Uno de la Vieja Escuela
Felipe Íñiguez es el septuagenario, con el pelo ondulado y ataviado generalmente con un chándal de oferta, que me mantiene al día la máquina registradora del restaurante, la que uso para cobrar las consumiciones de barra. Para las facturas de comida me apañé un ordenador hace tres años.
Felipe es un tipo que siempre que aparece me siembra las mismas dudas: ¿Por qué sigue aún trabajando? ¿Qué es lo que le lleva a patearse restaurantes y colmados con ese vigor a su edad? Quiero pensar que es un hombre al que le gusta su oficio y el contacto con la gente aunque quizá todo se quede en una mera cuestión económica. Llegar un poco mejor a fin de mes.
Así, mientras te afloja tornillos de la registradora, te pone un rollo de tinta y te cambia una polea del rollo de papel registrador, te va soltando rutinarias sentencias futbolísticas o meteorológicas que en cualquier persona me provocan un contenido rechazo pero que en él, sea por su senecta experiencia o por su tino especial, escucho y acepto con especial interés.
Me anima ver cómo se congratula cuando el trabajo está bien hecho y las poleas, los rollos y las cintas de tinta funcionan a su perfección.
A día de hoy sigo prefiriendo a estos viejos nuestros de la Vieja Escuela, a Felipe o al perenne afilador, y paso de los preventas que me anotan los pedidos en sus agendas electrónicas de última generación.
Felipe es un tipo que siempre que aparece me siembra las mismas dudas: ¿Por qué sigue aún trabajando? ¿Qué es lo que le lleva a patearse restaurantes y colmados con ese vigor a su edad? Quiero pensar que es un hombre al que le gusta su oficio y el contacto con la gente aunque quizá todo se quede en una mera cuestión económica. Llegar un poco mejor a fin de mes.
Así, mientras te afloja tornillos de la registradora, te pone un rollo de tinta y te cambia una polea del rollo de papel registrador, te va soltando rutinarias sentencias futbolísticas o meteorológicas que en cualquier persona me provocan un contenido rechazo pero que en él, sea por su senecta experiencia o por su tino especial, escucho y acepto con especial interés.
Me anima ver cómo se congratula cuando el trabajo está bien hecho y las poleas, los rollos y las cintas de tinta funcionan a su perfección.
A día de hoy sigo prefiriendo a estos viejos nuestros de la Vieja Escuela, a Felipe o al perenne afilador, y paso de los preventas que me anotan los pedidos en sus agendas electrónicas de última generación.