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DIARIO DE UN TREINTANERO
¿SERÁ POSIBLE SOBREVIVIR CON UN POCO DE DIGNIDAD?
Acerca de
Creo que, a estas alturas, solo hay dos opciones: o quemarse a lo Bonzo o tratar de seguir adelante

Sindicación
 
La vida en un juego
Pues ayer, intentando sublimar mi ansiedad con el zapping, reparo en el programa ese de los que están en una selva adelgazando como locos. Y estaban haciendo una especie de prueba tras de la cual al ganador le ponían unos collares. Sin comentarios a esto.

La prueba consistía en mantenerse a flote de pie sobre unas pequeñas balsas de troncos que flotaban junto a la orilla. Había una balsa para cada náufrago y, tras subirse cuidadosamente, al poco tiempo fueron cayéndose hasta que quedó el laureado vencedor.

Y mientras miraba yo ese concurso, en vez de centrarme en lo buena que está Aida (nombre que enseguida fijé en mi memoria, por lo operístico, claro), me puse a reflexionar.
Soy un enfermo, lo reconozco.

Y pensé en la prueba de las balsas como una metáfora de la vida:

1. De entrada, aunque lo parezcan, las balsas flotantes no son iguales. Están hechas de troncos irregulares por lo que es muy posible que algunas sean más inestables o resbaladizas que otras. Así que al empezar el juego te tocan unas condiciones que hacen que ya juegues con ventaja o desventaja.

2. Por otra parte, la inteligencia también juega un cierto papel, aunque no definitivo: la chiquita rubia compacta fue la que mejor aplicó las leyes de la física adoptando una postura en que el centro de gravedad era más centrado y más bajo. Aún así, aunque por poco, no consiguió ganar.

3. El tesón y la templanza también influyen: el larguirucho delgado, que ganó, adoptó la postura más inadecuada pero aguantó como un javato, impertérrito, sin que nada le afectase.

4. Pero, por otra parte, en el resultado no sólo influía la actitud de cada uno sino la de los que tenían alrededor. P.ej. al caer al agua algún concursante, provocaba olas y desestabilizaba a los de al lado, que podían llegar a caer también por contagio.

En fín, como la vida misma... Sí, ya sé, tengo que centrarme más en el escote de Aida.
 
El intelecto y la madre que lo parió
Pues sí, estadísticamente es dudoso considerar el cerebro como un aliado del individuo. Si nos fiamos de las ciencias de la conducta, gran parte de nuestros problemas son provocados por nuestro cerebro, esa máquina tan maravillosa tan llena de potenciales pero que, en general, parecen orientados o a doblar cucharillas en el programa de Iñigo o a amargarnos la vida. Y si los problemas son externos, es nuestro cerebro el que los valora o no como cruciales: en definitiva, el que los convierte en problemas.

"piensas demasiado"

Es frase que me han dicho muchas veces. El término "demasiado" ya dará al lector la idea de que no es una frase elogiosa hacia la actividad intelectual. Benditos, pues, los hombres que siguen el estereotipo de simplones...

Yo reconozco mi error: si mi nivel de actividad cerebral se hubiera reducido a una décima parte seguramente no habría discutido nunca con Ella ni nunca me hubieran enfadado sus contradicciones. Y qué decir de mi jefe, estaría encantado conmigo y no se vería en la obligación de hacerme moobing. Al fin y al cabo, pensar está muy mal visto en mi empresa; si no me creen, acudan a cualquier ventanilla.
Y por si hay algún psicoanalista presente también puedo citar a mi madre, que también se ha quejado mucho de lo mucho que pienso.

Y es que, lo confieso, entre otros muchos fallos tengo el de pensar, el de escuchar lo que me dicen, observar a mi alrededor, analizar y sacar conclusiones de lo que recibe mi cerebro. Tengo la desgracia de no ser sectario, de no recibir el constante abrigo irracional de un partido político, de un equipo de futbol, de un clan. Practico una constante autocrítica, en un mundo lleno de autocomplacencia. Vamos, un asco.

Y por eso he acabado como Diógenes... pero, por favor, no dejen de saludarme si pasan por mi barril.
 
Quien pierde una mujer buena no sabe lo que gana
Pues tiene razón HSolo, que están apareciendo demasiadas mujeres citadas en los post de este blog. Sobre todo, para la vida monacal que yo llevo. Y para el poco interés que normalmente manifiesto.
Y es que no hay que ser un genio para comprender que Ella pasó por mis afectos como el caballo de Atila y dejó mi corazón (y otros órganos que no vienen al caso) hechos un asco y que cuesta enamorarse tras tanta destrucción. Supongo que cuesta, pues ni siquiera lo intento.

Y es que las autoridades sanitarias (y el Doctor Aceno) advierten que algunas mujeres son mucho más peligrosas para la salud que el tabaco, solo que el tabaco es más fácil de dejar y de ahí las campañas.

Porque a Ella resulta muy difícil eliminarla por completo de mi mente, sobre todo cuando me la puedo encontrar con tanta facilidad en este redondel flotante. Y si la evito, peor, porque entonces estoy todo ese rato pensando en evitarla y, por tanto, pensando en Ella. Vamos, que no hay manera de acertar (cosa que, por otra parte, pasa con bastante frecuencia con el mundo femenino)

Por ello, dado que no tengo el talento de Tchaikovsky, trato de vivir esta vida patética sin un amor pero con mucho humor.
Y espero que éste nunca me abandone. Yo le soy fiel desde el título hasta el final.
 
Más enredos de mi isla redonda
Ayer invité a comer a Violeta, mujer madura de Actividad Cultural, y, entre los tres platos y postre que le hice, dió para charlar bastante y mientras Violeta hablaba yo iba recomponiendo mi propia madeja vital.

Violeta vive en pueblo del interior. Casualmente, a veinte metros de mis familiares, con quien suelo comer los sábados. Allí van otros amigos de ellos, con su hija Rosa, que estudia piano y da clases con Pedro. Pedro es muy amigo de Santiago, mucho más jóven que él y ex-novio de Azucena.

Conocí a Azucena el día en que coincidimos en casa de mis familiares, que, curiosamente, trabajaron con ella. Ese mismo día me llevó al café de Magnolia, mujer tremendamente espiritual, donde tomamos té y un trozo de tarta, que, por cierto, había hecho Violeta, que, por aquel entonces, vendía su repostería allí.

La hija de Magnolia, Margarita es mezzosoprano de fama internacional y todos los años vuelve para dar algún concierto en su tierra natal (como el del otro día en que fuí con P:, en mal momento, por cierto). La primera profesora de canto de Margarita lo fue también de otra mezzo, Lilia, compañera del que luego sería mi jefe en Actividad Cultural y madre de Pre-Ella.

A Pre-Ella, la verdad, la sigo teniendo mucho cariño, aunque no la veo casi nunca. Está ahora trabajando para un compañero mio de facultad, Tomás, cuya mujer tiene una tienda a la que van muchos adolescentes, entre ellos Simón, cuyo padre estudia conmigo. Por él viví un día un bochornoso incidente pues se peleó por la marca de cerveza que tenían en el café (del cual tuvimos que irnos) con el hijo de Magnolia, Bartolomé, que ya no recibía repostería de Violeta, pues ésta decidió iniciar un negocio en un barrio nuevo... justo debajo de la casa de Ella.

Ella ¿Estuvo? casada con Mateo, con el que compró la citada casa, por cierto, en el mismo bloque que mi lamentable jefe. El mejor amigo de Mateo es Andrés, al que conoció en su anterior trabajo. Andrés y su mujer, aunque ahora viven enfrente de Ella, vivieron anteriormente en una casa con jardín donde hicieron gran amistad con su vecina, Hortensia, amiga mía y ex compañera de trabajo.

La mejor amiga de Hortensia es, sin embargo, Brezo, cuyo hijo es compañero de colegio de la hija de Violeta y su sobrino, compañero de colegio de la hija de Ella.

Tan abrumado estoy con todo esto que pido hora al psicólogo de mi centro de salud, pero, más tarde, renuncio a las sesiones, pues descubro que me corresponde la principal amiga de Ella.
Así que he decidido hacerme drag queen y así pasar desapercibido en esta isla-madeja redonda.