Tatuada
Hace siete años, se me ocurrió la idea de hacerme un tatuaje en el tobillo. No sabía dónde ir, y una amiga me recomendó un centro de estética donde ella misma se había ido a tatuar una pequeña mariposa en la espalda. Con toda mi ilusión fui allí, escogí un dibujo bonito y discreto, y pedí presupuesto, día y hora. Por si me arrepentía algún día, preferí que utilizasen micropigmentación, para que el tatuaje se borrase en tres años aproximadamente. Era un sol en llamas, con doble contorno en violeta y naranja.
Recién hecho, era una preciosidad. Seguí al pie de la letra todas las instrucciones de cuidado, higiene y “post-operatorio”. Y cada vez que me quitaba la gasa que me acompañó durante quince días, se caía un trocito de costra, dejando debajo un horrible tono rosa pálido. Y, pasadas las dos semanas de curación, todo el tatuaje había quedado de aquel color. Naturalmente, fui a reclamar y se lavaron las manos. Aseguraban que en seis meses, como mínimo, la piel no podía tatuarse en la misma zona, y me dijeron que volviese en ese período de tiempo. Y cuando lo hice… el centro de estética había desaparecido.
El tatuaje no se borró en tres años, ni en cuatro, ni en cinco… Desde aquello, cada primavera me prometía que tenía que arreglar aquella especie de cicatriz de caprichosa forma, que era lo que todo el mundo interpretaba al verlo. Al paso de bota y calcetín a sandalia y falda, cuando miraba mi tatuaje, me acordaba de aquellas dos indeseables que se llevaron mi dinero a cambio de marcarme como a una vaca. Y así, han pasado siete años.
Pero, de un tiempo a esta parte, pongamos un par de meses, me ha entrado una especie de obcecación por que “yo lo valgo”, y me he dedicado, por primera vez en años, a gastarme mi dinero en mí. Me he comprado ropa, un móvil nuevo, he ido a la peluquería a hacerme mechas, me cuido el cutis y las uñas, sigo una dieta sana… No sé qué metamorfosis estoy sufriendo, pero soy más femenina que nunca. Será una crisis de los treinta, o mi avidez por seducir, o alguna reacción neuronal o química de mi cuerpo desencadenada por alguna razón que desconozco. También es cierto que a mí la primavera no me produce esa famosa astenia, sino todo lo contrario. Renazco, como las flores. Se me ilumina la cara, casi se podría decir que cambio de color. Despierto de la hibernación, dispuesta a vivir intensamente los meses de calor, hasta volver a apagarme en otoño.
Y, no sé si como fruto de mi afán por mejorar físicamente, o porque siempre he querido un tatuaje en el tobillo (porque, no nos engañemos, nunca lo he llevado), pedí presupuesto, día y hora en un centro especializado en tatuajes y piercings, relativamente cerca de donde vivo, para arreglar de una buena vez el estropicio que llevo luciendo siete años.
El sábado pasado era el gran día. Sorprendentemente, no estaba nada nerviosa. Aparqué el coche, pagué un buen rato de parquímetro, caminé tranquilamente fumando un cigarrillo hasta el centro en cuestión… pero en cuanto hube puesto un pie dentro, un retortijón y un mareo me prendieron sin previo aviso. Cuando subía las escaleras que llevaban a la “sala de torturas”, casi me caigo. Me flaqueaban las piernas.
Pero, a pesar de mis ganas de salir huyendo, me dejé aconsejar, y me dejé dibujar a rotulador una preciosa flor encima de aquel proyecto de sol asalmonado. Cuando la vi, mandé a paseo todos mis temores y di el visto bueno. ¿Sin anestesia ni nada? Me va a dar algo…
En veinte minutos tenía el tatuaje hecho. Qué bonito es. El procedimiento no es agradable, pero es cierto eso de que “sarna con gusto no pica”. Ahora tengo que cuidármelo durante dos semanas, con agua, jabón y una crema específica. No quería enseñarlo a nadie hasta comprobar que esta vez no se borrará, pero lo ha visto ya media familia y medio grupo de amigos. En esta ocasión, la tinta es permanente. Sin embargo, al recordar mi experiencia anterior, me asaltan las dudas.
Pero estoy contenta.
No obstante, como suele suceder, justo el día del tatuaje, me prometí que no iba a permitirme ni un solo gasto extraordinario más, como mínimo hasta septiembre. Y, ese mismo día, mi agenda electrónica falleció. Bueno, en realidad, estoy pendiente de diagnóstico, porque no sé si agoniza o está muerta del todo. Y parecerá una pijada, pero no puedo vivir sin ella. Ya no sé cuándo ovulo, ni cuándo menstrúo, ni cuándo tengo hora con la psicóloga, ni nada de nada. Y las agendas tradicionales en papel me duran menos que un caramelo en la puerta de un colegio….
Pero estoy contenta. Y eso es lo que importa. El dinero… sirve para gastarlo, ¿no?
Espero seguir teniendo tatuaje dentro de dos semanas...
Magia
Estoy deseando que abran la tienda esotérica y de consultas de tarot enfrente del trabajo.
No es que tenga intenciones de dejarme allí el sueldo, porque considero que tengo la gran suerte de no estar desesperada ni necesitar agarrarme a un clavo ardiendo. Pero pienso que un poco de guía espiritual alternativa no viene mal a nadie.
De entre las personas que se dedican a leer el futuro, un buen porcentaje se aprovecha de clientes deprimidos que ya no creen ni en ellos mismos y acuden a ellas por simple desmoralización. Les exprimen los bolsillos beneficiándose de su dolor, prometiéndoles la felicidad a corto plazo con determinados ungüentos o el asesoramiento inequívoco mediante sesiones continuadas.

Mi madre acudió hará poco más de un año a una vidente, con la excusa de acompañar a una amiga suya, que depende de la bruja en cuestión como de una psicoterapeuta, ya que ha acertado siempre en todas sus predicciones.
Mientras esperaba su turno, echó un vistazo a todos los objetos que vendían en la antesala de la consulta. Había cosas francamente interesantes, libros de magia, esencias, velas preparadas, incienso…
Hojeaba un libro de psicología cuando entró una clienta, joven, que buscaba alguna forma de atraer a la persona amada. Le vendieron un aceite que debía aplicar… a su objetivo en cuestión. Ella en ningún momento dudó de la efectividad del bálsamo, pero su gran preocupación era cómo diablos iba a conseguir rociar al pobre chico con el producto. Si apenas se atrevía a hablar con él, ¿con qué excusa iba a aplicarle el aceite al muchacho?
Me encantaría conocer el fin de esta historia, pero creo que nunca sabremos qué sucedió con la chica, el chico y el aceite…
Pero también está la otra parte del porcentaje, tanto de profesionales de la videncia como de clientes. Si una vidente realmente tiene un don, lo cual es relativamente fácil de comprobar, y un cliente tiene las cosas claras, la combinación puede resultar ideal.
Yo soy feliz con mi vida, y no quiero que me predigan un futuro que tal vez no me guste. Sólo quiero tener en casa las mismas velas y el mismo incienso que utilizo ahora, pero si tienen propiedades terapéuticas, relajantes y mágicas varias, mejor que mejor.
También me gustaría saber si tendré mi tan ansiada aventura o incluso provocar que tenga lugar (esperemos que no haga falta un aceite, pero, llegado el caso… todo se andará). Cuando una persona desea mucho algo, el universo se pone en marcha para que lo consiga, decía Paulo Coelho en El Alquimista. Tal vez entre el universo, la vidente y yo logremos llegar a la meta.

Tengo una amiga que se autoproclama medio bruja, y que a la vez se ríe de las videntes y tarotistas. Hay pocas cosas que me irriten, pero una de ellas es la inconsecuencia. Si crees en tus propias predicciones, ¿cómo no vas a creer en la adivinación? Es como no creer en un dios y rezarle…
Mi amiga asegura con su característica firmeza, que a veces me crispa, que jamás tendré esa aventura.
Eso ya lo veremos.
La lástima es que no puedo dar pasos de gigante, y me tengo que limitar a enviar señales apenas perceptibles. Porque no es cualquiera, es mi jefe. Y mi amiga, lejos de quitarme la idea de la cabeza, consigue que mi proposición cobre firmeza.
Quiero, quiero, y quiero.
Y si la magia me ayuda… bienvenida sea.
¿Tres son multitud?
Hace ya algunos años, me enamoré locamente del que, hasta la fecha, ha sido el gran amor de mi vida.
Y no es J.
Lo curioso del asunto es que, de entrada, la impresión inicial que me llevé de él fue más que nefasta. Y yo que creía (y sigo creyendo) en la opinión que me merece una persona a primera vista…
Lo conocí, o mejor dicho, lo vi por primera vez un verano, en el club de tenis que tanto frecuento desde mi adolescencia. Yo estaba en la piscina, con una amiga, y él no dejó de mirarme durante un buen rato. Muy serio. Llevaba puestas unas gafas de sol, pero a través de los cristales negros, yo distinguía su mirada por pura intuición. No era tierna ni curiosa. Era fría, sentenciadora. Fija. Sentí un profundo desprecio por aquel chico que me repudiaba con tan decididos ojos.
El verano empezaba y con él las salidas nocturnas, las copas, las fiestas… Él hizo amistad con mis amigos, y algunas noches coincidíamos en algún bar o discoteca. Me ponía francamente nerviosa, con aquellos aires de grandeza y su mirada de superioridad. ¿Quién debía creerse?
Eres feo, bajito y te sobran unos cuantos kilos. No me explico cómo puedes ir de nada por la vida….

Un día de tantos, entablamos conversación. En una multitudinaria cena, después de los postres y los cafés, cuando la gente empieza a cansarse de la misma silla y la misma compañía a uno y otro lado, me volví para hablar con la persona que estaba a mi izquierda. Y cuando miré a mi derecha al cabo de unos minutos, allí estaba él. Ya no recuerdo exactamente cuáles fueron sus primeras palabras. De lo que sí estoy segura es de que la impertinencia fue supina. Buen comienzo, sí señor.
A los diez minutos, estábamos hablando de sexo, de amor, de pareja, de la vida… Todavía hoy no consigo entender cómo me sedujo con sus palabras en cuestión de minutos.
A partir de entonces, empezaron nuestras batallas dialécticas, porque no podría tildarlas de conversaciones. Eran mentalmente agotadoras. Pero él siempre dominaba la situación, parecía saber lo que yo iba a decir y lo que yo quería oír en todo momento. Era un reto intelectual, una seducción psicológica, un juego filosófico que, con el tiempo, se volvería inmensamente peligroso.
Él tenía pareja y yo estaba enamorada de otro. O, al menos, eso pensaba.
Tras meses y meses de jugar, un buen día le dije que la partida había terminado.
Ha sido divertido, pero no conduce a nada y yo ya me he cansado.
- Si estuvieras en mi situación, entenderías por qué me gusta jugar.
- Lo entiendo perfectamente, pero como no estoy en tu situación…
Pero, a partir de aquel momento, me propuse firmemente hacerlo mío. Había jugado con fuego y, por mi vida, que terminaría quemándose.

Al cabo de poco tiempo, una madrugada de sábado, yo dormía tranquilamente en mi cama, en aquella embrujada casa que atraía a todo aquel que pasaba por delante. De pronto, me despertaron unos extraños ruidos en mi ventana. Somnolienta, la abrí, y allí estaba él, con otro amigo, coreándome un intento de serenata la luz de la luna. Me obligaron a reunirme con ellos, so pena de gritar y despertar a toda mi familia. Así lo hice, y bajé en pijama, para escuchar la proposición más indecente que me han hecho en toda mi vida.
De camino a casa, en el coche, después de una noche de fiesta, habían estado fantaseando con la posibilidad de hacer un trío. Los dos con una chica. Y yo era la elegida. De entrada, pensé que me tomaban el pelo. A continuación, me negué en redondo e hice ademán de volverme a casa. Pero no podía dejar de mirarlo. Con los ojos, intenté decirle que era con él con quien quería estar. Él tampoco apartó la vista de mí, lo cual me frenó durante unos segundos… suficientes como para que me convencieran de irme con ellos en el coche. Nadie me obligaba a nada.
Si no te gusta, nos volvemos y aquí no ha pasado nada. Somos amigos, tenemos toda la confianza del mundo…
Pero me gustó.
Yo quería estar con él, pero en el lote venían dos. ¿Qué alternativa tenía?
Fue una experiencia única en todos los sentidos. Única, porque años más tarde, tuve la oportunidad de repetirla con dos personas distintas, y no quise. Pienso que es algo que hay que hacer una vez en la vida… o es que tal vez tiene su momento y aquél era el mío.
Pasaron años, durante los que nos veíamos a escondidas, nos besábamos en cualquier rincón, aprovechando los instantes de despiste del resto del mundo.
Creo que me enamoré de él durante aquellos primeros diez minutos de conversación. Cada vez que estábamos juntos, él siempre me decía que nunca volveríamos a vernos, que cada uno tenía su vida, que él tenía pareja… pero no tardábamos demasiado en planear otra escapada furtiva. Él aseguraba que yo era quien dominaba la situación, porque su firme propósito de no quedar más conmigo se desvanecía al instante de verme. Pero yo empecé a sufrir porque, al final, quien se había quemado por jugar con fuego era yo. Me había enamorado de un imposible… y lo sabía.
Con el tiempo, nuestras vidas se fueron separando, nuestras citas se fueron distanciando, y nuestros mundos se fueron alejando. Yo estaba enamorada y él no, lo cual también contribuyó a nuestra progresiva desunión. Pero me quería a su manera y siempre estuvo allí cuando lo necesité. Me di cuenta de que había perdido al hombre de mi vida, y de que nunca estaríamos juntos. Suerte que aún tenía a mi mejor amigo, que me ayudó, como siempre, en todo lo que pudo y más. Cómo le sigo echando de menos…
Al cabo de un tiempo, coincidimos en una boda, en la que estuvimos poniéndonos al día de nuestras vidas y donde zanjamos con un fuerte abrazo nuestra inacabada historia.
Hoy lo veo de vez en cuando, con su mujer y con su hijo pequeño. Su mirada ahora sí es tierna y curiosa. Y su sonrisa aún más. Evidentemente, hace mucho tiempo que no estoy enamorada de él, porque han pasado muchos años y varios hombres desde entonces.
Mi gran amor... espero encontrarte pronto y destronarle.
Porque hasta ahora, si acaso he conocido al hombre de mi vida, sin duda, era él.
La fiesta II
Ayer por la noche fui a la fiesta en casa de J.
Definitivamente, pasé una noche distinta, con amigos y desconocidos, celebrando un cumpleaños y brindando con vino, cava y alegría.

El entorno era de lo más curioso, pero igualmente agradable. La casa que tiene su familia en el pueblo es antiquísima. Tanto, que había sido albergue de una orden de religiosos hace muchísimos años. Es grande, y ostenta un reloj de sol en la fachada. Su estructura es de vivienda comunal, con muchas habitaciones, una gran cocina con chimenea, e incluso una gruta, que sirve de bodega, que se adentra en las profundidades de la casa desde una sala contigua al salón. Tiene un jardín grande y, al estar emplazada en lo alto de una colina, el paisaje desde cualquiera de los puntos cardinales que la envuelven es precioso. Por un lado, se ve todo el pueblo y otros municipios cercanos, con la noche iluminada por las luces de neón. Y por el otro, si es de día, se ve la ladera de una montaña inhabitada, cubierta de miles de pinos formando un frondoso bosque. Y si es de noche, penumbra. Los vecinos más cercanos están a poco menos de un kilómetro de distancia. O debería decir los vecinos vivos más cercanos, porque la casa está ubicada justo al lado del cementerio del pueblo. En realidad, es el lugar perfecto para rodar una película de terror. Pero, paradójicamente, qué bien se está allí…
A lo mejor a los difuntos les llegaron los efluvios del alcohol y la marihuana, y también celebraron el cumpleaños de J.…

Y yo sigo sin respuestas a mis preguntas.
Sólo sé que quiero muchísimo a J., que en un mes y medio su novia estará aquí para quedarse y que en septiembre puede incluso que decidan si hay boda, en función de cómo haya marchado la convivencia.
Sé que le deseo la mayor de las suertes y toda la felicidad del mundo, pero en el fondo, muy en el fondo, mi lado egoísta no quiere que funcione su relación. Pero no entiendo por qué, si hoy estoy la mar de tranquila, no me he llevado ningún disgusto ni decepción… Y me lo pasé en grande en la fiesta. Y mis uñas siguen intactas. Y sigo queriendo tener una aventura con mi jefe. Y mis sentimientos encontrados tampoco son ninguna novedad.
En fin, la fiesta fue genial. La lástima es que, a ciertas horas de la noche, hacía un frío tremendo y yo, viviendo por aquí y conociendo las amplitudes térmicas del campo, no tenía ninguna excusa para presentarme con vaqueros, sandalias, camiseta y suéter de algodón. Muy mona, eso sí. Antes muerta (de frío) que sencilla….
Total, que a las tres, cuando calculé que el nivel de alcohol en sangre me permitiría maniobrar el coche en las tinieblas y cercano a un abismo, decidí marcharme. Y mis amigos también hicieron lo propio. Allí había tantísima gente, que cinco personas menos no se notarían. Ay, que nos hacemos mayores…
Me despedí de J. con un abrazo y con la promesa de quedar un día a solas para tomar una copa de cava a nuestra salud. Y mientras tanto… a vivir.
La fiesta
Mañana por la noche voy a la fiesta en casa de J.
En realidad, no tengo ninguna expectativa, más que la de acudir a la celebración del cumpleaños de un buen amigo, con otros buenos amigos y con algunos desconocidos, a pasar una noche distinta, a brindar con cava (no demasiado, que pierdo los papeles y hablo más de la cuenta) y a escuchar buena música.
Es cierto que no tengo perspectivas de nada en concreto, pero no por pesimismo, sino porque me resulta indiferente. Me refiero a la situación en sí misma. Lo más probable es que sea una cena normal y corriente. Nada más. De acuerdo.
No estoy nada nerviosa, y es cierto, porque sigo sin morderme las uñas. Esto puede sonar a frivolidad, pero para mí está resultando un gran esfuerzo, y con buenos resultados. Ya llevo tres semanas… y subiendo. Pensaba que era imposible y la verdad es que tampoco es tan difícil.
No estoy alterada porque no espero nada. Porque me da la impresión de que no quiero nada. Realmente, mi miscelánea de sentimientos hacia J. es cuando menos extraña. Lo adoro, sí, y no precisamente como a un hermano. Pero no creo estar enamorada y no haría conjuros para conseguir su amor. Por cierto, muy, muy cerca de donde trabajo van a abrir una tienda esotérica donde también harán consultorio de Tarot. Me encanta.

No sé qué me espera mañana, aunque intuyo que nada especial. Y lo mejor es que por ahora, no me importa. Mi tranquilidad actual no tiene precio.
Pero entonces… ¿por qué estoy escribiendo estas líneas? ¿Será que me estoy engañando? ¿será que estoy enamorada y no lo sé? ¿Será que siento la necesidad de gritarle al mundo que he madurado, que he conseguido ser feliz, porque he aprendido a valorar mi vida?
¿Por qué escribir sobre algo que no tiene importancia?
¿Por qué la primera palabra de los tres párrafos anteriores es “no”?
¿Por qué no espero a mañana? A lo mejor encuentro respuestas a todas estas preguntas...
… O tal vez me emborrache y me lo pase en grande.
Sí, creo que será lo mejor.
E y P
Hace poco más de un año, me reencontré casi por casualidad con una antigua amiga del instituto. Cuando teníamos dieciséis o diecisiete años, compartimos un curso, muchas confidencias, varias prendas de ropa en común, una buena cuota de diálogo, y una gran amistad.
Pero ella dejó el instituto y, a pesar de vivir muy cerca la una de la otra, fuimos dilatando las distancias, hasta que dejamos de vernos.
A lo largo de los casi quince años que han pasado desde entonces, nos encontramos alguna que otra vez, en la cola del cine, en una boda, en algún bar. Y la firme proposición de llamarnos y retomar nuestra antigua amistad quedaba siempre en promesa incumplida, por ambas partes, y sin motivo justificado o aparente.
Pero el año pasado, poco después del fallecimiento de mi abuela, me encontré de nuevo con ella. Tal vez porque los acontecimientos recientes me hicieron reflexionar sobre la cantidad de personas que dejamos en el andén durante viaje en el tren de la vida, o sobre lo poco que disfrutamos de su compañía, la cual no valoramos hasta que la perdemos, en aquella ocasión decidí firmemente no perder una potencial amistad que había dejado escapar en varias ocasiones.
A partir de aquel momento, empezamos a vernos con mayor periodicidad. Me presentó a una gran amiga suya de la infancia, que todavía se recuperaba del mal trago de un matrimonio tan breve como fallido. Tras unas cuantas citas con las dos, su amiga yo empezamos a entablar una buena amistad.
Por un momento, a mí no se me había ocurrido pensar que, aunque fuimos íntimas durante un tiempo, quince años y una serie de acontecimientos pueden cambiar definitivamente el rumbo de una persona. Al poco de nuestro reencuentro, empecé a sentir una especie de envidia ante la gran cantidad de amigos y amigas que tenía, y ante sus ganas de vivir y moverse por el mundo. Como el círculo en el que yo giro es bastante cerrado, quise dejarme aleccionar por su forma de ver las cosas. Pero, con el paso del tiempo, empecé a conocer otras cosas sobre mi amiga, tales como una bulimia nerviosa debida en parte a la terrible muerte en accidente de su pareja, a la incomprensión familiar de la que era víctima, a la soledad, al fracaso de otra relación y a su inmensamente baja autoestima. Su interminable círculo de amistades se reducía a un Chat. Sí, es cierto, los amigos eran físicos y no digitales, porque se había reunido con muchos en diversas ocasiones, pero, al menos para mí, ese tipo de amistades pierden gran parte de la esencia de las relaciones humanas, que se basa en el roce cotidiano, en el día a día, en el contacto físico y visual y en muchos otros aspectos que Internet no proporciona, al menos por ahora.
Por otro lado, E., mi amiga, siempre me hablaba de P., su amiga, como de una persona insegura, tremendamente dependiente de la amistad que las unía, sola en la vida y muy afectada por su separación. En cierto modo, me chocó ya que, lo que aparentaba ser una longeva amistad, era realmente una relación materno-filial, de la que E. estaba empezando a cansarse.
Cuando P. y yo empezamos a forjar una relación más sólida, me llevé una tremenda sorpresa, ya que me empezó a contar la insoportable dependencia que tenía E. de ella. “No sabe estar sola, me necesita, y yo no puedo estar siempre pendiente de sus problemas. Tengo mi vida, y una hija de la que ocuparme”.
Desconcierto desmedido.
Se supone que E. es mi amiga de toda la vida, pero… quince años son mucho tiempo. El suficiente como para no reconocer a una persona. Y más en el tortuoso trayecto entre la adolescencia y la madurez. Una decía de la otra lo mismo que la otra decía de la primera. Y yo en medio del triángulo, sin saber a qué atenerme.
P. y yo empezamos a quedar a comer o a cenar, pero siempre bajo la premisa de que era mejor que E. no lo supiera, ya que se sentiría al margen y no podría soportar los celos.
Durante el año que ha transcurrido tras nuestro reencuentro, he ido descubriendo la obsesión que ambas tienen con el sexo, cada una a su manera.
E. acude a citas con los hombres que conoce en el Chat, con los que disfruta de encuentros sexuales plenamente satisfactorios. O, al menos, eso afirma.
P. sale por las noches a buscar presa a un bar musical, del que muchas noches termina llevándose a algún hombre a su casa para acostarse con él.
Pero lo que buscan ellas es amor. Y creo que se equivocan de camino.
Tanto una como la otra afirman que mi pachorra ante la vida es un error. Ambas, cada una con su sistema, me instan a buscar el amor siguiendo sus métodos.
En cambio, yo pienso que las dos están errando el tiro. Yo siempre he asegurado que no sería capaz de acostarme con un desconocido y, hasta la fecha, me mantengo en mis trece. Ellas buscan el amor mediante encuentros forzados y creen que, siguiendo el sistema de prueba y error, acabarán por acertar.
Tal vez yo me esté equivocando al no salir de mi mundo, pero no es tan fácil hacerlo. Que le pidan a un pez que salga del agua. Yo soy feliz con mi vida social, laboral y familiar, y no me apetece cambiarla. A pesar de que disfruto mucho de mis comidas, cenas y salidas con E. y P., al estilo de Sex in the City, a veces me siento vértice de un triángulo irregular, variable y muy desconcertante. Ellas mantienen su amistad entre ellas y conmigo, y parece que empiezan a aceptar el hecho de que yo nunca voy a posicionarme en un bando o en el otro.
Curiosamente, en lo que sí me apoyan ambas incondicionalmente es en tener una aventura con mi jefe. Y en este caso, adopto la misma actitud que ante los horóscopos de las revistas. Si me conviene, les doy la razón...
Además, qué mejor suerte la mía, que voy cada día a trabajar con una alegría…






