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Días de lluvia
Historias, anécdotas y reflexiones personales
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El dolor no desaparece… se transforma.

Hace exactamente seis años, siete meses y veintinueve días sufrí el mayor tormento de mi vida, al menos hasta ahora. Me costó mucho tiempo y ayuda salir de la profunda depresión que sufrí y el verbo “superar” no es precisamente el que me gusta utilizar para hablar sobre ello, porque más que superado, está archivado en mi mente, en el cajón de “me niego a aceptar esto, pero es lo que hay”.

Es la primera vez en todo este tiempo que escribo sobre el tema, y aún no las tengo todas conmigo. No sé cómo estaré cuando acabe. Pero me he dado cuenta de que escribir es una buena terapia, y más aún si me sé leída (que espero siga siendo así).

Por fortuna, puedo afirmar orgullosa que tengo buenos amigos, unos más que otros, pero todos buenos. Pero hubo una persona que fue inmensamente especial en mi vida. Era más que un amigo, más que un hermano y, por supuesto, mucho más que un novio. Yo hablo de él como mi mejor amigo, pero a sabiendas de que me quedo corta. Y creo poder asegurar que el sentimiento era mutuo. Podíamos estar horas y horas hablando, el tiempo se paraba cuando estábamos juntos. Con una mirada nos decíamos millones de cosas, pero aún así, nunca nos faltaban palabras. Creo que era la única persona del mundo que lo sabía absolutamente todo sobre mí. Cada día necesitábamos hablar, aunque fuera por teléfono, y muchas noches, ya dormida, me despertaba sin motivo aparente, miraba por la ventana, y allí estaba él, a cualquier hora, sin llamar el timbre, ni al teléfono. No hacía falta. Yo siempre le oía.

Por temas de estudios e idiomas, tuvo que ir a estudiar al extranjero en tres ocasiones, una duró unos dos meses, la siguiente casi seis, y la última creo que fueron otros tres. A Bélgica, al Caribe y a Irlanda, respectivamente. Y, entre medio, muy poco tiempo para vernos. Qué duro era, cómo lo echaba de menos.



Pero, finalmente, volvió para quedarse. Parecía que nunca iba a llegar el momento. Qué feliz fui. Verano, vacaciones, y él en casa. Todo era perfecto. No obstante, lo más extraño de todo es que, en momentos de total y absoluto relax vacacional, me invadía de repente una sensación terrible, como un nudo en el estómago, una descomunal inquietud que se adueñaba de mí por completo. Duraba unos segundos y desaparecía. La primera vez no le di importancia, pero cuando se hubo repetido en varias ocasiones, me asusté. Si todo era perfecto, ¿qué podía ocultar mi subconsciente que me provocase aquella aterradora desazón? Bueno, ya se me pasará. Tal vez sea algo hormonal…

Una noche de tantas, sonó el móvil con un número nuevo, que no estaba en mi agenda de contactos. Era él. Al fin le habían regalado uno. A partir de ese día, estaríamos en contacto las veinticuatro horas. Genial.
Llamó, además de para facilitarme su número, para decirme que no vendría aquella noche, que trabajaba hasta tarde y que posiblemente saldría después con su novia. Llamó de nuevo, al cabo de unas horas, para decir que había cambiado de idea, y que sí venía. Que le esperásemos para ir a tomar algo.
Llovía.
Llamó una tercera vez, pero yo ya había desconectado el móvil. ¿Por qué?, me preguntó una amiga. Porque ya no va a llamarme nadie más.
Llamó una tercera vez, pero a otra persona. Tal vez porque yo tenía el móvil apagado. Tal vez no, con toda seguridad. ¿Por qué lo apagaría? ¿Hubiera servido de algo no apagarlo?

Salimos aquella noche a tomar unas copas y a bailar. El muy golfo no se presentó. Seguro que a última hora, había cambiado de idea.
Llovía.
A eso de las dos de la madrugada, de nuevo aquella inquietud me invadió, pero, como las otras veces, se disipó en unos minutos. Llegué a casa a las tantas y me fui a dormir.

Cuando sonó el teléfono a la mañana siguiente, y acto seguido, mi madre entró en mi habitación, aquella sensación terrible entró con ella. Cuando me dio la noticia, no podía creérmelo. ¿Un accidente? ¿Muerto? Tiene que ser mentira.
Llovía.
Aún ahora se me hace extraño escribir estas palabras, porque, para mí, sigue en el Caribe, perfeccionando su inglés y su bronceado.

Han pasado años, y el tiempo, aunque no lo cura todo (eso ya lo sabemos) ayuda a acostumbrarse a las situaciones que se presentan, bien escogidas, bien por imposición. En todo este tiempo, no ha pasado un solo día en que no me haya acordado de él, unas veces con cariño, otras con tristeza, otras con rabia, y todas con millones de preguntas.

Ricky, este es mi pequeño homenaje. El dolor no desaparece, se transforma. En ocasiones oigo a personas hablar de ti como de alguien del pasado, como de “aquel amigo que tuvimos”. En eso se ha transformado mi dolor. Me duele que hayas pasado a formar parte de la historia de muchos. Yo no tuve un amigo, lo tengo.
Para mí, sigues tan presente como hace seis, siete, ocho, nueve… y todos los años que compartí contigo. Te echo muchísimo de menos y, aunque mentiría si te dijera que no soy feliz (y por primera vez en años, estarías orgulloso), siempre me faltarás tú.
Gracias por haberme dejado vivir una amistad tan extraordinaria. Sé que la mayoría de personas morirán sin conocer un vínculo tan fuerte como el nuestro. Y yo tuve la gran suerte de poder disfrutarte y quererte como a pocos. Gracias de verdad.



Hoy no ha llovido.
Buenas noches.



 
El vecino

Vivir sola es una experiencia impagable. La mayor parte de mis amigos están casados, que es "lo que toca" para nuestra edad, pero yo vivo sola. Hace poco más de un año me decidí a hacerlo y tuve la suerte de podérmelo permitir y de contar con una buena dosis de ayuda familiar.

Bien, el caso es que realmente me parece fascinante la libertad que supone vivir sola. Pero, además de esa libertad, también hay otras cosas, como las manías que una adopta, y a las que cuesta tan poco acostumbrarse. Una de tantas: hablar sola.

Empiezas hablando sola en la cocina, cuando se te quema la cena, se te cae un cuchillo, se te rompe un vaso...
Después sigues hablando con la televisión (es decir, sola), diciéndoles a los protagonistas de las películas lo que deben hacer o decir, o incluso reprendiéndolos por no haber pensado en un hecho clave tan evidente... que alargará la película media hora más.
Luego incluso mantienes conversaciones contigo misma.
En realidad, esto último es broma. Aunque, al ritmo en que prospera el hábito , quién sabe...
Y, para finalizar, dejas de limitarte a tus estrictos dominios, es decir, las cuatro paredes de tu casa. Llegas al parking, abres la puerta, entras cantando "Hotel California" a todo pulmón, al ritmo del CD y ... ahí está el vecino.
- Buenas noches.
- Buenas noches.



El coche de la plaza contigua está en el borde de su frontera, y, al tener una pared al otro lado, se hace difícil aparcar, y desde dentro del coche, luchando con las distancias, sueltas algún improperio del estilo de...
- Joder, cada día me lo pones más difícil, tío - (literalmente).
Y lo último que esperas, claro, es que el "tío" en cuestión surja de repente de la nada (alias su trastero)...
- Buenas noches.
- Buenas noches.

Lo desafortunado del asunto es que siempre es el mismo. Electricidad estática al cerrar el coche. Improperio. Vecino.
Entonación melódica a volumen excesivo. Ojeada. Vecino.
Reflexión trascendental sobre el menú de la cena. Vuelta al mundo real. Vecino.

Ahora empiezo a entender cómo saben todos los vecinos a los que ni siquiera he visto jamás dónde vivo exactamente, que vivo sola, que llego a las nueve de la noche... El buzón de la puerta de entrada... tanta información no proporciona, ¿verdad?

 
Energías negativas

¿Es posible que una persona deprimida, amargada o, simplemente, triste, transmita a los demás su malestar psíquico? ¿Son esas personas las que tienen el don de traspasar sus problemas? ¿O soy yo la desafortunada “vampiro” que los absorbe?

En el trabajo, hay una persona cercana, a la que aprecio, que está pasando por un mal momento personal. La información que tengo sobre su problema me la proporciona con cuentagotas, pero creo tener bastante claro lo que le pasa. Lo malo es que, lo que en un principio pensaba que era simpatía, o incluso empatía, hacia esa persona, se está convirtiendo en un problema MÍO. A última hora, cuando se marcha, me encuentro a mí misma con una sensación de ansiedad histérica. Tanta, que me dan ganas de gritar, o de gritarle que se mueva de una buena vez para arreglar su vida. Que eso de que el tiempo lo cura todo no funciona en la mayoría de los casos, y que a su edad, debería saberlo.

Creo que eso es lo que no me ha dejado dormir durante estas últimas semanas. Sueños extraños, despertares bruscos, cansancio…

No sé si es peor tener un problema mío, o un problema de otro. Al ser de otro, no me afecta (o no debería afectarme). Si fuera mío, imagino que intentaría buscar una solución.

Por las noches, después de cenar, me siento en el sofá para ver un rato la tele. La luz es baja, porque suelo encender un montón de velas, para relajarme. También me gusta el incienso. Se lleva las malas energías, siempre que te deshagas de la ceniza cuando ya está quemado. Es cierto, relaja. Ahora mismo enciendo una vela azul, que favorece la meditación y el contacto con los espíritus, otra verde, que ayuda en las relaciones sociales y proporciona seguridad financiera, y una amarilla, que actúa en pro del amor espiritual o platónico. Y, con las velas, en combinación con el incienso, la mente se vuelve más receptiva y aumenta su capacidad de introducción en los secretos cósmicos.



En fin, hoy ha vuelto a llover. Y yo he vuelto a casa, intentando deshacerme de las energías negativas que, de forma tan altruista, robo a los demás para que duerman todo lo bien que yo no duermo.

A veces pienso que si me dejara de platonismos, velas, energías y lluvia, podría centrarme más en encontrar una persona real y física, que me diera un amor real y físico, y a quien yo pudiera corresponder de la misma forma. Pero, si vuelvo a pensar, me doy cuenta de que soy feliz así. Nada es casual y todo llega cuando tiene que llegar. Mientras tanto… viva el misticismo sui géneris.

Y sigue lloviendo.



 
Mi primer día de lluvia

Anoche no podía dormir. En realidad, llevo un par de semanas o más sin dormir bien, aunque no estoy segura de los motivos de mi repentino insomnio.

Las vacaciones de Semana Santa debían ser una cura de sueño y de desconexión, pero, como suele suceder, desconecté realmente el día anterior a la vuelta al trabajo. Y anoche, ordenándome a mí misma que debía intentar conciliar el sueño, y, paradójicamente, recorriendo los canales de televisión, vencida por la impotencia, oí hablar de los blogs o bitácoras. Ideales para mí, escritora frustrada (no por haberlo intentado, sino por todo lo contrario), incapaz de escribir un libro que pueda interesar a alguien.



En fin, el caso es que me pareció una excelente idea, y aquí estoy, después de un día entero pensando sólo en el título. Mi idea no es aburrir a quien quiera leerme con reflexiones como la presente, sino contar anécdotas (a mis amigas les encanta leer mis "hazañas domésticas", como yo las llamo), inquietudes, historias... Y, en función de los resultados y las consecuencias, ir contando alguna que otra parte de mi vida. Al menos, aquellas que considere que pueden aportarme algo al escribirlas y al lector al leerlas.

Ha llovido toda la tarde. Era obvio, si sumamos que me he vuelto a poner las botas de ante, he regado el jardín, y me ha faltado bien poco para lavar el coche. No quiero ser una Bridget Jones cualquiera con el típico diario de una soltera atormentada por los michelines en primavera, así que, en vista de que la inspiración no me acompaña y de que el estómago demanda, me voy a cenar. Pero, como dijo en su momento Terminator, volveré.

Sigue lloviendo. Qué alegría para las plantas....