Resumen de agosto en breves pinceladas
Creo que me he tomado demasiado en serio esto de las vacaciones y casi me olvido de que tengo un blog... Menos mal que está Laura por aquí para llenarme la casa de avispas.
Supongo que es una buena manera de recordarme que a) Odio los insectos, b) Tengo que mudarme y c) Antes de b), tengo que avisar a dónde me marcho.
Sí, eso tendría que hacer. Pero como aún sigo sin ninguna gana de mover un dedo, por más que ahora los esté poniendo en marcha para teclear, lo dejo para más adelante.
Es curioso cómo pasa el tiempo. Lo lento que fue julio, con los exámenes, la agonía de la espera por saber las notas... (ah, por cierto, llegaron por correo las notas de las oposiciones y vi que en el oral mi nota fue un 6,1 o algo así) y llega agosto y, de repente, se va: ni playa, ni total desconexión, ni ohhhs, ni ranas, ni una ciudad llamada Roma en la cual tu día a día forma parte de una dinámica tan distinta a la habitual que además de todos los monumentos (y edificios bellos :p), estatuas, pinturas y cualquier rincón barnizado de un encanto con cientos de años de existencia, encuentras que tus amigos son tu casa y que las distancias son un accidente que depende de las circunstancias se puede sortear.
También es cierto que una semana da para poco, por más que se estire hasta lo inimaginable, hasta que las agujetas, las ampollas en su caso o el cansancio tiren de tus pocas fuerzas con una fuerza sobrenatural hasta la cama para no despegar los párpados e incluso hacer dudar si lo que sueñas es real o si lo real es el sueño del que no quieres despertar. Cuesta quedarte con un lugar, con un momento:
La media hora creyendo que estaba pasando muy bien el duro trago del vuelo, pensando que el aterrizaje lo había llevado mejor de lo que esperaba, cuando el avión sólo estaba buscando pista y aún no habíamos despegado; la espera de las maletas en la cinta transportadora de Fiumicino, rechazando maletas que nos corresponden; el viaje surrealista por la Italia profunda en un cutreautobús que parecía destinado nada más que para nosotros y que al final acabó hasta los topes, con ostiazo y risas consiguientes de un pobre hombre con peluquín; la primera excursión por esas calles tan duras y generalmente mal pavimentadas, algo que
iba a ser tranquilito, una toma de contacto, y que se prolongó durante horas hasta el agotamiento; ver el Coliseo romano y darte cuenta que de verdad estás en Roma; echar una moneda en la Fontana de Trevi y después tomarte un taglio de pizza escandalosamente buena, sobre todo la de berenjena; no cansarte de hacerle fotos a cada rincón que te deslumbra; vuestras risas escandalizando el tránsito silencioso de un metro de tan sólo dos líneas; los comentarios sobre un "chulo putas" italiano y además "molto piccolo" con bolsa de Zara que al final resultó ser español...; subir unas escaleras (escaleras, escaleras, miles de escaleras: más que la ciudad eterna, las eternas escaleras) en una calleja aparentemente apartada del mundo, girar a la izquierda y toparte de pronto con el Moisés de Miguel Ángel; fotografiar las esculturas para darles existencia, en vez de quedarte extasiado y contando los pliegues como si eso fuera arte y negando las indudables ventajas de tenerlo almacenado en tu cámara (y, por tanto, en tu memoria); las compras en las tiendas de ropa italiana, con las simpáticas dependientas creyendo que dos de nuestros amigos son matrimonio; el ambiente bohemio de la Piazza Navona, con músicos por doquier y una fuente impresionante de Bernini en su centro, que descubrimos la 2ª vez que fuimos; la pizzería (Taberna .....) al lado del Tíber, con ese camarero vacilón y ese ambiente irrepetible; la Piazza del Campo di Fiori, donde acabábamos casi cada noche quizá por el efecto magnético de la elegancia y el porte de Carmen; esos helado de bacci (o como se escriba) del Mc Donalds; lo que pega un simple limoncello; hacer una foto (sin flash, tampoco hay que pasarse) en la Capilla Sixtina pese a que lo prohíben, sentirme malo por un rato, hasta que aparece uno y te llama la atención y apagas la cámara más veloz que un rayo (qué mal salieron, aunque les hice creer a mis amigos, al fotografiar un póster fuera, que mi foto de la creación había sido inmejorable); entrar como un santo al Vaticano y acabar echando espumarajos por la boca, casi endemoniadamente, porque una de las escenas más famosas del Evangelio, la de Cristo echando de la sinagoga a los mercaderes, se ha convertido en la metáfora más triste de lo que es la propia Iglesia, una cueva de mercaderes; esa noche prohibida y no autorizada en nuestro cuartel general; la última cena, que supuestamente iba a ser fastuosa, pero nos fallaron las monjas que regentaban un restaurante idílico, al estar de vacaciones, y luego que hacia las once muchos restaurantes cerraban; los pollos automovilísticos que se montan, ver cómo los coches no se paran cuando te ven cruzar, sino que te esquivan; entrar en los transportes públicos de gorra, por la parte de atrás, y darte rabia haberte gastado 18 euros en un billete para una semana; ir a la zona de marcha, en el Trastévere, y ver que no sólo no hay ni dios sino que ni hay calles iluminadas, y salir zumbando de allí en el primer tranvía que ves llegar; lo difícil que puede resultar regalarle rosas a tres amigas y el lío que se puede formar con el indio que te las vende...
Me dejo tantas cosas que hace de Roma una ciudad a la que habrá que volver algún día.
Y hablando de volver... Ahora toca volver al instituto. El viernes, a dos en una misma mañana. El antiguo y el nuevo. Y madrugando. Se acaba lo bueno. Empieza otro curso. El 3º. Pero mientras, gracias a los que habéis hecho de este mes de agosto algo inolvidable. Vosotros sabéis quiénes sois ;-)
Supongo que es una buena manera de recordarme que a) Odio los insectos, b) Tengo que mudarme y c) Antes de b), tengo que avisar a dónde me marcho.
Sí, eso tendría que hacer. Pero como aún sigo sin ninguna gana de mover un dedo, por más que ahora los esté poniendo en marcha para teclear, lo dejo para más adelante.
Es curioso cómo pasa el tiempo. Lo lento que fue julio, con los exámenes, la agonía de la espera por saber las notas... (ah, por cierto, llegaron por correo las notas de las oposiciones y vi que en el oral mi nota fue un 6,1 o algo así) y llega agosto y, de repente, se va: ni playa, ni total desconexión, ni ohhhs, ni ranas, ni una ciudad llamada Roma en la cual tu día a día forma parte de una dinámica tan distinta a la habitual que además de todos los monumentos (y edificios bellos :p), estatuas, pinturas y cualquier rincón barnizado de un encanto con cientos de años de existencia, encuentras que tus amigos son tu casa y que las distancias son un accidente que depende de las circunstancias se puede sortear.
También es cierto que una semana da para poco, por más que se estire hasta lo inimaginable, hasta que las agujetas, las ampollas en su caso o el cansancio tiren de tus pocas fuerzas con una fuerza sobrenatural hasta la cama para no despegar los párpados e incluso hacer dudar si lo que sueñas es real o si lo real es el sueño del que no quieres despertar. Cuesta quedarte con un lugar, con un momento:
La media hora creyendo que estaba pasando muy bien el duro trago del vuelo, pensando que el aterrizaje lo había llevado mejor de lo que esperaba, cuando el avión sólo estaba buscando pista y aún no habíamos despegado; la espera de las maletas en la cinta transportadora de Fiumicino, rechazando maletas que nos corresponden; el viaje surrealista por la Italia profunda en un cutreautobús que parecía destinado nada más que para nosotros y que al final acabó hasta los topes, con ostiazo y risas consiguientes de un pobre hombre con peluquín; la primera excursión por esas calles tan duras y generalmente mal pavimentadas, algo que
iba a ser tranquilito, una toma de contacto, y que se prolongó durante horas hasta el agotamiento; ver el Coliseo romano y darte cuenta que de verdad estás en Roma; echar una moneda en la Fontana de Trevi y después tomarte un taglio de pizza escandalosamente buena, sobre todo la de berenjena; no cansarte de hacerle fotos a cada rincón que te deslumbra; vuestras risas escandalizando el tránsito silencioso de un metro de tan sólo dos líneas; los comentarios sobre un "chulo putas" italiano y además "molto piccolo" con bolsa de Zara que al final resultó ser español...; subir unas escaleras (escaleras, escaleras, miles de escaleras: más que la ciudad eterna, las eternas escaleras) en una calleja aparentemente apartada del mundo, girar a la izquierda y toparte de pronto con el Moisés de Miguel Ángel; fotografiar las esculturas para darles existencia, en vez de quedarte extasiado y contando los pliegues como si eso fuera arte y negando las indudables ventajas de tenerlo almacenado en tu cámara (y, por tanto, en tu memoria); las compras en las tiendas de ropa italiana, con las simpáticas dependientas creyendo que dos de nuestros amigos son matrimonio; el ambiente bohemio de la Piazza Navona, con músicos por doquier y una fuente impresionante de Bernini en su centro, que descubrimos la 2ª vez que fuimos; la pizzería (Taberna .....) al lado del Tíber, con ese camarero vacilón y ese ambiente irrepetible; la Piazza del Campo di Fiori, donde acabábamos casi cada noche quizá por el efecto magnético de la elegancia y el porte de Carmen; esos helado de bacci (o como se escriba) del Mc Donalds; lo que pega un simple limoncello; hacer una foto (sin flash, tampoco hay que pasarse) en la Capilla Sixtina pese a que lo prohíben, sentirme malo por un rato, hasta que aparece uno y te llama la atención y apagas la cámara más veloz que un rayo (qué mal salieron, aunque les hice creer a mis amigos, al fotografiar un póster fuera, que mi foto de la creación había sido inmejorable); entrar como un santo al Vaticano y acabar echando espumarajos por la boca, casi endemoniadamente, porque una de las escenas más famosas del Evangelio, la de Cristo echando de la sinagoga a los mercaderes, se ha convertido en la metáfora más triste de lo que es la propia Iglesia, una cueva de mercaderes; esa noche prohibida y no autorizada en nuestro cuartel general; la última cena, que supuestamente iba a ser fastuosa, pero nos fallaron las monjas que regentaban un restaurante idílico, al estar de vacaciones, y luego que hacia las once muchos restaurantes cerraban; los pollos automovilísticos que se montan, ver cómo los coches no se paran cuando te ven cruzar, sino que te esquivan; entrar en los transportes públicos de gorra, por la parte de atrás, y darte rabia haberte gastado 18 euros en un billete para una semana; ir a la zona de marcha, en el Trastévere, y ver que no sólo no hay ni dios sino que ni hay calles iluminadas, y salir zumbando de allí en el primer tranvía que ves llegar; lo difícil que puede resultar regalarle rosas a tres amigas y el lío que se puede formar con el indio que te las vende...
Me dejo tantas cosas que hace de Roma una ciudad a la que habrá que volver algún día.
Y hablando de volver... Ahora toca volver al instituto. El viernes, a dos en una misma mañana. El antiguo y el nuevo. Y madrugando. Se acaba lo bueno. Empieza otro curso. El 3º. Pero mientras, gracias a los que habéis hecho de este mes de agosto algo inolvidable. Vosotros sabéis quiénes sois ;-)





