dados en falso. Falsa. Esta vida es de mentira.
“Mira lo pequeño que se ve el mundo” decías cada vez que subíamos aquí, a nuestro rincón, y yo fingía que miraba. En realidad me pasaba los minutos observándote de reojo, sujetándote fuerte de la mano. ¿Sabes? Siempre tuve vértigo; estar contigo significaba volar y tenía miedo de caer en algún error; miedo a dejar de caminar siempre con la cabeza a tu misma altura, orgulloso de tener a mi lado la sonrisa más bonita del mundo. ¡Dios! Sí que se ve pequeño, sí… Es la primera vez que miro al suelo, y el hecho de no tenerte al lado hace que lo vea más pequeño todavía, reducido a la millonésima parte de lo que era entonces, porque mi único mundo has sido tú y ahora es otro quien tiene el mundo entre sus manos.
Es curioso, el corazón me late a la misma velocidad a la que me latía estando contigo… ¿Qué estoy haciendo? No, el infiel no soy yo… o sí… Tengo la sensación de estar tan enamorado de la muerte como lo estuve de la vida. Me apetece besarla con tanta pasión como me apetecía besarte a ti cuando aún no éramos nada. Nado entre recuerdos, y me doy cuenta de que quiero estar tan seco de ellos como lo está de agua el que va a ser testigo en primer plano de mi muerte.
A ver si se van ya los dos ilusos que tengo al lado. No tendrán más de quince años, y se abrazan con tanto ahínco que me dan ganas de decirles que no malgasten sus fuerzas, que cuando llegue el momento de necesitarlas no les quedará ni un resquicio de ellas… como a mí. Las noches que pasamos en vela en la misma cama se las llevaron todas. Todo. Para mí lo eras todo, pero ya veo que para ti sólo llegué a ser “algo”; algo prescindible, un juguete con el que matar el aburrimiento para luego abandonarlo por uno más nuevo. Debí imaginarlo cuando te vi tirando con indiferencia aquella muñeca que siempre te acompañó en tu solitaria infancia. “¿No te da pena tirarla? Siempre me has contado que fue tu única amiga cuando eras pequeña”… Tu respuesta suena ahora tan contundente: “Renovarse o morir”. A mí también me dijiste siempre que yo era el amor de tu vida… Y ahora probablemente tú estás a milímetros de renovarte… y yo a escasos minutos de morir.
Estoy a punto de saltar al vacío, como lo hizo aquel niño tímido, de gafas y pecas que pintaban su cara cuando te dijo por primera vez que fueses al cine con él, conmigo. ¿Sabes? Me estoy dando cuenta de que nuestra historia es de película, de esas de las que acaban mal, de las que nunca querías ver porque te hacían llorar y lo único que te consolaba era que yo estuviese ahí para secarte las lágrimas. No te preocupes si cuando te enteras de este final no estoy yo a tu lado para colocar cuidadosamente cada lágrima sobre un pañuelo; tranquila, le tienes a él. Solo una cosa te digo, si es que me estás escuchando… Ya sabes… siempre tuvimos algo parecido a la telepatía, o ¿también me mentías cuando decías “Te quiero” en el preciso instante en que yo pensaba lo mismo?... Bueno, lo que te quería contar era que si aquel niño tímido se hizo un hombre, fue por ti, y que si tiró sus gafas a la basura fue porque le bastaba ver el brillo de tus ojos de cerca, para saber que a lo lejos había un futuro prometedor y no necesitaba ver más. Ahora me doy cuenta de que además de ciego siempre fui gilipollas, y lo seré hasta la muerte, porque ¿sabes qué? A pesar de todo, te sigo queriendo.
Ya tengo los dos pies sobre el muro y cada imagen de mi vida pisoteando mis párpados a toda velocidad. No veo nada. Escucho pasos. Siento respiraciones cerca de mí. No, no puedo girar la cabeza, ahora no.
¡Aaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaahhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhh!
En eso pensaba mientras estaba ahí arriba, doctor… No estoy loco, sólo necesito pastillas para olvidarla. Espero que existan… si no, prefiero dejar de existir yo.
“Mira lo pequeño que se ve el mundo” decías cada vez que subíamos aquí, a nuestro rincón, y yo fingía que miraba. En realidad me pasaba los minutos observándote de reojo, sujetándote fuerte de la mano. ¿Sabes? Siempre tuve vértigo; estar contigo significaba volar y tenía miedo de caer en algún error; miedo a dejar de caminar siempre con la cabeza a tu misma altura, orgulloso de tener a mi lado la sonrisa más bonita del mundo. ¡Dios! Sí que se ve pequeño, sí… Es la primera vez que miro al suelo, y el hecho de no tenerte al lado hace que lo vea más pequeño todavía, reducido a la millonésima parte de lo que era entonces, porque mi único mundo has sido tú y ahora es otro quien tiene el mundo entre sus manos.
Es curioso, el corazón me late a la misma velocidad a la que me latía estando contigo… ¿Qué estoy haciendo? No, el infiel no soy yo… o sí… Tengo la sensación de estar tan enamorado de la muerte como lo estuve de la vida. Me apetece besarla con tanta pasión como me apetecía besarte a ti cuando aún no éramos nada. Nado entre recuerdos, y me doy cuenta de que quiero estar tan seco de ellos como lo está de agua el que va a ser testigo en primer plano de mi muerte.
A ver si se van ya los dos ilusos que tengo al lado. No tendrán más de quince años, y se abrazan con tanto ahínco que me dan ganas de decirles que no malgasten sus fuerzas, que cuando llegue el momento de necesitarlas no les quedará ni un resquicio de ellas… como a mí. Las noches que pasamos en vela en la misma cama se las llevaron todas. Todo. Para mí lo eras todo, pero ya veo que para ti sólo llegué a ser “algo”; algo prescindible, un juguete con el que matar el aburrimiento para luego abandonarlo por uno más nuevo. Debí imaginarlo cuando te vi tirando con indiferencia aquella muñeca que siempre te acompañó en tu solitaria infancia. “¿No te da pena tirarla? Siempre me has contado que fue tu única amiga cuando eras pequeña”… Tu respuesta suena ahora tan contundente: “Renovarse o morir”. A mí también me dijiste siempre que yo era el amor de tu vida… Y ahora probablemente tú estás a milímetros de renovarte… y yo a escasos minutos de morir.
Estoy a punto de saltar al vacío, como lo hizo aquel niño tímido, de gafas y pecas que pintaban su cara cuando te dijo por primera vez que fueses al cine con él, conmigo. ¿Sabes? Me estoy dando cuenta de que nuestra historia es de película, de esas de las que acaban mal, de las que nunca querías ver porque te hacían llorar y lo único que te consolaba era que yo estuviese ahí para secarte las lágrimas. No te preocupes si cuando te enteras de este final no estoy yo a tu lado para colocar cuidadosamente cada lágrima sobre un pañuelo; tranquila, le tienes a él. Solo una cosa te digo, si es que me estás escuchando… Ya sabes… siempre tuvimos algo parecido a la telepatía, o ¿también me mentías cuando decías “Te quiero” en el preciso instante en que yo pensaba lo mismo?... Bueno, lo que te quería contar era que si aquel niño tímido se hizo un hombre, fue por ti, y que si tiró sus gafas a la basura fue porque le bastaba ver el brillo de tus ojos de cerca, para saber que a lo lejos había un futuro prometedor y no necesitaba ver más. Ahora me doy cuenta de que además de ciego siempre fui gilipollas, y lo seré hasta la muerte, porque ¿sabes qué? A pesar de todo, te sigo queriendo.
Ya tengo los dos pies sobre el muro y cada imagen de mi vida pisoteando mis párpados a toda velocidad. No veo nada. Escucho pasos. Siento respiraciones cerca de mí. No, no puedo girar la cabeza, ahora no.
¡Aaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaahhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhh!
En eso pensaba mientras estaba ahí arriba, doctor… No estoy loco, sólo necesito pastillas para olvidarla. Espero que existan… si no, prefiero dejar de existir yo.
[EL ANDÉN ESTABA LLENO...]
El andén estaba lleno, como cada mañana... Principalmente curritos y universitarios se agolpaban en la estación, esperando la llegada del metro. La hora punta era siempre la peor para coger el suburbano... ¡Siempre tan lleno de gente! Empujones, calores, pisotones, apretujones, el sudor del vecino... ¡Era tan agobiante!
Odiaba las aglomeraciones. Nunca se había sentido cómodo entre mucha gente, por eso tampoco se sentía cómodo viajando en metro. De hecho, también odiaba viajar en transporte público... Sin embargo no le quedaba más remedio... Su empleo no le permitía muchos lujos, ni siquiera un pequeño coche en el que poder ir a la empresa. Así que cada mañana debía bajar al subsuelo de la ciudad para meterse en unos de esos vagones hasta arriba de gente. Si al menos hubiera podido mantener aquel buen empleo que tuvo el año pasado, otro gallo cantaría... Todo la culpa fue de ellos, que intentaban controlar cada paso que daba y que le decían lo que tenía que hacer...
Por fin llegó el metro... Apenas salieron dos o tres personas, y en cambio, pretendían entrar dos decenas. No cabía ni un alfiler. Hacía calor, mucho calor... Demasiada gente aglomerada... El transporte público era así en esa ciudad.
Llevaba muchos días madurando la idea... Estaba decidido... Tenía ganas de saber lo que se podría sentir haciéndolo... Sentir cómo el pequeño punzón atravesaba la carne... ¿Qué sentiría cuando notara brotar la sangre? Sólo esperaba que no le produjera al menos tanto asco como el contacto físico..., tanto asco como el repugnante olor a humanidad que impregnaba los habitáculos cerrados.., tanto asco como el tacto de una piel sudorosa... Sólo de pensar en esas cosas podía notar como le venían arcadas a la boca...
La temperatura dentro del vagón podía perfectamente ascender a 30 grados, a pesar de que fuera, en la calle, habría apenas 10 grados. Perlas de sudor enmarcaban las caras de algunos de los usuarios. Otros en cambio, se les veía palidecer del calor...
Mirando distraidamente entre sus vecinos de metro, vio a un hombre pequeño y barrigón, con una incipiente barba... Intentaba agarrarse de la barra, y su imagen era bastante jocosa... Parecía un mono colgado de una rama. Pudo ver también una mancha que empezaba a acrecentarse en los sobacos... ¡¡¡Qué asco le daba semejante individuo!!! Seguro que olía repugnantemente.
En la siguiente estación, no salió nadie. Sin embargo, 4-5 personas se apretujaron contra los que estaban ya dentro para poder montar.
Se dirigió a empujones hacia el hombrecillo sudoroso. Y aprovechando la aglomeración, clavó el punzón disimuladamente a la altura del corazón. En seguida notó como brotaba la sangre caliente y le manchaba la mano que aún sostenía el arma. Y no sintió asco por primera vez esa mañana. Sólo sintió un gran alivio, como si se hubiera quitado un peso de encima.
El hombrecillo apenas había emitido sonido alguno. Le pilló totalmente de sorpresa. Sólo notó un pequeño empujón y luego un pinchazo... Se sintió desfallecer, y después todo fue oscuridad.
Próxima estación: Intercambiador... La gente se bajó en masa del vagón. Era una de las estaciones más importantes de la red de metro, y cada día vivía un gran trasiego de personas...
Se bajó del vagón y se dirigió hacia la salida. Según se encaminaba hacia las escaleras mecánicas, empezó a oir ciertos murmullos, cada vez más fuertes... Oyó también algún que otro grito... Gritos desgarradores... Gritos de gente pidiendo auxilio... Algo pesado cayendo sobre el suelo del andén... Al salir por la boca del metro vio llegar a una ambulancia del Samur... Él siguió andando como si nada hubiera pasado, sin embargo algo en su interior se agitaba y le pedía que lo volviera a repetir... Por unos instantes se había sentido cómodo entre la multitud...
Odiaba las aglomeraciones. Nunca se había sentido cómodo entre mucha gente, por eso tampoco se sentía cómodo viajando en metro. De hecho, también odiaba viajar en transporte público... Sin embargo no le quedaba más remedio... Su empleo no le permitía muchos lujos, ni siquiera un pequeño coche en el que poder ir a la empresa. Así que cada mañana debía bajar al subsuelo de la ciudad para meterse en unos de esos vagones hasta arriba de gente. Si al menos hubiera podido mantener aquel buen empleo que tuvo el año pasado, otro gallo cantaría... Todo la culpa fue de ellos, que intentaban controlar cada paso que daba y que le decían lo que tenía que hacer...
Por fin llegó el metro... Apenas salieron dos o tres personas, y en cambio, pretendían entrar dos decenas. No cabía ni un alfiler. Hacía calor, mucho calor... Demasiada gente aglomerada... El transporte público era así en esa ciudad.
Llevaba muchos días madurando la idea... Estaba decidido... Tenía ganas de saber lo que se podría sentir haciéndolo... Sentir cómo el pequeño punzón atravesaba la carne... ¿Qué sentiría cuando notara brotar la sangre? Sólo esperaba que no le produjera al menos tanto asco como el contacto físico..., tanto asco como el repugnante olor a humanidad que impregnaba los habitáculos cerrados.., tanto asco como el tacto de una piel sudorosa... Sólo de pensar en esas cosas podía notar como le venían arcadas a la boca...
La temperatura dentro del vagón podía perfectamente ascender a 30 grados, a pesar de que fuera, en la calle, habría apenas 10 grados. Perlas de sudor enmarcaban las caras de algunos de los usuarios. Otros en cambio, se les veía palidecer del calor...
Mirando distraidamente entre sus vecinos de metro, vio a un hombre pequeño y barrigón, con una incipiente barba... Intentaba agarrarse de la barra, y su imagen era bastante jocosa... Parecía un mono colgado de una rama. Pudo ver también una mancha que empezaba a acrecentarse en los sobacos... ¡¡¡Qué asco le daba semejante individuo!!! Seguro que olía repugnantemente.
En la siguiente estación, no salió nadie. Sin embargo, 4-5 personas se apretujaron contra los que estaban ya dentro para poder montar.
Se dirigió a empujones hacia el hombrecillo sudoroso. Y aprovechando la aglomeración, clavó el punzón disimuladamente a la altura del corazón. En seguida notó como brotaba la sangre caliente y le manchaba la mano que aún sostenía el arma. Y no sintió asco por primera vez esa mañana. Sólo sintió un gran alivio, como si se hubiera quitado un peso de encima.
El hombrecillo apenas había emitido sonido alguno. Le pilló totalmente de sorpresa. Sólo notó un pequeño empujón y luego un pinchazo... Se sintió desfallecer, y después todo fue oscuridad.
Próxima estación: Intercambiador... La gente se bajó en masa del vagón. Era una de las estaciones más importantes de la red de metro, y cada día vivía un gran trasiego de personas...
Se bajó del vagón y se dirigió hacia la salida. Según se encaminaba hacia las escaleras mecánicas, empezó a oir ciertos murmullos, cada vez más fuertes... Oyó también algún que otro grito... Gritos desgarradores... Gritos de gente pidiendo auxilio... Algo pesado cayendo sobre el suelo del andén... Al salir por la boca del metro vio llegar a una ambulancia del Samur... Él siguió andando como si nada hubiera pasado, sin embargo algo en su interior se agitaba y le pedía que lo volviera a repetir... Por unos instantes se había sentido cómodo entre la multitud...
[VANAS PERSECUCIONES (II parte y fin)]
Una de las pocas cosas que sabía de él es que era bastante aficionado al cine. Como a mí no me disgustaba, y más que nada lo consideraba tiempo de esparcimiento, era bastante habitual que acudiéramos al cine juntos. Él solía escoger la película, y sus películas favoritas eran dramas que retratasen una realidad social palpable, o películas de ciencia-ficción de las que decía, entrenaban su mente.
Una mañana gris, me dijo que si me unía a él para ir al cine por la tarde, que le interesaba una película en concreto. Por supuesto, me apetecía ir, pero tenía trabajo en la facultad y tuve que rechazar sus planes. Durante la tarde, también gris, que invitaba a la melancolía, me acordé de él. Fue una sensación extraña…no sé…como si lo conociera y al mismo tiempo fuéramos dos personas prácticamente desconocidas, distantes. Una sensación de vacío, sin duda. Me dirigí a casa, estaba cansada física y mentalmente y lo único que me podía apetecer en aquellos instantes era descansar. Sin embargo, caminando abstraída por la ciudad, pasé por delante de aquel cine que siempre frecuentábamos. De repente lo vi. Corría moviendo los brazos, pero abatido al mismo tiempo. Fue como una visión. Durante unos instantes no supe si aquello era una alucinación mental o si realmente la historia se repetía. El eterno ciclo. Esta vez, precisamente la más necesaria, no le seguí. Consideraba que tal vez era únicamente un ritual que repetía cuando acudía al cine solo. ¿Por qué no? No iba a ser yo quien lo jugara. Otra vez. Y quizás erróneamente.
Cuando llegué a casa, introduje las llaves en la cerradura con desgana, y apenas me di cuenta de que había una nota colgada. Era una línea.
“Al final he ido a Suecia a deshacerme de mis miedos. Muchas gracias.”
Escueto. Y frío. Como era él siempre. Ni un “gracias”, un “fue bonito mientras duró”, un “estaremos en contacto”. Esta aparente normalidad fue la que hizo que no me inquietase, sobreentendí que me llamaría, o que sería un viaje temporal, o que me mandaría una carta. O…
Por supuesto, pensé que esa nota era motivo de alegría y la interpreté como un mensaje optimista. Al parecer, me equivoqué. No volví a saber nada más de él, hasta años después, que me he enterado de su muerte. Imaginando su vida al margen de la mía, disfrutando, satisfecho… La ingenuidad no tiene límites: nuestro mundo mental puede ser tan distinto a lo que verdaderamente sucede. Un viaje temporal…ay, si yo supiese que aquella nota era una despedida.
Javier alzó la vista del papel, me miró, volvió a mirar al papel, y con esa sonrisa tan suya que siempre es preludio de algo de lo que no está verdaderamente convencido, me dijo:
- Demasiado trágico. No me convence.
- El dramatismo está infravalorado en estos tiempos… ¿es el dramatismo malo?-pregunté yo, incrédulo, intentando saber su opinión.
- El dramatismo no es malo en sí-se detuvo, vacilante-, pero este relato parece como si…como si ilustrase tus propios miedos… Entiéndeme -me dijo, ahora sonriente.
- ¿Y si así fuese?
- No te lo publicaría. Es más, eso es exactamente lo que voy a hacer. Los lectores no quieren saber los detalles de tu vida, ni tus miedos, ni tus inquietudes… a ellos sólo les interesa la carnaza- sentenció, cortante, con una frase que nunca hubiese imaginado en sus labios.
- Creo que eso es una cuestión de opiniones. Después de haber sido yo el que ha escrito este relato me parece muy frívolo lo que acabas de decir. Deberías haber aprendido que si una persona corre abatida, siempre habrá alguien que la siga.
Una mañana gris, me dijo que si me unía a él para ir al cine por la tarde, que le interesaba una película en concreto. Por supuesto, me apetecía ir, pero tenía trabajo en la facultad y tuve que rechazar sus planes. Durante la tarde, también gris, que invitaba a la melancolía, me acordé de él. Fue una sensación extraña…no sé…como si lo conociera y al mismo tiempo fuéramos dos personas prácticamente desconocidas, distantes. Una sensación de vacío, sin duda. Me dirigí a casa, estaba cansada física y mentalmente y lo único que me podía apetecer en aquellos instantes era descansar. Sin embargo, caminando abstraída por la ciudad, pasé por delante de aquel cine que siempre frecuentábamos. De repente lo vi. Corría moviendo los brazos, pero abatido al mismo tiempo. Fue como una visión. Durante unos instantes no supe si aquello era una alucinación mental o si realmente la historia se repetía. El eterno ciclo. Esta vez, precisamente la más necesaria, no le seguí. Consideraba que tal vez era únicamente un ritual que repetía cuando acudía al cine solo. ¿Por qué no? No iba a ser yo quien lo jugara. Otra vez. Y quizás erróneamente.
Cuando llegué a casa, introduje las llaves en la cerradura con desgana, y apenas me di cuenta de que había una nota colgada. Era una línea.
“Al final he ido a Suecia a deshacerme de mis miedos. Muchas gracias.”
Escueto. Y frío. Como era él siempre. Ni un “gracias”, un “fue bonito mientras duró”, un “estaremos en contacto”. Esta aparente normalidad fue la que hizo que no me inquietase, sobreentendí que me llamaría, o que sería un viaje temporal, o que me mandaría una carta. O…
Por supuesto, pensé que esa nota era motivo de alegría y la interpreté como un mensaje optimista. Al parecer, me equivoqué. No volví a saber nada más de él, hasta años después, que me he enterado de su muerte. Imaginando su vida al margen de la mía, disfrutando, satisfecho… La ingenuidad no tiene límites: nuestro mundo mental puede ser tan distinto a lo que verdaderamente sucede. Un viaje temporal…ay, si yo supiese que aquella nota era una despedida.
Javier alzó la vista del papel, me miró, volvió a mirar al papel, y con esa sonrisa tan suya que siempre es preludio de algo de lo que no está verdaderamente convencido, me dijo:
- Demasiado trágico. No me convence.
- El dramatismo está infravalorado en estos tiempos… ¿es el dramatismo malo?-pregunté yo, incrédulo, intentando saber su opinión.
- El dramatismo no es malo en sí-se detuvo, vacilante-, pero este relato parece como si…como si ilustrase tus propios miedos… Entiéndeme -me dijo, ahora sonriente.
- ¿Y si así fuese?
- No te lo publicaría. Es más, eso es exactamente lo que voy a hacer. Los lectores no quieren saber los detalles de tu vida, ni tus miedos, ni tus inquietudes… a ellos sólo les interesa la carnaza- sentenció, cortante, con una frase que nunca hubiese imaginado en sus labios.
- Creo que eso es una cuestión de opiniones. Después de haber sido yo el que ha escrito este relato me parece muy frívolo lo que acabas de decir. Deberías haber aprendido que si una persona corre abatida, siempre habrá alguien que la siga.





