Por fin el primer día en la nave nodriza terráqueo-eduacional
Tras salir huyendo del presidente impertinente (le preguntaré si se llama Vicente) corrí y corrí perdiendo prendas, al parecer sobrantes, de ropa por el camino. Así, con un sólo pantalón y una camisa (me sentía desnudo respecto a mi indumentaria anterior), llegué al Ins It Uto.
- Usted ¿qué horas son éstas de llegar?
Miré mi reloj y consulté el horario del humano docente a quien estaba usurpando el cuerpo.
- Pues las de ir a clase.
Frunció el ceño en plan amenazador pasivo.
- Que sepa usted que aquí el horario de entrada es a las 0825 a.m.
Sonreí. Es lo que hacen algunos seres humanos bajitos cuando los altos llaman su atención. Y parace que funciona, porque tras ver esa sonrisa, cambian inmediatamente de tono de voz.
- Mire -dije, al menos éste especímen humano era educado a la manera gaseosa de mi planeta; por tanto, respondí de igual modo-. Es que no tengo que dar clase hasta dentro de cinco minutos.
Le cambió la expresión del rostro.
- Uy, perdón ¿es usted profesor?
Asentí.
- No sabe cuánto lo siento... pase, pase.
El tipo no me había sentado, pero intuí que esa era la forma de disculpa en el planeta y volví a sonreir, me despedí y fui buscando mi despacho.
El lugar era inmenso, más que mi piso, lo juro. Busqué algún signo o marca identificadora y hallé uno con la silueta de un hombre. Ésa debía ser otra entrada para humanos. Yo ahora era humano, así que entré.
Había varios compartimentos y varias butacas de pared. Supuse que sería los asientos del profesorado y me senté en uno puesto que no había un nombre que marcara propietario.
Cinco minutos después entró una persona bajita y salió riéndose; al rato, apareció la misma persona bajita junto con otras bajitas y todos se rieron. ¿Tendría algo mal puesto en mi cara? A lo mejor en la tierra los ojos no van a ambos lados de la nariz (para mí lo lógico sería poner uno en la cara y otro en el cogote, sino ¿cómo van a ver lo que les venga por detrás?).
Por fin, cuando ya no podía contar con todos los dedos del cuerpo (y son 21 en los humanos varones, que lo he estudiado) el número de humanos bajitos riéndose, apareció un humano alto.
- Pero Miguel -me dijo, ese era el nombre del cuerpo ocupado-, ¿qué haces ahí? ¿Estás malo?
Yo me levanté de mi asiento empotrado. Un tanto incómodo, porque tenía una fuga de agua y tenía toda la espalda y la culera empapadas.
- Esperaba.
- Mira que caerte ahí. Si estabas malo no haber venido todavía, hombre.
Me ayudó a ponerme erguido.
- Niño, vete a jefatura y di que Miguel, el profesor de Lengua, está aquí. Pero que todavía está malo, me lo he encontrado en el baño. Voy a subir con él a su departamento.
Estaba un poco confuso y no supe qué decir, así que simplemente me dejé llevar por aquel guía.
Ahora estoy en el departamento solito. El guía se fue a por un termo y un metro. No sé para qué. Ya veremos. Mientras, aprovecho para escribir estas líneas.
- Usted ¿qué horas son éstas de llegar?
Miré mi reloj y consulté el horario del humano docente a quien estaba usurpando el cuerpo.
- Pues las de ir a clase.
Frunció el ceño en plan amenazador pasivo.
- Que sepa usted que aquí el horario de entrada es a las 0825 a.m.
Sonreí. Es lo que hacen algunos seres humanos bajitos cuando los altos llaman su atención. Y parace que funciona, porque tras ver esa sonrisa, cambian inmediatamente de tono de voz.
- Mire -dije, al menos éste especímen humano era educado a la manera gaseosa de mi planeta; por tanto, respondí de igual modo-. Es que no tengo que dar clase hasta dentro de cinco minutos.
Le cambió la expresión del rostro.
- Uy, perdón ¿es usted profesor?
Asentí.
- No sabe cuánto lo siento... pase, pase.
El tipo no me había sentado, pero intuí que esa era la forma de disculpa en el planeta y volví a sonreir, me despedí y fui buscando mi despacho.
El lugar era inmenso, más que mi piso, lo juro. Busqué algún signo o marca identificadora y hallé uno con la silueta de un hombre. Ésa debía ser otra entrada para humanos. Yo ahora era humano, así que entré.
Había varios compartimentos y varias butacas de pared. Supuse que sería los asientos del profesorado y me senté en uno puesto que no había un nombre que marcara propietario.
Cinco minutos después entró una persona bajita y salió riéndose; al rato, apareció la misma persona bajita junto con otras bajitas y todos se rieron. ¿Tendría algo mal puesto en mi cara? A lo mejor en la tierra los ojos no van a ambos lados de la nariz (para mí lo lógico sería poner uno en la cara y otro en el cogote, sino ¿cómo van a ver lo que les venga por detrás?).
Por fin, cuando ya no podía contar con todos los dedos del cuerpo (y son 21 en los humanos varones, que lo he estudiado) el número de humanos bajitos riéndose, apareció un humano alto.
- Pero Miguel -me dijo, ese era el nombre del cuerpo ocupado-, ¿qué haces ahí? ¿Estás malo?
Yo me levanté de mi asiento empotrado. Un tanto incómodo, porque tenía una fuga de agua y tenía toda la espalda y la culera empapadas.
- Esperaba.
- Mira que caerte ahí. Si estabas malo no haber venido todavía, hombre.
Me ayudó a ponerme erguido.
- Niño, vete a jefatura y di que Miguel, el profesor de Lengua, está aquí. Pero que todavía está malo, me lo he encontrado en el baño. Voy a subir con él a su departamento.
Estaba un poco confuso y no supe qué decir, así que simplemente me dejé llevar por aquel guía.
Ahora estoy en el departamento solito. El guía se fue a por un termo y un metro. No sé para qué. Ya veremos. Mientras, aprovecho para escribir estas líneas.
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