La piedad peligrosa
" Hay dos clases de piedad. Una, débil y sentimental, que en realidad sólo es impaciencia del corazón para liberarse lo antes posible de la penosa emoción ante una desgracia ajena, es una compasión que no es exactamente compasión, sino una defensa instintiva del alma frente al dolor ajeno. Y la otra, la única que cuenta, es la compasión desprovista de lo sentimental, pero creativa, que sabe lo que quiere y está dispuesta a aguantar con paciencia y resignación hasta sus últimas fuerzas e incluso más allá. ", Stefan Zweig
¿Qué puede ocurrir cuando alguien se deja llevar por la incontrolable corriente de piedad? ¿Qué efectos puede tener ese sentimiento, cuando lo que se espera no es lo que recibe? La piedad, es una fruta que suele ser mordida por aquellos que creen recibir una meritoria y dulce recompensa por los actos realizados pero que, en realidad, siempre acaba poniéndoles en su sitio, en donde deberían estar y no donde esperaban estar.
La piedad puede resultar una atractiva imagen que nos conmueve y electrifica para realizar actos que en otras condiciones nunca haríamos, pero que por ese extraño poder interior que nos vuelve enérgicos, vitales y nos dejamos llevar sin pararnos a pensar en el verdadero fondo. Es entonces, cuando el fondo sale a la luz y nos trastoca todo ese mundo irreal que nos habíamos creado y, la piedad, pasa entonces a ser una red que nos atrapa. Un compromiso que en principio fue admitido de buen grado, pero que comienza a transformarse en esa pegajosa red donde si nos movemos más nos enredamos y, si nos paramos, su simple contacto nos anula.
¿Qué hacer entonces? ¿Huir? ¿Continuar con la impostura que nos aliena de nosotros mismos? ¿Crearnos una mentira interna con la cual disfrazar la realidad que no nos place?.
Lo más saludable, antes de implicarse en un acto de piedad, es aprender a diferenciar la piedad de la compasión ("compartir la pasión"), es decir: implicarse en la ayuda, eliminando posibles emociones que perturbarán nuestra eficacia a la hora de prestar dicha ayuda.
De esto saben mucho los médicos y, como a ellos, deberia prepararse - ya sea en la familia, ya sea en las escuelas -, a todos en dichas diferencias: Sensibleria vs sensibilidad, en eso consiste, como dijo Zweig, la diferencia entre la piedad y la compasión.
(Imagen: "La limosna", Fernando Botero)
(Música: "Rehab", Amy Winehouse)
¿Qué puede ocurrir cuando alguien se deja llevar por la incontrolable corriente de piedad? ¿Qué efectos puede tener ese sentimiento, cuando lo que se espera no es lo que recibe? La piedad, es una fruta que suele ser mordida por aquellos que creen recibir una meritoria y dulce recompensa por los actos realizados pero que, en realidad, siempre acaba poniéndoles en su sitio, en donde deberían estar y no donde esperaban estar.
La piedad puede resultar una atractiva imagen que nos conmueve y electrifica para realizar actos que en otras condiciones nunca haríamos, pero que por ese extraño poder interior que nos vuelve enérgicos, vitales y nos dejamos llevar sin pararnos a pensar en el verdadero fondo. Es entonces, cuando el fondo sale a la luz y nos trastoca todo ese mundo irreal que nos habíamos creado y, la piedad, pasa entonces a ser una red que nos atrapa. Un compromiso que en principio fue admitido de buen grado, pero que comienza a transformarse en esa pegajosa red donde si nos movemos más nos enredamos y, si nos paramos, su simple contacto nos anula.
¿Qué hacer entonces? ¿Huir? ¿Continuar con la impostura que nos aliena de nosotros mismos? ¿Crearnos una mentira interna con la cual disfrazar la realidad que no nos place?.
Lo más saludable, antes de implicarse en un acto de piedad, es aprender a diferenciar la piedad de la compasión ("compartir la pasión"), es decir: implicarse en la ayuda, eliminando posibles emociones que perturbarán nuestra eficacia a la hora de prestar dicha ayuda.
De esto saben mucho los médicos y, como a ellos, deberia prepararse - ya sea en la familia, ya sea en las escuelas -, a todos en dichas diferencias: Sensibleria vs sensibilidad, en eso consiste, como dijo Zweig, la diferencia entre la piedad y la compasión.






