Uniones, intereses y desamor
"No hay más triste y árida soledad que la soledad compartida."
Nos pasamos la vida buscando compañías. Creémos que la unión con los demás nos aportará algo de lo que ellos tienen y nos complementará; buscamos conexiones que extiendan nuestra existencia.
Nos iniciamos en el Jardín de infancia, y en la escuela. Estableciendo lazos que nos producen compañia de iaguales y diversión.
En la adolescencia llegan las primeras grandes amistades, esos amigos que inician su busqueda compartida para transitar por la senda común, o bien nos unen aficiones, ideas, intereses e incluso sentimientos. Compartir es nuestra forma más limpia y sana de ampliar nuestro crecimiento.
Hasta que un día, muchos decidmos crecer unidos a otro. Como si no fuésemos enteros, alguien se convertía en nuestra otra mitad, tal y como expresa Platón, dos almas que se unen para ser completas; dos cuerpos que fluyen como una sola piel común que debería protegernos... pero pasan los años, y unos se mantienen unidos y vibrantes, y otros esposados por el aburrimiento.
A la pareja cada día hay que añadirle energía y vitalidad. Y cuando el aburrimiento asoma, ahogarlo entre libertades, sorpresas, complicidades, admiraciones y risas. Para crecer en compañía, hay que crecerse y ayudar a crecer. Mantenerse unidos con la mentira y el aburrimiento es aceptar vivir en la jaula de la desolación.
Muchas parejas se mantienen por unos intereses comunes que tienen mucho de inseguridades individuales detrás. Es el caso de esas parejas que, aún estando enamoradas de un tercero y cuarto, cada uno de ellos, continúan juntos por razones económicas y de seguridad frente al grupo (familia, amigos, circulo de amistades, etc.), renunciando y rechazando el amor (como forma de autoconvencimiento), para poder continuar con una impostura tan triste como inútil.
Nada más triste que llegar a la madurez viviendo una falacia. Los hijos se van y quedan dos silencios unidos... y una insufrible aridez en las almas.
(Imagen: "Room of being", Edward Hopper)
(Música: "Bye, bye Love", Everly Brothers)
Nos pasamos la vida buscando compañías. Creémos que la unión con los demás nos aportará algo de lo que ellos tienen y nos complementará; buscamos conexiones que extiendan nuestra existencia.
Nos iniciamos en el Jardín de infancia, y en la escuela. Estableciendo lazos que nos producen compañia de iaguales y diversión.
En la adolescencia llegan las primeras grandes amistades, esos amigos que inician su busqueda compartida para transitar por la senda común, o bien nos unen aficiones, ideas, intereses e incluso sentimientos. Compartir es nuestra forma más limpia y sana de ampliar nuestro crecimiento.
Hasta que un día, muchos decidmos crecer unidos a otro. Como si no fuésemos enteros, alguien se convertía en nuestra otra mitad, tal y como expresa Platón, dos almas que se unen para ser completas; dos cuerpos que fluyen como una sola piel común que debería protegernos... pero pasan los años, y unos se mantienen unidos y vibrantes, y otros esposados por el aburrimiento.
A la pareja cada día hay que añadirle energía y vitalidad. Y cuando el aburrimiento asoma, ahogarlo entre libertades, sorpresas, complicidades, admiraciones y risas. Para crecer en compañía, hay que crecerse y ayudar a crecer. Mantenerse unidos con la mentira y el aburrimiento es aceptar vivir en la jaula de la desolación.
Muchas parejas se mantienen por unos intereses comunes que tienen mucho de inseguridades individuales detrás. Es el caso de esas parejas que, aún estando enamoradas de un tercero y cuarto, cada uno de ellos, continúan juntos por razones económicas y de seguridad frente al grupo (familia, amigos, circulo de amistades, etc.), renunciando y rechazando el amor (como forma de autoconvencimiento), para poder continuar con una impostura tan triste como inútil.
Nada más triste que llegar a la madurez viviendo una falacia. Los hijos se van y quedan dos silencios unidos... y una insufrible aridez en las almas.
Etiquetas: desamor
