logotipo

img_google
Días de lluvia
Historias, anécdotas y reflexiones personales
Acerca de

Vótame

convocado por:
20minutos.es

Sindicación
 
Soy adicta

Entre mis múltiples defectos, como aquel de disgustarme con antelación por los posibles eventos futuros, también se encuentran varias adicciones.

Soy adicta al chocolate, por ejemplo, y llevo varias semanas con síndrome de abstinencia por aquello de que se acerca el verano y todas sucumbimos en un momento u otro a la terrible operación bikini.



Soy adicta al tabaco, aunque según el test de Fagerström mi nivel de adicción es suave. Posiblemente esto último sea una estúpida forma de autojustificación, porque fumo y no tengo intención alguna de dejarlo, es la dura realidad.
Soy adicta a Internet, y a pesar de trabajar todo el día delante de un ordenador, por las noches aún me queda valor para navegar un rato por la red, chatear con amigos, escribir en el cuaderno de bitácora…
Soy adicta a la terapia. Soy paciente de una psicóloga desde hace varios años y aunque actualmente me siento feliz y satisfecha con mi vida, el hecho de acudir a ella y de tenerla como una especie de gurú también es una adicción que no puedo permitirme abandonar.

Creo que no puedo prescindir de ninguna de mis adicciones. En realidad, acabo de entender esa desesperación carnal que me asalta desde hace varias semanas. Es porque he dejado el chocolate, del que se afirma que es un sustituto del sexo. Siempre había pensado que esa teoría era una sandez, pero empiezo a tener mis dudas. Conclusión: o soy adicta al chocolate, o soy adicta al sexo. Y tengo un síndrome de abstinencia estacionario que, sumado a la primavera, me sume en este estado de agitación, tan profundo, que me impide reconocerme a mí misma. He elegido un mal momento para dejar de morderme las uñas… pero aun así creo que lo conseguiré.

Por otro lado, el entorno colabora.
J., mi eterno amor, por llamarlo de alguna forma, me ha mandado un correo, con destinatarios no revelados, que sólo contiene un poema de Pablo Neruda. En él, el poeta defiende fehacientemente el arriesgar, el dejarse llevar, el no volverse esclavo del hábito, el no cambiar, el dejarse ayudar, el no evitar una pasión…
He preguntado a algunos amigos y amigas si han recibido ese mismo correo, y la respuesta ha sido negativa. De nuevo, no entiendo nada. Pero la parte positiva es que no pienso esforzarme en hacerlo. El último verso del poema dice que solamente la ardiente paciencia hará que conquistemos una espléndida felicidad. Y, de paciencia, creo que cuento con buenas reservas.

Mi mayor adicción, y una de las más recientes, es intentar ser feliz. Entre mis virtudes, menores en número a mis defectos, se encuentra la paciencia. Y el secreto de la paciencia es no vivir en una antesala del futuro, sino disfrutar del presente.
No sé qué ha querido decirme J. con ese poema. Y menos teniendo en cuenta que, hasta donde yo sé, su novia, la del otro lado del charco, no tardará en venir para quedarse…



Dentro de dos semanas, J. celebra su cumpleaños en una fiesta de aquellas que se prolongan durante todo el día. Sol, césped, bebida, excursiones, música, cena… He recibido otro correo (este sí dirigido a varios amigos comunes) que me invita a asistir al evento. No sé si iré, no sé si estará su novia, no sé qué pasará en quince días en adelante…

Soy adicta a darle vueltas a la cabeza, y ésta es una de las adicciones que arrastro desde siempre. No obstante, pienso que en muchos de los casos, motivos no me faltan. Pero la diferencia entre ahora y hace un tiempo es que no sufro al hacerlo. No puede ser nada malo el hecho de que, por los motivos que sean, haya recibido un precioso poema. Si lo ha recibido alguien más, no tiene la menor importancia.

Soy adicta a la música, a la lectura, al buen cine… y, lo que es más importante: aunque soy trabajadora, no soy adicta al trabajo.
Soy adicta al amor y de mis historias fallidas veo la parte buena. Intentaré que la experiencia me permita no volver a equivocarme.
Soy adicta a este cuaderno de bitácora. Tanto, que me he apuntado a un concurso (sin demasiadas esperanzas, porque no creo en el autobombo). Pero esta adicción se la debo a todo el que me lee. No me cansaré de dar las gracias. De corazón.
 
Reflexión de una tarde de primavera

Mis amigas están respondiendo a la supuesta llamada de la naturaleza y están teniendo hijos. Ya tengo cuatro “sobrinitos” y otro en camino. En cambio yo, o tengo las líneas ocupadas y, cuando la naturaleza intenta contactar conmigo, estoy apagada o fuera de cobertura, o mi arroz es de esos que nunca se pasan. El caso es que a mí la naturaleza aún no me ha localizado.



Supongo que mi síndrome de Peter Pan tiene alguna relación con esta cuestión. Yo me planté a los veinticinco. Y desde entonces hasta ahora, aunque mi vida ha cambiado en muchos aspectos, no he advertido en mi persona ninguna evolución como mujer, al menos en términos convencionales y tradicionales. Casarme de blanco y por la iglesia, convivir los años de rigor, tener el primer hijo, luego buscar la parejita… son cosas que jamás me han hecho ilusión alguna.
Muchos dicen que no me apetece tener hijos porque no tengo pareja. No obstante, según afirman todas esas estadísticas en las cuales creo cada vez menos, a las mujeres a partir de los treinta se nos despierta el instinto maternal, sean cuales sean nuestras circunstancias. Y no creo que el hecho de tener o no un marido esté supeditado al deseo de ser madre. Es más, pienso que si algún día quisiera descendencia, la tendría, independientemente de mi situación conyugal. Pero no quiero. ¿Es eso un problema?

En contra de lo que pueda parecer, me encantan los bebés. De hecho, al llevarme tantos años con mis hermanos pequeños, he convivido con niños durante mucho tiempo. Estoy literalmente loca por Víctor, el primer bebé de mi grupo de amigos, al que he cuidado y quiero como si fuera mío. Tal vez es porque su madre era amiga mía de la facultad, su padre era amigo mío de los fines de semana, y en una unión de amistades por mi cumpleaños se conocieron, luego se enamoraron, al cabo de unos años se casaron y ahora tienen al bebé más guapo del mundo. O tal vez es porque el roce hace el cariño, y nos vemos cada fin de semana. Por los motivos que sean, lo adoro.



A veces me inquieta el hecho de no ser como la mayoría del resto del mundo. O como mínimo, de mi mundo. Mi madre, que por suerte no enloquece por ver a su hija entrando vestida de novia en una iglesia, siempre me dice que no me pierdo nada. Que tengo que hacer lo que realmente quiero, y que no estoy obligada a seguir el hipotético camino correcto marcado por la gran mayoría. Y tiene razón. Soy feliz viviendo sola y no me apetece tener hijos. Me encantan los niños… pero los de los demás. ¿Por qué tendría que sentirme rara o culpable? ¿Por qué voy a hacer caso de todos los que opinan que me falta algo? Por ahora, no me falta nada.

A decir verdad, me falta algo, sí. Pero no es precisamente un hijo. Quiero una aventura. Quiero a un hombre en mi cama. A ese hombre.
Ya.
Ahora.
Será la primavera, serán los meses de estiaje, será que me he encaprichado por una persona en concreto, será que me he propuesto firmemente conseguir lo que pretendo…

Pero ya no me asusta reconocer que sé con quién quiero mi aventura. ¿Por qué no? No creo que haga daño a nadie. Sólo quiero un amigo, un amante, un poco de vibración. No quiero destruir nada ni a nadie. No quiero interponerme entre dos personas. Pero si llego a conseguir mi objetivo, no nos engañemos, no habré interferido en ese abismo insalvable que separa a un matrimonio. Y si, por obra y gracia de una energía superior se produjera el milagro de la reconciliación, mi lluvia se retirará y dará paso al sol y a la luz de un día nuevo. Buscaré los clamores del trueno en otro lugar.



Nunca deja de llover. Lo que sucede es que la lluvia no cae siempre en el mismo lugar. Yo soy esa lluvia que cae incesantemente, ahora aquí y ahora allá. Cuando el sol brilla, yo estoy en otro espacio, intentando que mi existencia y la de quienes me rodean sean más agradables, más tranquilas y más felices. La lluvia es buena… allí donde es necesaria.

 
Confusión

He empezado a mirar a mi jefe con otros ojos. Y me preocupa, porque tiene todo lo que yo no quiero en un hombre, o, al menos, aquello que nunca me ha atraído del género masculino. O tal vez debería decir que no tiene lo que a mí me gusta. Es una cuestión cuando menos extraña. ¿Con qué ojos le veo realmente?

Hace tres años y medio que trabajo con él, y siempre lo he considerado una persona de escasa inteligencia, pero con la capacidad (o la suerte) de rodearse de personas que le solucionan la vida. En su casa, su mujer es quien lleva las riendas, y en el trabajo, mi afán de extralimitación me ha llevado a manejar prácticamente sola el negocio.
Siempre he odiado su comodidad ante determinadas situaciones, su escaqueo ante cualquier adversidad, su tendencia a delegarlo todo en el resto del mundo.
Nunca he oído la palabra “gracias” salir de su boca cuando he conseguido solucionar tantos y tantos problemas que no eran de mi incumbencia, ni de mi competencia, ni mi responsabilidad. O es un desagradecido o, lo que es peor, no se da ni cuenta. Y esa enorme nariz… que últimamente parece más pequeña...

Por supuesto, aprecio sus virtudes y sus rasgos positivos, como son el no tratarme como a una empleada sino como a una amiga; su buen corazón, que lo tiene; y su nula pretensión de autoritarismo. Tanto es así, que a veces me olvido de que es mi jefe y de que la empresa es suya, por lo que es lógico que en ocasiones actúe de determinada forma, a pesar de lo mucho que yo me enfado, sin motivo alguno. Y esos preciosos ojos verdes… que siempre han estado ahí, pero nunca habían brillado con tanta fuerza...

Tiene problemas en casa, está pasando por un bache personal bastante grave y, lógicamente, le afecta. No ha tenido que darme detalles para que yo deduzca que se siente solo, menospreciado, venido a menos y poco querido. Por su expresión triste veo que se hunde poco a poco, que lo separa un abismo de su mujer y que ella sigue volando cada vez más alto, mientras él se queda en tierra, esperando un cada vez menos probable aterrizaje.



Empecé sintiendo lástima, después empatía, luego una necesidad excesiva de ayudarlo.
Hasta hace tres meses, me crispaba los nervios y ahora me encantaría tener una aventura con él. Espero que mis deseos sean fruto de una confusión de sentimientos mezclada con la alteración sanguínea que trae consigo la primavera. Y espero también que las ganas de que alguien me abrace y me quiera, físicamente hablando, estén consiguiendo que en mi cabeza se esté formando un tremendo lío.



No le he confesado a nadie mi paradoja mental, pero ayer una amiga me sugirió que tuviera una aventura con él. Y casi me avergüenza reconocer que sí, lo haría.
Obviamente, no tengo indicio alguno por su parte y no pienso tomar ninguna iniciativa que comprometa mi puesto de trabajo. No tengo ni remotas intenciones de tirarle la caballería. Pero, si él lo hiciera… creo que no me negaría. Es más, quiero que lo haga.
Estoy confusa.
No. Estoy asustada.

 
Trabajo

Vuelve a llover. A veces pienso que la lluvia me acompaña desde que escogí mi seudónimo, en un día climatológicamente similar al de hoy. Me acompaña cuando dentro de mí también llueve.



Como el resto del mundo, tengo mis virtudes y mis defectos. Y uno de estos últimos es una incomprensible afición por angustiarme y disgustarme por hechos que aún no han tenido lugar. Por ejemplo, intuyo que una relación va a morir por desgaste y, aunque todavía no haya llegado ese final, yo sufro como si hubiese sido así. Y, a la larga, la relación se acaba y vuelvo a sufrir como si, para colmo, me sorprendiera. ¡Y eso que ya he llorado lo mío!

Ya hace tiempo que tomé la determinación de sufrir solamente una vez (como el bolero) por las cosas. La única vez que hay que sufrir por ellas. Pero, en ocasiones, mis decisiones me abandonan y me dejan desvalida ante cualquier ataque, por estúpido y trivial que sea.

Eso precisamente me sucedió ayer en el trabajo. Trabajo en una empresa muy pequeña, manejando la gestión administrativa y burocrática del negocio. Mi jefe, al que también considero compañero de trabajo, porque él me lo permite, no está pasando un buen momento personal, lo cual me preocupa y me afecta, en primer lugar porque no soy de hielo y le aprecio, y en segundo lugar por si sus contrariedades terminan reverberando en mí, como persona o como trabajadora.

Hasta hace unos dos años, mi viaje en el tren de la vida era turbulento. Muchas paradas, muchos pasajeros que subían y bajaban, incluso algún descarrilamiento… Pero, de un tiempo a esta parte, el trayecto es tranquilo, no hay transbordos, no hay cruces de vías, y por la ventanilla el paisaje es bello, sereno, agradable. Es como un mar en calma bajo un cielo azul grisáceo. Antes siempre vivía pendiente de qué me depararía la siguiente estación. Ahora, no sé adonde me lleva el tren, y tampoco me interesa. Me importa más el trayecto que el destino. Quiero disfrutar de este itinerario, sin preocuparme de cuánto falta para la siguiente parada, ni de cuántas paradas faltan para la última, el final del viaje.



Estoy tranquila, acomodada, tengo una vida sosegada y soy feliz. Y no quiero cambios, al menos por ahora. Y mi jefe lleva tiempo “amenazando” con vender la empresa, o traspasarla o salir huyendo del mundo, como si sus problemas no fueran a salir huyendo detrás de él. Cada vez que lo hace me angustio, no sé si lo dice en serio o si su subconsciente le obliga a disgregar su poder en el único lugar donde lo tiene en estos momentos. Necesito este trabajo, lo quiero, me gusta, me conviene.

Obviamente, la vida no se acaba en un trabajo que, por otro lado, sólo realizo para tener un sueldo fijo, por si en algún momento mis ingresos irregulares como traductora no me permiten pagar las facturas y el alquiler. Podría encontrar un puesto similar, que me permitiese compaginar mis dos actividades. Tengo experiencia, un par de idiomas de propina, buena presencia, informática a nivel de usuario, conocimientos de Internet…
Pero me aterran los cambios. Y me horroriza el hecho de pensar que mi tan apreciada rutina pudiera romperse.

Y ayer, aparece mi jefe, con mirada triunfal, y empieza a desplegar su arsenal contra mí.
“Se acabó. Ya lo tengo decidido”. Y me empieza a contar sus planes de futuro. Resuelto. La venta es inminente, tiene alguien interesado y ya puedo ir haciéndome a la idea. Yo ya no tenía el día, entre los dichosos problemas mensuales femeninos (que no es un tópico, de verdad, la susceptibilidad se dispara), la impresora atascada, la fotocopiadora en huelga y cientos de papeles en la mesa, y sólo me faltaba aquel despotismo despiadado que dispersa mi jefe para sentirse importante.



Ya lo había hecho otras veces y yo nunca le tomaba del todo en serio. Pero ayer, posiblemente por el cúmulo de circunstancias técnicas y hormonales que me envolvía, sí lo hice. Y me enfadé mucho con él. Comprendía que él pensase en su futuro y no en el mío, pero a veces me siento una auténtica imbécil, preocupándome por alguien que no haría lo mismo si la situación fuese inversa. Me siento poco valorada. Nada valorada. Estoy de acuerdo en que no hay que ser neurocirujano ni ingeniero aeroespacial de la NASA para desempeñar mis funciones. Por ese motivo quizá me extralimito en mis obligaciones, para sentirme más útil, y para hacerle la vida más fácil. Y eso se le escapa delante de los ojos. Y yo sólo pido algún cumplido esporádico.

Exploté, le dije que el mundo no se acababa en su empresa y que me alegraba por él, a pesar de la putada que me hacía a mí. Al ver que un ejército de lágrimas se disponía a rodar por mis mejillas, y no queriendo darle el gustazo de ser testigo de ello (y sentirse aún más poderoso), me largué dando un portazo.

Por la tarde, volví, algo más calmada, intentando ser más optimista y culpar a la menstruación de mi reacción. Sus primeras palabras:
- Lo que te he dicho antes… era broma. No te ofusques.
Sentí un irrefrenable impulso de hacer dos cosas bien distintas. Una, darle un abrazo. La otra, darle una buena bofetada.
Evidentemente, no hice ninguna de las dos. Le dije que mis problemas no tenían nada que ver con él ni con su empresa. Que la vida no se termina entre esas cuatro paredes. Le di las gracias por aclararme lo de la broma (graciosísima, por cierto, el rato que pasé en casa a mediodía llorando como una idiota no me lo quita nadie), y que ahí quedaba el tema. Fin de la conversación.

Desde entonces, nos hemos dicho lo justo. Pero no me gusta que haya malas vibraciones en el trabajo, por aquello de que las absorbo cual vampiro y me las traigo a casa. A ver si el incienso se las lleva esta noche. Pero lo que más me molesta es que, por encima de todo, le aprecio. ¿Cómo se puede ser tan estúpida?

Vuelve a llover. En realidad, está tronando. Suerte que tengo la casa llena de velas por si se va la luz.


 
13 - 31

Cuando tenía unos doce o trece años, y empecé a frecuentar el lugar que ahora considero casi como mi segunda casa, conocí a alguien que sería muy especial en mi vida. Por aquel entonces, conocí a muchas otras personas, de entre las cuales, aún conservo grandes amigos.

A veces, la vida se compara a un viaje en tren, con una estación de salida, un último destino, y cientos de paradas entre medio. En algunas de ellas, suben pasajeros, que se sientan más cerca o más lejos de ti. En otras, se bajan personas, en unas ocasiones importantes y en otras menos. A medida que te alejas, observas cómo se quedan en el andén, saludándote con la mano, despidiéndose quién sabe hasta cuándo. Tal vez para siempre.
Aquella parada, en la que subió tanta gente, fue una de las más importantes de mi vida.

Yo todavía no vivía en el pueblo, en aquella casa más que encantada, encantadora. Pero como veraneaba muy cerca de allí, mis padres me acompañaban en coche al club de tenis, donde empecé a conocer a muchos chicos y chicas de mi edad.
Entre ellos, estaba J., uno más del grupo, pero con un encanto especial. En seguida nos hicimos amigos. Era una amistad estival, porque él vivía en una ciudad y sólo venía al pueblo a pasar el verano. Pero fueron muchos años, uno tras otro, los que contribuyeron a forjar un sentimiento, mezcla de cariño, de intimidad, de confianza, de amistad… un vínculo que parecía indestructible y que, al mismo tiempo, el resto del mundo ignoraba.

Pasaron los años y dejamos de ser niños. A los diecisiete, en una suerte de fiesta que organicé en casa un verano, celebrando que estaba sola, sin padres ni hermanos pequeños, el alcohol y nuestros lazos nos llevaron a un primer escarceo amoroso. Éramos jóvenes y vírgenes, aunque él era más inexperto que yo en las iniciaciones a las destrezas del amor. Él se equivocó conmigo, porque pretendía perder la virginidad y yo no estaba por la labor. Y yo me equivoqué con él, porque pensé que me estaba utilizando, y él nunca ha estado por la labor de utilizar a nadie.

Nuestra aventura quedó en eso. Una anécdota eventual cuyos únicos residuos fueron la rumorología subsiguiente, las bromitas de los amigos, los comentarios maliciosos… Tan insoportables se llegaron a hacer, que nuestro irrompible vínculo empezó a romperse. Fue entonces cuando se me antojó que estaba loca por él, que había dejado escapar una oportunidad de oro, que había metido la pata hasta el fondo. Una mujer a los diecisiete años piensa en esas cosas. Un chico sólo se preocupa de evitar el molesto cachondeo de sus amigos, familiares y vecinos.

La distancia se fue haciendo cada vez mayor, hasta que mi orgullo me venció y dejé de hablarle. Tenía motivos, por supuesto. Las contadísimas ocasiones en que nos encontrábamos a solas, él era un encanto conmigo. Pero, de cara a la galería, apenas me miraba y mucho menos me dirigía la palabra. Así se evitaba las bromas de los demás, que, por otro lado, hubieran cesado si a él no le hubieran afectado. Un buen día, sin más explicación, decidí ignorar su existencia. Y, en principio, a él no pareció importarle.

Al cabo de unos dos años, sin saber prácticamente nada el uno del otro, el destino nos preparó un reencuentro. Empezamos a estudiar, sin saberlo, en la misma zona universitaria, yo por las mañanas y él por las tardes. Nuestras carreras poco tenían que ver y nuestros horarios, menos. Y las facultades estaban lejos la una de la otra. Pero un día, en la estación, esperando el tren para volver a casa, lo vi acercarse, con su particular forma de andar, la melena rubio ceniza meciéndose con sus pasos, y aquellos peculiares pantalones verdes.

Dos años sin hablarnos y ahora, lejos de todo nuestro pasado y nuestro mundo, se está acercando a mí. ¿Me habrá visto? ¿Me hago la despistada? ¿Lo saludo como si tal cosa? Dios mío, qué pequeño es el mundo…

- Hola.
- Hola.
- ¿Qué haces por aquí?
- Estudio aquí por las mañanas. Traducción e Interpretación.
- Vaya. Yo estudio Telecomunicaciones, pero por las tardes.
- Qué casualidad.
- Sí…
- ¿Todo bien?
- Sí. ¿Y tú?
- También.
- Bueno, pues ya nos iremos viendo por aquí.
- Vale. Hasta luego.

No estuvo mal. Nuestra timidez y mi miedo (no sé si él también lo sintió) ante el encuentro todavía nos habían permitido cruzar cuatro palabras. Veríamos en qué desembocaba todo aquello. Tal vez no volvía a verlo y aquel día fue un capricho del azar. La conversación fue algo tensa y fría, pero, al menos, fue. Aparentemente, él se había apeado de mi tren de la vida, ese viaje a veces cruel, que nos une y nos separa de las personas a quienes queremos, jugando con nuestra fortuna. Se había bajado del tren de mi vida. Pero, en algún punto del trayecto, había tomado otra ruta que lo había traído de vuelta a mí, en un oportuno cruce de vías férreas. Y aquello no podía ser una simple casualidad.

Gracias a los años de universidad, nuestra amistad volvió a cobrar fuerza, aunque, al menos por mi parte, el sentimiento era más intenso. ¿Amor? ¿Atracción? ¿Asignatura pendiente? Ni yo misma lo sabía. En realidad, sigo ignorándolo.

Al cabo de algunos veranos, ya con veintipocos años, en una fiesta alcohólica y loca concebida para afrontar la dura vuelta al trabajo, a los estudios, al otoño o a la cruda realidad, terminamos haciendo el amor en la piscina. Fue tremendamente dulce, tímido, inseguro. Cuando el amanecer nos cazó allí, sin ropa y sin recursos, la timidez volvió a investirnos. ¿Volveríamos a estar años sin saber el uno del otro? Aquella vez, tal vez no.

Fue valiente. Nunca lo había sido hasta entonces. Tras varios intentos fallidos, vino a darme explicaciones que yo no deseaba ni necesitaba escuchar, pero que agradecí.

- Ha estado muy bien, pero tenemos vidas separadas y esto quedará como una bonita historia en nuestros recuerdos - se excusó.
- Opino lo mismo - mentí.
- Seguiremos siendo amigos.
- Claro.

A partir de entonces, nos fuimos viendo de verano en verano y en ocasiones contadas. Pero nunca nos perdíamos la tradicional fiesta de despedida del calor, de la playa, de la piscina y de las vacaciones. Y siempre la clausurábamos en algún rincón íntimo, en su coche, en el mío, en el suelo, bajo el estrellado cielo estival, queriéndonos a nuestra manera. A escondidas del resto del mundo. Desde un punto de vista algo frívolo, nuestros puntuales encuentros veraniegos se habían convertido en una especie de tradición, como la fiesta.

Pero, con el tiempo, algo fue cambiando. Aquel vínculo que parecía perdido desde el ocaso de la infancia y el albor de la adolescencia empezó a reconstruirse. De agosto en agosto, una vez al año, nos empezamos a hacer confidencias, a abrirnos el uno al otro. Él fue la única persona capaz de arrancarme una sonrisa cuando murió mi gran amigo, mi alma gemela, mi hermano, la mejor persona del mundo. Me ayudó tanto que, varios años después, tuve el valor de agradecérselo con palabras. Nos comprendíamos, nos gustábamos, estábamos bien juntos. De agosto en agosto. Lo nuestro era algo especial… de verano en verano.

Así continuamos, hasta hace un par de años. Aquel verano sucedió algo inesperado. Se marchó de viaje con unos amigos y… se enamoró. Locamente. Conoció a la que hoy es su pareja y, a pesar de la distancia que los separa y de las muchas dificultades que eso comporta, siguen juntos. Juntos, pero con el océano Atlántico entremedio. Mucha gente opina que esa relación no va a ninguna parte, que si después de dos años aún no viven juntos es que algo no funciona, que un día él se dará cuenta de la situación… Yo, mi opinión, me la reservo, porque hasta la fecha, nadie me la ha pedido.

Cuando lo supe, no puedo decir que me llevase un mazazo, pero la noticia me sorprendió…y no precisamente para bien. En el fondo, siempre había creído que él y yo, un día u otro, sin prisas, íbamos a terminar juntos, quizá no de forma tradicional o convencional, pero sí a nuestra manera. ¿Habría estado enamorada todo aquel tiempo? Nunca me había detenido a analizar qué tipo de amor era el que sentía hacia él… Era amor, y punto.

Acerté a decirle todas estas cosas, más o menos, pero sólo por escrito. Él me respondió, diciéndome que era feliz, que estaba enamorado, que no se esperaba mis palabras, que lo sentía, que no me enfadase, que supiera entenderlo.

¿Cómo voy a enfadarme contigo? Me alegro de que seas tan feliz, y espero que ella sepa valorar la suerte que ha tenido. Sólo quiero lo mejor para ti, y espero que estas cartas informatizadamente impersonales no venzan una posible batalla contra nuestra amistad.
Fue entonces cuando me confesó que yo había sido su primera vez, en aquella ocasión, años atrás, en la piscina. Y que eso nunca iba a olvidarlo. Es un secreto que seguimos compartiendo.

Me da la impresión de que le sorprendió que yo le comprendiese.
Y a mí me sorprendió la tranquilidad que sentí a partir de entonces. Era como si me hubiera liberado. Ni una lágrima por haber “perdido” al hombre al que “amaba”. Nada. Sólo una reconfortante sensación de tranquilidad, de calma, de equilibrio.
Sólo había sentido una punzante necesidad de decirle que era una persona tremendamente importante en mi vida.
Sólo lo quería. Como lo quiero ahora. Sin mayores expectativas.

A partir de entonces, empezamos a llamarnos por teléfono, cosa que jamás habíamos hecho. Siempre por algún motivo y no con mucha frecuencia. Empezamos a comportarnos como auténticos amigos, sin pasado ni futuro, pero con un vínculo especial. Él estaba tranquilo, tenía novia, era feliz y nadie podría decir lo contrario. Yo estaba tranquila, todo se había hablado, no había tensiones, ni temor, ni nada. Sólo una bonita amistad, un sano sentimiento, una complicidad que nunca se había perdido.

Con el tiempo, fuimos viéndonos y llamándonos con mayor frecuencia, hasta que un día, hace pocos meses, me propuso quedar, para contarnos nuestras vidas, para que le enseñase mi casa, para charlar como dos buenos amigos. Así me contaría su relación con su novia, yo le contaría mis fallidas historias, hablaríamos de lo genial que es la independencia de los padres, de trabajo, de amor, de sexo, de drogas, de hijos, de la vida…

Era la primera vez en casi veinte años que quedábamos a solas, como un par de buenos amigos, para charlar. La tranquila tarde en el sofá, contándonos nuestras vidas, se escapó casi sin avisar y dio paso a la noche. Estábamos relajados, a gusto, sin temores, sin presiones y sin prisas. Salimos a cenar, brindamos por nosotros, por repetir una velada tan agradable, porque después de tantos años ahí estábamos, cenando juntos y pasándolo tan bien. Como dos buenos amigos. Porque eso es lo que somos. Dos buenos amigos.
Volvimos a mi casa, y descorchamos una botella de cava que yo guardaba para una buena ocasión. Brindamos, fumamos, reímos, charlamos y, de pronto, me besó. Fue un beso dulce y apasionado, que rápidamente empezó a encender una llama que creíamos apagada. Nos dejamos llevar. Nos quitamos la ropa, fuimos al dormitorio, nos lanzamos literalmente a la cama. No quise pararme a pensar. Me dejé subyugar por la situación. Mañana será otro día.

- Lo siento, no puedo. Estoy borracho. No es por ti, te lo prometo, lo siento.
- Iba a decirte que no empezases nada de lo que pudieras arrepentirte… pero no lo he hecho.

No sé si fue realmente el alcohol o la mala conciencia. O una mezcla de ambos. Nos dimos un abrazo eterno, y a la vez, insuficiente. Dulce. Agridulce.

Quiso salir huyendo, pero conseguí que se quedase un rato más, para intentar deshacerme de lo embarazoso de la situación. Una fuerza superior a nosotros nos había sorprendido con la guardia baja y, por un lapso de tiempo que ahora no sabría concretar, pudo con nuestras voluntades.
Hablamos, y nos confesamos una atracción mutua muy fuerte, tanto física como espiritual. “Me gusta cómo eres. Me gusta estar contigo. Siempre me has hecho sentir muy bien. Desde pequeño”. Sólo le dije que no quería perder lo que teníamos. Y entre besos y caricias me prometió que nunca lo perderíamos.

Después de aquello, nos hemos vuelto a ver un par de veces, una de ellas por mi cumpleaños. Me trajo un regalo. Es un cielo y le adoro. Sin más.
No sé si nuestra historia continuará, o si duró desde los 13 hasta los 31 años. Supongo que nadie tiene respuesta a mi pregunta. En realidad, no sé si quiero una respuesta.

Todavía quedan muchas estaciones en el tren de la vida. Y el viaje, espero, será largo.

 
La casa

Hasta los catorce años, viví con mis padres y mi hermano pequeño en un piso, en una gran avenida de una ciudad con mucho bullicio.
Veraneábamos en una casita, en un pueblo a unos treinta kilómetros, donde ya pasaron muchos fines de semana y estíos mis abuelos y mis tíos. (Y, sin haberlo deseado, me ha salido un pareado). Nos quedábamos allí todas las vacaciones escolares, porque a mis padres no les importaba tener que recorrer sesenta kilómetros para ir y volver del trabajo, ya que la tranquilidad del campo compensaba con creces el calor del asfalto urbano en pleno mes de agosto.

Nuestros vecinos de la ciudad – curiosamente, los padres de aquel primer amor pubescente por el que tanto sufrí al cabo de mil años – veraneaban en un pueblo cercano al nuestro, y eran socios de un club de tenis local. Como yo ya tenía edad de tener un grupito de amigos de fin de semana y, presumiblemente, mis padres también, nos hicimos socios del club y empezamos a frecuentarlo. De camino, en la misma urbanización donde se encontraba, siempre pasábamos por delante de una enorme casa, preciosa, de piedra importada de Holanda, con una valla blanca de estilo inglés y un inmenso jardín. En lugar de persianas, tenía unas bonitas contraventanas, y era muy grande, con cinco habitaciones, todas con baño propio. Un sueño de casa. Naturalmente, había varias rutas posibles para llegar al club, pero siempre escogíamos la misma. Mi madre estaba literalmente enamorada de aquella casa.

Al poco tiempo, y casi por casualidad, mis padres se enteraron de que la casa estaba en venta. A la familia que vivía en ella le urgía quitársela de encima, ya que el matrimonio se había divorciado y la mujer no podía mantener una casa tan grande y a sus tres hijos. Después de hacer muchos números y cábalas, y de sufrir muchos dolores de cabeza, mis padres decidieron lanzarse de cabeza a la piscina y comprarla. Yo estaba encantada con una casa tan grande y tan bonita… Pero lo que no esperaba era que, terminado aquel verano, ya no fuéramos a volver a la ciudad. Mi hermana había nacido unos meses antes y el piso se nos había quedado pequeño. Por otro lado, una casa tan grande para fines de semana hubiera quedado muy desaprovechada. Y, en pleno invierno, cuando la casa se hubiera caldeado ya tendríamos que marcharnos de nuevo a la ciudad. Bueno, todas esas explicaciones fueron las que obtuve cuando me quejé, lloré y pataleé por no poder volver. A esa edad, empiezas a salir con los compañeros de clase por las tardes, vas a casa de uno, a casa del otro, al cine… Y yo tendría que quedarme a vivir en un pueblo de mala muerte, sin conocer a nadie, y dejar de ver a mis amigos. A los catorce años, treinta kilómetros son treinta años luz. La casa era preciosa, sí. Pero no era mi casa.

No obstante, fue pasando el tiempo y, aunque no puedo afirmar que los once años que viví allí fueran los más felices de mi vida, es cierto que aquella casa tenía algo que seducía, que cautivaba. Un magnetismo, en cierto modo extraño, que embelesaba a quien vivía allí. Al menos, esa era mi percepción. Lo era entonces, y lo sigue siendo ahora. La casa parecía tener vida propia. A veces paso por delante y me da la impresión de que me mira, me reconoce y me recuerda. Y me llama.

Como mis hermanos eran pequeños, muchos viernes por la noche (por no decir todos) tenía que quedarme con ellos porque mis padres salían a cenar. Evidentemente, no tardé en hacer amigos y ellos no tardaron en venir a hacerme compañía en mis veladas de hermana mayor responsable. Cuando los niños ya dormían, escuchábamos música, veíamos películas o, simplemente, charlábamos sobre lo incomprendidos que éramos, o sobre que los padres de los demás siempre eran mucho mejores que los de uno, dónde va a parar...

Una de esas noches de viernes, mi hermano y su sonambulismo enervante estaban durmiendo en casa de un amiguito, lo cual, en parte, ya era un alivio. A los seis o siete años, se levantaba de la cama, con los ojos abiertos como un búho, y corría por toda la casa, asegurando que “están aquí… y vienen por mí”. Lo cierto es que su rostro palidecía y realmente parecía que él viese algo que los demás no veíamos. Incluso nos lo señalaba con el dedo. Hace relativamente poco, he sabido que los niños, hasta cierta edad, tienen la capacidad de percibir fenómenos o presencias que los adultos no sentimos. Pero tampoco se me había ocurrido vincular los paseos nocturnos de mi hermano con ese presunto y aterrador don infantil. Con el tiempo, el sonambulismo se fue calmando hasta que, finalmente, desapareció.

Esa noche, mi hermano no estaba. Mi hermana, que no llegaba al año de edad, ya dormía en su cuna, en el piso de arriba. En aquella ocasión sólo éramos dos personas, una amiga mía y yo.

Charlábamos tranquilamente en el salón, sobre amoríos, clases, profesores, amigos… o tal vez sobre temas más trascendentales, pero lo dudo, y, de pronto, a ambas nos pareció escuchar el clásico chirrido de la cuna de mi hermana cuando se despertaba y se movía frenéticamente en su interior, reclamando la atención de quien quisiera atenderla. Subí a echar un vistazo y la pequeña estaba plácidamente dormida.
No le di importancia y bajé, con intenciones de retomar la conversación donde la hubiésemos dejado. De nuevo en el salón con mi amiga, volvimos a oír otro sonido. Guardamos silencio y prestamos atención. Era como una voz que canturreaba en el piso de arriba. El timbre era muy neutro, no podría asegurar si era de hombre o de mujer. El hecho de no estar sola me tranquilizó, pero sólo en parte, porque éramos dos personas las que oíamos exactamente lo mismo, lo cual quería decir que el sonido era real. Tal vez si no hubiese habido nadie más conmigo, me hubiera obligado a convencerme de que eran imaginaciones mías (recurso que recomiendo encarecidamente, a mí siempre me ha resultado de gran utilidad).
Ni que decir tiene que nos asustamos mucho, porque la voz estuvo canturreando durante un buen rato, y nosotras no sabíamos qué hacer. No olvidemos que arriba había un bebé durmiendo. De no haber sido así, posiblemente hubiésemos salido huyendo despavoridas. Pero yo jamás hubiera dejado a mi hermanita en manos de aquella extraña voz…

Finalmente, la voz cesó, mi hermana continuó durmiendo, mis padres llegaron y mi amiga y yo, en un arrebato de lucidez adolescente, preferimos omitir nuestra versión de los hechos, porque estaba claro que nadie nos iba a haber creído.

Todavía hoy, más de quince años después, siento un escalofrío cuando recuerdo aquel episodio. Nunca llegué a saber de quién era aquella voz que arrullaba a mi hermanita, como tampoco me enteré jamás de quién arrastraba las sillas de la cocina una mañana en que yo estaba sola, ni de quién caminaba sigilosamente por las noches, ni de quién tiró todos los vasos de la vitrina del comedor…

Era aquella casa. Una casa que debía de tener vida propia, porque no nos dejaba marcharnos después de venderla, al cabo de once años. Una oportunidad única, jamás la pagarán tan bien. Luego querremos deshacernos de ella con prisas y la malvenderemos. Nadie quiere marcharse precisamente ahora, pero es una oferta irrecusable. Bueno, todas esas explicaciones fueron las que obtuve cuando me quejé, lloré y pataleé por no poder quedarnos. Y, en el fondo, sabía que era lo mejor. Tenía que cambiar de vida, en una casa nueva, sin recuerdos y sin pasado. Iba a ser lo mejor para mí. Empezar de nuevo.

La casa me pedía a gritos que me quedase allí. Su inquietante magnetismo nos hizo muy difícil la marcha. Permaneció conmigo, en mis sueños, durante mucho tiempo. Aún hoy me visita algunas noches. Parece que no nos resignamos a estar separadas, aunque, paradójicamente, nunca fuimos muy felices juntas.

En la actualidad, cuando paso por delante de ella, lo cual no sucede muy a menudo, no puedo evitar mirarla con nostalgia. Los inquilinos que nos siguieron estuvieron allí pocos meses. Y los posteriores, aún menos. Tal vez la casa no los quisiera allí. Ahora está vacía. Lleva mucho tiempo vacía. Tal vez me espera. Si tiene mucha, muchísima paciencia, puede que algún día el destino quiera que volvamos a unirnos. Pero, por lo pronto….


 
Tengo

Después de una relectura exhaustiva de mi cuaderno de bitácora, me he dado cuenta de que, con mis reflexiones, puedo dar la impresión de que mi vida es un paño de lágrimas, pero eso no es en absoluto así. En realidad, puedo afirmar con orgullo que soy tremendamente feliz.

He pasado momentos muy duros en mi vida, supongo que como todo el mundo, y a ellos les debo en parte mi tranquilidad actual. Porque gracias a ciertas experiencias, aprendes a valorar lo que realmente merece la pena y lo que tienes, y a no lamentarte por lo que no tienes. Es bien cierto eso de que “no es más feliz quien más tiene, sino quien menos necesita”. Y yo, además, tengo muchas cosas.

Tengo una familia que me quiere y a quien quiero, y que siempre estará ahí si grito pidiendo ayuda.

Tengo un buen trabajo. Bueno, a decir verdad, tengo dos, porque para vivir sola y permitirme ciertos caprichos, no me basta con mis ingresos como traductora o con mi sueldo de administrativa. Así que no me queda otra que compaginar ambas ocupaciones, pero, de nuevo, tengo la suerte de poder hacerlo.

Tengo muchos amigos. Siempre nos reunimos los fines de semana, a veces unos, a veces otros, a veces todos. Y no hay nada que me emocione más que el hecho de que, cada año, en mi cena de cumpleaños, haya más gente que en fechas señaladas como la noche de fin de año. No soy muy dada a expresar emociones y sentimientos, si no, les lloraría tanto de alegría...

Tengo un piso que me encanta, y con el tiempo, he podido ir llenándolo de cuadros, risas, velas, amigos, adornos, buenas veladas, canal digital, tranquilidad, Internet, felicidad...

Tengo un coche que me lleva al trabajo y adonde le pida, y se porta muy bien, porque sabe que estará conmigo muchos años y nos conviene tener una buena relación.

Tengo la seguridad que sólo la madurez y un poco de esfuerzo confieren, aunque sigo empeñada en no curarme de mi síndrome de Peter Pan y asumir que tengo 31 años, y no 25. Pero, al finy al cabo, eso no es malo. Me siento más joven y aparento menos edad de la que tengo. ¿Y?

Tengo amor. El que doy y el que recibo a diario de las personas que están cerca. No tengo pareja, pero no creo que eso sea algo casual. Me considero un espíritu libre y aunque (no nos engañemos) me encantaría tener un hombre con quien compartir mucho, tampoco quisiera compartirlo todo. Soy consciente de que no me resultará fácil encontrarme con quien comulgue con mis ideas, y quiera ser mi pareja sin vivir conmigo.

Tengo salud, exceptuando algunos problemas típicos como resfriados, dismenorreas, jaquecas... Pero doy gracias a diario de que todo quede en esos males menores.

Tengo suerte. De un tiempo a esta parte, la tengo. Sí. En parte me la habré buscado, pero en parte me ha llovido como un regalo del cielo.



Y, por supuesto, hay muchas cosas que no tengo. Pero estoy segura de que, al menos por ahora, no las necesito.

 
Amor

A pesar de ser soltera, o mejor dicho, gracias a ello, he estado con bastantes hombres en mi vida. Siempre fui una defensora firme de relegar el sexo del amor, y eso está muy bien cuando nunca los has unido. Pero cuando los conoces juntos, ya no puedes separarlos nunca más. Con “amor” no quiero decir amor platónico, enamoramiento, pareja, matrimonio... Me refiero al sentimiento en estado puro, sin entrar a clasificarlo en uno de sus muchos subtipos. Es decir, que no necesito una promesa de amor eterno para embarcarme en una aventura. Por otro lado, esas inocuas promesas no se cumplen en uno de cada tres casos, según fuentes oficiales. Entonces, ¿para qué sirven?

En la adolescencia tuve algunos novios. A unos los quería más que a otros, y con unos me desengañé más que con otros, como suele suceder. Y ya en edad de pensar en el futuro, me he enamorado dos veces. O tal vez una, y la otra era una especie de adicción, de enganche, de obsesión enfermiza...Hoy por hoy, aún no sé exactamente lo que fue. Y, a estas alturas, ya me da lo mismo



De la primera guardo un bello recuerdo. Duró muchos años, tal vez por lo bonito de que nunca llegásemos a ser pareja, por la atracción de ocultarnos del resto del mundo, porque él tenía novia “oficial”, porque aún hoy pienso que, si eso de la “media naranja” existe, a mí se me escapó entonces. Ahora ya no siento otra cosa por él que un profundo cariño y un hondo respeto. Tiene un hijo pequeño y una pareja encantadora. Y le deseo toda la felicidad del mundo.

Mi otro presunto amor, al que hoy en día ya no veo tan claro, resultó, cuando menos, tormentoso. Era el primer chico en el que me había fijado recién estrenada la pubertad, cuando las hormonas nos inducen a empezar a ser mujeres, y los hombres son todavía niños que tardarán una eternidad en conocer el significado de la palabra “desamor”.
Tardé muchos años, novios y aventuras en estar con él, y lo conseguí cuando ya no lo quería, como tan injustamente sucede siempre. Nuestra historia empezó más como curiosidad física del uno hacia el otro que como atracción propiamente dicha, pero la fuimos satisfaciendo y ¿qué pasa cuanto más conoces? Que más quieres conocer. Y nuestras “ansias de saber”, él de mí, y yo de él, nos llevaron a una aventura que no creo que pueda repetir jamás con nadie. No obstante, tengo la esperanza de estar equivocada.
Nuestro vínculo no conocía de distancia, ni de lugar, ni de momento, ni de esperas. No podíamos dejar de querernos, en términos físicos, por ninguna razón válida en el mundo entero.
No sé de quién fue el error de querer confundir aquella desmedida vehemencia física con amor. Creo que primero fue él, y después yo, aunque tampoco podría jurarlo. Cuando nos empezamos a hacer preguntas, y discrepamos en las respuestas, todo empezó a venirse abajo.
Él no fue sincero conmigo, y bailaba hacia mí y hacia allá, aparentemente sin darse cuenta de que me estaba destrozando. Ahora me quería, ahora no. Quizá lo peor fue que me dijera que me amaba, pero que no podía estar conmigo. Y a mí, ciega y loca como estaba, se me ocurrió creerle.
Tras varios meses de tormento, creyendo que luchaba por él y que lo conseguiría, me rendí. Ya no tenía fuerzas y había quemado todos los cartuchos. Aún tuve la caballerosidad de decirle que me retiraba de la batalla, que no podía dar un paso más y que él había vencido. Y, para colmo de todo mal, no pareció agradarle la idea de que mi sombra dejase de planear sobre su existencia. Ni conmigo, ni sin mí.

Tardé mucho tiempo en recuperarme de aquel terrible desengaño. Con el tiempo y la objetividad que éste te proporciona, aciertas a ver y comprender cosas que antes se te escapaban. Una de ellas fue su inmadurez, su influenciabilidad, y el desequilibrio mental que conlleva una serie de situaciones vividas, o incluso la propia genética. Supongo que la seducción mutua a la que nos habíamos sometido me llevó a camuflar subconscientemente lo que no me interesaba ver.

Por otro lado, mi situación personal en aquella época era de lo menos propicia, ya que mi mundo llevaba mucho tiempo centrado exclusivamente en él. Él era mi todo, y, sin él, me quedé sin nada. Poco más de un año antes, perdí a la única persona que hubiera podido ayudarme a salir del pozo. A veces pienso que mi mortificación fue tan tremenda por mis circunstancias, como la falta de un trabajo fijo, el tiempo de que disponía para pensar, y que mi mejor amigo, mi alma gemela, había muerto poco más de un año antes. Ahora miro atrás y casi me hace gracia el pensar cómo llegué a desquiciarme por una persona que no merecía en absoluto la pena. Ahora, él está casado y tiene un hijo, y también le deseo lo mejor del mundo. Y, sobre todo, le deseo que haya aprendido a tomar sus propias decisiones, que haya madurado, que sepa cuándo hay que escuchar al corazón y cuándo a la razón, y que la vida le enseñe que no se puede jugar jamás con los sentimientos de las personas, sean cuales sean las circunstancias.



He tardado mucho, pero ya estoy preparada para el amor verdadero, sin condiciones, sin preguntas y, especialmente, sin convencionalismos. Amar no significa compartir un piso, ni una hipoteca, ni unos papeles firmados. Los sentimientos no se pueden plasmar en representaciones efectivas y prácticas...porque es entonces cuando dejan de ser sentimientos.





 
New York, New York

Durante muchos años, he tenido la suerte de poder viajar a diversos países, a pesar de que, en la adolescencia, cuando las últimas personas en quienes confías y con quienes deseas compartir tu tiempo sean tus padres, me perdí viajes que ahora no me perdono, pero que confío en poder realizar en años venideros.

Mis dos sueños fueron siempre París y Nueva York, aunque con la primera viví una sustancial desmitificación. La torre Eiffel me fascinaba desde niña y, siéndolo aún, la decepción que sentí con la ciudad del amor fue colosal. Me gustó Montmartre, sí, pero el Louvre lo recorrí sin apenas detenerme a observar un cuadro, y la Gioconda fue la gota que colmó el vaso. Pequeña, oculta por un escudo de cristal y por mil japoneses fotografiando quién sabe qué. Tal vez la edad y la compañía no eran las más indicadas. No sé.

En cambio, mi otro gran sueño, cumplido hace poco más de cinco años, fue Nueva York. El Empire State, las Torres Gemelas, cuya desaparición poco después me hizo saltar las lágrimas, la Bolsa, con sus estresados brokers pegados al teléfono, Cats, la Estatua de la Libertad, Times Square, Central Park... Prodigioso. Me fascinó.
Fueron seis días intensos, desde el aterrizaje inicial hasta el ulterior despegue. No había tiempo de preocuparse por el jet lag, ni por el cansancio, y mucho menos por el dinero.
Frío. Descomunal frío el de la Gran Manzana. Nunca he pasado tanto frío. Nieve, lluvia (por supuesto), hielo, la sensación térmica... que sólo es una sensación... en realidad, no hace tanto frío. Claro. Uf, qué calor.



La primera noche nos encontramos en pleno Harlem, a lo que allí son altas horas de la noche, con la palabra “turistas” tatuada en la frente, por un error al tomar el metro. No es el Bronx, lo sé, pero impone. Lo malo: ni un alma, ni mucho menos un taxi, que nos pudiera llevar al hotel. Lo bueno: caminando a toda velocidad e intentando inútilmente no llamar la atención, lo que menos acusas es el dichoso frío, compañero inseparable durante todo el viaje.



En vista de la experiencia, y como no teníamos un segundo que perder en comprender la intrincada red del metro de Manhattan, al día siguiente optamos por el taxi.
En Nueva York, los taxis, o cabs, como allí los llaman, son muy distintos a los de otras ciudades del resto del mundo. El asiento del conductor y el de los pasajeros están separados por una plancha de metacrilato, indudablemente por motivos de seguridad. En ella, el pasajero puede ver plasmada la licencia del taxista, con su foto, su nombre y sus apellidos. Tal vez por ser el primero de tantos, o a saber por qué motivo, me llamó la atención la foto y el nombre del taxista, de origen hindú, y más aún el hecho de que nos preguntase si debía tomar Ámsterdam Avenue. Buen hombre, ¿tenemos aspecto de saber qué ruta es la más indicada? ¿Realmente podríamos pasar por autóctonos? Usted verá qué carrera es la mejor, pero llévenos al hotel, que estamos cansados.



El cansancio y el frío, ya teníamos dos fieles compañeros de viaje. Pasamos seis días ajetreados, con muchos taxis y poco descanso, pero inolvidables. Ya echaba de menos Nueva York antes de haberme marchado de allí. El paseo en helicóptero, Broadway, el MOMA, Chinatown, Little Italy, Wall Street... Y llega el último día, y tenemos que volver al hotel, a buscar las maletas para ir al aeropuerto de vuelta a casa. Paramos un taxi, nos embutimos dentro, y le damos la dirección al taxista. Y el taxista nos pregunta si queremos ir por Ámsterdam Avenue. Otra vez. Instintivamente, miro la licencia del conductor, adherida a la plancha de metacrilato y... asombroso. ¡Era el mismo de la otra vez! ¡El mismo nombre, la misma foto y la misma situación de cinco días atrás! Si tenemos en cuenta que Manhattan tiene una superficie de 87 kilómetros cuadrados, y casi 22 kilómetros de un extremo al otro, ¿qué probabilidades tiene un turista, que sólo ha pasado allí seis días de su vida, de subirse dos veces al mismo taxi?

Será cierto eso de que todo es posible en América...