La sonrisa de Luis
GataGata:
Para ganarle a Luisito arriba de un ring había que matarlo. No había otro modo. Claro que matar a Luisito arriba de un ring no era una empresa al alcance de cualquiera.
Siempre palante, Luisito siempre palante, bamboleando a un lado y a otro esa cabeza rotunda de pelos negros como chuzas, extraño mascarón de proa destinado no a recibir los embates de las olas sino el de puños macizos como piedras. Parecía no importarle lo que pudiera caerle encima, el tipo siempre palante, preocupado solamente por encontrar esos centímetros cuadrados libres en la defensa del rival , el espacio mínimo necesario para que sus manos voraces dieran cumplimiento a la tarea. Esas manos como yunques que destrozaban hígados y mandíbulas del mismo modo que el martillo del carpintero remacha el clavo o la llave del mecánico ajusta la tuerca ritual. Solo que las manos de Luis, sus puños cerrados, además de procurarle el pan serían el ábrete sésamo que despejaría el tantas veces fantaseado acceso a la riqueza. Porque Luisito sería campeón. Al menos eso era lo que creíamos todos los que entrenábamos junto a él en las viejas instalaciones del legendario "American Boxing Club".
Pero Luisito no tenía paciencia, a Luisito le urgía escapar de los mordiscos cotidianos de su pobreza.
Para subir a un ring hay que contar con un determinado umbral de arrojo, de locura, de rabia o de tristeza. O con la mezcla de cada uno de esos ingredientes. Más allá de ese umbral, de esa cota mínima de coraje, es posible y legítimo establecer una gradación de valentías. Por eso no es absurdo hablar de boxeadores valientes y de boxeadores cobardes. Arriba de un ring se es como se es en la vida. Están los que viajan siempre aferrados al freno de mano, luego los que aceleran cuando hay que acelerar y frenan cuando es aconsejable hacerlo, y finalmente están los otros, los temerarios, los que sienten la fiebre vital de viajar siempre a fondo, con el peligro como ángel o demonio de la guarda.
Luisito, arriba o abajo del cuadrilátero, no sabía vivir fuera de los límites de esa estrecha parcela en que la audacia se parece tanto a la temeridad.
En aquellos días yo ya tenía muchas dificultades para dar los setenta kilos en la báscula y me sentía más cómodo boxeando con los medianos, de modo que era dos categorías más pesado que Luis. Esta ventaja a mi favor me convertía en un sparring ideal cuando Luisito tenía que preparar combates complicados. Cada tarde hacíamos sesiones de guante de cuatro o cinco rounds y a pesar de la simpatía mutua que nos profesabamos, resultaba inevitable terminar sacudiendonos como si en lugar de las cuerdas del modesto "American Boxing" aquello fuera el ring central del "Madison Square Garden" en la última pelea de la noche por el título mundial. Amor propio, vanidad, machismo atávico, que mas da, la cuestión es que el guión era siempre el mismo, idéntico cada tarde al escenificado la tarde anterior.
Siempre igual, Gata: Luisito que se me viene encima todo el tiempo, de frente como un tractor, tirando y tirando con esa manera suya de respirar que parecía el bufido de un toro. Y yo que le descargaba todo lo que tenía - todo lo que quería - sobre esa cabeza de granito. Pero era inútil, era como si nada. Luisito palante, basculando el torso entre resoplidos. De repente una descarga eléctrica me paralizaba como si desde mis pies alguien se hubiera colgado al nervio de la muela: me había embocado, Luisito me había embocado un gancho de los suyos en plena carretilla. Ahora había que aguantar como se pudiera el avance insoportable de aquella máquina de tirar golpes. Yo reculaba intentando salirle por los flancos para garrotearlo por afuera, y meta cintura y cross, cintura y cross, cintura y cross, moviendome y buscandole siempre el hígado para dejarlo sin piernas. Boxeandolo a la contra hasta que por ahí, zas, lograba conectarlo seco y preciso al mentón, con ese jab de derecha inapelable, latigazo letal que era mi mejor arma. Entonces sí, pensaba yo, ahora sí, me decía a mí mismo, ahora Luisito se va a ir a dormir con los zapatos puestos. Noni noni Luisito. Arrorró mi niño arrorró mi sol. Porque el galletazo que se acababa de comer necesariamente lo tenía que poner de cabeza. Tenía que ser muñeco al suelo, no quedaba otra. Lejos de aflojar, Luisito alzaba la cabeza y su cara india de cobre sonreía, me sonreía luminosamente como si en lugar de recibir un mazazo lo hubieran acariciado con una cosquilla.
La primera vez que me sucedió esto - lo de mi derechazo y su sonrisa - creí que no iba a poder con mi propio desaliento. ¿ Con qué coño había que darle para frenar el avance de esa bestia?
Más tarde, después de muchas sesiones de rounds y de guantazos de ida y vuelta aprendí que la sonrisa luminosa de Luis amanecía cuando el hombre estaba "tocado". Esa sonrisa de anuncio publicitario era la respuesta del instinto cuando por fin su naturaleza había acusado el golpe, cuando el peligro encendía las alarmas. Esa sonrisa levantaba acta y dejaba constancia.
En realidad nuestra amistad se ciñó siempre al ámbito del boxeo. De nuestras vidas más allá del ring casi no hablábamos. Sin embargo no era difícil advertir que Luisito andaba metido en cosas raras. Más que nada porque aquellos eran tiempos raros y quien más, quien menos, todos guardabamos algún cadáver en el ropero. Eran años de plomo y la banda sonora de aquellos días - principalmente las noches - estaba compuesta por estampidos de balas, explosiones de bombas y chillidos de sirenas.
Y porque el bicho humano se acostumbra a todo también nosotros nos habíamos acostumbrado a convivir con el espanto.
Una tarde bochornosa de verano me distrajo de mi lectura la inusual duración de un tiroteo. Yo estaba echado en mi catre, con el ventilador casi encima de la cara. No podría asegurarlo pero juraría que esa tarde leía "Dejemos hablar al viento", del viejo Onetti. Digo, porque fue por entonces cuando descubrí el veneno sórdido y embriagador de sus historias.
Pero me distrajeron las balas.
Pam...pam...pam....y yo que pensaba: eso es una calibre cuarenta y cinco. Después tatatatatatata, el tableteo de una ametralladora. Una pausa - ¿segundos, minutos ? - y otra vez: pom....pom....pom.... Y yo arriesgando: eso tiene que ser escopeta de caños recortados, como si estuviera en un concurso de preguntas y respuestas.
Así toda la tarde.
Madre mía, pensaba yo, a ese se le tiene que estar cayendo el pelo.
No fue al día siguiente que me enteré. Me lo dijeron después, dos o tres días más tarde. "El loco" me lo contó.
A Luisito lo habían chivateado. Más de veinte milicos fueron a buscarlo. Hasta bazookas habían llevado los hijos de puta, según me contó "El loco". Rodearon el aguantadero donde se refugiaba y bloquearon todas las posibilidades de salida. Aquella casucha era una ratonera mortal.
Le dieron la voz para que se rindiera. A Luis. A Luisito: que se rindiera. Y Luisito con los dos revólveres, con la "Luger" y con la munición que le quedaba les hizo saber a los milicos qué era lo que pensaba de la propuesta.
No hubo caso. Toda la tarde metiendole bala, bala, bala, y de vez en cuando parando para gritarle que se rindiera. Y nada que hacer, Luisito resoplando como un toro y tirando, siempre tirando, como en el ring del "American Boxing".
Aquello parecía la guerra.
Ya casi de noche se hizo el silencio. La casa, los muebles y Luisito habían quedado con más agujeros que un colador.
Gata: La única forma de ganarle a Luisito era matandole. No había otra manera....
Y tú ahora vas a pensar que yo no puedo afirmar lo que te voy a decir y posiblemente tengas razón, no puedo hacerlo. Pero yo tengo la certeza porque lo sé, yo sé que cuando la bala del final le entró quemando en la carne, Luisito alzó la cabeza - la cara india de cobre - y el cielo del crepúsculo se iluminó con su sonrisa solar, con esa sonrisa de hombre que era la antítesis exacta de la mueca imbécil y cobarde de los milicos asesinos que fueron a matarle.
Los muy hijos de puta....
Tu Gato, Gata, a pesar de tanta confusión....
Para ganarle a Luisito arriba de un ring había que matarlo. No había otro modo. Claro que matar a Luisito arriba de un ring no era una empresa al alcance de cualquiera.
Siempre palante, Luisito siempre palante, bamboleando a un lado y a otro esa cabeza rotunda de pelos negros como chuzas, extraño mascarón de proa destinado no a recibir los embates de las olas sino el de puños macizos como piedras. Parecía no importarle lo que pudiera caerle encima, el tipo siempre palante, preocupado solamente por encontrar esos centímetros cuadrados libres en la defensa del rival , el espacio mínimo necesario para que sus manos voraces dieran cumplimiento a la tarea. Esas manos como yunques que destrozaban hígados y mandíbulas del mismo modo que el martillo del carpintero remacha el clavo o la llave del mecánico ajusta la tuerca ritual. Solo que las manos de Luis, sus puños cerrados, además de procurarle el pan serían el ábrete sésamo que despejaría el tantas veces fantaseado acceso a la riqueza. Porque Luisito sería campeón. Al menos eso era lo que creíamos todos los que entrenábamos junto a él en las viejas instalaciones del legendario "American Boxing Club".
Pero Luisito no tenía paciencia, a Luisito le urgía escapar de los mordiscos cotidianos de su pobreza.
Para subir a un ring hay que contar con un determinado umbral de arrojo, de locura, de rabia o de tristeza. O con la mezcla de cada uno de esos ingredientes. Más allá de ese umbral, de esa cota mínima de coraje, es posible y legítimo establecer una gradación de valentías. Por eso no es absurdo hablar de boxeadores valientes y de boxeadores cobardes. Arriba de un ring se es como se es en la vida. Están los que viajan siempre aferrados al freno de mano, luego los que aceleran cuando hay que acelerar y frenan cuando es aconsejable hacerlo, y finalmente están los otros, los temerarios, los que sienten la fiebre vital de viajar siempre a fondo, con el peligro como ángel o demonio de la guarda.
Luisito, arriba o abajo del cuadrilátero, no sabía vivir fuera de los límites de esa estrecha parcela en que la audacia se parece tanto a la temeridad.
En aquellos días yo ya tenía muchas dificultades para dar los setenta kilos en la báscula y me sentía más cómodo boxeando con los medianos, de modo que era dos categorías más pesado que Luis. Esta ventaja a mi favor me convertía en un sparring ideal cuando Luisito tenía que preparar combates complicados. Cada tarde hacíamos sesiones de guante de cuatro o cinco rounds y a pesar de la simpatía mutua que nos profesabamos, resultaba inevitable terminar sacudiendonos como si en lugar de las cuerdas del modesto "American Boxing" aquello fuera el ring central del "Madison Square Garden" en la última pelea de la noche por el título mundial. Amor propio, vanidad, machismo atávico, que mas da, la cuestión es que el guión era siempre el mismo, idéntico cada tarde al escenificado la tarde anterior.
Siempre igual, Gata: Luisito que se me viene encima todo el tiempo, de frente como un tractor, tirando y tirando con esa manera suya de respirar que parecía el bufido de un toro. Y yo que le descargaba todo lo que tenía - todo lo que quería - sobre esa cabeza de granito. Pero era inútil, era como si nada. Luisito palante, basculando el torso entre resoplidos. De repente una descarga eléctrica me paralizaba como si desde mis pies alguien se hubiera colgado al nervio de la muela: me había embocado, Luisito me había embocado un gancho de los suyos en plena carretilla. Ahora había que aguantar como se pudiera el avance insoportable de aquella máquina de tirar golpes. Yo reculaba intentando salirle por los flancos para garrotearlo por afuera, y meta cintura y cross, cintura y cross, cintura y cross, moviendome y buscandole siempre el hígado para dejarlo sin piernas. Boxeandolo a la contra hasta que por ahí, zas, lograba conectarlo seco y preciso al mentón, con ese jab de derecha inapelable, latigazo letal que era mi mejor arma. Entonces sí, pensaba yo, ahora sí, me decía a mí mismo, ahora Luisito se va a ir a dormir con los zapatos puestos. Noni noni Luisito. Arrorró mi niño arrorró mi sol. Porque el galletazo que se acababa de comer necesariamente lo tenía que poner de cabeza. Tenía que ser muñeco al suelo, no quedaba otra. Lejos de aflojar, Luisito alzaba la cabeza y su cara india de cobre sonreía, me sonreía luminosamente como si en lugar de recibir un mazazo lo hubieran acariciado con una cosquilla.
La primera vez que me sucedió esto - lo de mi derechazo y su sonrisa - creí que no iba a poder con mi propio desaliento. ¿ Con qué coño había que darle para frenar el avance de esa bestia?
Más tarde, después de muchas sesiones de rounds y de guantazos de ida y vuelta aprendí que la sonrisa luminosa de Luis amanecía cuando el hombre estaba "tocado". Esa sonrisa de anuncio publicitario era la respuesta del instinto cuando por fin su naturaleza había acusado el golpe, cuando el peligro encendía las alarmas. Esa sonrisa levantaba acta y dejaba constancia.
En realidad nuestra amistad se ciñó siempre al ámbito del boxeo. De nuestras vidas más allá del ring casi no hablábamos. Sin embargo no era difícil advertir que Luisito andaba metido en cosas raras. Más que nada porque aquellos eran tiempos raros y quien más, quien menos, todos guardabamos algún cadáver en el ropero. Eran años de plomo y la banda sonora de aquellos días - principalmente las noches - estaba compuesta por estampidos de balas, explosiones de bombas y chillidos de sirenas.
Y porque el bicho humano se acostumbra a todo también nosotros nos habíamos acostumbrado a convivir con el espanto.
Una tarde bochornosa de verano me distrajo de mi lectura la inusual duración de un tiroteo. Yo estaba echado en mi catre, con el ventilador casi encima de la cara. No podría asegurarlo pero juraría que esa tarde leía "Dejemos hablar al viento", del viejo Onetti. Digo, porque fue por entonces cuando descubrí el veneno sórdido y embriagador de sus historias.
Pero me distrajeron las balas.
Pam...pam...pam....y yo que pensaba: eso es una calibre cuarenta y cinco. Después tatatatatatata, el tableteo de una ametralladora. Una pausa - ¿segundos, minutos ? - y otra vez: pom....pom....pom.... Y yo arriesgando: eso tiene que ser escopeta de caños recortados, como si estuviera en un concurso de preguntas y respuestas.
Así toda la tarde.
Madre mía, pensaba yo, a ese se le tiene que estar cayendo el pelo.
No fue al día siguiente que me enteré. Me lo dijeron después, dos o tres días más tarde. "El loco" me lo contó.
A Luisito lo habían chivateado. Más de veinte milicos fueron a buscarlo. Hasta bazookas habían llevado los hijos de puta, según me contó "El loco". Rodearon el aguantadero donde se refugiaba y bloquearon todas las posibilidades de salida. Aquella casucha era una ratonera mortal.
Le dieron la voz para que se rindiera. A Luis. A Luisito: que se rindiera. Y Luisito con los dos revólveres, con la "Luger" y con la munición que le quedaba les hizo saber a los milicos qué era lo que pensaba de la propuesta.
No hubo caso. Toda la tarde metiendole bala, bala, bala, y de vez en cuando parando para gritarle que se rindiera. Y nada que hacer, Luisito resoplando como un toro y tirando, siempre tirando, como en el ring del "American Boxing".
Aquello parecía la guerra.
Ya casi de noche se hizo el silencio. La casa, los muebles y Luisito habían quedado con más agujeros que un colador.
Gata: La única forma de ganarle a Luisito era matandole. No había otra manera....
Y tú ahora vas a pensar que yo no puedo afirmar lo que te voy a decir y posiblemente tengas razón, no puedo hacerlo. Pero yo tengo la certeza porque lo sé, yo sé que cuando la bala del final le entró quemando en la carne, Luisito alzó la cabeza - la cara india de cobre - y el cielo del crepúsculo se iluminó con su sonrisa solar, con esa sonrisa de hombre que era la antítesis exacta de la mueca imbécil y cobarde de los milicos asesinos que fueron a matarle.
Los muy hijos de puta....
Tu Gato, Gata, a pesar de tanta confusión....
Comentario:
Sr. Soliloco: gracias. Sí, supongo que es como dice Usted.
Cordialmente:
El Gato de La Gata
Cordialmente:
El Gato de La Gata
Comentario:
"Bonitas" fotos, gata... ¿no estás cansada de querer ser siempre "LA" gata?...
Comentario:
aish yo.. es que... lo siento, me da mucha pereza leer tanto, en serio, lo siento T___T
Comentario:
La verdad es que despues de ver la cantidad de buitrecillos dispuestos a cobrarse una pieza que corren por aqui pensé no postear, pero despues de haberme leido el ultimo y eterno post me lo he ganado, a ver si voy a echar 15minutos en leer algo sin que la escritora sepa que lo he leido.
No estal mal aunque creo que te rayas un poco con eso de los bichos y el mesmerismo, una seudo-ciencia engañosa venida a menos.
Los gatos son gatos y las personas personas la vida es dura, pero aceptalo, las cosas son asi
;)
No estal mal aunque creo que te rayas un poco con eso de los bichos y el mesmerismo, una seudo-ciencia engañosa venida a menos.
Los gatos son gatos y las personas personas la vida es dura, pero aceptalo, las cosas son asi
;)
Comentario:
o lo escirbiste con alguna sustancia psicotropica o viendo Donnie Brasco!!! juas!!1
Comentario:
Pero perraaaaa perracaja japutaaaa yo creo que tu escribes pa acaparar los 5 sentidos de los que te leen!! porque estonoesnormalnoesnormalnoesnormal!!!! 4 veces e intentado leer y releer e intentar coger como el asunto a esto...y como que no lo pillo yo...empezamos con lo del ring y yo pienso como que lo entiendo...vale luego pasa a otra cosa y como que tambien parece que el sentido cmabia ...pero nena (y no me creo tonta la verdad!!!) es que entre las fotos que pones provocadoraputaprovocadoraaaaa jajajaj y los post que dejas pues eso que tu quieres los 5 sentidos y el que queda amos yaaaa!!!!! jajajaja perracaaaaa q te estoy calando yo a ti!! >Pero a la hora de subir al ring a mi como que se me da mu bien eh??? y provocar como que tampoco se me da mal!! aunque una ya teiene unos añitos y no esta pa poner esas fotos!!! jajajaj
Comentario:
GataGata:
Tus fotos. Tu cuerpo. Tus labios. La negrura de tu pelo negro. Allí estás,GataGata, allí estás como antes, como siempre. Y otra vez la saliva empastandome la lengua y la garganta. Y otra vez el deseo: buitre famélico cebado con mis entrañas.
Tu cerebro, Gata: La parte oscura, la sucia, la obscena....pero también la otra. La Niña.
Tu cerebro Gata, tu cerebro vestido de tanga.
Tu Gato tuyo.
Tus fotos. Tu cuerpo. Tus labios. La negrura de tu pelo negro. Allí estás,GataGata, allí estás como antes, como siempre. Y otra vez la saliva empastandome la lengua y la garganta. Y otra vez el deseo: buitre famélico cebado con mis entrañas.
Tu cerebro, Gata: La parte oscura, la sucia, la obscena....pero también la otra. La Niña.
Tu cerebro Gata, tu cerebro vestido de tanga.
Tu Gato tuyo.
Comentario:
Sigo esperando a ver si sin querer te pasas por mi tejado,sigo esperando no se a que,pero te sigo esperando.
Don Gato
Don Gato
Comentario:
Pero que es esssssstttttoooo??? Que marranada de flog!!!!!
Comentario:
Impresionante, gata da mi felicitacion a tu gato.
Supongo que el relato da mayor expresion a aquello de Better to burn out than fade away
Supongo que el relato da mayor expresion a aquello de Better to burn out than fade away
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Nena que no me entero asi com o para leerlo rapido en la oficinaaaaaa!!! quesque voy a tener que imprimirlo, subrayarlo con flurescente y hacer analisis sintactico..pero amenazo con dejarte algun comentario... ya veras ya!!!
Comentario:
Gato....
Me levanto y aplaudo...plas, plas!
Me levanto y grito.....Ahhhhhhhhhh!!!
Me acabo de levantar y puede que por las legañas, puede que por tu relato..mis ojos tienen lágrimas...
Sólo tú y nadie más que vos...Sos mi Gato...porque a pesar de tanta confusión....
Miaaaaaaaaaaaaauu!!!
Me levanto y aplaudo...plas, plas!
Me levanto y grito.....Ahhhhhhhhhh!!!
Me acabo de levantar y puede que por las legañas, puede que por tu relato..mis ojos tienen lágrimas...
Sólo tú y nadie más que vos...Sos mi Gato...porque a pesar de tanta confusión....
Miaaaaaaaaaaaaauu!!!
Comentario:
Espero a ver ke foto pones para este relato a ve si guarda relacion ^_^
Comentario:
24 años, gata? he leido por ahi abajo,
nada peor que una gata encima de un tejado de cinz.. caliente
nada peor que una gata encima de un tejado de cinz.. caliente





