Febrero
Cada vez paso más tiempo sin escribir. En realidad, tengo muchas cosas aparcadas y aún no sé si las retomaré todas. Por lo pronto, hoy me he sentado delante del ordenador con fines creativos, lo cual ya es un gran paso.
El final del año pasado fue pésimo. Incluso me llegué a asustar porque tantos problemas en cadena me sonaron a “mal de ojo”. Un mal de ojo no tiene por qué ser una maldición consciente y dirigida por parte de otra persona. La envidia, los celos, los malos deseos… pueden transformarse en malos presagios, malos consejeros para quien los siente, y malos resultados para quien los sufre. Pero no me considero lo suficientemente importante como para que nadie me tenga envidia, ni lo suficientemente mala como para que nadie quiera maldecirme.
Diciembre fue un mes cuando menos intenso. Parece que desde que perdí parte de mi sustento económico, o uno de mis dos trabajos, todo iba a recorrer una fuerte pendiente descendente. Suerte que, al ser el último mes del año, es fácil recurrir a aquello de “año nuevo, vida nueva” como elemento de consuelo y tranquilizador (y algo tonto, también, para qué negarlo). Porque llegó un momento en que temí que tenía a alguna sombra negra planeando sobre mí, y que cada día sería peor que el anterior.
Para empezar, la familia de mi alma gemela, que me cuida desde el cielo, me da la espalda. Y eso duele. Sé perfectamente que ellos no son él, y mi amigo era él, y ya no está, y cerca de ellos no estoy cerca de él. Pero duele. Él está conmigo, de alguna forma, porque cada día le recuerdo por algo. Y esa es la manera de acercarme a él. Pero se ha cometido una injusticia conmigo. Y no soy mala.
Diles que yo no soy mala.
El día de nochebuena, al despertar por la mañana, enciendo el móvil. Me sorprende ver una llamada perdida de mi casa, a las tres de la madrugada. Afortunadamente, soy una persona tranquila de espíritu y nada alarmista, aunque sé que algo ha ocurrido.
Ese algo es un accidente de coche de mi hermana del que, por suerte, al margen del susto, ha salido prácticamente ilesa, aunque le ha costado el coche. Con esto no apunto al materialismo, sino a que el impacto fue tremendo, de frente contra una roca. Cualquiera que vea ese coche, pone la mano en el fuego por que sus ocupantes no han salido vivos de ahí dentro.
Las fiestas navideñas, en cambio, son las mejores que recuerdo en años. En mi familia se respiró una paz y una unión que no recordaba haber vivido nunca. Tal vez por el susto de mi hermana, que volvió a nacer, porque mi hermano volvió a casa por navidad, porque todos crecemos, maduramos, y nos vamos conociendo y aceptando con nuestros defectos y virtudes, y con nuestros buenos y malos momentos, o porque este año tocaba que fuera así. Y espero que no sea el último.
Pero la paz navideña no nos concedió un solo día de retribución. Justo después de fiestas, mi madre tuvo que ingresar en el hospital, con una crisis respiratoria aguda. Curiosamente, empecé a pensar que menuda estupidez era el haberme hundido por perder un trabajo un par de meses antes, o por sentirme ignorada por mi jefe.
Tal vez la vida quería darme una lección, porque tiempo atrás había empezado a valorar las cosas y a darles su justa importancia, pero aparentemente se me estaba olvidando. Me apartaba del camino y tenía que volver a él. Pero, mierda, ¿es necesario darme estos sustos? Basta de mala racha. Tampoco creo haber hecho nada tan malo.
Mi madre estuvo una semana hospitalizada. Esa semana, yo estuve totalmente ida, por la incredulidad que me acompañaba durante aquellos días. La gota colmó el vaso y empezó a desbordar. Sé que no son desgracias, que todo está saliendo bien, menos mal que dentro de lo malo, todo es bueno…
Pues no. No, no y no. No quiero seguir dando las gracias, lo estoy pasando mal, y encima me siento culpable por ello. ¿Por qué no tengo derecho a pasarlo mal? ¿Quién o qué hace que me sienta una criminal por eso? He nacido en el lado afortunado del mundo, y lo paso mal. ¿Con qué excusa?
¿Es que acaso necesito una excusa?
Mi conflicto podría definirse más como eterno que como interno, porque siempre está mi dualidad mareando la perdiz. Tengo dos almas dentro que discuten por todo… Al final, la solución será el divorcio. Que una de ellas se marche para siempre…
Entre accidentes, hospitalizaciones, invisibilidades laborales, soledad, abandono, y el recién llegado invierno, que me mata, tuve algunos problemas domésticos con los desagües. Un buen día, tras encender un velón navideño que, junto a una herradura dorada y un poco de sal, iba a alejar las malas energías de mi entorno, empezó a llover en el baño pequeño. Literalmente. Al oír el sonido de agua cayendo de no sé sabe dónde, el susto fue poco. Y al verla saliendo a chorro del foco halógeno, los ojos se me salieron de las órbitas. Metafóricamente.
Subí a sacar al vecino de su apacible baño, y me enteré de que algunos pisos habían tenido problemas con los desagües. Esta pila no traga bien, aquel plato de ducha se emboza… Como suele suceder, por desidia, por pereza o por causas ajenas a nuestra voluntad, las cosas no se arreglan hasta que ya es tarde. Y el primer día laborable del año, ciertamente, fue tarde. Me desperté algo más pronto de la hora habitual, y me pareció oír un sonido como el del trago de un gigante. Al abrir la puerta del dormitorio, sentí un nauseabundo olor a baño sucio, a alcantarilla. Y cuando me encontré chapoteando en el pasillo, me di cuenta de que la cosa era seria. Del plato de ducha, a borbotones, salía agua sucia (eufemismo para lo que “claramente” era). El pasillo inundado, y la “abominable criatura de la cloaca” reptando imparable hacia el salón. Mi primera reacción, como persona adulta, madura y con recursos que soy, fue ponerme a chillar, a llorar y a acordarme de todas las familias de todos mis vecinos. Pero enseguida me dije que aquello poco iba a solucionar, me puse unas zapatillas, un suéter cualquiera, y visité a todos los vecinos, llamé a la administración de fincas, a la constructora, a los de la instalación de tuberías… y no llamé a Moncloa porque no encontré el número.
El problema se arregló, y parece que ahora el agua fluye con normalidad, al igual el resto de todas esas pequeñas contrariedades que terminaron el año conmigo.
Llegué a dudar que con el final del año terminasen mis problemas, pero por lo pronto, las cosas marchan. Aún no he encontrado traducciones, pero empiezo a notar un movimiento que me dice que la cosa está cerca. También me he atrevido a pedir el aumento que creo que merezco a mi jefe y, con un poquito más de vino de la cuenta, en un buen restaurante, me atreví a eso y a decirle todo lo que llevo dentro desde hace tanto tiempo. Lo del aumento está por ver, porque aunque dialécticamente me sé vencedora y con medalla, la sartén por el mango la tiene él. A finales de mes me dará una respuesta. Y en el terreno personal, dejé en aquel restaurante un lastre de cuatro años y medio. Casi levito al salir. Luego fuimos a tomar unas copas, y charlamos distendidamente de otros temas. Lo cierto es que, si yo he descubierto a otra persona en esa cena, espero que la sensación sea recíproca. Tal vez pensar que ese día marcará la línea entre un antes y un después sea algo exagerado… pero, sinceramente, espero que no.
Puede que las cosas ahora recorran una pendiente ascendente. Y que todo vaya mejor a partir de ahora. Lo cierto es que estoy tranquila, optimista y positiva. El Reiki es otro de los temas que tengo aparcados, porque soy contraria a hacer las cosas por obligación (excepto las inevitables) y no me ha apetecido tocar el tema, ni en su forma teórica ni en la práctica, durante varias semanas. Pero ayer vi un libro sobre Reiki que me llamó la atención, y voy a comprarlo. No tardaré en retomarlo.
Creo que estoy volviendo. El descarrilamiento ha sido un poco aparatoso, pero estoy de nuevo sobre raíles. A partir de ahora, las cosas sólo pueden ir mejor…
… Ah… lo de la inundación tiene gracia al leerlo, pero puedo prometer y prometo, que no hace ninguna al vivirlo…
Feliz Navidad
No. Ya no estoy positiva.
Sí. Se puede estar peor. Hay desgracias terribles, lo sé. Pero eso no significa que tenga que agradecer el haber "pisado mierda" (con perdón) estos últimos meses.

Espero que los inconvenientes (no, no, no; no son desgracias, son putaditas) a los que me estoy enfrentando desde hace unos meses terminen con el año.
Feliz Navidad y próspero 2006 (y los que fumáis, os jodéis, dice la coletilla este año....)

Un abrazo y energía positiva a la blogosfera, de una fumadora en racha.
Ahora comprendo
Yo siempre he tenido amigos. Unas veces mejores y otras peores. En ocasiones más, en ocasiones menos. También me caracterizo por tener ex amigos. Es cierto, un amigo (al menos por ahora) siempre se bromea con ello.
No quiero repetirme, pero mi mejor amigo se fue hace más de siete años, y sé que nunca tendré una amistad como aquella. Cuando lo perdí, creía que nunca podría superarlo. El dolor era incluso físico. La dura mano del destino, que yo entonces sentía como la guadaña de la muerte, me oprimía el estómago. Y no lo soltó en años. No he dejado de añorarle ni un solo día, ni lo haré durante el resto de mi vida.
De entre mis incontables amigos y ex amigos, he tenido casi todas las relaciones amorosas y físicas de mi existencia. Uno de mis primeros “novietes” se convirtió más tarde en un buen amigo, con el que compartí algunas noches de soledad conjunta, en las que nos acompañábamos mutuamente y nos dábamos cariño y fingíamos querernos. Amistad y sexo pueden ir de la mano. Sí.
Con los años, las distancias fueron acortándose y alargándose. Temporadas de gran amistad, temporadas de gran vacío…. Hasta que la distancia se hizo tan y tan larga que no supimos encontrar el camino de vuelta. Ahora, si tropezamos por casualidad, nos saludamos como vecinos de escalera. Siempre me he preguntado por qué, e incluso le he llegado a echar de menos… pero si no me he molestado en ir a averiguarlo, será que, en el fondo, tampoco me importa tanto.
Desde que mi amigo del alma murió, me acerqué a su familia, que era conocedora de la unión casi mística que teníamos los dos. Incluso me la ratificaron, lo que en momentos duros siempre es un destello de alegría. Entablé amistad con sus padres y su hermana. Iba a visitarlos, me sentía cómoda con ellos. Me sentía cerca de él. Lo sentía cerca de mí.
Desde el primer año, se ha celebrado una comida navideña en su casa, con los amigos presuntamente más allegados, los padres y la hermana. La primera fue durísima para mí. El resto, cuando menos entrañables.
El actual “vecino de escalera”, mi amigo de antes, se enamoró de la hermana de mi amigo muerto. Empezaron a salir, pasaron los años, se casaron y ahora han tenido un hijo. Desde su boda, hace más de dos años, apenas sé nada de ellos. Si la encuentro a ella, nos hablamos, nos contamos, nos prometemos vernos, y luego nunca lo cumplimos. Él: como un vecino de escalera. Pero de esos que se nota que no te soportan. Tanto es así, que ni él, ni ella, ni su madre me dijeron nada del embarazo y del posterior parto. No conozco al bebé. Y curiosamente, me han dicho que es idéntico a su tío, mi amigo, mi vida. Lástima, porque no creo que llegue a conocerle nunca.
Nadie puede imaginarse cuánto le extraño.
El domingo pasado, se celebró la tradicional comida navideña. Hace un par de años, los padres se separaron y la comida se mudó de casa. Y posiblemente también de propósito, aunque no podría jurarlo.
El domingo pasado, se celebró la tradicional comida navideña. Y no fui invitada.
No comprendo por qué el yerno “vecino de escalera” quiere verme lejos. ¿Tendrá miedo de algo? Es la única explicación que se me ocurre. Poco convincente, sí, pero mi conciencia duerme como un tronco. No le he hecho nada malo a él, ni a ella, ni a la familia.
Comprendo entonces que haya ejercido su influencia para dejarme al margen.
No comprendo, en cambio, su animadversión hacia mi persona, pero tampoco me ha quitado el sueño, lo confieso.
Comprendo así que la madre, teniendo que escoger entre su hija y yo, la eligiese a ella. Faltaría más.
No comprendo, sin embargo, el motivo de dicha disyuntiva. Somos adultos, civilizados, y podemos comer juntos en una misma mesa sin matarnos. Bueno, al menos, yo sí puedo.
Comprendo que no todo el mundo está cortado por el mismo patrón y que hay personas con las que no comparto absolutamente nada. No hay que forzar las cosas. No hay que intentar unir mundos separados.
No comprendo, con todo, que una señora de cierta edad quiera inventarse excusas baratas para justificar sus acciones. Una persona es libre de tomar decisiones, que, al menos por mi parte, siempre serán respetadas, pero siempre debe afrontar las consecuencias. Y no intentar tratarme de estúpida, porque no lo soy. Y las excusas no cuelan. Bueno, tal vez si me las hubiera dado en persona… pero ni eso.
Además, esa comida es en honor a su hijo…
…¿no?
Después de pasar unos días llorando sin tregua, intentando comprender por qué no podía asistir a una comida en honor a la persona que más he querido en el mundo, intentando descubrir cuál había sido mi pecado para no ser bienvenida, y tratando de que la mano del destino me soltase el estómago por segunda vez… lo entendí todo.
El error ha sido mío desde el principio. Yo creía que acercándome a su familia, me acercaba a él.
Y no.
Él era él.
Y se fue.
Y nadie puede reemplazarlo.
Esa comida es un teatro. En realidad, sé que, de entre todos los asistentes, uno opina que con los años hay que olvidar ciertas cosas, otro va porque su hermano es el yerno, otro por amistad con la madre, otro por compromiso…
Lo más increíble de todo es que, ahora que se han acabado las lágrimas, me siento liberada. Es una sensación extraña. Como si hubiera terminado una responsabilidad en mi vida. Y nunca me acerqué a esa familia por obligación ni por compromiso. Lo hice con todo el amor del mundo y lo volvería a hacer una y mil veces. Pero, en vista de que el sentimiento no es mutuo, lo mejor es que las cosas hayan terminado así.
Os deseo lo mejor, familia.
Ha llegado el momento de tomar caminos distintos.
Lluvia intensa
Sigo viva.
Sigo en “racha”.
Me quedé sin curro y todavía no he encontrado nada. ¿Alguien necesita traductora?
Ahora me he quedado sin coche. Una inútil le dio un golpe estando correctamente estacionado. En principio, lo cubre el seguro. Pobrecito. A la buena mujer se le cayó el monedero, y se le ocurrió agacharse a recogerlo. Y mi cochecito, que estaba esperándome, paró al monovolumen en pleno descarrilamiento.
Me he quedado sin tarjetas de crédito. Una tiene la banda magnética hecha trizas. La otra, se la tragó el coche de mi hermano (es que no encuentro otra explicación). El otro día tuve que dejar la compra en el súper, y salir pitando al banco, a ver si me daban dinero sin tarjetas ni libreta, con el consecuente bochorno y el carrito de la compra lleno.
Mi jefe vive en la inopia, se niega a aceptar la realidad, y me estresa. Escribe cartas a los periódicos, a las emisoras de radio y televisión, busca en Internet asociaciones de padres separados. No entiende que lo suyo es un caso más y que le no queda otra que asumirlo. Le aprecio y no soporto ver que va directo a estrellarse, y que su nube sube y sube, con lo que la caída resultará mucho más estrepitosa.
El próximo domingo, se celebra una tradicional comida navideña en casa de los padres de aquel amigo mío que murió, y al que sigo echando de menos como el primer día. Mi alma gemela, mi confidente. Mi querido mejor amigo. Dicha comida ha tenido lugar cada año, y, como mejor amiga de mi mejor amigo, no he faltado.
Este año, no he sido invitada.
No lo entiendo.
Este año, por primera vez en mis treinta y uno de existencia, he comprado un décimo para la lotería de Navidad. Si es cierto que después de la tormenta llega la calma, me toca seguro. Y si sigue la racha, no rascaré un céntimo. Tengo un cincuenta por ciento de posibilidades: o me toca, o no me toca.
Hace una semana que no dejo de sangrar por la nariz, como una cocainómana cualquiera. Y juro que, a pesar de esta mala racha, aún no me he dado a la bebida o a las drogas. Mis vicios siguen siendo el ordenador, el tabaco, la serie “Perdidos” y el sudoku.
Y ya tengo dos niveles de Reiki. Puedo hacerlo a distancia. Creo que funciona, pero mi lado escéptico me pide más pruebas de las que tengo. Dualidad, pugna entre lo espiritual y lo terrenal, dudas… no sé. ¿Alguien necesita terapia energética?
A lo mejor esta serie de catastróficas desdichas es una prueba del destino para mi crecimiento personal. Porque, cierto es, que todo esto me llega a pasar hace un año y me hundo (soy de fácil ahogamiento, lo reconozco). Pero, sorprendentemente, estoy tranquila, positiva y optimista. A veces pienso que demasiado. No me reconozco. Estoy cambiando.
Sigo dando gracias por todo. Siempre se puede estar peor…
Cartas en el ciberespacio
Hola, R.
Posiblemente ni me recuerdes. Fui alumna tuya en la Universidad de X, hace unos diez años. Rizos y gafas es la descripción más estándar que se me aplica. En alguna ocasión habíamos coincidido en el tren, yo bajaba en misma estación que tú.
Recuerdo tus clases con nostalgia (a veces, incluso con síndrome de abstinencia), porque, además de dejarme con el convencimiento de ser el único profesor que me enseñó algo a lo largo de la carrera, tus continuos ánimos y halagos hacia mi forma de traducir fueron los que me empujaron a intentar ganarme la vida con ello, en lugar de hacer lo mismo que la mayoría de mis compañeros, y ponerme a tramitar pedidos de ventas al extranjero en empresas varias.
Hasta ahora, no me ha ido del todo mal. He traducido todos los números de una revista llamada XXX, de Ediciones Y, una colección de libros de recetas para otra editorial, un libro sobre la carrera espacial entre EEUU y Rusia, y otros pequeños proyectos, como carátulas de DVDs, etcétera, todos ellos publicados, tanto en España como en Latinoamérica.
De todas formas he tenido que combinar las traducciones con un trabajo de administrativa de seis horas diarias, por aquello de la necesidad de un sueldo fijo (aunque mísero), y de salir de casa y mantener el contacto con el mundo exterior. Y en la oficina, puedo traducir, lo cual me ha venido de fábula.
Ahora me encuentro con que la revista, después de cuatro años, se cierra, y sin otra fuente de ingresos que mi sueldo de secretaria. Y, navegando por la red, intentando encontrar alguna editorial o empresa de traducción que me diera una oportunidad, he dado con esta dirección de correo electrónico.
Si te has molestado en leer todo lo escrito hasta ahora, ya me doy por satisfecha. Pero la desmoralización me obliga a preguntarte si conoces algún sitio al que pudiera enviar mi CV, o si tienes alguna idea de por dónde podría tirar, para encontrar trabajo como traductora autónoma, y así no tener que dejar mi puestecillo de administrativa, que no me enriquece económicamente, pero sí personalmente, y es muy importante para mí.
Mil perdones por la desfachatez y otras mil gracias por haberme leído. (Siempre que la dirección no esté equivocada, en cuyo caso, también me disculpo).
Espero que tus actuales alumnos sepan valorar y apreciar tus clases (y no es peloteo, I swear).
Gracias de nuevo,
LL.
Media hora más tarde...
Querida LL:
Claro que me acuerdo de ti. Y me alegro de que hayas estado trabajando como traductora todo este tiempo. Creo que deberías comenzar por el sector editorial de tu cuidad, específicamente por las editoriales Z y E, porque sacan muchas publicaciones periódicas. También miraría algunas de prestigio cuya editorial no conozco, como National Geographic. Finalmente, hay un número de revistas especializadas en deportes, culturismo, etc., que suelen ser una plataforma publicitaria: su máximo anunciador compra la franquicia de la revista, normalmente estadounidense, y después vende aparte el espacio de publicidad y traduce los artículos al español. Hay varias en tu ciudad.
Tras eso, si no funciona habrá que cambiar de sector. De todos modos, persevera en el editorial, que ahí hay mucho bacalao que cortar.
Espero que te sea útil. No desesperes. Piensa que buscar un trabajo ES un trabajo, ok? Mantenme informado. A veces me llega alguna oferta, aunque no en los últimos cuatro meses.
Un abrazo,
R.
Después de más de diez años... me parece increíble.
Y más increíble le parecería a él enterarse de lo feliz que me ha hecho. Será cierto que siempre hay una luz al final del túnel...
Una entre doscientas
Viernes por la tarde. Último día laborable, fin de semana por delante.
Los ánimos, no demasiado buenos.
La secretaria está triste, porque se ha quedado sin su principal fuente de ingresos, que son las traducciones, y se ve en la obligación de encontrar otras nuevas cuanto antes, o de replantearse su vida laboral y dejar el trabajo en la pequeña empresa familiar en la que campa a sus anchas, y buscar algo mejor remunerado, o de pedir un aumento de sueldo al jefe, en el peor momento posible para hacerlo. La primera alternativa es la única que le gusta, pero también la más difícil. El resto, no quiere ni pensarlo.
El jefe está triste, porque su separación es definitiva. Hace cuatro días ha tenido lugar el juicio por la demanda que su ya ex mujer interpuso contra él. Por su forma de hablar y de interpretar los hechos, está claro que alberga mucha más esperanza de lo que la estadística permite de conseguir la guardia y custodia de sus hijos, y, con ella, su casa. Y su vida.

Viernes por la tarde, en el trabajo. La empresa está en un pequeño centro comercial de un pueblo, en el que hoy, viernes por la tarde, se inaugura un centro para la infancia, con servicios de psicología y logopedia, refuerzo escolar, técnicas de estudio…
A tales efectos, no basta con invitar a unos canapés y a una copita de cava. Como el centro es infantil, no escatimemos en medios y montemos un despliegue digno de recordar. Fiesta, música, amplificador, payasos y niños. Nos espera una tarde entretenida….
La situación empieza a degradar en extraña, por emplear un adjetivo. A eso de las cinco y media de la tarde, empieza el espectáculo. Debo reconocer que la nostalgia me embarga, y todos debemos admitir que, payasos como los “míos”, nunca más los ha habido. Toda la música era la que yo escuchaba en la infancia, la gallina Turuleta, el auto de papá, hola don Pepito… Me emocioné y todo.
Eso sí, el jaleo montado, entre música, niños, madres, payasos y globos, era digno de un circo, y no de unas galerías en las que, compartiendo planta con la función, hay un dentista, una podóloga, una constructora, un centro de estética, una tienda esotérica, una peluquería y una autoescuela, la mayoría trabajando.

En pleno auge de “cómo están ustedes”, y con el acceso a la autoescuela más que complicado, llegan los alumnos del curso de ciclomotor. Cuando se abre la puerta de la autoescuela, no se oye más que el espectáculo. Bueno, y cuando se cierra… lo mismo.
La vibración del momento es anómala. Pero no sólo por los payasos y los niños. Es de noche, hace frío y es una tarde atípica. Es una tarde distinta a las más de doscientas tardes de viernes que he pasado allí. Algo ocurre.
Algo está a punto de ocurrir.
¿Cómo están ustedeeeeees?....
Llega mi jefe con la cara desencajada. Acaba de recibir una llamada de su abogado comunicándole la sentencia: lo ha perdido todo. Me deja a cargo de los alumnos, y se encierra en su despacho. Llora.
Mi corazón late a mil pulsaciones por segundo. ¿Qué hago? Objetivamente, el tema no es tan trágico. No es el primer hombre que se separa y a quien deniegan la custodia de los hijos y el domicilio conyugal. Ni será el último.
Pero, a través de sus ojos, es una tragedia. Porque, en realidad, lo es.
¿Qué se le dice a una persona que acaba de perder todo por lo que ha luchado y trabajado durante media vida?
Poco acerté a decir. Y creo que cuanto más lo intentaba, peor salía. Me partió el alma, y mucho más de lo que su mente egocéntrica y simple le permitirá notar. Tanto es así, que me ha costado dormir, que no podía dejar de imaginármelo como lo vi ayer, llorando, desesperado. Supongo que el niño que lleva dentro tendrá que crecer de golpe. Y supongo que, una vez más, no verá la mano que le tiendo.
Y a escasos metros, siguen los payasos, los niños, la música… precisamente esta tarde de viernes, de entre las más de cincuenta que tiene el año.
Es curioso cómo la alegría y la tristeza pueden compartir un pequeño escenario tan generosamente. Prácticamente se tocan la una a la otra, sin molestarse, y, a la vez, sin dirigirse la palabra. Es casi increíble que cerca de un corazón alegre se encuentre otro sin esperanza, y al lado de éste último, uno roto en mil trozos. Y así sucesivamente, con todos los corazones aparentemente unidos, pero realmente separados por mundos enteros. Parece mentira que en unos metros cuadrados se unan tantas fuerzas y tantos sentimientos tan distintos.
Y que sea tan difícil…(¡imposible!)... decirle a alguien “estoy aquí” y darle un abrazo...
Miseria
Hace un mes que no escribo nada. Y cuanto más espero, peores noticias…
En todo este tiempo, me he quedado sin ordenador durante un par de semanas. Pobre, estuvo en cuidados intensivos, con un virus y alguna que otra lesión. Ahora ya está curado, formateado, restablecido, con placa nueva y en plena forma. Cómo lo eché de menos…
Mi cochecito también tuvo que pasar por chequeo médico, y ya tengo el papelito verde de “coche viejo, pero tirandillo hasta 2007”. En el diagnóstico, me recomendaron fervientemente cambiarle la correa de distribución, por los kilómetros que llevo… pero todo se andará, porque ahora no está el horno para tal desembolso.
Pasé una mala racha anímica, con toda probabilidad producida por el otoño, la estación más triste y en la que me voy apagando poco a poco hasta el invierno, donde, sencillamente, sobrevivo. La primavera no tarda tanto en llegar.
Y ahora, para colmo de todo mal, tras una época de constante tirantez con mi jefe, cuyo juicio por separación se celebra (nunca he entendido por qué este verbo; suena a alegría…) pasado mañana, resulta que me quedo sin mi principal fuente de ingresos, que era la traducción de una revista cada mes. Porque la editorial la cierra. Sin más.
Y con la nómina que cobro, no es que no llegue a fin de mes, es que no aguanto ni la primera semana. Y no es una hipérbole…
Así que, se comprenderá que me queden pocas ganas de escribir en el blog, porque para contar miserias… Cierto es, que así escrito, no suena tan grave. Pero para mí, lo es. Necesito encontrar traducciones cuanto antes, porque tengo ahorros para un par de meses, a todo tirar. Sé que soy buena, y sé que valgo. Pero necesito una oportunidad. He mandado currículos a editoriales diversas, a ver si a alguien le inspiro confianza y me encarga algún librito, alguna corrección…algo.
Suerte tengo de mi recién nacida afición por lo espiritual, el reiki… en resumen, los otros puntos de vista. Me he aficionado a leer a Kryon (aunque sin tomármelo todo al pie de la letra, porque puede llegar a asustar) y a todo aquel que es capaz de dar nuevas perspectivas sobre el consabido de dónde venimos, adónde vamos, qué hacemos aquí…
No sé el porqué de este cambio en mí, de esta necesidad de aprender y de comprender más. Aunque las cosas nunca suceden porque sí, y puede que, una vez más, todo esté interconectado.
Es curioso. Un día me matan la incertidumbre y el temor a tener que cambiar de trabajo y renunciar a traducir y a trabajar de administrativa a la vez, en la empresilla de cerca de casa. Al día siguiente, soy puro optimismo, y estoy convencida de que conseguiré trabajo de traducción, y mejor pagado que la revista, y que seguiré en la empresilla cerca de casa, traduciendo y encima, contenta, porque este “susto” me habrá servido para darle a mi jefe su justa importancia: sólo es mi jefe. Y no es verdad que esté harta de trabajar para él. Estoy cómoda, y quiero quedarme.
Hoy estoy con altibajos. Aunque, a medias con mi hermana y mi madre, con la excusa de estar deprimidas (yo por el trabajo, mi hermana porque le han hecho una desgracia en la peluquería, y mi madre por tener dos hijas deprimidas) hemos acabado con una barra entera de turrón de chocolate. Porque lo valemos, qué demonios… Y es cierto, es antidepresivo. Yo que “me había quitado” del chocolate, a ver si voy a recaer.
En fin, esperemos que las cosas vuelvan a su cauce y que el cosmos se alinee para que todo funcione.
De todas formas, sigo agradecida por todo.
Siempre se puede estar muchísimo peor.
Desbloqueo y doble personalidad
El sábado hice el curso de iniciación al Reiki.
Hoy sé que estoy deseosa de seguir con el resto de niveles, y de llegar a tener la maestría.
Éramos cinco alumnas (todo mujeres, tal vez por aquello de la sensibilidad, la visceralidad, la espiritualidad…). En principio debíamos acudir allí sin predisposición ninguna. No debíamos esperar nada del curso. Presumo que, a mayor inclinación, mayor alteración de consecuencias.

Siempre he oído decir que en estos cursos hay quien llora, quien vomita, quien se desmaya. Para poder practicar el Reiki, un maestro, y sólo un maestro, tiene que someter al alumno a un desbloqueo de los chacras, que son los siete principales centros de energía de nuestro cuerpo. Antes de iniciarnos con dicha liberación, nos practicó una mini-sesión de Reiki a cada una.
Yo sólo conocía a dos de las cinco, pero fue curioso el hecho de que la que me parecía más escéptica y menos predispuesta, lloró de forma desgarradora. Por lo visto, junto conmigo y otra, era la que tenía un bloqueo mayor. En su caso, en el chacra de las emociones, y en el mío, en el de la comunicación. “O has tenido bronca con alguien cercano, o tienes una conversación pendiente”, me dijo el maestro.
O ambas cosas.

En fin, el caso es que yo no podía tener bloqueadas las emociones cuando, sin motivo aparente, había estado llorando desconsoladamente los cinco días previos al curso. Vaya, que llegué allí y se me habían acabado las lágrimas. Me pregunto si fue casual el hecho de haber llorado tanto precisamente en esos días. En realidad, mi vida no había sufrido ningún cambio como para tener toda aquella tristeza dentro. Sí, mi jefe es un capullo, pero eso no es ninguna novedad. Me pareció más persona y más vulnerable durante unos meses… pero se ha vuelto a revelar el capullo de siempre. Tampoco vamos a hacer de eso un mal mayor. Al fin y al cabo, el problema lo tiene él.
Durante el transcurso del sábado, en las ocho horas que duró el curso, aprendimos historia del Reiki, nos desbloquearon los chacras (desbloqueo que permanece de por vida, a menos que no se cuide), nos enseñaron el primer símbolo reiki, e hicimos prácticas unas con otras. A diferencia de otras, no vi colores, no lloré, no sentí ninguna llamada espiritual… tanto fue así, que terminé confesando que tengo un lado escéptico que me puede más de lo que yo pensaba. Evidentemente, si creyese que todo eso son pamplinas, no hubiera pagado por el curso. Pero mi cabeza está en continua contradicción, y cuestionándoselo todo a cada momento. Yo lo llamo mi “lado terrenal”. ¿Y si soy menos sensible? ¿Y si no sirvo para esto? ¿Y si nunca llego a sentir nada?
Pero, por otro lado, hace años que tengo la “facultad” de quitarle el hipo a la gente, siempre que me hagan caso y me tomen en serio. Y pocos lo hacen, pero con ellos, funciona. Simplemente pongo las manos sobre su cabeza, les hago respirar hondo y expulso al hipo. Y funciona. ¿No es prueba suficiente de que esas cosas pasan? Eso sí, cuanto menos dudan de mí, más rápido se les quita. Ahí está la prueba de que no hay que estar en continuo estado de cuestionamiento. Pero… ¿cómo evitarlo?

El Reiki es muy espiritual, lo cual no significa “religioso” ni “sectario”. Y yo soy una persona muy espiritual, aunque nada religiosa. Soy una firme convencida de que la casualidad no existe, de que nada sucede porque sí, y de que todo confluye para llegar a un fin concreto. La vida no es sólo un cuerpo funcionado como la perfecta máquina que es. Es un hecho demostrable y demostrado que la energía existe, y fluye, y se canaliza.
Pero, por otro lado, no me acabo de creer capaz de practicarle una sesión de Reiki a alguien y que esa persona vaya a sentirlo de verdad. Tal vez por eso aún no lo he intentado.
A veces pienso que tengo dos personas dentro de mí. La escéptica y la creyente. La espiritual y la terrenal. La cerrada y la abierta. Es cierto que se me conoce como aficionada a lo oculto, a lo esotérico, a lo espiritual, a las velas, al incienso… Pero en realidad, no se me conoce. Soy dual. ¡Estoy como una cabra!
De todas formas, sigo con mis sesiones de Reiki cada noche (conmigo misma), y me ambiento con incienso, velas y música relajante especialmente compuesta para esta práctica. Es la ventaja de ser espiritual pero disfrutando de las comodidades del mundo terrenal, como bajar la música de Internet. Para estos casos… ¡que viva la dualidad!
Bien, pues en dichas sesiones, es cierto que estoy consiguiendo desconectar y no pensar en el trabajo, el jefe, y la vida cotidiana. Es cierto que de mis manos, siempre heladas, cada vez se desprende más calor. Y es cierto que en la garganta noto una especie de dolor como seco, como una presión interna, que se me pasa en unos minutos… curiosamente, en el chacra de la comunicación. Y mi lado terrenal luego me dice que es por haber respirado hondo, que se me ha secado el cuello.
Ay…¿cómo puedo hacerlo callar?

Pero pienso seguir. Soy feliz desde ese día y sólo por ese motivo, ya merece la pena. Y, en el fondo, mi lado espiritual me empuja a continuar. Me dice que, con paciencia y dejándome llevar por lo que siento, y no por las preguntas, llegaré a donde me proponga.
Y, en el fondo, sé que es cierto.
Trastorno afectivo estacional
Caigo en picado. No sé exactamente por qué; ni siquiera sé si hay motivos. Hace unas semanas lloraba por cualquier cosa. Siempre por una razón, por absurda que fuera: un expulsado de Operación Triunfo, películas, series… incluso anuncios. Pero siempre había un motivo.
Ahora ya no necesito inspiración para que mis ojos se llenen de lágrimas, en el trabajo, en el coche, en casa…
Supongo que gran parte de la culpa está en el trabajo. Mi jefe me crispa los nervios. Le odio. Pero le odio demasiado.
Y en el fondo, la culpa es mía. No tengo ninguna obligación de desvivirme por alguien que no lo merece. La estúpida soy yo. El otro día me pidió (por poner un verbo) que fuera a mirar ordenadores para cambiar el nuestro. Y así lo hice. Le pasé todos los presupuestos de todas las tiendas de las cercanías. Le aconsejé uno, porque él, de ordenadores, ni la más remota idea, y quedó aprobada mi elección. Al día siguiente, me volvió a “pedir” que le preparase todo el papeleo para financiarlo, y yo arriba y abajo, papeles para acá, formulario para firmar para allá, vuelta arriba y paseo abajo. Y ya no pude más cuando me dijo:
- Ve a buscarlo tú.
No sé quién despertó dentro de mí, porque me oía hablar en voz alta y no me podía creer lo que salía de mi boca. Yo no soy así.
- Ve a buscarlo tú, que tienes tiempo.
- Sí, claro, como no tengo nada mejor que hacer…
- Hostia, tranquila…
- Nada de tranquila. ¡Menos exigencias! Si voy, será porque quiero.
- Creía que te gustaban estas cosas.
- Me gustan cuando quiero. Iré si me da la gana.
Desde ese día, palabras las justas. Lágrimas, más de las necesarias.
Pero, obviamente, fui.
Le odio.
Odio que se desviva por su fulana a cuatrocientos kilómetros de aquí, y no vea que tiene al lado a una persona, que, además de llevar mucho tiempo intentando hacerle la vida más fácil, está pasando un mal momento. Ni siquiera le importa. Y yo sufriendo por él y sus circunstancias… Tres hurras por su futura ex, porque aguantarlo diez años es como para ganarse el cielo.
Está claro que no sólo soy invisible como mujer, lo cual ya me tiene sin cuidado. Soy invisible como persona. Como ser humano. Simplemente, soy un accesorio más para que él viva más cómodamente. No tengo sentimientos, o si los tengo, no importan.
No entiendo que una persona pueda ser tan tremendamente egoísta.
Odio el egoísmo.
He leído algo sobre los trastornos afectivos estacionales, que creo son depresiones o similares en función de la época del año. Y si no lo son, yo ya he bautizado a mi problema. El otoño siempre ha sido mi castigo, pero no sé si este año es peor, si no aguanto más la tensión en el trabajo, si aprecio a mi jefe o realmente le odio (que ya es un sentimiento, ojalá pudiera sentir indiferencia…), si son las hormonas, si fue el eclipse… pero lloro y lloro. Y ahora ya no me hacen falta motivos.
Odio el otoño.
Mañana por fin es el curso de iniciación al reiki. Llevo esperándolo ansiosa un mes, y ahora parece que no me apetece tanto. Pero tengo la esperanza de que el maestro pueda extraerme toda la energía negativa que llevo dentro y enseñarme a quitarme el estrés.
Y al otro… que le den. Todo el mundo tiene lo que se merece y confío en que la “justicia” sea justa.
No me gusta tener malos deseos hacia nadie. Pero creo que esta vez, me han obligado.
Amigos, compañeros, caprichos y Reiki
Ante todo, otra disculpa a mi/s lector/es por mis prolongadas ausencias. La verdad es que el síndrome post-vacacional me está afectando de una forma muy distinta este año. O tal vez sea otro mi problema. El caso es que me siento “rara”.
Para empezar, de la noche a la mañana, el capricho de mi jefe se me ha pasado. Queda algo de curiosidad y de morbo, pero es una dosis muy escasa. Saldría con él a cenar… sí. Le escucharía e intentaría ayudarlo… también. Me acostaría con él… en principio, no. Será simplemente que nos hemos hecho amigos, después de cuatro años. Sigo pensando que somos de dos mundos distintos que pueden unirse por un hilo de amistad y confianza. Pero nada más. Por otro lado, el hombre insiste en no contarme que tiene una aventurilla a cuatrocientos kilómetros de aquí. Y por más que yo le digo, lo niega y lo niega. No entiendo por qué.

Puede que también influya el hecho de que R., un buen amigo común entre J., el de la casa del cementerio o mi eterno amor de juventud, y yo, quiera hacer de celestina después de tantos años de desencuentros con J.
J. sigue con su novia yanqui, que lleva aquí unos cuatro meses. Lo mejor que podía pasar, porque así se definirá la situación: o se termina del todo su relación, o continúa, como efímeramente se dice, “para siempre”. Porque tener pareja al otro lado del charco es muy fácil. Tanto como no tenerla.
R. le dio una excusa a J. para que me llamara por teléfono. Y ahí me enteré yo de sus intenciones. Insiste en que esa chica no es para él. Y ahora ella tiene que ir a hacer “unas gestiones” a su tierra y a reflexionar sobre su relación o a decidir si vuelve o no.

Si algo he aprendido de tantos desengaños (muchos por mi poco tino en la elección del hombre adecuado) es que no pienso volver a obsesionarme con nada. Nada quiere decir nada; ni un hombre, ni un trabajo, ni una amistad, ni una casa… Antes, cuando mi jefe “amenazaba” con cerrar o traspasar la empresa, mis pulsaciones aumentaban a ritmo de maratón. Ahora pienso que tengo una licenciatura, cuatro idiomas y varios años de experiencia… en la calle no me quedaré. Y respecto a J., ya sabe dónde vivo. Es cierto que me veo con él como no me he visto con nadie, por aquello de la compatibilidad en términos fríos, y por aquello de la conexión, la intimidad, la confianza y el amor (¿por qué no?) en términos más viscerales. Pero no pienso salir de caza. De entrada, me gustará ver cómo se cumplen las predicciones de R. Yo interpreto el papel de buena amiga de J., y defiendo su relación como no lo hace nadie. En realidad, lo que quiero es que sea feliz, y si tiene que serlo con ella, no me importa. Desde los 13 años hasta los 31, hay tiempo para acostumbrarse a las situaciones. A ver por dónde nos sale la norteamericana… Yo, mientras tanto, a seguir con mi vida.

La tensión en el trabajo es tremenda. Justo cuando empecé las vacaciones, estaba al límite del ataque. No creo que hubiera aguantado una semana más. En realidad, los primeros siete días, estuve prácticamente todo el tiempo durmiendo. Lo necesitaba.
Ahora, después de haber cargado pilas, he vuelto al ruedo, pero el otoño es lo que es, el proceso de separación de mi jefe está en su cúspide, y me estoy empezando a cansar de todo. No será fácil encontrar un trabajo donde se me permita desempeñar mi otro trabajo. Tengo todo controlado, estoy cerca de casa y, por lo pronto, el horario no me disgusta. Así que no voy a marcharme. Pero la dichosa tensión ha hecho de las suyas, y se ha manifestado en forma de contracturas musculares en la espalda, que me han costado ya un par de masajes.

Muy cerca del trabajo (como siempre, me muevo mejor en las distancias cortas) se ha organizado un curso de iniciación al Reiki. El Reiki, para más datos, es un método para sanar enfermedades, eliminar el estrés, relajarte y sentirte feliz mediante la canalización de "energía universal" o en otros términos, la energía del amor puro. REI significa universal o sin limites, y se refiere al universo que nos rodea. KI significa energía vital, lo que fluye en todo ser viviente. El método consiste en aprender a controlar y a combinar las dos energías, la interna y la externa.
Sé de primera mano que las sesiones de Reiki realmente funcionan. De hecho, no se trata de nada esotérico. Es un hecho palpable que la energía está en nosotros y en todo lo que nos rodea. Hace tiempo traduje un artículo sobre esta práctica y, desde entonces, he conocido personas que se han sometido a sesiones, y que han quedado sorprendidas y encantadas con los resultados. Pues bien, yo quiero ir más allá. Quiero saber hacerlo. Quiero hacer todos los cursos necesarios hasta alcanzar la maestría. Sonará “sectario”, pero hacía tiempo que me rondaba por la cabeza, y ahora he sentido una especie de “llamada”. Quiero ayudarme a mí misma y poder llegar a ayudar a los demás. Faltan poco más de tres semanas para el curso y estoy impaciente.

Estoy liadísima de trabajo, con las traducciones y la tensión de mi jefe. La verdad es que hasta yo lo estoy pasando mal con todo esto, y eso que, en principio, a mí no me afecta para nada. Es curioso, las cosas salen cuando menos interés se pone en ellas. Llevo meses intentando encontrar una excusa por la que mi jefe tuviese que venir a casa. Y mi casa, que ya empieza a escucharme, se me ha adelantado. Cuando mis padres están fuera, mi hermano también y los fontaneros escasean, son caros y lentos, se me ha descollado el desagüe de la pila de la cocina. Una avería lo suficientemente tonta como para ahorrarme el fontanero y lo suficientemente complicada como para no poder arreglarla yo sola (el esfuerzo ha sido irrisorio, también hay que admitirlo). Mi jefe, amablemente, se ha ofrecido a venir a echar un vistazo.

Otra vez lo mismo: cuanto más fácil, menos interesa. O cuanto menos interesa, más fácil, no lo tengo del todo claro.
Según dijeron las cartas hace meses, tendré una aventura sin importancia antes de empezar a establecer una relación con cierto futuro. Entonces parecía inviable… pero ahora que las cosas aparecen más concretas… ojalá tuvieran razón…
Revelación
Creo que por fin lo he entendido.
Lo que me mata por dentro es que NO ME NECESITE.
Espero que las cosas cambien...
Invisible
A veces no me entiendo a mí misma. En fin, que me he encaprichado de un hombre con el que ni siquiera sé si quiero algo. Es todo lo contrario de lo que me gusta a mí, pero me apetece mucho que me tire los tejos. Me gustaría llegar a algo con él, pero no demasiado lejos. Siento algo y no lo siento. En el fondo, me da la impresión de que es como un reto personal. Es la rabia de que no me vea como una mujer, sino como un elemento más de la oficina. Estoy aquí, tío, ¿no me ves?
A lo mejor es porque quiero compañía y es lo que tengo más a mano. Porque, de verdad, si lo pienso, no me conformaría con alguien así. Aunque, por otro lado, para tener un amigo, tampoco hace falta el hombre perfecto. Con que me haga reír y podamos hablar… Y eso ya lo tengo. Quizá es porque soy testaruda, y cuando se me mete una idea en la cabeza, a por ella que voy. Y cuanto más difícil lo tengo, más quiero. Es como un desafío particular. Mírame, fíjate en mí, estoy aquí.
La vuelta al trabajo no ha sido tan dura como pensaba. Ya lo decía mi terapeuta… a ver si este año no hay síndrome post-vacacional… A ver, por mí, seguiría de vacaciones, al menos mientras el clima acompañe y pueda seguir disfrutando de la playita y el sol, y mantener mi bronceado. Estoy morena, ¿te has dado cuenta?
Mi trabajo está en una especie de “centro comercial”, o así lo llaman los pretenciosos de mi pueblo, porque quien haya estado en el Corte Inglés, se puede reír y mucho. Tiene dos plantas, es pequeñito, hay pocos locales… y alucino porque todavía hay gente que se desorienta… Vivir para ver. En fin, el caso es que mis compañeros de los locales vecinos se han deshecho en halagos y piropos, qué guapa, qué morena, cómo has adelgazado, qué bien te han sentado las vacaciones. Hola, estoy aquí, ¿no me ves distinta?
Me visto la mar de mona, con modelitos sexys a la par que elegantes y femeninos. Las mechas se me han aclarado con el sol, y en combinación con el bronceado, me dan una vida que se perderá en cuanto el otoño empiece a causar estragos. En primavera revivo, en verano florezco y en otoño me marchito. Y en invierno… ojalá pudiese hibernar, porque estoy apagada como una muerta. ¿No ves la luz de mi cara? ¿No ves que me preocupo por ti? ¿Todo el mundo puede decirme cosas bonitas menos tú? ¿Es que me ves igual que hace unos años? ¿Es que acaso me ves?
Desde hace unos meses estoy en plena fase de “espionaje laboral”. Investigo los movimientos de mi jefe. Eso es curiosidad pura y dura, y entre las facturas que yo manejo, lo que me explica él mismo, y alguna incursioncilla que otra en su vida, tengo una idea bastante clara de lo que es su existencia actual. Hoy me he enterado (por pura casualidad, y no precisamente de su boca) de que tiene una historia con una persona que conoció en un chat cuando las cosas con su mujer empezaron a romperse. La tiene a cuatrocientos kilómetros de aquí. Aún no tiene fecha para el juicio y ya está con ella. Con la primera persona que ha conocido por Internet. Y YO le enseñé todo lo referente al chat, a Internet en general y a los ordenadores en particular. Si no sabía ni manejar el ratón… En mala hora se me ocurrió. ¿Así me lo agradeces? ¿Yéndote con la primera que se te ha puesto a tiro? ¿Por qué ni siquiera lloras sobre mi hombro? En el fondo, no quiero más.
…Creo.
A lo mejor sólo quería tener a alguien cerca en mi misma situación. Alguien con quien poder ir a cenar, al cine, de fin de semana… Yo sin pareja durante años, y un capullo integral la encuentra en unos meses… y en un chat. Ahora más que nunca, tengo que conseguir que me veas. Primero que me veas, luego que me mires, y después que te mueras por tocarme.
La mujer invisible. Esa soy yo. Me muero de rabia. Rabia de fijarme en alguien que no se lo merece y más rabia aún de que ese alguien mire a través de mi transparencia.
DPV
He vuelto. Ha pasado mucho tiempo, lo sé, y si alguien me ha echado de menos, pronuncio mis más sinceras disculpas. Yo también he añorado este pequeño mundo, pero quería desconectar en vacaciones. Al no marcharme a ningún sitio (una de las dos desventajas de la soltería es que no sabes con quién irte, y la otra la dejo en el aire… aunque creo que está clara), he intentado encender el ordenador lo menos posible, anteponiendo la playa y el relax a cualquier contacto con el mundo cibernético y frívolo de los once meses laborales... que me quedan por delante.
Por aquello de disgustarme antes de tiempo, en el paso del ecuador de mis más de cuatro semanas de vacaciones, en mi cabeza empieza la cuenta atrás hacia el temido día de la vuelta al trabajo. Soy el ejemplo viviente de lo que se define como depresión post-vacacional. Y mañana vuelvo al trabajo. Once meses más. El tristísimo otoño y el temible invierno por delante. Despedirme de mis amigos “hasta el próximo fin de semana”. Qué cortas son las vacaciones, dios mío.
En todo este tiempo, novedades las justas, para variar.
Finalmente, mi jefe decidió separarse, y durante el mes de julio todo eran demandas de divorcio, eternas conversaciones telefónicas con abogados, con su futura ex mujer, con sus familiares… Y ya sin esconderse de nada. Fui partícipe de todas sus tribulaciones… con todo el estrés que eso conlleva, por aquello de mi pronunciada empatía… y de mi nueva opinión formada sobre él, a la que no me atrevo a calificar de “sentimientos” porque me da pánico. No sé qué tal le habrán ido las vacaciones, pero ahora viene lo peor, el juicio, la custodia de los niños… y si no aprendo a “desempatizar”, acabaré con un ataque de ansiedad como mínimo.
En agosto he ido mucho a la playa, y estoy tremendamente morena, para lo que son mis costumbres.
Tres amigas y yo fuimos a pasar un día a un balneario, con sus circuitos termales, sus masajes, su restaurante, su piscina… Impresionante. E impresionantemente caro, aunque ya que no me he ido de vacaciones, el gustazo me lo di sin pena ninguna ni remordimientos de ningún tipo. Además, si descontamos el precio del gorro, las zapatillas, la bolsita y el albornoz que me llevé (por error), tampoco salió tan mal el tema. Qué cutre soy, robando cosas y encima contándolo… pero lo ponían tan sumamente fácil, que era difícil resistir la tentación.
He salido a cenar fuera con los amigos, hemos ido de excursión, y un día fuimos a iniciarnos (algunos) en un campo de golf. Aunque digamos que no me entusiasmó eso de tirar bolas con un palo para diestros. Siendo zurda y poco hábil, lo tenía complicado. Actividades varias y divertidas, no me puedo quejar. El tiempo ha acompañado poco, pero podría haber sido peor.
Otro día me despertó aquel espeluznante tintineo del cencerro y, sí, efectivamente, mis amigos caballo y cabras habían vuelto al ruedo. Pero en esta ocasión, el granjero o quien fuese había puesto una especie de tronco metálico cilíndrico en el hueco de la discordia y los animales, aunque lo intentaron, no consiguieron entrar. De momento, no han vuelto. Ni falta que me hace.
Y eso es todo… por ahora. Mañana me veré las caras con mi jefe. En principio, estoy casi segura de que no me apetece en absoluto. Pero tal vez me equivoco. Pero no tardaré otros dos meses en volver. Lo prometo. La Lluvia volverá a caer en plena Depresión Post-Vacacional. Y seguirá cayendo y cayendo, para empapar a quien quiera refrescarse con más historias y recuerdos.
Estoy aquí de nuevo, y esta vez, para quedarme.
Amistad
Tres amigas y compañeras de facultad montaron su propia empresa de traducciones. Al poco de empezar yo en mi actual trabajo administrativo, desistiendo ya de introducirme en el mundillo para el que había estudiado durante cinco años, les salió un proyecto al que no podían hacer frente, por el volumen de material a traducir y porque siguieron conservando sus puestos de trabajo. Me lo ofrecieron a mí. Era una revista de una conocida editorial, y sería trabajo seguro cada mes, a menos que la publicación no funcionase y se retirase del mercado. Acepté, ya que podía combinar mis dos trabajos, y empezó nuestra relación laboral, siguiendo a la amistosa ya existente.
Más de tres años duró la relación laboral, durante los cuales, por conservar la amistosa, tuve que morderme la lengua en más de una ocasión. Estuve seis meses sin cobrar, me obligaron a darme de alta como autónoma, aún sabiendo que con lo poco que me pagaban no me saldrían los números, me quisieron hacer creer que no ganaban un duro a mi costa (cuando jamás me hubiera quejado de lo contrario, porque sé cómo funciona el mundo), me sometieron a una especie de control por desconfianza, ya que sabían que su clienta estaba en contacto conmigo… Una serie de acciones que podría haberme ofendido, pero, oye, que son mis amigas. Y que viva la amistad.
Su clienta sólo se puso en contacto conmigo porque supo quién hacía realmente todo el trabajo, y por cuestión de pragmatismo. Cualquier cambio, alteración o incidencia tendrían que ser responsabilidad mía, y ahorrábamos tiempo hablando directamente. Pasándonos el material a traducir directamente. Comunicándonos directamente.
Llegó un momento en que la empresa de traducción para quien yo trabajaba, y que a su vez trabajaba para ella, sólo se limitaba a recibir facturas por un lado, pagarlas, enviar facturas por el otro, y cobrarlas. Y eso sucedió al cabo de menos de un año de empezar la revista. Y continuamos así durante más de tres. Que viva, que viva la amistad.
Durante aquel tiempo, me fueron cayendo mil indicios de que, si en algún momento decidía abandonar el proyecto, la clienta me pediría a mí un presupuesto y prescindiría de ellas. Cuando no pude traducir por enfermedad, mis amigas lo hicieron por mí. Una vez y no más. Cuando tuve problemas puntuales al cabo del tiempo para traducir por acumulación de trabajo, la clienta prefirió reestructurarlo todo antes de darles una sola página a ellas. Con eso no quiero decir que yo sea mejor que ellas ni muchísimo menos, sino que quizá la revista lleva mi estilo desde el principio y lo quieren mantener, o que a la clienta en particular le gusto más yo, de forma totalmente subjetiva. Me encanta mi trabajo, pero soy consciente de que me queda mucho por aprender.
El número de páginas empezó a disminuir, los textos originales perdían calidad y se empezó a aumentar el porcentaje de artículos de producción propia. Y los números ya no salían. A nadie. La clienta decidió prescindir de los servicios de la empresa de traducción, de forma irrefutable e innegociable, para buscarse la vida por otras vías. Cuando mis amigas me llamaron para notificármelo, sólo me supo mal por ellas, porque a mí hacía tiempo que no me salía a cuenta el trabajo. En realidad, ahora que pienso, no sé por qué lo hacía. Para no dejarlas colgadas, por inercia, por estupidez, porque viva, viva, y requeteviva la amistad…
El problema llegó cuando la clienta me llamó para pedirme presupuesto. No lo esperaba, los acontecimientos se precipitaron y fallé en una cosa: en no decírselo a mis amigas. Tras asegurarme de que con ellas no había negociación posible, aun a riesgo de quedarme yo fuera, pasé un presupuesto de casi el doble de lo que cobraba, pensando que me pasaba tres pueblos, porque “ellas me pagaban el máximo que podían, y no ganaban dinero a mi costa”. Y la clienta aceptó mi presupuesto sin pestañear. En otras palabras, todavía me había quedado corta. Entonces se me empezó a caer la venda de los ojos, y me sentí menos culpable del rumbo que habían tomado las cosas. Les mandé un correo electrónico (la misma vía de comunicación que empleaban ellas para notificarme prácticamente todo lo relacionado con el trabajo) explicándoles la situación.
Su respuesta fue contundente: tenía que haberles pedido autorización para pasar un presupuesto, era cuestión de tiempo que las cosas terminasen así, yo las había dejado fuera de toda negociación posible, había actuado de mala fe… y me podía ir a la mierda. Viva, viva y viva… Tres hurras por la amistad.
No me han vuelto a dirigir la palabra. No entiendo cómo les ha podido sentar tan mal el perder un proyecto que no les daba dinero, según decían… No entiendo cómo soy tan imbécil de que me duela tanto haberlas perdido como amigas, cuando yo aguanté todo lo que aguanté por la dichosa amistad, y ellas no han sido capaces de entender que nadie les ha robado un cliente. Que lo han perdido ellas solas. Y que por algo será.
Yo ahora sé que podría haberles quitado el trabajo hace tiempo, y jamás se me pasó por la cabeza. He estado tres años perdiendo dinero por ellas (y por idiota, claro), y ahora, en vista del resultado, a veces me pregunto si no debería haberlo hecho. Pero sigo pensando que no. Si volviera atrás, actuaría de la misma forma. Jamás le robaría un cliente a nadie, y menos si son amigas. Viva la amistad.
Animales
Viernes, 24 de junio
Mi hermano y su novia se han marchado una semana de vacaciones con mis padres, con todos los gastos pagados, por supuesto. Y que luego digan que los hijos medianos son los menos favorecidos… será que en mi familia somos distintos hasta en eso.
Bien, mi hermano y su novia tienen una mascota, un conejo enano con el originalísimo nombre de Bunny, a cuyo cargo me he visto obligada a quedarme sin demasiada opción a negarme. Tampoco podía soportar la idea de imaginarme al animalillo encerrado siete días en un piso, solo, sin otra compañía que las toneladas de comida y los litros de agua que le hubieran dejado.
Yo vivo sola por muchos motivos, y uno de ellos es precisamente la libertad, la ausencia de ataduras y de responsabilidades para con cualquier otro ser vivo, exceptuando los arbolitos y las hiedras del jardín. No quiero compañía perpetua en casa. No quiero mascotas, ni marido, ni hijos… Me encanta vivir sola, y mi intención es seguir haciéndolo durante mucho tiempo. Pero un favor es un favor, mi hermano es mi hermano, y el conejo enano vive en mi jardín desde hace un par de días. Lo cuido como si fuera mío, no le falta agua, ni comida, ni atención, ni mimos, ni caricias. En realidad, el animalejo es una preciosidad.

Mi piso es una planta baja con jardín, en una comunidad muy agradable, formada por dos edificios paralelos, separados por un paseo adoquinado en el centro, con bancos, árboles y plantas. Al final de dicho camino, al que tienen prohibida la entrada los vehículos por razones obvias, se encuentra la zona ajardinada con la piscina comunitaria, separada de mi jardín por un muro de menos de un metro y un brezo alto, que está empezando a poblarse de un verde y tupido jazmín trepador. Y mi jardín, a su vez, es colindante con un terreno municipal de incierto destino, del que queda separado por una alambrada.
El domingo pasado, me despertó un sonido peculiar, como una especie de campana. Mientras erraba por el piso, sin excesivas ganas de hacer limpieza, poner lavadoras y realizar las tediosas tareas domésticas, el tintineo constante de la dichosa campana me obligó a cerrar las ventanas. A mediodía, salí a comer y cuando pasé con el coche por el terreno propiedad del ayuntamiento, me quedé pasmada. No eran campanas, eran cencerros. Una cabra negra, una cabra blanca y un caballo, pastando tranquilamente, a escasos metros de mi propiedad.
Pensé que sería cosa de un día, pero no. Desde aquel domingo, alguien cuya identidad desconozco, y por razones igualmente misteriosas, deja cada día allí a los pobres animales, que terminarán muriendo de insolación si la circunstancia acaba convirtiéndose en costumbre.

Ayer, sentada tranquilamente en el jardín, me dio la impresión de estar viviendo en una granja. Por un lado el conejo, y allí, a dos pasos, las cabras y el caballo. El campo, es lo que tiene…
La cabra negra se me acercó con todo el descaro, e incluso llegó a meter la cabeza por la esquinita de mi jardín. Claro, si puede elegir entre el pasto reseco y la hiedra verde y fresca…también es normal. Entonces se me ocurrió que al animal, a su vez, podría ocurrírsele entrar en mi jardín. El hueco es algo estrecho, pero poniéndole empeño, quizá lo lograse.

Otro motivo de estrés no, me dije. Si no han entrado en una semana, ¿por qué iban a hacerlo ahora? Ya me agobié bastante pensando en el conejito, y el animal está como de vacaciones en el Caribe, con el complejo turístico que le he montado, entre su jaula, su comida, la mesa a modo de porche, y un huequito cubierto para refugiarse del sol, de la posible lluvia o de cualquier elemento perturbador en su tranquila existencia.
No hay problema, todo va bien. Mi hermano y su novia pueden estar tranquilos. Dos noches superadas. Bunny está contento.

De todas formas, yo le echo un vistazo siempre que puedo. Él ya ha encontrado su rinconcito en el “chalet conejal” que he diseñado y construido para él. Hace un rato, he ido a saludarlo, a decirle que me voy a dar una vuelta y que lo dejo al mando del barco.
Y he oído un cencerro extrañamente cerca.
Me he dado la vuelta y me he quedado de hielo… ¡La cabra negra estaba dentro de mi jardín! Comiéndose todo lo verde que encontraba a su paso. El conejo se acercaba a ella con curiosidad, pero la cabra seguía a lo suyo. Posiblemente, mis gritos se hayan oído en medio vecindario.
- ¡Deja la magnolia, cabra cabrona! ¡Lárgate de aquí! ¡Bunny, Bunny, ponte a cubierto…!
He intentado coger al conejo. Y de hecho, lo he conseguido, pero ha empezado a patalear en el aire y se me ha escurrido de las manos. Mientras tanto, la cabra me miraba con incredulidad, llamándome loca con los ojos.
Yo, a pesar de vivir en un pueblo, y de encantarme la tranquilidad y no querer cambiarla por nada del mundo, soy de espíritu urbanita. No en vano viví media vida en el meollo de una gran ciudad. Adoro vivir donde vivo, pero siento un profundo temor y respeto, a la par que ignorancia, hacia el resto de especies vivas, sean insectos o animales, salvajes o domésticos. Por este motivo, no tengo ni la más remota idea de cómo interactuar con una cabra. Pero está claro que no podía dejarla allí. Dando palmadas y chasqueando la boca (no sé exactamente por qué), he intentado llevarla hacia el hueco por el que se ha colado.
- ¡Largo, largo de aquí! ¡Fuera, bicho, fuera!
Milagrosamente, y tras arduos esfuerzos, el animal se ha ido. Ilusa de mí, he pensado que su entrada era algo eventual y accidental, y que no se iba a repetir. Pero de todas formas, he llamado a la policía, para preguntar qué significan esos animales en el terreno de al lado, cuánto tiempo iba a durar la broma y cómo podemos impedir que vuelva a pasar algo así. Los agentes de la autoridad no daban crédito.
- ¿Qué dices que hay? ¿Un caballo y dos cabras…?
Entre tanto, como he dejado la puerta abierta por los nervios, el conejo ha decidido explorar todo mi piso. Ha comido alfombras, flecos de la manta del sofá, ha investigado por todos los rincones y ha decidido que no le apetecía salir otra vez. Entonces ha empezado la persecución, él escondiéndose debajo de los muebles y yo acorralándolo e intentando que se moviese hacia la salida al jardín, armada con una escoba y una sobredosis de estrés acumulado. Finalmente, lo he conseguido., y Bunny ha vuelto a su residencia estival.
Me he sentado en el despachito, parcialmente contenta porque, al menos, tengo una historia para escribir en el blog, y he empezado a redactar mis andanzas con los animales, esos grandes desconocidos. Al hacer una pausa para releer la historia, he mirado por la ventana, que también da al jardín y… allí estaba otra vez la cabra negra. Las dos patas traseras en el suelo, y las dos delanteras levantadas, apoyadas en el tronco del tilo, cual caballo encabritado de estatua ecuestre de algún héroe nacional. Menudo festín se estaba dando, la muy hija de perra…
He vuelto a salir, gritando como una loca, móvil en mano, marcando el número de la policía local. Los vecinos de al lado y los que estaban en la piscina me han oído, y uno de ellos, tan amablemente, se ha colado en mi jardín para echar a la cabra. Su mujer, asustada, le decía: “ten cuidado, no vaya a embestirte…”. Entre tanto, yo he hablado con la policía, indignada, que se ha personado en mi domicilio en menos de cinco minutos. El paseo que separa los dos edificios de mi comunidad estaba repleto de vecinos, que se han quedado de piedra al ver entrar a los agentes uniformados. Les he invitado a entrar en el jardín y les he expuesto la situación. Me han puesto al corriente del asunto. Por lo visto, los animales son propiedad de un campesino que pidió permiso al ayuntamiento para que pudieran pastar allí. Pero me han asegurado que obligarían al tal señor Antonio, el ganadero en cuestión, a tapar de alguna forma el hueco por el que se ha colado la cabra o a no volver a traerlos. Y, como solución provisional, han puesto dos sillas de mi jardín allí encajadas. Sólo ha faltado el comentario del vecino… “pues como entre el caballo….”. Dios mío, no quiero ni pensarlo.
He hecho amigos entre el vecindario, eso sí. Les he contado mis hazañas con la pseudo-granja, con el atento rescatador corroborando mi historia. Cuando he vuelto a echar un vistazo, los animales ya no estaban. Bunny tiene provisiones, agua fresca, el refugio en perfectas condiciones y los intrusos herbívoros ya se han marchado. Puedo salir tranquilamente a cenar y a tomar una copa con los amigos. Final feliz.
Sábado, 25 de junio
Hoy me he despertado sin oír ningún ruido. Ni rastro de cencerros. Ayer salí a cenar y conté mis aventuras a mis amigos. Y la gota que colmó el vaso: pedí una ensalada con queso… de cabra. La verdad es que nos reímos todos un rato con la historia, aunque yo seguía oyendo cencerros que sonaban en mi cabeza. Pero esta mañana no ha habido tintineo alguno. He salido fuera y no hay rastro de ningún animal. Las sillas siguen donde las puso tan amablemente el señor agente. No hay un alma en el terreno de al lado, pero las dejaré por si volviesen, que espero no sea así.

Creo que los policías, los vecinos, mis amigos y, sobre todo, la cabra, todavía se están riendo….
Contrasentido
No me entiendo. Estoy confusa. ¿Por qué no hago más que pensar en ti? No estoy enamorada, no eres mi tipo. Mi subconsciente ni siquiera me permite utilizar las armas que tenemos todas las mujeres para seducir, y que en otras ocasiones, me han resultado de gran utilidad. Y si es así, tal vez sea porque en el fondo sé que no quiero nada contigo. Porque sé que no quiero nada más que un abrazo.
Es que me he dado cuenta de que nadie me abraza más que mi madre, ¿sabes? No es que no adore que lo haga, y que no la eche de menos ahora que ya no vivimos juntas. Me encantan los abrazos de mamá, pero necesito que otra persona me abrace. Quiero cariño. Pero no maternal ni fraternal. Quiero besos, mimos, caricias…
Por otro lado, también necesito otra clase de amor físico. Llevo mucho tiempo sin estar con un hombre, y tengo ganas. Pero no ganas de sexo sin más, sino de complicidad, de compenetración, de intimidad, de risas, de ternura…

Puede que piense en ti a todas horas porque te tengo cerca, porque me haces reír, porque el deseo carnal me hace querer estar contigo, porque siempre estás ahí.
Claro… ¡es por eliminación! Si nunca he querido acostarme con un desconocido, pero quiero estar con un hombre, y a ti te veo a diario… los números cuadran. La ecuación sale redonda.
Porque el otro día, cuando comimos juntos, me pareciste inmensamente primitivo. Tus modales en la mesa dejan bastante que desear. Pero me invitaste a comer…
A veces, tus reflexiones y tus teorías me parecen dignas de una persona arcaica y obsoleta. No compartimos ni un solo punto de vista respecto a la vida, al amor, al matrimonio, a los hijos, a la homosexualidad, a la mística, a la vida después de la muerte… y sin embargo, pienso en ti. Quiero estar contigo. Y a la vez no quiero. Si me lo pones relativamente fácil, me echaré atrás, estoy segura. Tu manera de actuar a veces me crispa los nervios. No eres agradecido, no me valoras, ni siquiera me ves como mujer (aunque mi terapeuta asegure lo contrario). No eres guapo, tu voz no es agradable ni melódica. Eres una persona de exigua cultura, de escasa inteligencia. Siempre me había preguntado qué veía en ti tu mujer. Pero ahora que sé lo mal que está tu matrimonio, empiezo a comprenderla. Y a la vez, me parece una auténtica arpía por hacerte la vida tan difícil. Me encantaría ayudarte, aunque sé que quizá no lo merezcas. Te cuido y no te das cuenta. Y tienes unos ojos tan bonitos…
No me entiendo. En mi mente vive una abrumadora paradoja que, paradójicamente, no me quita el sueño… pero no dejo de pensar en ti.

La primavera morirá en unas horas. Mañana llega mi fiel amante verano, puntual como cada año. Espero que con él lleguen alegrías y buenos momentos. Tal vez el verano tenga respuestas a todas mis preguntas. A lo mejor las estrellas se alinean para que las cosas tomen su rumbo.
Y mientras tanto, seguiré pensando en ti.
Reflexión a 33º
Cuando empecé a escribir este blog, a pesar de no hacer partícipes de él a amigos, familiares ni conocidos, en el fondo la intención era que el mundo descubriese a la escritora frustrada que llevo dentro. De hecho, en mi primer post, de hace ya mucho tiempo, así lo expongo. Cuando oí hablar sobre el concurso que convoca el diario “20 minutos”, me faltó tiempo para leer las bases, esperar impaciente al período de inscripción, y, sin perder un segundo, apuntarme. Sin grandes expectativas, también hay que decirlo.
En cambio, otros “bloggers” critican este tipo de concursos, porque aseguran que un blog es un diario íntimo, o una serie de artículos y reflexiones personales, que no deben implicar ánimo de lucro ni de popularidad. No obstante, creo que el subconsciente los traiciona, porque si una persona no busca que nadie lea lo que escribe, no lo cuelga en la red. Escribe un diario personal y punto.
A mí, más que el dinero (que siempre se agradece, seamos honestos), me atraía la idea de tener lectores, por aquello de que mi asignatura pendiente en la vida es ser escritora y publicar libros. Yo soy traductora y, en realidad, traducir no deja de ser escribir con tus propios términos lo que has leído y entendido en otro idioma. Y libros y revistas publicados ya tengo unos cuantos. Pero claro, siempre con las ideas de otros. Invariablemente, transmitiendo la palabra de alguien. Nunca dejando al descubierto algo propio.
Pero, a medida que he ido escribiendo en el blog, mi perspectiva de todo ha ido cambiando. El concurso ha pasado a último término. Ahora que me sé leída, por una valiosísima minoría selecta que espero conservar, me encuentro tremendamente arropada y resguardada. Me encanta recibir comentarios de personas que me entienden y de otras que no, pero que, aún así, me leen, lo cual es incluso más digno de agradecer. Me hace tremendamente feliz el sentirme valorada y apreciada en un pequeño rincón de la blogosfera. He creado mi pequeño nido en este gran mundo… y estoy como en casa. El concurso es lo de menos. Si supiera que iba a perder a aquellos que me leen fielmente, no dudaría en darme de baja.
Tal vez algún día me decida a escribir y a intentar publicar ese libro que lleva tanto tiempo pidiendo salir de mis entrañas. Pero, por lo pronto, estoy contenta de poder compartir mi pequeño mundo con quien quiera entrar en él. Bienvenidos… y bienhallada.
Familia
En nuestros tiempos, las separaciones y los divorcios están a la orden del día. En cualquier clase de cualquier colegio, casi un tercio de los alumnos de cursos de primaria son hijos de padres separados. Tal vez el no ser “bichos raros” y el estar habituados a conocer a otros niños en su misma situación los hace sentirse unidos, o les hace comprender, hasta donde alcanzan, que los matrimonios vienen con fecha de caducidad.
Pero hace veinticinco o treinta años, las separaciones no eran tan habituales.
Una niña de dos o tres años puede comprender el divorcio de sus padres, en la medida de lo posible, siempre que éstos tengan en cuenta que ella será quien más lo sufra y, en consecuencia, intenten que el mal sea el menor posible.
Una niña pequeña pasará muy malos momentos cuando su padre pase a ser una visita esporádica, y llorará durante horas cuando se marche a su casa… porque papá ahora tiene otra casa. Y no es ésta.
Hace casi treinta años, los padres de una niña pequeña se dieron cuenta de que entendían el matrimonio de distinta forma. Para él, la libertad individual prevalecía por encima de todo. Y, a pesar de haber vuelto a casarse, sigue pensando lo mismo. Y para ella, la comunión de dos seres en una unidad, hasta que la muerte los separase (en principio) era la definición de matrimonio. Claro que, con el paso de los años, las perspectivas pueden cambiar… pero ya es demasiado tarde.
La fidelidad mutua, el respeto, el equipo formado por los dos y la vida en común eran comprendidas de diferente manera en aquella pareja. Dos lecturas totalmente lícitas… pero indiscutiblemente incompatibles. Y la única solución ante un problema de tal magnitud es la separación. Tal vez se casaron demasiado jóvenes. Quizá no se dieron cuenta de que quererse no lo era todo. Sean cuales fueren los motivos, aquel matrimonio se rompió.
La niña pequeña no es consciente de todo el proceso, por la edad que tenía, y porque sus padres sí estaban de acuerdo en una cosa: ella tenía que sufrir lo menos posible.
La niña sólo recuerda que su padre se fue a vivir lejos, y venía cada dos semanas a verla, a llevarla al cine, al zoológico, al parque de atracciones… pero luego la dejaba en casa para marcharse lejos otra vez. Y ella lloraba, porque no podía creer que su papá ya no estuviera viviendo con ella y con mamá..

Al cabo de un tiempo, que no podría precisarse con exactitud, llegó otro hombre a casa. Y, por su parte, papá empezó a visitar a la niña acompañado de otra mujer. A la pequeña nadie le dijo que aquel fuera el sustituto de nadie. Por supuesto, porque no lo era. Y la mujer que venía con papá… era simpática… y muy guapa.
Papá y mamá charlaban amigablemente, a solas, o con sus respectivas nuevas parejas. Papá y mamá se llamaban, para hablar de su hija, para preguntarse por sus vidas, para desearse suerte…
Papá y mamá siempre estuvieron allí cuando la niña estaba triste, o enferma, o tenía algún problema.
Papá siempre hablaba de mamá con ternura y cariño. Y continúa haciéndolo.
Mamá recuerda a papá con afecto y estima. Y sigue deseándole lo mejor.
Papá y mamá siempre han sido amigos y se han respetado. Y, a su manera, se siguen queriendo.
Hasta que no llegó a cierta edad, la niña se consideraba una hija de padres separados común. Cuando era pequeña, tampoco tenía demasiado con qué comparar. Pero con el paso de los años, empezó a compartir su experiencia con otros niños, y a conocer casos de separaciones en las que los padres no podían verse, en las que el divorcio había sido el postre de gritos y discusiones en casa o, peor aún, de un silencio y un frío que lo helaban y lo cortaban todo. A veces los padres se empeñan en mantenerse unidos sólo por los hijos… como si ellos, por ser pequeños, no fuesen a darse cuenta de que las cosas no funcionan en casa.
Los padres de los demás niños esperaban a sus hijos en el portal, para no ver a la bruja de su madre, culpable de todas las desgracias del mundo. Y las madres advertían a los hijos en contra de la nueva novia de papá, que era mala porque sí. Cuidado.
La niña, cuando ya no era tan niña, se dio cuenta de cómo sus padres la habían antepuesto a todas sus diferencias. Y aunque en muchos casos una separación sea la única solución a un matrimonio equivocado, existen distintas formas de separarse. La niña, al madurar, se sintió orgullosa de haber sido lo más importante para sus padres en tan difícil coyuntura.
Hasta la separación, el divorcio y la nulidad, en ese orden, en los tribunales jamás se habían encontrado con nadie que hablase maravillas de la persona que iba a dejar de ser su cónyuge. Y, por aquel entonces, coincidieron dos. Mi padre y mi madre.

Me enorgullece infinitamente lo bien que se portaron conmigo, y el ser tan inmensamente importante para ellos. Sé que me quieren muchísimo y ni que decir tiene que yo a ellos también. Si hay un dios, o quien quiera que mueva los hilos de este complicado universo, me dio un regalo de valor incalculable: los mejores padres del mundo. El hecho de que no pudieran vivir juntos jamás me ha privado de un ápice de todo su cariño, su amor y su cuidado. Porque para que un padre y una madre quieran a sus hijos, sólo los necesitan a ellos. Y un hijo necesita a sus padres… pero no necesariamente juntos. Jamás he presenciado una sola discusión entre mi padre y mi madre… y eso tampoco tiene precio.
Muchas gracias, mamá y papá. No sé qué he hecho para tener tanta suerte.
Testigo
No soy muy amiga de estas cadenas, pero quien me pasó el testigo me merece un gran cariño y respeto, así que... vamos allá.
Testigo recibido de:
Hada (lo siento, soy incapaz de poner un enlace).
Tamaño total de los archivos de musica en mi ordenador:
18,3 GB... y subiendo.
Último disco que compré:
Me confieso pirata de la música, así que posiblemente fuese alguno para regalar. Creo que la BSO del musical Chicago, para mi madre.
Canción que estoy escuchando ahora:
Original of the species, de U2
5 Canciones especiales para mi:
Hay muchas más de cinco, pero lo intentaré:
One, de U2
Hotel California, de los Eagles
The logical song, de Supertramp
Light my fire, de los Doors
y brilliant disguise, de Bruce Springsteen
Personas a las que le paso el testigo: no quiero obligar a nadie a nada... que se den por aludidas. Bruji, Urteil, Elsur, X., Hache, MA.... sin compromiso.
Hasta siempre
Han pasado dos semanas.
Mi tatuaje no se ha borrado. He vuelto a la vida normal, con duchas a temperaturas decentes. Ahora que está curado, queda aún más bonito.
Mi agenda electrónica finalmente murió, tras una agonía de varios días. Pujé por otra en una subasta en Internet, y me mandaron un modelo equivocado. Curiosamente, inferior al que yo había pagado, porque si llegan a fallar en mi favor… a veces es difícil distinguir entre la honestidad y la estupidez… y no sé qué habría hecho. En principio, todo había sido un error, envié por correo certificado el modelo equivocado y recibí el correcto con los portes pagados. La agenda es genial, casi me alegro de que se estropeara la otra.
Mi jefe me ha hecho una propuesta… pero no del tipo que yo quisiera. Ésta es laboral. Lo cierto es que cualquier cosa que suponga un cambio en mi vida me agobia, y la presión en pleno síndrome premenstrual es lo peor que le puede pasar a una mujer. O, por lo menos, a ésta que escribe. Bueno, lo del síndrome premenstrual es meramente intuitivo, porque al haber estado dos semanas sin agenda, ando un poco perdida.
No obstante, propuestas laborales a parte, me ha parecido notar que me mira con otros ojos. O tal vez es mi mirada distinta la que me hace percibir otra mirada en él. Creo que ahora sus ojos verdes son más intensos, me atraviesan con una mayor profundidad y dulzura. Su actitud también es más prudente y amable… por no mencionar que me ha dicho de mil formas que hace siglos que no tiene relaciones sexuales. Yo tampoco, pero claro, durmiendo sola… digamos que tengo excusa. No sé qué quiere darme a entender con sus comentarios pero, por primera vez en casi cuatro años, se disculpa por sus impertinencias. Y eso sí que es toda una novedad.
Ahora que lo veo algo más factible… me apetece menos.
Y la tienda de magia sigue sin abrir. Los típicos problemas de licencias, obras, burocracia, incompetencia…
Pero ya conozco a la médium, y hemos tenido un par de largas conversaciones. No sé si ve en mí a una buena clienta potencial o realmente su comportamiento es desinteresado, pero me ha hecho partícipe de su don y ha contestado a muchas preguntas que le he formulado. Lo que más me empuja al mundo esotérico es mi insaciable curiosidad por todo. Siempre necesito saber más. Cuando acudo al centro de estética, a la peluquería, al dentista, a la psicóloga… siempre pregunto qué me hacen, cómo, por qué, para qué… Bueno, en el dentista es algo más complicado, por aquello de tener que mantener la boca abierta, pero me las ingenio. Y si me despierta la curiosidad el mundo cotidiano y banal, ¿cómo no va a hacerlo un mundo oculto y rodeado de misterio?

Dentro de poco hará siete años que perdí a mi mejor amigo. Lo echo muchísimo de menos, pero lo que en psicología se conoce como el “período de duelo” ya pasó. En principio, la adaptación a la vida después de una gran pérdida dura entre uno y tres años, dependiendo de cada persona. Yo pasé un tiempo muy mal, pero el cambiar de casa y dejar atrás tantos rincones que hablaban sin preguntarles nada me resultó de gran ayuda. Los recuerdos siguen imborrables, pero tampoco me perdonaría que fuese de otro modo. A veces duelen, a veces sorprenden, a veces hacen sonreír…
Pasaron años en los que soñaba que él seguía entre nosotros, y que todo era normal. Salíamos a tomar algo, charlábamos, reíamos… y el despertar era terrible. Eran sueños bastante habituales, que yo atribuyo a mi no aceptación de lo ocurrido.
Una noche, hará poco más de un año, todo fue distinto. Yo dormía, y él apareció en mi sueño. Pero no era como había sido siempre. Esta vez, venía de visita. De donde estuviese. Pasamos juntos un día entero, en el que pude contarle toda mi vida hasta el momento, enseñarle mi nuevo piso, explicarle tantas cosas que tenía pendientes, abrazarlo, decirle lo muchísimo que lo quería y lo echaba de menos…
Pero, como todo en la vida, el día terminó, y él tuvo que marcharse. Aún sabiendo que pedía un imposible, le supliqué que no se fuera… y él me dijo que tenía que hacerlo, y que yo lo sabía.
Había venido a despedirse.
Dicen que los muertos no se marchan si alguien los retiene.
Dicen que sólo se comunican con las personas que no temen hacerlo.
Y también dicen que una persona es más receptiva cuando la mente descansa y el inconsciente aflora, es decir, durante los sueños.
Desde aquella noche, no he vuelto a soñar con él. No le he visto más que en mis fotos y en mis reminiscencias.
La vidente me aseguró que es algo muy frecuente. Que vienen a despedirse cuando estás preparada para decir adiós de verdad. Y ya no vuelven.

Adiós…
...Pero siempre seguirás conmigo en mis recuerdos.
Tatuada
Hace siete años, se me ocurrió la idea de hacerme un tatuaje en el tobillo. No sabía dónde ir, y una amiga me recomendó un centro de estética donde ella misma se había ido a tatuar una pequeña mariposa en la espalda. Con toda mi ilusión fui allí, escogí un dibujo bonito y discreto, y pedí presupuesto, día y hora. Por si me arrepentía algún día, preferí que utilizasen micropigmentación, para que el tatuaje se borrase en tres años aproximadamente. Era un sol en llamas, con doble contorno en violeta y naranja.
Recién hecho, era una preciosidad. Seguí al pie de la letra todas las instrucciones de cuidado, higiene y “post-operatorio”. Y cada vez que me quitaba la gasa que me acompañó durante quince días, se caía un trocito de costra, dejando debajo un horrible tono rosa pálido. Y, pasadas las dos semanas de curación, todo el tatuaje había quedado de aquel color. Naturalmente, fui a reclamar y se lavaron las manos. Aseguraban que en seis meses, como mínimo, la piel no podía tatuarse en la misma zona, y me dijeron que volviese en ese período de tiempo. Y cuando lo hice… el centro de estética había desaparecido.
El tatuaje no se borró en tres años, ni en cuatro, ni en cinco… Desde aquello, cada primavera me prometía que tenía que arreglar aquella especie de cicatriz de caprichosa forma, que era lo que todo el mundo interpretaba al verlo. Al paso de bota y calcetín a sandalia y falda, cuando miraba mi tatuaje, me acordaba de aquellas dos indeseables que se llevaron mi dinero a cambio de marcarme como a una vaca. Y así, han pasado siete años.
Pero, de un tiempo a esta parte, pongamos un par de meses, me ha entrado una especie de obcecación por que “yo lo valgo”, y me he dedicado, por primera vez en años, a gastarme mi dinero en mí. Me he comprado ropa, un móvil nuevo, he ido a la peluquería a hacerme mechas, me cuido el cutis y las uñas, sigo una dieta sana… No sé qué metamorfosis estoy sufriendo, pero soy más femenina que nunca. Será una crisis de los treinta, o mi avidez por seducir, o alguna reacción neuronal o química de mi cuerpo desencadenada por alguna razón que desconozco. También es cierto que a mí la primavera no me produce esa famosa astenia, sino todo lo contrario. Renazco, como las flores. Se me ilumina la cara, casi se podría decir que cambio de color. Despierto de la hibernación, dispuesta a vivir intensamente los meses de calor, hasta volver a apagarme en otoño.
Y, no sé si como fruto de mi afán por mejorar físicamente, o porque siempre he querido un tatuaje en el tobillo (porque, no nos engañemos, nunca lo he llevado), pedí presupuesto, día y hora en un centro especializado en tatuajes y piercings, relativamente cerca de donde vivo, para arreglar de una buena vez el estropicio que llevo luciendo siete años.
El sábado pasado era el gran día. Sorprendentemente, no estaba nada nerviosa. Aparqué el coche, pagué un buen rato de parquímetro, caminé tranquilamente fumando un cigarrillo hasta el centro en cuestión… pero en cuanto hube puesto un pie dentro, un retortijón y un mareo me prendieron sin previo aviso. Cuando subía las escaleras que llevaban a la “sala de torturas”, casi me caigo. Me flaqueaban las piernas.
Pero, a pesar de mis ganas de salir huyendo, me dejé aconsejar, y me dejé dibujar a rotulador una preciosa flor encima de aquel proyecto de sol asalmonado. Cuando la vi, mandé a paseo todos mis temores y di el visto bueno. ¿Sin anestesia ni nada? Me va a dar algo…
En veinte minutos tenía el tatuaje hecho. Qué bonito es. El procedimiento no es agradable, pero es cierto eso de que “sarna con gusto no pica”. Ahora tengo que cuidármelo durante dos semanas, con agua, jabón y una crema específica. No quería enseñarlo a nadie hasta comprobar que esta vez no se borrará, pero lo ha visto ya media familia y medio grupo de amigos. En esta ocasión, la tinta es permanente. Sin embargo, al recordar mi experiencia anterior, me asaltan las dudas.
Pero estoy contenta.
No obstante, como suele suceder, justo el día del tatuaje, me prometí que no iba a permitirme ni un solo gasto extraordinario más, como mínimo hasta septiembre. Y, ese mismo día, mi agenda electrónica falleció. Bueno, en realidad, estoy pendiente de diagnóstico, porque no sé si agoniza o está muerta del todo. Y parecerá una pijada, pero no puedo vivir sin ella. Ya no sé cuándo ovulo, ni cuándo menstrúo, ni cuándo tengo hora con la psicóloga, ni nada de nada. Y las agendas tradicionales en papel me duran menos que un caramelo en la puerta de un colegio….
Pero estoy contenta. Y eso es lo que importa. El dinero… sirve para gastarlo, ¿no?
Espero seguir teniendo tatuaje dentro de dos semanas...
Magia
Estoy deseando que abran la tienda esotérica y de consultas de tarot enfrente del trabajo.
No es que tenga intenciones de dejarme allí el sueldo, porque considero que tengo la gran suerte de no estar desesperada ni necesitar agarrarme a un clavo ardiendo. Pero pienso que un poco de guía espiritual alternativa no viene mal a nadie.
De entre las personas que se dedican a leer el futuro, un buen porcentaje se aprovecha de clientes deprimidos que ya no creen ni en ellos mismos y acuden a ellas por simple desmoralización. Les exprimen los bolsillos beneficiándose de su dolor, prometiéndoles la felicidad a corto plazo con determinados ungüentos o el asesoramiento inequívoco mediante sesiones continuadas.

Mi madre acudió hará poco más de un año a una vidente, con la excusa de acompañar a una amiga suya, que depende de la bruja en cuestión como de una psicoterapeuta, ya que ha acertado siempre en todas sus predicciones.
Mientras esperaba su turno, echó un vistazo a todos los objetos que vendían en la antesala de la consulta. Había cosas francamente interesantes, libros de magia, esencias, velas preparadas, incienso…
Hojeaba un libro de psicología cuando entró una clienta, joven, que buscaba alguna forma de atraer a la persona amada. Le vendieron un aceite que debía aplicar… a su objetivo en cuestión. Ella en ningún momento dudó de la efectividad del bálsamo, pero su gran preocupación era cómo diablos iba a conseguir rociar al pobre chico con el producto. Si apenas se atrevía a hablar con él, ¿con qué excusa iba a aplicarle el aceite al muchacho?
Me encantaría conocer el fin de esta historia, pero creo que nunca sabremos qué sucedió con la chica, el chico y el aceite…
Pero también está la otra parte del porcentaje, tanto de profesionales de la videncia como de clientes. Si una vidente realmente tiene un don, lo cual es relativamente fácil de comprobar, y un cliente tiene las cosas claras, la combinación puede resultar ideal.
Yo soy feliz con mi vida, y no quiero que me predigan un futuro que tal vez no me guste. Sólo quiero tener en casa las mismas velas y el mismo incienso que utilizo ahora, pero si tienen propiedades terapéuticas, relajantes y mágicas varias, mejor que mejor.
También me gustaría saber si tendré mi tan ansiada aventura o incluso provocar que tenga lugar (esperemos que no haga falta un aceite, pero, llegado el caso… todo se andará). Cuando una persona desea mucho algo, el universo se pone en marcha para que lo consiga, decía Paulo Coelho en El Alquimista. Tal vez entre el universo, la vidente y yo logremos llegar a la meta.

Tengo una amiga que se autoproclama medio bruja, y que a la vez se ríe de las videntes y tarotistas. Hay pocas cosas que me irriten, pero una de ellas es la inconsecuencia. Si crees en tus propias predicciones, ¿cómo no vas a creer en la adivinación? Es como no creer en un dios y rezarle…
Mi amiga asegura con su característica firmeza, que a veces me crispa, que jamás tendré esa aventura.
Eso ya lo veremos.
La lástima es que no puedo dar pasos de gigante, y me tengo que limitar a enviar señales apenas perceptibles. Porque no es cualquiera, es mi jefe. Y mi amiga, lejos de quitarme la idea de la cabeza, consigue que mi proposición cobre firmeza.
Quiero, quiero, y quiero.
Y si la magia me ayuda… bienvenida sea.
¿Tres son multitud?
Hace ya algunos años, me enamoré locamente del que, hasta la fecha, ha sido el gran amor de mi vida.
Y no es J.
Lo curioso del asunto es que, de entrada, la impresión inicial que me llevé de él fue más que nefasta. Y yo que creía (y sigo creyendo) en la opinión que me merece una persona a primera vista…
Lo conocí, o mejor dicho, lo vi por primera vez un verano, en el club de tenis que tanto frecuento desde mi adolescencia. Yo estaba en la piscina, con una amiga, y él no dejó de mirarme durante un buen rato. Muy serio. Llevaba puestas unas gafas de sol, pero a través de los cristales negros, yo distinguía su mirada por pura intuición. No era tierna ni curiosa. Era fría, sentenciadora. Fija. Sentí un profundo desprecio por aquel chico que me repudiaba con tan decididos ojos.
El verano empezaba y con él las salidas nocturnas, las copas, las fiestas… Él hizo amistad con mis amigos, y algunas noches coincidíamos en algún bar o discoteca. Me ponía francamente nerviosa, con aquellos aires de grandeza y su mirada de superioridad. ¿Quién debía creerse?
Eres feo, bajito y te sobran unos cuantos kilos. No me explico cómo puedes ir de nada por la vida….

Un día de tantos, entablamos conversación. En una multitudinaria cena, después de los postres y los cafés, cuando la gente empieza a cansarse de la misma silla y la misma compañía a uno y otro lado, me volví para hablar con la persona que estaba a mi izquierda. Y cuando miré a mi derecha al cabo de unos minutos, allí estaba él. Ya no recuerdo exactamente cuáles fueron sus primeras palabras. De lo que sí estoy segura es de que la impertinencia fue supina. Buen comienzo, sí señor.
A los diez minutos, estábamos hablando de sexo, de amor, de pareja, de la vida… Todavía hoy no consigo entender cómo me sedujo con sus palabras en cuestión de minutos.
A partir de entonces, empezaron nuestras batallas dialécticas, porque no podría tildarlas de conversaciones. Eran mentalmente agotadoras. Pero él siempre dominaba la situación, parecía saber lo que yo iba a decir y lo que yo quería oír en todo momento. Era un reto intelectual, una seducción psicológica, un juego filosófico que, con el tiempo, se volvería inmensamente peligroso.
Él tenía pareja y yo estaba enamorada de otro. O, al menos, eso pensaba.
Tras meses y meses de jugar, un buen día le dije que la partida había terminado.
Ha sido divertido, pero no conduce a nada y yo ya me he cansado.
- Si estuvieras en mi situación, entenderías por qué me gusta jugar.
- Lo entiendo perfectamente, pero como no estoy en tu situación…
Pero, a partir de aquel momento, me propuse firmemente hacerlo mío. Había jugado con fuego y, por mi vida, que terminaría quemándose.

Al cabo de poco tiempo, una madrugada de sábado, yo dormía tranquilamente en mi cama, en aquella embrujada casa que atraía a todo aquel que pasaba por delante. De pronto, me despertaron unos extraños ruidos en mi ventana. Somnolienta, la abrí, y allí estaba él, con otro amigo, coreándome un intento de serenata la luz de la luna. Me obligaron a reunirme con ellos, so pena de gritar y despertar a toda mi familia. Así lo hice, y bajé en pijama, para escuchar la proposición más indecente que me han hecho en toda mi vida.
De camino a casa, en el coche, después de una noche de fiesta, habían estado fantaseando con la posibilidad de hacer un trío. Los dos con una chica. Y yo era la elegida. De entrada, pensé que me tomaban el pelo. A continuación, me negué en redondo e hice ademán de volverme a casa. Pero no podía dejar de mirarlo. Con los ojos, intenté decirle que era con él con quien quería estar. Él tampoco apartó la vista de mí, lo cual me frenó durante unos segundos… suficientes como para que me convencieran de irme con ellos en el coche. Nadie me obligaba a nada.
Si no te gusta, nos volvemos y aquí no ha pasado nada. Somos amigos, tenemos toda la confianza del mundo…
Pero me gustó.
Yo quería estar con él, pero en el lote venían dos. ¿Qué alternativa tenía?
Fue una experiencia única en todos los sentidos. Única, porque años más tarde, tuve la oportunidad de repetirla con dos personas distintas, y no quise. Pienso que es algo que hay que hacer una vez en la vida… o es que tal vez tiene su momento y aquél era el mío.
Pasaron años, durante los que nos veíamos a escondidas, nos besábamos en cualquier rincón, aprovechando los instantes de despiste del resto del mundo.
Creo que me enamoré de él durante aquellos primeros diez minutos de conversación. Cada vez que estábamos juntos, él siempre me decía que nunca volveríamos a vernos, que cada uno tenía su vida, que él tenía pareja… pero no tardábamos demasiado en planear otra escapada furtiva. Él aseguraba que yo era quien dominaba la situación, porque su firme propósito de no quedar más conmigo se desvanecía al instante de verme. Pero yo empecé a sufrir porque, al final, quien se había quemado por jugar con fuego era yo. Me había enamorado de un imposible… y lo sabía.
Con el tiempo, nuestras vidas se fueron separando, nuestras citas se fueron distanciando, y nuestros mundos se fueron alejando. Yo estaba enamorada y él no, lo cual también contribuyó a nuestra progresiva desunión. Pero me quería a su manera y siempre estuvo allí cuando lo necesité. Me di cuenta de que había perdido al hombre de mi vida, y de que nunca estaríamos juntos. Suerte que aún tenía a mi mejor amigo, que me ayudó, como siempre, en todo lo que pudo y más. Cómo le sigo echando de menos…
Al cabo de un tiempo, coincidimos en una boda, en la que estuvimos poniéndonos al día de nuestras vidas y donde zanjamos con un fuerte abrazo nuestra inacabada historia.
Hoy lo veo de vez en cuando, con su mujer y con su hijo pequeño. Su mirada ahora sí es tierna y curiosa. Y su sonrisa aún más. Evidentemente, hace mucho tiempo que no estoy enamorada de él, porque han pasado muchos años y varios hombres desde entonces.
Mi gran amor... espero encontrarte pronto y destronarle.
Porque hasta ahora, si acaso he conocido al hombre de mi vida, sin duda, era él.
La fiesta II
Ayer por la noche fui a la fiesta en casa de J.
Definitivamente, pasé una noche distinta, con amigos y desconocidos, celebrando un cumpleaños y brindando con vino, cava y alegría.

El entorno era de lo más curioso, pero igualmente agradable. La casa que tiene su familia en el pueblo es antiquísima. Tanto, que había sido albergue de una orden de religiosos hace muchísimos años. Es grande, y ostenta un reloj de sol en la fachada. Su estructura es de vivienda comunal, con muchas habitaciones, una gran cocina con chimenea, e incluso una gruta, que sirve de bodega, que se adentra en las profundidades de la casa desde una sala contigua al salón. Tiene un jardín grande y, al estar emplazada en lo alto de una colina, el paisaje desde cualquiera de los puntos cardinales que la envuelven es precioso. Por un lado, se ve todo el pueblo y otros municipios cercanos, con la noche iluminada por las luces de neón. Y por el otro, si es de día, se ve la ladera de una montaña inhabitada, cubierta de miles de pinos formando un frondoso bosque. Y si es de noche, penumbra. Los vecinos más cercanos están a poco menos de un kilómetro de distancia. O debería decir los vecinos vivos más cercanos, porque la casa está ubicada justo al lado del cementerio del pueblo. En realidad, es el lugar perfecto para rodar una película de terror. Pero, paradójicamente, qué bien se está allí…
A lo mejor a los difuntos les llegaron los efluvios del alcohol y la marihuana, y también celebraron el cumpleaños de J.…

Y yo sigo sin respuestas a mis preguntas.
Sólo sé que quiero muchísimo a J., que en un mes y medio su novia estará aquí para quedarse y que en septiembre puede incluso que decidan si hay boda, en función de cómo haya marchado la convivencia.
Sé que le deseo la mayor de las suertes y toda la felicidad del mundo, pero en el fondo, muy en el fondo, mi lado egoísta no quiere que funcione su relación. Pero no entiendo por qué, si hoy estoy la mar de tranquila, no me he llevado ningún disgusto ni decepción… Y me lo pasé en grande en la fiesta. Y mis uñas siguen intactas. Y sigo queriendo tener una aventura con mi jefe. Y mis sentimientos encontrados tampoco son ninguna novedad.
En fin, la fiesta fue genial. La lástima es que, a ciertas horas de la noche, hacía un frío tremendo y yo, viviendo por aquí y conociendo las amplitudes térmicas del campo, no tenía ninguna excusa para presentarme con vaqueros, sandalias, camiseta y suéter de algodón. Muy mona, eso sí. Antes muerta (de frío) que sencilla….
Total, que a las tres, cuando calculé que el nivel de alcohol en sangre me permitiría maniobrar el coche en las tinieblas y cercano a un abismo, decidí marcharme. Y mis amigos también hicieron lo propio. Allí había tantísima gente, que cinco personas menos no se notarían. Ay, que nos hacemos mayores…
Me despedí de J. con un abrazo y con la promesa de quedar un día a solas para tomar una copa de cava a nuestra salud. Y mientras tanto… a vivir.
La fiesta
Mañana por la noche voy a la fiesta en casa de J.
En realidad, no tengo ninguna expectativa, más que la de acudir a la celebración del cumpleaños de un buen amigo, con otros buenos amigos y con algunos desconocidos, a pasar una noche distinta, a brindar con cava (no demasiado, que pierdo los papeles y hablo más de la cuenta) y a escuchar buena música.
Es cierto que no tengo perspectivas de nada en concreto, pero no por pesimismo, sino porque me resulta indiferente. Me refiero a la situación en sí misma. Lo más probable es que sea una cena normal y corriente. Nada más. De acuerdo.
No estoy nada nerviosa, y es cierto, porque sigo sin morderme las uñas. Esto puede sonar a frivolidad, pero para mí está resultando un gran esfuerzo, y con buenos resultados. Ya llevo tres semanas… y subiendo. Pensaba que era imposible y la verdad es que tampoco es tan difícil.
No estoy alterada porque no espero nada. Porque me da la impresión de que no quiero nada. Realmente, mi miscelánea de sentimientos hacia J. es cuando menos extraña. Lo adoro, sí, y no precisamente como a un hermano. Pero no creo estar enamorada y no haría conjuros para conseguir su amor. Por cierto, muy, muy cerca de donde trabajo van a abrir una tienda esotérica donde también harán consultorio de Tarot. Me encanta.

No sé qué me espera mañana, aunque intuyo que nada especial. Y lo mejor es que por ahora, no me importa. Mi tranquilidad actual no tiene precio.
Pero entonces… ¿por qué estoy escribiendo estas líneas? ¿Será que me estoy engañando? ¿será que estoy enamorada y no lo sé? ¿Será que siento la necesidad de gritarle al mundo que he madurado, que he conseguido ser feliz, porque he aprendido a valorar mi vida?
¿Por qué escribir sobre algo que no tiene importancia?
¿Por qué la primera palabra de los tres párrafos anteriores es “no”?
¿Por qué no espero a mañana? A lo mejor encuentro respuestas a todas estas preguntas...
… O tal vez me emborrache y me lo pase en grande.
Sí, creo que será lo mejor.
E y P
Hace poco más de un año, me reencontré casi por casualidad con una antigua amiga del instituto. Cuando teníamos dieciséis o diecisiete años, compartimos un curso, muchas confidencias, varias prendas de ropa en común, una buena cuota de diálogo, y una gran amistad.
Pero ella dejó el instituto y, a pesar de vivir muy cerca la una de la otra, fuimos dilatando las distancias, hasta que dejamos de vernos.
A lo largo de los casi quince años que han pasado desde entonces, nos encontramos alguna que otra vez, en la cola del cine, en una boda, en algún bar. Y la firme proposición de llamarnos y retomar nuestra antigua amistad quedaba siempre en promesa incumplida, por ambas partes, y sin motivo justificado o aparente.
Pero el año pasado, poco después del fallecimiento de mi abuela, me encontré de nuevo con ella. Tal vez porque los acontecimientos recientes me hicieron reflexionar sobre la cantidad de personas que dejamos en el andén durante viaje en el tren de la vida, o sobre lo poco que disfrutamos de su compañía, la cual no valoramos hasta que la perdemos, en aquella ocasión decidí firmemente no perder una potencial amistad que había dejado escapar en varias ocasiones.
A partir de aquel momento, empezamos a vernos con mayor periodicidad. Me presentó a una gran amiga suya de la infancia, que todavía se recuperaba del mal trago de un matrimonio tan breve como fallido. Tras unas cuantas citas con las dos, su amiga yo empezamos a entablar una buena amistad.
Por un momento, a mí no se me había ocurrido pensar que, aunque fuimos íntimas durante un tiempo, quince años y una serie de acontecimientos pueden cambiar definitivamente el rumbo de una persona. Al poco de nuestro reencuentro, empecé a sentir una especie de envidia ante la gran cantidad de amigos y amigas que tenía, y ante sus ganas de vivir y moverse por el mundo. Como el círculo en el que yo giro es bastante cerrado, quise dejarme aleccionar por su forma de ver las cosas. Pero, con el paso del tiempo, empecé a conocer otras cosas sobre mi amiga, tales como una bulimia nerviosa debida en parte a la terrible muerte en accidente de su pareja, a la incomprensión familiar de la que era víctima, a la soledad, al fracaso de otra relación y a su inmensamente baja autoestima. Su interminable círculo de amistades se reducía a un Chat. Sí, es cierto, los amigos eran físicos y no digitales, porque se había reunido con muchos en diversas ocasiones, pero, al menos para mí, ese tipo de amistades pierden gran parte de la esencia de las relaciones humanas, que se basa en el roce cotidiano, en el día a día, en el contacto físico y visual y en muchos otros aspectos que Internet no proporciona, al menos por ahora.
Por otro lado, E., mi amiga, siempre me hablaba de P., su amiga, como de una persona insegura, tremendamente dependiente de la amistad que las unía, sola en la vida y muy afectada por su separación. En cierto modo, me chocó ya que, lo que aparentaba ser una longeva amistad, era realmente una relación materno-filial, de la que E. estaba empezando a cansarse.
Cuando P. y yo empezamos a forjar una relación más sólida, me llevé una tremenda sorpresa, ya que me empezó a contar la insoportable dependencia que tenía E. de ella. “No sabe estar sola, me necesita, y yo no puedo estar siempre pendiente de sus problemas. Tengo mi vida, y una hija de la que ocuparme”.
Desconcierto desmedido.
Se supone que E. es mi amiga de toda la vida, pero… quince años son mucho tiempo. El suficiente como para no reconocer a una persona. Y más en el tortuoso trayecto entre la adolescencia y la madurez. Una decía de la otra lo mismo que la otra decía de la primera. Y yo en medio del triángulo, sin saber a qué atenerme.
P. y yo empezamos a quedar a comer o a cenar, pero siempre bajo la premisa de que era mejor que E. no lo supiera, ya que se sentiría al margen y no podría soportar los celos.
Durante el año que ha transcurrido tras nuestro reencuentro, he ido descubriendo la obsesión que ambas tienen con el sexo, cada una a su manera.
E. acude a citas con los hombres que conoce en el Chat, con los que disfruta de encuentros sexuales plenamente satisfactorios. O, al menos, eso afirma.
P. sale por las noches a buscar presa a un bar musical, del que muchas noches termina llevándose a algún hombre a su casa para acostarse con él.
Pero lo que buscan ellas es amor. Y creo que se equivocan de camino.
Tanto una como la otra afirman que mi pachorra ante la vida es un error. Ambas, cada una con su sistema, me instan a buscar el amor siguiendo sus métodos.
En cambio, yo pienso que las dos están errando el tiro. Yo siempre he asegurado que no sería capaz de acostarme con un desconocido y, hasta la fecha, me mantengo en mis trece. Ellas buscan el amor mediante encuentros forzados y creen que, siguiendo el sistema de prueba y error, acabarán por acertar.
Tal vez yo me esté equivocando al no salir de mi mundo, pero no es tan fácil hacerlo. Que le pidan a un pez que salga del agua. Yo soy feliz con mi vida social, laboral y familiar, y no me apetece cambiarla. A pesar de que disfruto mucho de mis comidas, cenas y salidas con E. y P., al estilo de Sex in the City, a veces me siento vértice de un triángulo irregular, variable y muy desconcertante. Ellas mantienen su amistad entre ellas y conmigo, y parece que empiezan a aceptar el hecho de que yo nunca voy a posicionarme en un bando o en el otro.
Curiosamente, en lo que sí me apoyan ambas incondicionalmente es en tener una aventura con mi jefe. Y en este caso, adopto la misma actitud que ante los horóscopos de las revistas. Si me conviene, les doy la razón...
Además, qué mejor suerte la mía, que voy cada día a trabajar con una alegría…
Soy adicta
Entre mis múltiples defectos, como aquel de disgustarme con antelación por los posibles eventos futuros, también se encuentran varias adicciones.
Soy adicta al chocolate, por ejemplo, y llevo varias semanas con síndrome de abstinencia por aquello de que se acerca el verano y todas sucumbimos en un momento u otro a la terrible operación bikini.

Soy adicta al tabaco, aunque según el test de Fagerström mi nivel de adicción es suave. Posiblemente esto último sea una estúpida forma de autojustificación, porque fumo y no tengo intención alguna de dejarlo, es la dura realidad.
Soy adicta a Internet, y a pesar de trabajar todo el día delante de un ordenador, por las noches aún me queda valor para navegar un rato por la red, chatear con amigos, escribir en el cuaderno de bitácora…
Soy adicta a la terapia. Soy paciente de una psicóloga desde hace varios años y aunque actualmente me siento feliz y satisfecha con mi vida, el hecho de acudir a ella y de tenerla como una especie de gurú también es una adicción que no puedo permitirme abandonar.
Creo que no puedo prescindir de ninguna de mis adicciones. En realidad, acabo de entender esa desesperación carnal que me asalta desde hace varias semanas. Es porque he dejado el chocolate, del que se afirma que es un sustituto del sexo. Siempre había pensado que esa teoría era una sandez, pero empiezo a tener mis dudas. Conclusión: o soy adicta al chocolate, o soy adicta al sexo. Y tengo un síndrome de abstinencia estacionario que, sumado a la primavera, me sume en este estado de agitación, tan profundo, que me impide reconocerme a mí misma. He elegido un mal momento para dejar de morderme las uñas… pero aun así creo que lo conseguiré.
Por otro lado, el entorno colabora.
J., mi eterno amor, por llamarlo de alguna forma, me ha mandado un correo, con destinatarios no revelados, que sólo contiene un poema de Pablo Neruda. En él, el poeta defiende fehacientemente el arriesgar, el dejarse llevar, el no volverse esclavo del hábito, el no cambiar, el dejarse ayudar, el no evitar una pasión…
He preguntado a algunos amigos y amigas si han recibido ese mismo correo, y la respuesta ha sido negativa. De nuevo, no entiendo nada. Pero la parte positiva es que no pienso esforzarme en hacerlo. El último verso del poema dice que solamente la ardiente paciencia hará que conquistemos una espléndida felicidad. Y, de paciencia, creo que cuento con buenas reservas.
Mi mayor adicción, y una de las más recientes, es intentar ser feliz. Entre mis virtudes, menores en número a mis defectos, se encuentra la paciencia. Y el secreto de la paciencia es no vivir en una antesala del futuro, sino disfrutar del presente.
No sé qué ha querido decirme J. con ese poema. Y menos teniendo en cuenta que, hasta donde yo sé, su novia, la del otro lado del charco, no tardará en venir para quedarse…

Dentro de dos semanas, J. celebra su cumpleaños en una fiesta de aquellas que se prolongan durante todo el día. Sol, césped, bebida, excursiones, música, cena… He recibido otro correo (este sí dirigido a varios amigos comunes) que me invita a asistir al evento. No sé si iré, no sé si estará su novia, no sé qué pasará en quince días en adelante…
Soy adicta a darle vueltas a la cabeza, y ésta es una de las adicciones que arrastro desde siempre. No obstante, pienso que en muchos de los casos, motivos no me faltan. Pero la diferencia entre ahora y hace un tiempo es que no sufro al hacerlo. No puede ser nada malo el hecho de que, por los motivos que sean, haya recibido un precioso poema. Si lo ha recibido alguien más, no tiene la menor importancia.
Soy adicta a la música, a la lectura, al buen cine… y, lo que es más importante: aunque soy trabajadora, no soy adicta al trabajo.
Soy adicta al amor y de mis historias fallidas veo la parte buena. Intentaré que la experiencia me permita no volver a equivocarme.
Soy adicta a este cuaderno de bitácora. Tanto, que me he apuntado a un concurso (sin demasiadas esperanzas, porque no creo en el autobombo). Pero esta adicción se la debo a todo el que me lee. No me cansaré de dar las gracias. De corazón.
Reflexión de una tarde de primavera
Mis amigas están respondiendo a la supuesta llamada de la naturaleza y están teniendo hijos. Ya tengo cuatro “sobrinitos” y otro en camino. En cambio yo, o tengo las líneas ocupadas y, cuando la naturaleza intenta contactar conmigo, estoy apagada o fuera de cobertura, o mi arroz es de esos que nunca se pasan. El caso es que a mí la naturaleza aún no me ha localizado.

Supongo que mi síndrome de Peter Pan tiene alguna relación con esta cuestión. Yo me planté a los veinticinco. Y desde entonces hasta ahora, aunque mi vida ha cambiado en muchos aspectos, no he advertido en mi persona ninguna evolución como mujer, al menos en términos convencionales y tradicionales. Casarme de blanco y por la iglesia, convivir los años de rigor, tener el primer hijo, luego buscar la parejita… son cosas que jamás me han hecho ilusión alguna.
Muchos dicen que no me apetece tener hijos porque no tengo pareja. No obstante, según afirman todas esas estadísticas en las cuales creo cada vez menos, a las mujeres a partir de los treinta se nos despierta el instinto maternal, sean cuales sean nuestras circunstancias. Y no creo que el hecho de tener o no un marido esté supeditado al deseo de ser madre. Es más, pienso que si algún día quisiera descendencia, la tendría, independientemente de mi situación conyugal. Pero no quiero. ¿Es eso un problema?
En contra de lo que pueda parecer, me encantan los bebés. De hecho, al llevarme tantos años con mis hermanos pequeños, he convivido con niños durante mucho tiempo. Estoy literalmente loca por Víctor, el primer bebé de mi grupo de amigos, al que he cuidado y quiero como si fuera mío. Tal vez es porque su madre era amiga mía de la facultad, su padre era amigo mío de los fines de semana, y en una unión de amistades por mi cumpleaños se conocieron, luego se enamoraron, al cabo de unos años se casaron y ahora tienen al bebé más guapo del mundo. O tal vez es porque el roce hace el cariño, y nos vemos cada fin de semana. Por los motivos que sean, lo adoro.

A veces me inquieta el hecho de no ser como la mayoría del resto del mundo. O como mínimo, de mi mundo. Mi madre, que por suerte no enloquece por ver a su hija entrando vestida de novia en una iglesia, siempre me dice que no me pierdo nada. Que tengo que hacer lo que realmente quiero, y que no estoy obligada a seguir el hipotético camino correcto marcado por la gran mayoría. Y tiene razón. Soy feliz viviendo sola y no me apetece tener hijos. Me encantan los niños… pero los de los demás. ¿Por qué tendría que sentirme rara o culpable? ¿Por qué voy a hacer caso de todos los que opinan que me falta algo? Por ahora, no me falta nada.
A decir verdad, me falta algo, sí. Pero no es precisamente un hijo. Quiero una aventura. Quiero a un hombre en mi cama. A ese hombre.
Ya.
Ahora.
Será la primavera, serán los meses de estiaje, será que me he encaprichado por una persona en concreto, será que me he propuesto firmemente conseguir lo que pretendo…
Pero ya no me asusta reconocer que sé con quién quiero mi aventura. ¿Por qué no? No creo que haga daño a nadie. Sólo quiero un amigo, un amante, un poco de vibración. No quiero destruir nada ni a nadie. No quiero interponerme entre dos personas. Pero si llego a conseguir mi objetivo, no nos engañemos, no habré interferido en ese abismo insalvable que separa a un matrimonio. Y si, por obra y gracia de una energía superior se produjera el milagro de la reconciliación, mi lluvia se retirará y dará paso al sol y a la luz de un día nuevo. Buscaré los clamores del trueno en otro lugar.

Nunca deja de llover. Lo que sucede es que la lluvia no cae siempre en el mismo lugar. Yo soy esa lluvia que cae incesantemente, ahora aquí y ahora allá. Cuando el sol brilla, yo estoy en otro espacio, intentando que mi existencia y la de quienes me rodean sean más agradables, más tranquilas y más felices. La lluvia es buena… allí donde es necesaria.
Confusión
He empezado a mirar a mi jefe con otros ojos. Y me preocupa, porque tiene todo lo que yo no quiero en un hombre, o, al menos, aquello que nunca me ha atraído del género masculino. O tal vez debería decir que no tiene lo que a mí me gusta. Es una cuestión cuando menos extraña. ¿Con qué ojos le veo realmente?
Hace tres años y medio que trabajo con él, y siempre lo he considerado una persona de escasa inteligencia, pero con la capacidad (o la suerte) de rodearse de personas que le solucionan la vida. En su casa, su mujer es quien lleva las riendas, y en el trabajo, mi afán de extralimitación me ha llevado a manejar prácticamente sola el negocio.
Siempre he odiado su comodidad ante determinadas situaciones, su escaqueo ante cualquier adversidad, su tendencia a delegarlo todo en el resto del mundo.
Nunca he oído la palabra “gracias” salir de su boca cuando he conseguido solucionar tantos y tantos problemas que no eran de mi incumbencia, ni de mi competencia, ni mi responsabilidad. O es un desagradecido o, lo que es peor, no se da ni cuenta. Y esa enorme nariz… que últimamente parece más pequeña...
Por supuesto, aprecio sus virtudes y sus rasgos positivos, como son el no tratarme como a una empleada sino como a una amiga; su buen corazón, que lo tiene; y su nula pretensión de autoritarismo. Tanto es así, que a veces me olvido de que es mi jefe y de que la empresa es suya, por lo que es lógico que en ocasiones actúe de determinada forma, a pesar de lo mucho que yo me enfado, sin motivo alguno. Y esos preciosos ojos verdes… que siempre han estado ahí, pero nunca habían brillado con tanta fuerza...
Tiene problemas en casa, está pasando por un bache personal bastante grave y, lógicamente, le afecta. No ha tenido que darme detalles para que yo deduzca que se siente solo, menospreciado, venido a menos y poco querido. Por su expresión triste veo que se hunde poco a poco, que lo separa un abismo de su mujer y que ella sigue volando cada vez más alto, mientras él se queda en tierra, esperando un cada vez menos probable aterrizaje.

Empecé sintiendo lástima, después empatía, luego una necesidad excesiva de ayudarlo.
Hasta hace tres meses, me crispaba los nervios y ahora me encantaría tener una aventura con él. Espero que mis deseos sean fruto de una confusión de sentimientos mezclada con la alteración sanguínea que trae consigo la primavera. Y espero también que las ganas de que alguien me abrace y me quiera, físicamente hablando, estén consiguiendo que en mi cabeza se esté formando un tremendo lío.

No le he confesado a nadie mi paradoja mental, pero ayer una amiga me sugirió que tuviera una aventura con él. Y casi me avergüenza reconocer que sí, lo haría.
Obviamente, no tengo indicio alguno por su parte y no pienso tomar ninguna iniciativa que comprometa mi puesto de trabajo. No tengo ni remotas intenciones de tirarle la caballería. Pero, si él lo hiciera… creo que no me negaría. Es más, quiero que lo haga.
Estoy confusa.
No. Estoy asustada.
Trabajo
Vuelve a llover. A veces pienso que la lluvia me acompaña desde que escogí mi seudónimo, en un día climatológicamente similar al de hoy. Me acompaña cuando dentro de mí también llueve.

Como el resto del mundo, tengo mis virtudes y mis defectos. Y uno de estos últimos es una incomprensible afición por angustiarme y disgustarme por hechos que aún no han tenido lugar. Por ejemplo, intuyo que una relación va a morir por desgaste y, aunque todavía no haya llegado ese final, yo sufro como si hubiese sido así. Y, a la larga, la relación se acaba y vuelvo a sufrir como si, para colmo, me sorprendiera. ¡Y eso que ya he llorado lo mío!
Ya hace tiempo que tomé la determinación de sufrir solamente una vez (como el bolero) por las cosas. La única vez que hay que sufrir por ellas. Pero, en ocasiones, mis decisiones me abandonan y me dejan desvalida ante cualquier ataque, por estúpido y trivial que sea.
Eso precisamente me sucedió ayer en el trabajo. Trabajo en una empresa muy pequeña, manejando la gestión administrativa y burocrática del negocio. Mi jefe, al que también considero compañero de trabajo, porque él me lo permite, no está pasando un buen momento personal, lo cual me preocupa y me afecta, en primer lugar porque no soy de hielo y le aprecio, y en segundo lugar por si sus contrariedades terminan reverberando en mí, como persona o como trabajadora.
Hasta hace unos dos años, mi viaje en el tren de la vida era turbulento. Muchas paradas, muchos pasajeros que subían y bajaban, incluso algún descarrilamiento… Pero, de un tiempo a esta parte, el trayecto es tranquilo, no hay transbordos, no hay cruces de vías, y por la ventanilla el paisaje es bello, sereno, agradable. Es como un mar en calma bajo un cielo azul grisáceo. Antes siempre vivía pendiente de qué me depararía la siguiente estación. Ahora, no sé adonde me lleva el tren, y tampoco me interesa. Me importa más el trayecto que el destino. Quiero disfrutar de este itinerario, sin preocuparme de cuánto falta para la siguiente parada, ni de cuántas paradas faltan para la última, el final del viaje.

Estoy tranquila, acomodada, tengo una vida sosegada y soy feliz. Y no quiero cambios, al menos por ahora. Y mi jefe lleva tiempo “amenazando” con vender la empresa, o traspasarla o salir huyendo del mundo, como si sus problemas no fueran a salir huyendo detrás de él. Cada vez que lo hace me angustio, no sé si lo dice en serio o si su subconsciente le obliga a disgregar su poder en el único lugar donde lo tiene en estos momentos. Necesito este trabajo, lo quiero, me gusta, me conviene.
Obviamente, la vida no se acaba en un trabajo que, por otro lado, sólo realizo para tener un sueldo fijo, por si en algún momento mis ingresos irregulares como traductora no me permiten pagar las facturas y el alquiler. Podría encontrar un puesto similar, que me permitiese compaginar mis dos actividades. Tengo experiencia, un par de idiomas de propina, buena presencia, informática a nivel de usuario, conocimientos de Internet…
Pero me aterran los cambios. Y me horroriza el hecho de pensar que mi tan apreciada rutina pudiera romperse.
Y ayer, aparece mi jefe, con mirada triunfal, y empieza a desplegar su arsenal contra mí.
“Se acabó. Ya lo tengo decidido”. Y me empieza a contar sus planes de futuro. Resuelto. La venta es inminente, tiene alguien interesado y ya puedo ir haciéndome a la idea. Yo ya no tenía el día, entre los dichosos problemas mensuales femeninos (que no es un tópico, de verdad, la susceptibilidad se dispara), la impresora atascada, la fotocopiadora en huelga y cientos de papeles en la mesa, y sólo me faltaba aquel despotismo despiadado que dispersa mi jefe para sentirse importante.

Ya lo había hecho otras veces y yo nunca le tomaba del todo en serio. Pero ayer, posiblemente por el cúmulo de circunstancias técnicas y hormonales que me envolvía, sí lo hice. Y me enfadé mucho con él. Comprendía que él pensase en su futuro y no en el mío, pero a veces me siento una auténtica imbécil, preocupándome por alguien que no haría lo mismo si la situación fuese inversa. Me siento poco valorada. Nada valorada. Estoy de acuerdo en que no hay que ser neurocirujano ni ingeniero aeroespacial de la NASA para desempeñar mis funciones. Por ese motivo quizá me extralimito en mis obligaciones, para sentirme más útil, y para hacerle la vida más fácil. Y eso se le escapa delante de los ojos. Y yo sólo pido algún cumplido esporádico.
Exploté, le dije que el mundo no se acababa en su empresa y que me alegraba por él, a pesar de la putada que me hacía a mí. Al ver que un ejército de lágrimas se disponía a rodar por mis mejillas, y no queriendo darle el gustazo de ser testigo de ello (y sentirse aún más poderoso), me largué dando un portazo.
Por la tarde, volví, algo más calmada, intentando ser más optimista y culpar a la menstruación de mi reacción. Sus primeras palabras:
- Lo que te he dicho antes… era broma. No te ofusques.
Sentí un irrefrenable impulso de hacer dos cosas bien distintas. Una, darle un abrazo. La otra, darle una buena bofetada.
Evidentemente, no hice ninguna de las dos. Le dije que mis problemas no tenían nada que ver con él ni con su empresa. Que la vida no se termina entre esas cuatro paredes. Le di las gracias por aclararme lo de la broma (graciosísima, por cierto, el rato que pasé en casa a mediodía llorando como una idiota no me lo quita nadie), y que ahí quedaba el tema. Fin de la conversación.
Desde entonces, nos hemos dicho lo justo. Pero no me gusta que haya malas vibraciones en el trabajo, por aquello de que las absorbo cual vampiro y me las traigo a casa. A ver si el incienso se las lleva esta noche. Pero lo que más me molesta es que, por encima de todo, le aprecio. ¿Cómo se puede ser tan estúpida?
Vuelve a llover. En realidad, está tronando. Suerte que tengo la casa llena de velas por si se va la luz.
13 - 31
Cuando tenía unos doce o trece años, y empecé a frecuentar el lugar que ahora considero casi como mi segunda casa, conocí a alguien que sería muy especial en mi vida. Por aquel entonces, conocí a muchas otras personas, de entre las cuales, aún conservo grandes amigos.
A veces, la vida se compara a un viaje en tren, con una estación de salida, un último destino, y cientos de paradas entre medio. En algunas de ellas, suben pasajeros, que se sientan más cerca o más lejos de ti. En otras, se bajan personas, en unas ocasiones importantes y en otras menos. A medida que te alejas, observas cómo se quedan en el andén, saludándote con la mano, despidiéndose quién sabe hasta cuándo. Tal vez para siempre.
Aquella parada, en la que subió tanta gente, fue una de las más importantes de mi vida.
Yo todavía no vivía en el pueblo, en aquella casa más que encantada, encantadora. Pero como veraneaba muy cerca de allí, mis padres me acompañaban en coche al club de tenis, donde empecé a conocer a muchos chicos y chicas de mi edad.
Entre ellos, estaba J., uno más del grupo, pero con un encanto especial. En seguida nos hicimos amigos. Era una amistad estival, porque él vivía en una ciudad y sólo venía al pueblo a pasar el verano. Pero fueron muchos años, uno tras otro, los que contribuyeron a forjar un sentimiento, mezcla de cariño, de intimidad, de confianza, de amistad… un vínculo que parecía indestructible y que, al mismo tiempo, el resto del mundo ignoraba.
Pasaron los años y dejamos de ser niños. A los diecisiete, en una suerte de fiesta que organicé en casa un verano, celebrando que estaba sola, sin padres ni hermanos pequeños, el alcohol y nuestros lazos nos llevaron a un primer escarceo amoroso. Éramos jóvenes y vírgenes, aunque él era más inexperto que yo en las iniciaciones a las destrezas del amor. Él se equivocó conmigo, porque pretendía perder la virginidad y yo no estaba por la labor. Y yo me equivoqué con él, porque pensé que me estaba utilizando, y él nunca ha estado por la labor de utilizar a nadie.
Nuestra aventura quedó en eso. Una anécdota eventual cuyos únicos residuos fueron la rumorología subsiguiente, las bromitas de los amigos, los comentarios maliciosos… Tan insoportables se llegaron a hacer, que nuestro irrompible vínculo empezó a romperse. Fue entonces cuando se me antojó que estaba loca por él, que había dejado escapar una oportunidad de oro, que había metido la pata hasta el fondo. Una mujer a los diecisiete años piensa en esas cosas. Un chico sólo se preocupa de evitar el molesto cachondeo de sus amigos, familiares y vecinos.
La distancia se fue haciendo cada vez mayor, hasta que mi orgullo me venció y dejé de hablarle. Tenía motivos, por supuesto. Las contadísimas ocasiones en que nos encontrábamos a solas, él era un encanto conmigo. Pero, de cara a la galería, apenas me miraba y mucho menos me dirigía la palabra. Así se evitaba las bromas de los demás, que, por otro lado, hubieran cesado si a él no le hubieran afectado. Un buen día, sin más explicación, decidí ignorar su existencia. Y, en principio, a él no pareció importarle.
Al cabo de unos dos años, sin saber prácticamente nada el uno del otro, el destino nos preparó un reencuentro. Empezamos a estudiar, sin saberlo, en la misma zona universitaria, yo por las mañanas y él por las tardes. Nuestras carreras poco tenían que ver y nuestros horarios, menos. Y las facultades estaban lejos la una de la otra. Pero un día, en la estación, esperando el tren para volver a casa, lo vi acercarse, con su particular forma de andar, la melena rubio ceniza meciéndose con sus pasos, y aquellos peculiares pantalones verdes.
Dos años sin hablarnos y ahora, lejos de todo nuestro pasado y nuestro mundo, se está acercando a mí. ¿Me habrá visto? ¿Me hago la despistada? ¿Lo saludo como si tal cosa? Dios mío, qué pequeño es el mundo…
- Hola.
- Hola.
- ¿Qué haces por aquí?
- Estudio aquí por las mañanas. Traducción e Interpretación.
- Vaya. Yo estudio Telecomunicaciones, pero por las tardes.
- Qué casualidad.
- Sí…
- ¿Todo bien?
- Sí. ¿Y tú?
- También.
- Bueno, pues ya nos iremos viendo por aquí.
- Vale. Hasta luego.
No estuvo mal. Nuestra timidez y mi miedo (no sé si él también lo sintió) ante el encuentro todavía nos habían permitido cruzar cuatro palabras. Veríamos en qué desembocaba todo aquello. Tal vez no volvía a verlo y aquel día fue un capricho del azar. La conversación fue algo tensa y fría, pero, al menos, fue. Aparentemente, él se había apeado de mi tren de la vida, ese viaje a veces cruel, que nos une y nos separa de las personas a quienes queremos, jugando con nuestra fortuna. Se había bajado del tren de mi vida. Pero, en algún punto del trayecto, había tomado otra ruta que lo había traído de vuelta a mí, en un oportuno cruce de vías férreas. Y aquello no podía ser una simple casualidad.
Gracias a los años de universidad, nuestra amistad volvió a cobrar fuerza, aunque, al menos por mi parte, el sentimiento era más intenso. ¿Amor? ¿Atracción? ¿Asignatura pendiente? Ni yo misma lo sabía. En realidad, sigo ignorándolo.
Al cabo de algunos veranos, ya con veintipocos años, en una fiesta alcohólica y loca concebida para afrontar la dura vuelta al trabajo, a los estudios, al otoño o a la cruda realidad, terminamos haciendo el amor en la piscina. Fue tremendamente dulce, tímido, inseguro. Cuando el amanecer nos cazó allí, sin ropa y sin recursos, la timidez volvió a investirnos. ¿Volveríamos a estar años sin saber el uno del otro? Aquella vez, tal vez no.
Fue valiente. Nunca lo había sido hasta entonces. Tras varios intentos fallidos, vino a darme explicaciones que yo no deseaba ni necesitaba escuchar, pero que agradecí.
- Ha estado muy bien, pero tenemos vidas separadas y esto quedará como una bonita historia en nuestros recuerdos - se excusó.
- Opino lo mismo - mentí.
- Seguiremos siendo amigos.
- Claro.
A partir de entonces, nos fuimos viendo de verano en verano y en ocasiones contadas. Pero nunca nos perdíamos la tradicional fiesta de despedida del calor, de la playa, de la piscina y de las vacaciones. Y siempre la clausurábamos en algún rincón íntimo, en su coche, en el mío, en el suelo, bajo el estrellado cielo estival, queriéndonos a nuestra manera. A escondidas del resto del mundo. Desde un punto de vista algo frívolo, nuestros puntuales encuentros veraniegos se habían convertido en una especie de tradición, como la fiesta.
Pero, con el tiempo, algo fue cambiando. Aquel vínculo que parecía perdido desde el ocaso de la infancia y el albor de la adolescencia empezó a reconstruirse. De agosto en agosto, una vez al año, nos empezamos a hacer confidencias, a abrirnos el uno al otro. Él fue la única persona capaz de arrancarme una sonrisa cuando murió mi gran amigo, mi alma gemela, mi hermano, la mejor persona del mundo. Me ayudó tanto que, varios años después, tuve el valor de agradecérselo con palabras. Nos comprendíamos, nos gustábamos, estábamos bien juntos. De agosto en agosto. Lo nuestro era algo especial… de verano en verano.
Así continuamos, hasta hace un par de años. Aquel verano sucedió algo inesperado. Se marchó de viaje con unos amigos y… se enamoró. Locamente. Conoció a la que hoy es su pareja y, a pesar de la distancia que los separa y de las muchas dificultades que eso comporta, siguen juntos. Juntos, pero con el océano Atlántico entremedio. Mucha gente opina que esa relación no va a ninguna parte, que si después de dos años aún no viven juntos es que algo no funciona, que un día él se dará cuenta de la situación… Yo, mi opinión, me la reservo, porque hasta la fecha, nadie me la ha pedido.
Cuando lo supe, no puedo decir que me llevase un mazazo, pero la noticia me sorprendió…y no precisamente para bien. En el fondo, siempre había creído que él y yo, un día u otro, sin prisas, íbamos a terminar juntos, quizá no de forma tradicional o convencional, pero sí a nuestra manera. ¿Habría estado enamorada todo aquel tiempo? Nunca me había detenido a analizar qué tipo de amor era el que sentía hacia él… Era amor, y punto.
Acerté a decirle todas estas cosas, más o menos, pero sólo por escrito. Él me respondió, diciéndome que era feliz, que estaba enamorado, que no se esperaba mis palabras, que lo sentía, que no me enfadase, que supiera entenderlo.
¿Cómo voy a enfadarme contigo? Me alegro de que seas tan feliz, y espero que ella sepa valorar la suerte que ha tenido. Sólo quiero lo mejor para ti, y espero que estas cartas informatizadamente impersonales no venzan una posible batalla contra nuestra amistad.
Fue entonces cuando me confesó que yo había sido su primera vez, en aquella ocasión, años atrás, en la piscina. Y que eso nunca iba a olvidarlo. Es un secreto que seguimos compartiendo.
Me da la impresión de que le sorprendió que yo le comprendiese.
Y a mí me sorprendió la tranquilidad que sentí a partir de entonces. Era como si me hubiera liberado. Ni una lágrima por haber “perdido” al hombre al que “amaba”. Nada. Sólo una reconfortante sensación de tranquilidad, de calma, de equilibrio.
Sólo había sentido una punzante necesidad de decirle que era una persona tremendamente importante en mi vida.
Sólo lo quería. Como lo quiero ahora. Sin mayores expectativas.
A partir de entonces, empezamos a llamarnos por teléfono, cosa que jamás habíamos hecho. Siempre por algún motivo y no con mucha frecuencia. Empezamos a comportarnos como auténticos amigos, sin pasado ni futuro, pero con un vínculo especial. Él estaba tranquilo, tenía novia, era feliz y nadie podría decir lo contrario. Yo estaba tranquila, todo se había hablado, no había tensiones, ni temor, ni nada. Sólo una bonita amistad, un sano sentimiento, una complicidad que nunca se había perdido.
Con el tiempo, fuimos viéndonos y llamándonos con mayor frecuencia, hasta que un día, hace pocos meses, me propuso quedar, para contarnos nuestras vidas, para que le enseñase mi casa, para charlar como dos buenos amigos. Así me contaría su relación con su novia, yo le contaría mis fallidas historias, hablaríamos de lo genial que es la independencia de los padres, de trabajo, de amor, de sexo, de drogas, de hijos, de la vida…
Era la primera vez en casi veinte años que quedábamos a solas, como un par de buenos amigos, para charlar. La tranquila tarde en el sofá, contándonos nuestras vidas, se escapó casi sin avisar y dio paso a la noche. Estábamos relajados, a gusto, sin temores, sin presiones y sin prisas. Salimos a cenar, brindamos por nosotros, por repetir una velada tan agradable, porque después de tantos años ahí estábamos, cenando juntos y pasándolo tan bien. Como dos buenos amigos. Porque eso es lo que somos. Dos buenos amigos.
Volvimos a mi casa, y descorchamos una botella de cava que yo guardaba para una buena ocasión. Brindamos, fumamos, reímos, charlamos y, de pronto, me besó. Fue un beso dulce y apasionado, que rápidamente empezó a encender una llama que creíamos apagada. Nos dejamos llevar. Nos quitamos la ropa, fuimos al dormitorio, nos lanzamos literalmente a la cama. No quise pararme a pensar. Me dejé subyugar por la situación. Mañana será otro día.
- Lo siento, no puedo. Estoy borracho. No es por ti, te lo prometo, lo siento.
- Iba a decirte que no empezases nada de lo que pudieras arrepentirte… pero no lo he hecho.
No sé si fue realmente el alcohol o la mala conciencia. O una mezcla de ambos. Nos dimos un abrazo eterno, y a la vez, insuficiente. Dulce. Agridulce.
Quiso salir huyendo, pero conseguí que se quedase un rato más, para intentar deshacerme de lo embarazoso de la situación. Una fuerza superior a nosotros nos había sorprendido con la guardia baja y, por un lapso de tiempo que ahora no sabría concretar, pudo con nuestras voluntades.
Hablamos, y nos confesamos una atracción mutua muy fuerte, tanto física como espiritual. “Me gusta cómo eres. Me gusta estar contigo. Siempre me has hecho sentir muy bien. Desde pequeño”. Sólo le dije que no quería perder lo que teníamos. Y entre besos y caricias me prometió que nunca lo perderíamos.
Después de aquello, nos hemos vuelto a ver un par de veces, una de ellas por mi cumpleaños. Me trajo un regalo. Es un cielo y le adoro. Sin más.
No sé si nuestra historia continuará, o si duró desde los 13 hasta los 31 años. Supongo que nadie tiene respuesta a mi pregunta. En realidad, no sé si quiero una respuesta.
Todavía quedan muchas estaciones en el tren de la vida. Y el viaje, espero, será largo.
La casa
Hasta los catorce años, viví con mis padres y mi hermano pequeño en un piso, en una gran avenida de una ciudad con mucho bullicio.
Veraneábamos en una casita, en un pueblo a unos treinta kilómetros, donde ya pasaron muchos fines de semana y estíos mis abuelos y mis tíos. (Y, sin haberlo deseado, me ha salido un pareado). Nos quedábamos allí todas las vacaciones escolares, porque a mis padres no les importaba tener que recorrer sesenta kilómetros para ir y volver del trabajo, ya que la tranquilidad del campo compensaba con creces el calor del asfalto urbano en pleno mes de agosto.
Nuestros vecinos de la ciudad – curiosamente, los padres de aquel primer amor pubescente por el que tanto sufrí al cabo de mil años – veraneaban en un pueblo cercano al nuestro, y eran socios de un club de tenis local. Como yo ya tenía edad de tener un grupito de amigos de fin de semana y, presumiblemente, mis padres también, nos hicimos socios del club y empezamos a frecuentarlo. De camino, en la misma urbanización donde se encontraba, siempre pasábamos por delante de una enorme casa, preciosa, de piedra importada de Holanda, con una valla blanca de estilo inglés y un inmenso jardín. En lugar de persianas, tenía unas bonitas contraventanas, y era muy grande, con cinco habitaciones, todas con baño propio. Un sueño de casa. Naturalmente, había varias rutas posibles para llegar al club, pero siempre escogíamos la misma. Mi madre estaba literalmente enamorada de aquella casa.
Al poco tiempo, y casi por casualidad, mis padres se enteraron de que la casa estaba en venta. A la familia que vivía en ella le urgía quitársela de encima, ya que el matrimonio se había divorciado y la mujer no podía mantener una casa tan grande y a sus tres hijos. Después de hacer muchos números y cábalas, y de sufrir muchos dolores de cabeza, mis padres decidieron lanzarse de cabeza a la piscina y comprarla. Yo estaba encantada con una casa tan grande y tan bonita… Pero lo que no esperaba era que, terminado aquel verano, ya no fuéramos a volver a la ciudad. Mi hermana había nacido unos meses antes y el piso se nos había quedado pequeño. Por otro lado, una casa tan grande para fines de semana hubiera quedado muy desaprovechada. Y, en pleno invierno, cuando la casa se hubiera caldeado ya tendríamos que marcharnos de nuevo a la ciudad. Bueno, todas esas explicaciones fueron las que obtuve cuando me quejé, lloré y pataleé por no poder volver. A esa edad, empiezas a salir con los compañeros de clase por las tardes, vas a casa de uno, a casa del otro, al cine… Y yo tendría que quedarme a vivir en un pueblo de mala muerte, sin conocer a nadie, y dejar de ver a mis amigos. A los catorce años, treinta kilómetros son treinta años luz. La casa era preciosa, sí. Pero no era mi casa.
No obstante, fue pasando el tiempo y, aunque no puedo afirmar que los once años que viví allí fueran los más felices de mi vida, es cierto que aquella casa tenía algo que seducía, que cautivaba. Un magnetismo, en cierto modo extraño, que embelesaba a quien vivía allí. Al menos, esa era mi percepción. Lo era entonces, y lo sigue siendo ahora. La casa parecía tener vida propia. A veces paso por delante y me da la impresión de que me mira, me reconoce y me recuerda. Y me llama.
Como mis hermanos eran pequeños, muchos viernes por la noche (por no decir todos) tenía que quedarme con ellos porque mis padres salían a cenar. Evidentemente, no tardé en hacer amigos y ellos no tardaron en venir a hacerme compañía en mis veladas de hermana mayor responsable. Cuando los niños ya dormían, escuchábamos música, veíamos películas o, simplemente, charlábamos sobre lo incomprendidos que éramos, o sobre que los padres de los demás siempre eran mucho mejores que los de uno, dónde va a parar...
Una de esas noches de viernes, mi hermano y su sonambulismo enervante estaban durmiendo en casa de un amiguito, lo cual, en parte, ya era un alivio. A los seis o siete años, se levantaba de la cama, con los ojos abiertos como un búho, y corría por toda la casa, asegurando que “están aquí… y vienen por mí”. Lo cierto es que su rostro palidecía y realmente parecía que él viese algo que los demás no veíamos. Incluso nos lo señalaba con el dedo. Hace relativamente poco, he sabido que los niños, hasta cierta edad, tienen la capacidad de percibir fenómenos o presencias que los adultos no sentimos. Pero tampoco se me había ocurrido vincular los paseos nocturnos de mi hermano con ese presunto y aterrador don infantil. Con el tiempo, el sonambulismo se fue calmando hasta que, finalmente, desapareció.
Esa noche, mi hermano no estaba. Mi hermana, que no llegaba al año de edad, ya dormía en su cuna, en el piso de arriba. En aquella ocasión sólo éramos dos personas, una amiga mía y yo.
Charlábamos tranquilamente en el salón, sobre amoríos, clases, profesores, amigos… o tal vez sobre temas más trascendentales, pero lo dudo, y, de pronto, a ambas nos pareció escuchar el clásico chirrido de la cuna de mi hermana cuando se despertaba y se movía frenéticamente en su interior, reclamando la atención de quien quisiera atenderla. Subí a echar un vistazo y la pequeña estaba plácidamente dormida.
No le di importancia y bajé, con intenciones de retomar la conversación donde la hubiésemos dejado. De nuevo en el salón con mi amiga, volvimos a oír otro sonido. Guardamos silencio y prestamos atención. Era como una voz que canturreaba en el piso de arriba. El timbre era muy neutro, no podría asegurar si era de hombre o de mujer. El hecho de no estar sola me tranquilizó, pero sólo en parte, porque éramos dos personas las que oíamos exactamente lo mismo, lo cual quería decir que el sonido era real. Tal vez si no hubiese habido nadie más conmigo, me hubiera obligado a convencerme de que eran imaginaciones mías (recurso que recomiendo encarecidamente, a mí siempre me ha resultado de gran utilidad).
Ni que decir tiene que nos asustamos mucho, porque la voz estuvo canturreando durante un buen rato, y nosotras no sabíamos qué hacer. No olvidemos que arriba había un bebé durmiendo. De no haber sido así, posiblemente hubiésemos salido huyendo despavoridas. Pero yo jamás hubiera dejado a mi hermanita en manos de aquella extraña voz…
Finalmente, la voz cesó, mi hermana continuó durmiendo, mis padres llegaron y mi amiga y yo, en un arrebato de lucidez adolescente, preferimos omitir nuestra versión de los hechos, porque estaba claro que nadie nos iba a haber creído.
Todavía hoy, más de quince años después, siento un escalofrío cuando recuerdo aquel episodio. Nunca llegué a saber de quién era aquella voz que arrullaba a mi hermanita, como tampoco me enteré jamás de quién arrastraba las sillas de la cocina una mañana en que yo estaba sola, ni de quién caminaba sigilosamente por las noches, ni de quién tiró todos los vasos de la vitrina del comedor…
Era aquella casa. Una casa que debía de tener vida propia, porque no nos dejaba marcharnos después de venderla, al cabo de once años. Una oportunidad única, jamás la pagarán tan bien. Luego querremos deshacernos de ella con prisas y la malvenderemos. Nadie quiere marcharse precisamente ahora, pero es una oferta irrecusable. Bueno, todas esas explicaciones fueron las que obtuve cuando me quejé, lloré y pataleé por no poder quedarnos. Y, en el fondo, sabía que era lo mejor. Tenía que cambiar de vida, en una casa nueva, sin recuerdos y sin pasado. Iba a ser lo mejor para mí. Empezar de nuevo.
La casa me pedía a gritos que me quedase allí. Su inquietante magnetismo nos hizo muy difícil la marcha. Permaneció conmigo, en mis sueños, durante mucho tiempo. Aún hoy me visita algunas noches. Parece que no nos resignamos a estar separadas, aunque, paradójicamente, nunca fuimos muy felices juntas.
En la actualidad, cuando paso por delante de ella, lo cual no sucede muy a menudo, no puedo evitar mirarla con nostalgia. Los inquilinos que nos siguieron estuvieron allí pocos meses. Y los posteriores, aún menos. Tal vez la casa no los quisiera allí. Ahora está vacía. Lleva mucho tiempo vacía. Tal vez me espera. Si tiene mucha, muchísima paciencia, puede que algún día el destino quiera que volvamos a unirnos. Pero, por lo pronto….
Tengo
Después de una relectura exhaustiva de mi cuaderno de bitácora, me he dado cuenta de que, con mis reflexiones, puedo dar la impresión de que mi vida es un paño de lágrimas, pero eso no es en absoluto así. En realidad, puedo afirmar con orgullo que soy tremendamente feliz.
He pasado momentos muy duros en mi vida, supongo que como todo el mundo, y a ellos les debo en parte mi tranquilidad actual. Porque gracias a ciertas experiencias, aprendes a valorar lo que realmente merece la pena y lo que tienes, y a no lamentarte por lo que no tienes. Es bien cierto eso de que “no es más feliz quien más tiene, sino quien menos necesita”. Y yo, además, tengo muchas cosas.
Tengo una familia que me quiere y a quien quiero, y que siempre estará ahí si grito pidiendo ayuda.
Tengo un buen trabajo. Bueno, a decir verdad, tengo dos, porque para vivir sola y permitirme ciertos caprichos, no me basta con mis ingresos como traductora o con mi sueldo de administrativa. Así que no me queda otra que compaginar ambas ocupaciones, pero, de nuevo, tengo la suerte de poder hacerlo.
Tengo muchos amigos. Siempre nos reunimos los fines de semana, a veces unos, a veces otros, a veces todos. Y no hay nada que me emocione más que el hecho de que, cada año, en mi cena de cumpleaños, haya más gente que en fechas señaladas como la noche de fin de año. No soy muy dada a expresar emociones y sentimientos, si no, les lloraría tanto de alegría...
Tengo un piso que me encanta, y con el tiempo, he podido ir llenándolo de cuadros, risas, velas, amigos, adornos, buenas veladas, canal digital, tranquilidad, Internet, felicidad...
Tengo un coche que me lleva al trabajo y adonde le pida, y se porta muy bien, porque sabe que estará conmigo muchos años y nos conviene tener una buena relación.
Tengo la seguridad que sólo la madurez y un poco de esfuerzo confieren, aunque sigo empeñada en no curarme de mi síndrome de Peter Pan y asumir que tengo 31 años, y no 25. Pero, al finy al cabo, eso no es malo. Me siento más joven y aparento menos edad de la que tengo. ¿Y?
Tengo amor. El que doy y el que recibo a diario de las personas que están cerca. No tengo pareja, pero no creo que eso sea algo casual. Me considero un espíritu libre y aunque (no nos engañemos) me encantaría tener un hombre con quien compartir mucho, tampoco quisiera compartirlo todo. Soy consciente de que no me resultará fácil encontrarme con quien comulgue con mis ideas, y quiera ser mi pareja sin vivir conmigo.
Tengo salud, exceptuando algunos problemas típicos como resfriados, dismenorreas, jaquecas... Pero doy gracias a diario de que todo quede en esos males menores.
Tengo suerte. De un tiempo a esta parte, la tengo. Sí. En parte me la habré buscado, pero en parte me ha llovido como un regalo del cielo.

Y, por supuesto, hay muchas cosas que no tengo. Pero estoy segura de que, al menos por ahora, no las necesito.
Amor
A pesar de ser soltera, o mejor dicho, gracias a ello, he estado con bastantes hombres en mi vida. Siempre fui una defensora firme de relegar el sexo del amor, y eso está muy bien cuando nunca los has unido. Pero cuando los conoces juntos, ya no puedes separarlos nunca más. Con “amor” no quiero decir amor platónico, enamoramiento, pareja, matrimonio... Me refiero al sentimiento en estado puro, sin entrar a clasificarlo en uno de sus muchos subtipos. Es decir, que no necesito una promesa de amor eterno para embarcarme en una aventura. Por otro lado, esas inocuas promesas no se cumplen en uno de cada tres casos, según fuentes oficiales. Entonces, ¿para qué sirven?
En la adolescencia tuve algunos novios. A unos los quería más que a otros, y con unos me desengañé más que con otros, como suele suceder. Y ya en edad de pensar en el futuro, me he enamorado dos veces. O tal vez una, y la otra era una especie de adicción, de enganche, de obsesión enfermiza...Hoy por hoy, aún no sé exactamente lo que fue. Y, a estas alturas, ya me da lo mismo

De la primera guardo un bello recuerdo. Duró muchos años, tal vez por lo bonito de que nunca llegásemos a ser pareja, por la atracción de ocultarnos del resto del mundo, porque él tenía novia “oficial”, porque aún hoy pienso que, si eso de la “media naranja” existe, a mí se me escapó entonces. Ahora ya no siento otra cosa por él que un profundo cariño y un hondo respeto. Tiene un hijo pequeño y una pareja encantadora. Y le deseo toda la felicidad del mundo.
Mi otro presunto amor, al que hoy en día ya no veo tan claro, resultó, cuando menos, tormentoso. Era el primer chico en el que me había fijado recién estrenada la pubertad, cuando las hormonas nos inducen a empezar a ser mujeres, y los hombres son todavía niños que tardarán una eternidad en conocer el significado de la palabra “desamor”.
Tardé muchos años, novios y aventuras en estar con él, y lo conseguí cuando ya no lo quería, como tan injustamente sucede siempre. Nuestra historia empezó más como curiosidad física del uno hacia el otro que como atracción propiamente dicha, pero la fuimos satisfaciendo y ¿qué pasa cuanto más conoces? Que más quieres conocer. Y nuestras “ansias de saber”, él de mí, y yo de él, nos llevaron a una aventura que no creo que pueda repetir jamás con nadie. No obstante, tengo la esperanza de estar equivocada.
Nuestro vínculo no conocía de distancia, ni de lugar, ni de momento, ni de esperas. No podíamos dejar de querernos, en términos físicos, por ninguna razón válida en el mundo entero.
No sé de quién fue el error de querer confundir aquella desmedida vehemencia física con amor. Creo que primero fue él, y después yo, aunque tampoco podría jurarlo. Cuando nos empezamos a hacer preguntas, y discrepamos en las respuestas, todo empezó a venirse abajo.
Él no fue sincero conmigo, y bailaba hacia mí y hacia allá, aparentemente sin darse cuenta de que me estaba destrozando. Ahora me quería, ahora no. Quizá lo peor fue que me dijera que me amaba, pero que no podía estar conmigo. Y a mí, ciega y loca como estaba, se me ocurrió creerle.
Tras varios meses de tormento, creyendo que luchaba por él y que lo conseguiría, me rendí. Ya no tenía fuerzas y había quemado todos los cartuchos. Aún tuve la caballerosidad de decirle que me retiraba de la batalla, que no podía dar un paso más y que él había vencido. Y, para colmo de todo mal, no pareció agradarle la idea de que mi sombra dejase de planear sobre su existencia. Ni conmigo, ni sin mí.
Tardé mucho tiempo en recuperarme de aquel terrible desengaño. Con el tiempo y la objetividad que éste te proporciona, aciertas a ver y comprender cosas que antes se te escapaban. Una de ellas fue su inmadurez, su influenciabilidad, y el desequilibrio mental que conlleva una serie de situaciones vividas, o incluso la propia genética. Supongo que la seducción mutua a la que nos habíamos sometido me llevó a camuflar subconscientemente lo que no me interesaba ver.
Por otro lado, mi situación personal en aquella época era de lo menos propicia, ya que mi mundo llevaba mucho tiempo centrado exclusivamente en él. Él era mi todo, y, sin él, me quedé sin nada. Poco más de un año antes, perdí a la única persona que hubiera podido ayudarme a salir del pozo. A veces pienso que mi mortificación fue tan tremenda por mis circunstancias, como la falta de un trabajo fijo, el tiempo de que disponía para pensar, y que mi mejor amigo, mi alma gemela, había muerto poco más de un año antes. Ahora miro atrás y casi me hace gracia el pensar cómo llegué a desquiciarme por una persona que no merecía en absoluto la pena. Ahora, él está casado y tiene un hijo, y también le deseo lo mejor del mundo. Y, sobre todo, le deseo que haya aprendido a tomar sus propias decisiones, que haya madurado, que sepa cuándo hay que escuchar al corazón y cuándo a la razón, y que la vida le enseñe que no se puede jugar jamás con los sentimientos de las personas, sean cuales sean las circunstancias.

He tardado mucho, pero ya estoy preparada para el amor verdadero, sin condiciones, sin preguntas y, especialmente, sin convencionalismos. Amar no significa compartir un piso, ni una hipoteca, ni unos papeles firmados. Los sentimientos no se pueden plasmar en representaciones efectivas y prácticas...porque es entonces cuando dejan de ser sentimientos.
New York, New York
Durante muchos años, he tenido la suerte de poder viajar a diversos países, a pesar de que, en la adolescencia, cuando las últimas personas en quienes confías y con quienes deseas compartir tu tiempo sean tus padres, me perdí viajes que ahora no me perdono, pero que confío en poder realizar en años venideros.
Mis dos sueños fueron siempre París y Nueva York, aunque con la primera viví una sustancial desmitificación. La torre Eiffel me fascinaba desde niña y, siéndolo aún, la decepción que sentí con la ciudad del amor fue colosal. Me gustó Montmartre, sí, pero el Louvre lo recorrí sin apenas detenerme a observar un cuadro, y la Gioconda fue la gota que colmó el vaso. Pequeña, oculta por un escudo de cristal y por mil japoneses fotografiando quién sabe qué. Tal vez la edad y la compañía no eran las más indicadas. No sé.
En cambio, mi otro gran sueño, cumplido hace poco más de cinco años, fue Nueva York. El Empire State, las Torres Gemelas, cuya desaparición poco después me hizo saltar las lágrimas, la Bolsa, con sus estresados brokers pegados al teléfono, Cats, la Estatua de la Libertad, Times Square, Central Park... Prodigioso. Me fascinó.
Fueron seis días intensos, desde el aterrizaje inicial hasta el ulterior despegue. No había tiempo de preocuparse por el jet lag, ni por el cansancio, y mucho menos por el dinero.
Frío. Descomunal frío el de la Gran Manzana. Nunca he pasado tanto frío. Nieve, lluvia (por supuesto), hielo, la sensación térmica... que sólo es una sensación... en realidad, no hace tanto frío. Claro. Uf, qué calor.
La primera noche nos encontramos en pleno Harlem, a lo que allí son altas horas de la noche, con la palabra “turistas” tatuada en la frente, por un error al tomar el metro. No es el Bronx, lo sé, pero impone. Lo malo: ni un alma, ni mucho menos un taxi, que nos pudiera llevar al hotel. Lo bueno: caminando a toda velocidad e intentando inútilmente no llamar la atención, lo que menos acusas es el dichoso frío, compañero inseparable durante todo el viaje.

En vista de la experiencia, y como no teníamos un segundo que perder en comprender la intrincada red del metro de Manhattan, al día siguiente optamos por el taxi.
En Nueva York, los taxis, o cabs, como allí los llaman, son muy distintos a los de otras ciudades del resto del mundo. El asiento del conductor y el de los pasajeros están separados por una plancha de metacrilato, indudablemente por motivos de seguridad. En ella, el pasajero puede ver plasmada la licencia del taxista, con su foto, su nombre y sus apellidos. Tal vez por ser el primero de tantos, o a saber por qué motivo, me llamó la atención la foto y el nombre del taxista, de origen hindú, y más aún el hecho de que nos preguntase si debía tomar Ámsterdam Avenue. Buen hombre, ¿tenemos aspecto de saber qué ruta es la más indicada? ¿Realmente podríamos pasar por autóctonos? Usted verá qué carrera es la mejor, pero llévenos al hotel, que estamos cansados.

El cansancio y el frío, ya teníamos dos fieles compañeros de viaje. Pasamos seis días ajetreados, con muchos taxis y poco descanso, pero inolvidables. Ya echaba de menos Nueva York antes de haberme marchado de allí. El paseo en helicóptero, Broadway, el MOMA, Chinatown, Little Italy, Wall Street... Y llega el último día, y tenemos que volver al hotel, a buscar las maletas para ir al aeropuerto de vuelta a casa. Paramos un taxi, nos embutimos dentro, y le damos la dirección al taxista. Y el taxista nos pregunta si queremos ir por Ámsterdam Avenue. Otra vez. Instintivamente, miro la licencia del conductor, adherida a la plancha de metacrilato y... asombroso. ¡Era el mismo de la otra vez! ¡El mismo nombre, la misma foto y la misma situación de cinco días atrás! Si tenemos en cuenta que Manhattan tiene una superficie de 87 kilómetros cuadrados, y casi 22 kilómetros de un extremo al otro, ¿qué probabilidades tiene un turista, que sólo ha pasado allí seis días de su vida, de subirse dos veces al mismo taxi?
Será cierto eso de que todo es posible en América...
El dolor no desaparece… se transforma.
Hace exactamente seis años, siete meses y veintinueve días sufrí el mayor tormento de mi vida, al menos hasta ahora. Me costó mucho tiempo y ayuda salir de la profunda depresión que sufrí y el verbo “superar” no es precisamente el que me gusta utilizar para hablar sobre ello, porque más que superado, está archivado en mi mente, en el cajón de “me niego a aceptar esto, pero es lo que hay”.
Es la primera vez en todo este tiempo que escribo sobre el tema, y aún no las tengo todas conmigo. No sé cómo estaré cuando acabe. Pero me he dado cuenta de que escribir es una buena terapia, y más aún si me sé leída (que espero siga siendo así).
Por fortuna, puedo afirmar orgullosa que tengo buenos amigos, unos más que otros, pero todos buenos. Pero hubo una persona que fue inmensamente especial en mi vida. Era más que un amigo, más que un hermano y, por supuesto, mucho más que un novio. Yo hablo de él como mi mejor amigo, pero a sabiendas de que me quedo corta. Y creo poder asegurar que el sentimiento era mutuo. Podíamos estar horas y horas hablando, el tiempo se paraba cuando estábamos juntos. Con una mirada nos decíamos millones de cosas, pero aún así, nunca nos faltaban palabras. Creo que era la única persona del mundo que lo sabía absolutamente todo sobre mí. Cada día necesitábamos hablar, aunque fuera por teléfono, y muchas noches, ya dormida, me despertaba sin motivo aparente, miraba por la ventana, y allí estaba él, a cualquier hora, sin llamar el timbre, ni al teléfono. No hacía falta. Yo siempre le oía.
Por temas de estudios e idiomas, tuvo que ir a estudiar al extranjero en tres ocasiones, una duró unos dos meses, la siguiente casi seis, y la última creo que fueron otros tres. A Bélgica, al Caribe y a Irlanda, respectivamente. Y, entre medio, muy poco tiempo para vernos. Qué duro era, cómo lo echaba de menos.

Pero, finalmente, volvió para quedarse. Parecía que nunca iba a llegar el momento. Qué feliz fui. Verano, vacaciones, y él en casa. Todo era perfecto. No obstante, lo más extraño de todo es que, en momentos de total y absoluto relax vacacional, me invadía de repente una sensación terrible, como un nudo en el estómago, una descomunal inquietud que se adueñaba de mí por completo. Duraba unos segundos y desaparecía. La primera vez no le di importancia, pero cuando se hubo repetido en varias ocasiones, me asusté. Si todo era perfecto, ¿qué podía ocultar mi subconsciente que me provocase aquella aterradora desazón? Bueno, ya se me pasará. Tal vez sea algo hormonal…
Una noche de tantas, sonó el móvil con un número nuevo, que no estaba en mi agenda de contactos. Era él. Al fin le habían regalado uno. A partir de ese día, estaríamos en contacto las veinticuatro horas. Genial.
Llamó, además de para facilitarme su número, para decirme que no vendría aquella noche, que trabajaba hasta tarde y que posiblemente saldría después con su novia. Llamó de nuevo, al cabo de unas horas, para decir que había cambiado de idea, y que sí venía. Que le esperásemos para ir a tomar algo.
Llovía.
Llamó una tercera vez, pero yo ya había desconectado el móvil. ¿Por qué?, me preguntó una amiga. Porque ya no va a llamarme nadie más.
Llamó una tercera vez, pero a otra persona. Tal vez porque yo tenía el móvil apagado. Tal vez no, con toda seguridad. ¿Por qué lo apagaría? ¿Hubiera servido de algo no apagarlo?
Salimos aquella noche a tomar unas copas y a bailar. El muy golfo no se presentó. Seguro que a última hora, había cambiado de idea.
Llovía.
A eso de las dos de la madrugada, de nuevo aquella inquietud me invadió, pero, como las otras veces, se disipó en unos minutos. Llegué a casa a las tantas y me fui a dormir.
Cuando sonó el teléfono a la mañana siguiente, y acto seguido, mi madre entró en mi habitación, aquella sensación terrible entró con ella. Cuando me dio la noticia, no podía creérmelo. ¿Un accidente? ¿Muerto? Tiene que ser mentira.
Llovía.
Aún ahora se me hace extraño escribir estas palabras, porque, para mí, sigue en el Caribe, perfeccionando su inglés y su bronceado.
Han pasado años, y el tiempo, aunque no lo cura todo (eso ya lo sabemos) ayuda a acostumbrarse a las situaciones que se presentan, bien escogidas, bien por imposición. En todo este tiempo, no ha pasado un solo día en que no me haya acordado de él, unas veces con cariño, otras con tristeza, otras con rabia, y todas con millones de preguntas.
Ricky, este es mi pequeño homenaje. El dolor no desaparece, se transforma. En ocasiones oigo a personas hablar de ti como de alguien del pasado, como de “aquel amigo que tuvimos”. En eso se ha transformado mi dolor. Me duele que hayas pasado a formar parte de la historia de muchos. Yo no tuve un amigo, lo tengo.
Para mí, sigues tan presente como hace seis, siete, ocho, nueve… y todos los años que compartí contigo. Te echo muchísimo de menos y, aunque mentiría si te dijera que no soy feliz (y por primera vez en años, estarías orgulloso), siempre me faltarás tú.
Gracias por haberme dejado vivir una amistad tan extraordinaria. Sé que la mayoría de personas morirán sin conocer un vínculo tan fuerte como el nuestro. Y yo tuve la gran suerte de poder disfrutarte y quererte como a pocos. Gracias de verdad.

Hoy no ha llovido.
Buenas noches.
El vecino
Vivir sola es una experiencia impagable. La mayor parte de mis amigos están casados, que es "lo que toca" para nuestra edad, pero yo vivo sola. Hace poco más de un año me decidí a hacerlo y tuve la suerte de podérmelo permitir y de contar con una buena dosis de ayuda familiar.
Bien, el caso es que realmente me parece fascinante la libertad que supone vivir sola. Pero, además de esa libertad, también hay otras cosas, como las manías que una adopta, y a las que cuesta tan poco acostumbrarse. Una de tantas: hablar sola.
Empiezas hablando sola en la cocina, cuando se te quema la cena, se te cae un cuchillo, se te rompe un vaso...
Después sigues hablando con la televisión (es decir, sola), diciéndoles a los protagonistas de las películas lo que deben hacer o decir, o incluso reprendiéndolos por no haber pensado en un hecho clave tan evidente... que alargará la película media hora más.
Luego incluso mantienes conversaciones contigo misma.
En realidad, esto último es broma. Aunque, al ritmo en que prospera el hábito , quién sabe...
Y, para finalizar, dejas de limitarte a tus estrictos dominios, es decir, las cuatro paredes de tu casa. Llegas al parking, abres la puerta, entras cantando "Hotel California" a todo pulmón, al ritmo del CD y ... ahí está el vecino.
- Buenas noches.
- Buenas noches.

El coche de la plaza contigua está en el borde de su frontera, y, al tener una pared al otro lado, se hace difícil aparcar, y desde dentro del coche, luchando con las distancias, sueltas algún improperio del estilo de...
- Joder, cada día me lo pones más difícil, tío - (literalmente).
Y lo último que esperas, claro, es que el "tío" en cuestión surja de repente de la nada (alias su trastero)...
- Buenas noches.
- Buenas noches.
Lo desafortunado del asunto es que siempre es el mismo. Electricidad estática al cerrar el coche. Improperio. Vecino.
Entonación melódica a volumen excesivo. Ojeada. Vecino.
Reflexión trascendental sobre el menú de la cena. Vuelta al mundo real. Vecino.
Ahora empiezo a entender cómo saben todos los vecinos a los que ni siquiera he visto jamás dónde vivo exactamente, que vivo sola, que llego a las nueve de la noche... El buzón de la puerta de entrada... tanta información no proporciona, ¿verdad?
Energías negativas
¿Es posible que una persona deprimida, amargada o, simplemente, triste, transmita a los demás su malestar psíquico? ¿Son esas personas las que tienen el don de traspasar sus problemas? ¿O soy yo la desafortunada “vampiro” que los absorbe?
En el trabajo, hay una persona cercana, a la que aprecio, que está pasando por un mal momento personal. La información que tengo sobre su problema me la proporciona con cuentagotas, pero creo tener bastante claro lo que le pasa. Lo malo es que, lo que en un principio pensaba que era simpatía, o incluso empatía, hacia esa persona, se está convirtiendo en un problema MÍO. A última hora, cuando se marcha, me encuentro a mí misma con una sensación de ansiedad histérica. Tanta, que me dan ganas de gritar, o de gritarle que se mueva de una buena vez para arreglar su vida. Que eso de que el tiempo lo cura todo no funciona en la mayoría de los casos, y que a su edad, debería saberlo.
Creo que eso es lo que no me ha dejado dormir durante estas últimas semanas. Sueños extraños, despertares bruscos, cansancio…
No sé si es peor tener un problema mío, o un problema de otro. Al ser de otro, no me afecta (o no debería afectarme). Si fuera mío, imagino que intentaría buscar una solución.
Por las noches, después de cenar, me siento en el sofá para ver un rato la tele. La luz es baja, porque suelo encender un montón de velas, para relajarme. También me gusta el incienso. Se lleva las malas energías, siempre que te deshagas de la ceniza cuando ya está quemado. Es cierto, relaja. Ahora mismo enciendo una vela azul, que favorece la meditación y el contacto con los espíritus, otra verde, que ayuda en las relaciones sociales y proporciona seguridad financiera, y una amarilla, que actúa en pro del amor espiritual o platónico. Y, con las velas, en combinación con el incienso, la mente se vuelve más receptiva y aumenta su capacidad de introducción en los secretos cósmicos.

En fin, hoy ha vuelto a llover. Y yo he vuelto a casa, intentando deshacerme de las energías negativas que, de forma tan altruista, robo a los demás para que duerman todo lo bien que yo no duermo.
A veces pienso que si me dejara de platonismos, velas, energías y lluvia, podría centrarme más en encontrar una persona real y física, que me diera un amor real y físico, y a quien yo pudiera corresponder de la misma forma. Pero, si vuelvo a pensar, me doy cuenta de que soy feliz así. Nada es casual y todo llega cuando tiene que llegar. Mientras tanto… viva el misticismo sui géneris.
Y sigue lloviendo.
Mi primer día de lluvia
Anoche no podía dormir. En realidad, llevo un par de semanas o más sin dormir bien, aunque no estoy segura de los motivos de mi repentino insomnio.
Las vacaciones de Semana Santa debían ser una cura de sueño y de desconexión, pero, como suele suceder, desconecté realmente el día anterior a la vuelta al trabajo. Y anoche, ordenándome a mí misma que debía intentar conciliar el sueño, y, paradójicamente, recorriendo los canales de televisión, vencida por la impotencia, oí hablar de los blogs o bitácoras. Ideales para mí, escritora frustrada (no por haberlo intentado, sino por todo lo contrario), incapaz de escribir un libro que pueda interesar a alguien.

En fin, el caso es que me pareció una excelente idea, y aquí estoy, después de un día entero pensando sólo en el título. Mi idea no es aburrir a quien quiera leerme con reflexiones como la presente, sino contar anécdotas (a mis amigas les encanta leer mis "hazañas domésticas", como yo las llamo), inquietudes, historias... Y, en función de los resultados y las consecuencias, ir contando alguna que otra parte de mi vida. Al menos, aquellas que considere que pueden aportarme algo al escribirlas y al lector al leerlas.
Ha llovido toda la tarde. Era obvio, si sumamos que me he vuelto a poner las botas de ante, he regado el jardín, y me ha faltado bien poco para lavar el coche. No quiero ser una Bridget Jones cualquiera con el típico diario de una soltera atormentada por los michelines en primavera, así que, en vista de que la inspiración no me acompaña y de que el estómago demanda, me voy a cenar. Pero, como dijo en su momento Terminator, volveré.
Sigue lloviendo. Qué alegría para las plantas....






