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Dias de Arena y Sidra
Andabamos buscandonos... pero sabiendo que andabamos para encontrarnos
Acerca de
De todas las cosas que se pueden hacer con un ordenador, las más inútiles son las más divertidas
Sindicación
 
Pigalle
Optamos por "escalar" la butte de Montmartre a pie, volviendo sobre nuestros pasos para examinar cuidadosamente pequeñas plazoletas o bistrots históricos. A los pies del Sacre Coeur uno se siente infinitamente pequeño. Su estilo románico-bizantino, tan criticado en sus origenes, da un extraño contrapunto al Montmartre rural casi perdido, ese Montmartre de molinos y viñedos que tan bien retrató Mandé-Daguerre del que apenas quedan indicios salvó algún que otro terruño aislado del que aun se vendimia un apreciado caldo, el thomery. Justo donde terminan los viñedos, en el antiguo cabaret Au Lapin Agile. uno puede encontrar la esencia de Montmartre: pequeñas viviendas irregulares pintadas de vistosos colores, casas enmarcadas por hiedra trepadora, un pueblo engullido por una gran urbe en el que sus ancianos polbladores aun siguen diciendo cunado van al centro: "¿Bajamos a Paris?".
Montmartre, lugar místico, cuativador, maldito, contradictorio. Montmartre del chamuscado en los setenta Bateau-Lavoir de Degas, Picasso, Juan Gris o Renoir. Montmartre también de los pintores-sacauntos de la place du Tertre. Montmartre religioso de las dos abadias y el perpetuo culto, de la decapitación de Sant Denis. Montmartre profano de los ruidosos cabarets y los animados cafes. Siempre Montmartre.
No