Gare d'Austerlitz
Nada más salir de la estación de Austerlitz se presenta un dilema. Aventurarse como un topo con una maleta de 50 kilos en las entrañas de Paris, su laberíntico y encantador metro o arriesgarse a coger un taxi y ver que suerte de conductor nos depara la fortuna. Se opta or la segunda opción por aquello del primer vistazo orientativo. Impresión: Paris en un día nublado con un calabobos haciendo resplandecer los adoquines de calles y boulevares. El taxista bordea el Sena a un ritmo ágil y nos advierte de la famosa división que éste plantea: Rive gauche, Rive droite ( la intelectual ribera izquierda, la mundana ribera derecha). Comprobamos que la lluvia ha amedrentado a casi todos los bouquinistes que pueblan los quais y mientras maldigo los rigores del clima continental recuerdo pasajes de Rayuela. La Maga de haber aparecido por la Rue de Seine seguramente hubiera llevado ese paragüas que tanto le gustaba hincar en las costillas de la gente en el metro para ganarse una porción de espacio vital. Nos alejamos del Sena y de su luz de ceniza y olivo y enfilamos las calles que nos llevan hasta la Opera y más allá. El tiempo empeora ligeramente. Parisinos y turista se refugian en brasseries y bistrots. Finalmente llegamos al hotel de la Rue Blanche, a escasos cien metros del Moulin Rouge. Cuestión de doblar una esquina y ver los cientos de sex shops del Boulevard de Clichy, la cara más transgresora de Pigalle.




