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Días de lluvia
Historias, anécdotas y reflexiones personales
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Animales

Viernes, 24 de junio

Mi hermano y su novia se han marchado una semana de vacaciones con mis padres, con todos los gastos pagados, por supuesto. Y que luego digan que los hijos medianos son los menos favorecidos… será que en mi familia somos distintos hasta en eso.
Bien, mi hermano y su novia tienen una mascota, un conejo enano con el originalísimo nombre de Bunny, a cuyo cargo me he visto obligada a quedarme sin demasiada opción a negarme. Tampoco podía soportar la idea de imaginarme al animalillo encerrado siete días en un piso, solo, sin otra compañía que las toneladas de comida y los litros de agua que le hubieran dejado.

Yo vivo sola por muchos motivos, y uno de ellos es precisamente la libertad, la ausencia de ataduras y de responsabilidades para con cualquier otro ser vivo, exceptuando los arbolitos y las hiedras del jardín. No quiero compañía perpetua en casa. No quiero mascotas, ni marido, ni hijos… Me encanta vivir sola, y mi intención es seguir haciéndolo durante mucho tiempo. Pero un favor es un favor, mi hermano es mi hermano, y el conejo enano vive en mi jardín desde hace un par de días. Lo cuido como si fuera mío, no le falta agua, ni comida, ni atención, ni mimos, ni caricias. En realidad, el animalejo es una preciosidad.



Mi piso es una planta baja con jardín, en una comunidad muy agradable, formada por dos edificios paralelos, separados por un paseo adoquinado en el centro, con bancos, árboles y plantas. Al final de dicho camino, al que tienen prohibida la entrada los vehículos por razones obvias, se encuentra la zona ajardinada con la piscina comunitaria, separada de mi jardín por un muro de menos de un metro y un brezo alto, que está empezando a poblarse de un verde y tupido jazmín trepador. Y mi jardín, a su vez, es colindante con un terreno municipal de incierto destino, del que queda separado por una alambrada.

El domingo pasado, me despertó un sonido peculiar, como una especie de campana. Mientras erraba por el piso, sin excesivas ganas de hacer limpieza, poner lavadoras y realizar las tediosas tareas domésticas, el tintineo constante de la dichosa campana me obligó a cerrar las ventanas. A mediodía, salí a comer y cuando pasé con el coche por el terreno propiedad del ayuntamiento, me quedé pasmada. No eran campanas, eran cencerros. Una cabra negra, una cabra blanca y un caballo, pastando tranquilamente, a escasos metros de mi propiedad.
Pensé que sería cosa de un día, pero no. Desde aquel domingo, alguien cuya identidad desconozco, y por razones igualmente misteriosas, deja cada día allí a los pobres animales, que terminarán muriendo de insolación si la circunstancia acaba convirtiéndose en costumbre.



Ayer, sentada tranquilamente en el jardín, me dio la impresión de estar viviendo en una granja. Por un lado el conejo, y allí, a dos pasos, las cabras y el caballo. El campo, es lo que tiene…
La cabra negra se me acercó con todo el descaro, e incluso llegó a meter la cabeza por la esquinita de mi jardín. Claro, si puede elegir entre el pasto reseco y la hiedra verde y fresca…también es normal. Entonces se me ocurrió que al animal, a su vez, podría ocurrírsele entrar en mi jardín. El hueco es algo estrecho, pero poniéndole empeño, quizá lo lograse.



Otro motivo de estrés no, me dije. Si no han entrado en una semana, ¿por qué iban a hacerlo ahora? Ya me agobié bastante pensando en el conejito, y el animal está como de vacaciones en el Caribe, con el complejo turístico que le he montado, entre su jaula, su comida, la mesa a modo de porche, y un huequito cubierto para refugiarse del sol, de la posible lluvia o de cualquier elemento perturbador en su tranquila existencia.

No hay problema, todo va bien. Mi hermano y su novia pueden estar tranquilos. Dos noches superadas. Bunny está contento.



De todas formas, yo le echo un vistazo siempre que puedo. Él ya ha encontrado su rinconcito en el “chalet conejal” que he diseñado y construido para él. Hace un rato, he ido a saludarlo, a decirle que me voy a dar una vuelta y que lo dejo al mando del barco.
Y he oído un cencerro extrañamente cerca.
Me he dado la vuelta y me he quedado de hielo… ¡La cabra negra estaba dentro de mi jardín! Comiéndose todo lo verde que encontraba a su paso. El conejo se acercaba a ella con curiosidad, pero la cabra seguía a lo suyo. Posiblemente, mis gritos se hayan oído en medio vecindario.
- ¡Deja la magnolia, cabra cabrona! ¡Lárgate de aquí! ¡Bunny, Bunny, ponte a cubierto…!
He intentado coger al conejo. Y de hecho, lo he conseguido, pero ha empezado a patalear en el aire y se me ha escurrido de las manos. Mientras tanto, la cabra me miraba con incredulidad, llamándome loca con los ojos.

Yo, a pesar de vivir en un pueblo, y de encantarme la tranquilidad y no querer cambiarla por nada del mundo, soy de espíritu urbanita. No en vano viví media vida en el meollo de una gran ciudad. Adoro vivir donde vivo, pero siento un profundo temor y respeto, a la par que ignorancia, hacia el resto de especies vivas, sean insectos o animales, salvajes o domésticos. Por este motivo, no tengo ni la más remota idea de cómo interactuar con una cabra. Pero está claro que no podía dejarla allí. Dando palmadas y chasqueando la boca (no sé exactamente por qué), he intentado llevarla hacia el hueco por el que se ha colado.
- ¡Largo, largo de aquí! ¡Fuera, bicho, fuera!
Milagrosamente, y tras arduos esfuerzos, el animal se ha ido. Ilusa de mí, he pensado que su entrada era algo eventual y accidental, y que no se iba a repetir. Pero de todas formas, he llamado a la policía, para preguntar qué significan esos animales en el terreno de al lado, cuánto tiempo iba a durar la broma y cómo podemos impedir que vuelva a pasar algo así. Los agentes de la autoridad no daban crédito.
- ¿Qué dices que hay? ¿Un caballo y dos cabras…?

Entre tanto, como he dejado la puerta abierta por los nervios, el conejo ha decidido explorar todo mi piso. Ha comido alfombras, flecos de la manta del sofá, ha investigado por todos los rincones y ha decidido que no le apetecía salir otra vez. Entonces ha empezado la persecución, él escondiéndose debajo de los muebles y yo acorralándolo e intentando que se moviese hacia la salida al jardín, armada con una escoba y una sobredosis de estrés acumulado. Finalmente, lo he conseguido., y Bunny ha vuelto a su residencia estival.

Me he sentado en el despachito, parcialmente contenta porque, al menos, tengo una historia para escribir en el blog, y he empezado a redactar mis andanzas con los animales, esos grandes desconocidos. Al hacer una pausa para releer la historia, he mirado por la ventana, que también da al jardín y… allí estaba otra vez la cabra negra. Las dos patas traseras en el suelo, y las dos delanteras levantadas, apoyadas en el tronco del tilo, cual caballo encabritado de estatua ecuestre de algún héroe nacional. Menudo festín se estaba dando, la muy hija de perra…

He vuelto a salir, gritando como una loca, móvil en mano, marcando el número de la policía local. Los vecinos de al lado y los que estaban en la piscina me han oído, y uno de ellos, tan amablemente, se ha colado en mi jardín para echar a la cabra. Su mujer, asustada, le decía: “ten cuidado, no vaya a embestirte…”. Entre tanto, yo he hablado con la policía, indignada, que se ha personado en mi domicilio en menos de cinco minutos. El paseo que separa los dos edificios de mi comunidad estaba repleto de vecinos, que se han quedado de piedra al ver entrar a los agentes uniformados. Les he invitado a entrar en el jardín y les he expuesto la situación. Me han puesto al corriente del asunto. Por lo visto, los animales son propiedad de un campesino que pidió permiso al ayuntamiento para que pudieran pastar allí. Pero me han asegurado que obligarían al tal señor Antonio, el ganadero en cuestión, a tapar de alguna forma el hueco por el que se ha colado la cabra o a no volver a traerlos. Y, como solución provisional, han puesto dos sillas de mi jardín allí encajadas. Sólo ha faltado el comentario del vecino… “pues como entre el caballo….”. Dios mío, no quiero ni pensarlo.

He hecho amigos entre el vecindario, eso sí. Les he contado mis hazañas con la pseudo-granja, con el atento rescatador corroborando mi historia. Cuando he vuelto a echar un vistazo, los animales ya no estaban. Bunny tiene provisiones, agua fresca, el refugio en perfectas condiciones y los intrusos herbívoros ya se han marchado. Puedo salir tranquilamente a cenar y a tomar una copa con los amigos. Final feliz.

Sábado, 25 de junio

Hoy me he despertado sin oír ningún ruido. Ni rastro de cencerros. Ayer salí a cenar y conté mis aventuras a mis amigos. Y la gota que colmó el vaso: pedí una ensalada con queso… de cabra. La verdad es que nos reímos todos un rato con la historia, aunque yo seguía oyendo cencerros que sonaban en mi cabeza. Pero esta mañana no ha habido tintineo alguno. He salido fuera y no hay rastro de ningún animal. Las sillas siguen donde las puso tan amablemente el señor agente. No hay un alma en el terreno de al lado, pero las dejaré por si volviesen, que espero no sea así.



Creo que los policías, los vecinos, mis amigos y, sobre todo, la cabra, todavía se están riendo….
 
Contrasentido

No me entiendo. Estoy confusa. ¿Por qué no hago más que pensar en ti? No estoy enamorada, no eres mi tipo. Mi subconsciente ni siquiera me permite utilizar las armas que tenemos todas las mujeres para seducir, y que en otras ocasiones, me han resultado de gran utilidad. Y si es así, tal vez sea porque en el fondo sé que no quiero nada contigo. Porque sé que no quiero nada más que un abrazo.

Es que me he dado cuenta de que nadie me abraza más que mi madre, ¿sabes? No es que no adore que lo haga, y que no la eche de menos ahora que ya no vivimos juntas. Me encantan los abrazos de mamá, pero necesito que otra persona me abrace. Quiero cariño. Pero no maternal ni fraternal. Quiero besos, mimos, caricias…
Por otro lado, también necesito otra clase de amor físico. Llevo mucho tiempo sin estar con un hombre, y tengo ganas. Pero no ganas de sexo sin más, sino de complicidad, de compenetración, de intimidad, de risas, de ternura…



Puede que piense en ti a todas horas porque te tengo cerca, porque me haces reír, porque el deseo carnal me hace querer estar contigo, porque siempre estás ahí.
Claro… ¡es por eliminación! Si nunca he querido acostarme con un desconocido, pero quiero estar con un hombre, y a ti te veo a diario… los números cuadran. La ecuación sale redonda.

Porque el otro día, cuando comimos juntos, me pareciste inmensamente primitivo. Tus modales en la mesa dejan bastante que desear. Pero me invitaste a comer…

A veces, tus reflexiones y tus teorías me parecen dignas de una persona arcaica y obsoleta. No compartimos ni un solo punto de vista respecto a la vida, al amor, al matrimonio, a los hijos, a la homosexualidad, a la mística, a la vida después de la muerte… y sin embargo, pienso en ti. Quiero estar contigo. Y a la vez no quiero. Si me lo pones relativamente fácil, me echaré atrás, estoy segura. Tu manera de actuar a veces me crispa los nervios. No eres agradecido, no me valoras, ni siquiera me ves como mujer (aunque mi terapeuta asegure lo contrario). No eres guapo, tu voz no es agradable ni melódica. Eres una persona de exigua cultura, de escasa inteligencia. Siempre me había preguntado qué veía en ti tu mujer. Pero ahora que sé lo mal que está tu matrimonio, empiezo a comprenderla. Y a la vez, me parece una auténtica arpía por hacerte la vida tan difícil. Me encantaría ayudarte, aunque sé que quizá no lo merezcas. Te cuido y no te das cuenta. Y tienes unos ojos tan bonitos…

No me entiendo. En mi mente vive una abrumadora paradoja que, paradójicamente, no me quita el sueño… pero no dejo de pensar en ti.



La primavera morirá en unas horas. Mañana llega mi fiel amante verano, puntual como cada año. Espero que con él lleguen alegrías y buenos momentos. Tal vez el verano tenga respuestas a todas mis preguntas. A lo mejor las estrellas se alinean para que las cosas tomen su rumbo.

Y mientras tanto, seguiré pensando en ti.
 
Reflexión a 33º

Cuando empecé a escribir este blog, a pesar de no hacer partícipes de él a amigos, familiares ni conocidos, en el fondo la intención era que el mundo descubriese a la escritora frustrada que llevo dentro. De hecho, en mi primer post, de hace ya mucho tiempo, así lo expongo. Cuando oí hablar sobre el concurso que convoca el diario “20 minutos”, me faltó tiempo para leer las bases, esperar impaciente al período de inscripción, y, sin perder un segundo, apuntarme. Sin grandes expectativas, también hay que decirlo.

En cambio, otros “bloggers” critican este tipo de concursos, porque aseguran que un blog es un diario íntimo, o una serie de artículos y reflexiones personales, que no deben implicar ánimo de lucro ni de popularidad. No obstante, creo que el subconsciente los traiciona, porque si una persona no busca que nadie lea lo que escribe, no lo cuelga en la red. Escribe un diario personal y punto.

A mí, más que el dinero (que siempre se agradece, seamos honestos), me atraía la idea de tener lectores, por aquello de que mi asignatura pendiente en la vida es ser escritora y publicar libros. Yo soy traductora y, en realidad, traducir no deja de ser escribir con tus propios términos lo que has leído y entendido en otro idioma. Y libros y revistas publicados ya tengo unos cuantos. Pero claro, siempre con las ideas de otros. Invariablemente, transmitiendo la palabra de alguien. Nunca dejando al descubierto algo propio.

Pero, a medida que he ido escribiendo en el blog, mi perspectiva de todo ha ido cambiando. El concurso ha pasado a último término. Ahora que me sé leída, por una valiosísima minoría selecta que espero conservar, me encuentro tremendamente arropada y resguardada. Me encanta recibir comentarios de personas que me entienden y de otras que no, pero que, aún así, me leen, lo cual es incluso más digno de agradecer. Me hace tremendamente feliz el sentirme valorada y apreciada en un pequeño rincón de la blogosfera. He creado mi pequeño nido en este gran mundo… y estoy como en casa. El concurso es lo de menos. Si supiera que iba a perder a aquellos que me leen fielmente, no dudaría en darme de baja.

Tal vez algún día me decida a escribir y a intentar publicar ese libro que lleva tanto tiempo pidiendo salir de mis entrañas. Pero, por lo pronto, estoy contenta de poder compartir mi pequeño mundo con quien quiera entrar en él. Bienvenidos… y bienhallada.
 
Familia

En nuestros tiempos, las separaciones y los divorcios están a la orden del día. En cualquier clase de cualquier colegio, casi un tercio de los alumnos de cursos de primaria son hijos de padres separados. Tal vez el no ser “bichos raros” y el estar habituados a conocer a otros niños en su misma situación los hace sentirse unidos, o les hace comprender, hasta donde alcanzan, que los matrimonios vienen con fecha de caducidad.

Pero hace veinticinco o treinta años, las separaciones no eran tan habituales.
Una niña de dos o tres años puede comprender el divorcio de sus padres, en la medida de lo posible, siempre que éstos tengan en cuenta que ella será quien más lo sufra y, en consecuencia, intenten que el mal sea el menor posible.
Una niña pequeña pasará muy malos momentos cuando su padre pase a ser una visita esporádica, y llorará durante horas cuando se marche a su casa… porque papá ahora tiene otra casa. Y no es ésta.

Hace casi treinta años, los padres de una niña pequeña se dieron cuenta de que entendían el matrimonio de distinta forma. Para él, la libertad individual prevalecía por encima de todo. Y, a pesar de haber vuelto a casarse, sigue pensando lo mismo. Y para ella, la comunión de dos seres en una unidad, hasta que la muerte los separase (en principio) era la definición de matrimonio. Claro que, con el paso de los años, las perspectivas pueden cambiar… pero ya es demasiado tarde.
La fidelidad mutua, el respeto, el equipo formado por los dos y la vida en común eran comprendidas de diferente manera en aquella pareja. Dos lecturas totalmente lícitas… pero indiscutiblemente incompatibles. Y la única solución ante un problema de tal magnitud es la separación. Tal vez se casaron demasiado jóvenes. Quizá no se dieron cuenta de que quererse no lo era todo. Sean cuales fueren los motivos, aquel matrimonio se rompió.

La niña pequeña no es consciente de todo el proceso, por la edad que tenía, y porque sus padres sí estaban de acuerdo en una cosa: ella tenía que sufrir lo menos posible.
La niña sólo recuerda que su padre se fue a vivir lejos, y venía cada dos semanas a verla, a llevarla al cine, al zoológico, al parque de atracciones… pero luego la dejaba en casa para marcharse lejos otra vez. Y ella lloraba, porque no podía creer que su papá ya no estuviera viviendo con ella y con mamá..



Al cabo de un tiempo, que no podría precisarse con exactitud, llegó otro hombre a casa. Y, por su parte, papá empezó a visitar a la niña acompañado de otra mujer. A la pequeña nadie le dijo que aquel fuera el sustituto de nadie. Por supuesto, porque no lo era. Y la mujer que venía con papá… era simpática… y muy guapa.

Papá y mamá charlaban amigablemente, a solas, o con sus respectivas nuevas parejas. Papá y mamá se llamaban, para hablar de su hija, para preguntarse por sus vidas, para desearse suerte…
Papá y mamá siempre estuvieron allí cuando la niña estaba triste, o enferma, o tenía algún problema.
Papá siempre hablaba de mamá con ternura y cariño. Y continúa haciéndolo.
Mamá recuerda a papá con afecto y estima. Y sigue deseándole lo mejor.
Papá y mamá siempre han sido amigos y se han respetado. Y, a su manera, se siguen queriendo.

Hasta que no llegó a cierta edad, la niña se consideraba una hija de padres separados común. Cuando era pequeña, tampoco tenía demasiado con qué comparar. Pero con el paso de los años, empezó a compartir su experiencia con otros niños, y a conocer casos de separaciones en las que los padres no podían verse, en las que el divorcio había sido el postre de gritos y discusiones en casa o, peor aún, de un silencio y un frío que lo helaban y lo cortaban todo. A veces los padres se empeñan en mantenerse unidos sólo por los hijos… como si ellos, por ser pequeños, no fuesen a darse cuenta de que las cosas no funcionan en casa.

Los padres de los demás niños esperaban a sus hijos en el portal, para no ver a la bruja de su madre, culpable de todas las desgracias del mundo. Y las madres advertían a los hijos en contra de la nueva novia de papá, que era mala porque sí. Cuidado.

La niña, cuando ya no era tan niña, se dio cuenta de cómo sus padres la habían antepuesto a todas sus diferencias. Y aunque en muchos casos una separación sea la única solución a un matrimonio equivocado, existen distintas formas de separarse. La niña, al madurar, se sintió orgullosa de haber sido lo más importante para sus padres en tan difícil coyuntura.

Hasta la separación, el divorcio y la nulidad, en ese orden, en los tribunales jamás se habían encontrado con nadie que hablase maravillas de la persona que iba a dejar de ser su cónyuge. Y, por aquel entonces, coincidieron dos. Mi padre y mi madre.



Me enorgullece infinitamente lo bien que se portaron conmigo, y el ser tan inmensamente importante para ellos. Sé que me quieren muchísimo y ni que decir tiene que yo a ellos también. Si hay un dios, o quien quiera que mueva los hilos de este complicado universo, me dio un regalo de valor incalculable: los mejores padres del mundo. El hecho de que no pudieran vivir juntos jamás me ha privado de un ápice de todo su cariño, su amor y su cuidado. Porque para que un padre y una madre quieran a sus hijos, sólo los necesitan a ellos. Y un hijo necesita a sus padres… pero no necesariamente juntos. Jamás he presenciado una sola discusión entre mi padre y mi madre… y eso tampoco tiene precio.

Muchas gracias, mamá y papá. No sé qué he hecho para tener tanta suerte.


 
Testigo

No soy muy amiga de estas cadenas, pero quien me pasó el testigo me merece un gran cariño y respeto, así que... vamos allá.

Testigo recibido de:
Hada (lo siento, soy incapaz de poner un enlace).

Tamaño total de los archivos de musica en mi ordenador:
18,3 GB... y subiendo.

Último disco que compré:
Me confieso pirata de la música, así que posiblemente fuese alguno para regalar. Creo que la BSO del musical Chicago, para mi madre.

Canción que estoy escuchando ahora:
Original of the species, de U2

5 Canciones especiales para mi:
Hay muchas más de cinco, pero lo intentaré:

One, de U2
Hotel California, de los Eagles
The logical song, de Supertramp
Light my fire, de los Doors
y brilliant disguise, de Bruce Springsteen

Personas a las que le paso el testigo: no quiero obligar a nadie a nada... que se den por aludidas. Bruji, Urteil, Elsur, X., Hache, MA.... sin compromiso.


 
Hasta siempre

Han pasado dos semanas.

Mi tatuaje no se ha borrado. He vuelto a la vida normal, con duchas a temperaturas decentes. Ahora que está curado, queda aún más bonito.

Mi agenda electrónica finalmente murió, tras una agonía de varios días. Pujé por otra en una subasta en Internet, y me mandaron un modelo equivocado. Curiosamente, inferior al que yo había pagado, porque si llegan a fallar en mi favor… a veces es difícil distinguir entre la honestidad y la estupidez… y no sé qué habría hecho. En principio, todo había sido un error, envié por correo certificado el modelo equivocado y recibí el correcto con los portes pagados. La agenda es genial, casi me alegro de que se estropeara la otra.

Mi jefe me ha hecho una propuesta… pero no del tipo que yo quisiera. Ésta es laboral. Lo cierto es que cualquier cosa que suponga un cambio en mi vida me agobia, y la presión en pleno síndrome premenstrual es lo peor que le puede pasar a una mujer. O, por lo menos, a ésta que escribe. Bueno, lo del síndrome premenstrual es meramente intuitivo, porque al haber estado dos semanas sin agenda, ando un poco perdida.
No obstante, propuestas laborales a parte, me ha parecido notar que me mira con otros ojos. O tal vez es mi mirada distinta la que me hace percibir otra mirada en él. Creo que ahora sus ojos verdes son más intensos, me atraviesan con una mayor profundidad y dulzura. Su actitud también es más prudente y amable… por no mencionar que me ha dicho de mil formas que hace siglos que no tiene relaciones sexuales. Yo tampoco, pero claro, durmiendo sola… digamos que tengo excusa. No sé qué quiere darme a entender con sus comentarios pero, por primera vez en casi cuatro años, se disculpa por sus impertinencias. Y eso sí que es toda una novedad.
Ahora que lo veo algo más factible… me apetece menos.

Y la tienda de magia sigue sin abrir. Los típicos problemas de licencias, obras, burocracia, incompetencia…
Pero ya conozco a la médium, y hemos tenido un par de largas conversaciones. No sé si ve en mí a una buena clienta potencial o realmente su comportamiento es desinteresado, pero me ha hecho partícipe de su don y ha contestado a muchas preguntas que le he formulado. Lo que más me empuja al mundo esotérico es mi insaciable curiosidad por todo. Siempre necesito saber más. Cuando acudo al centro de estética, a la peluquería, al dentista, a la psicóloga… siempre pregunto qué me hacen, cómo, por qué, para qué… Bueno, en el dentista es algo más complicado, por aquello de tener que mantener la boca abierta, pero me las ingenio. Y si me despierta la curiosidad el mundo cotidiano y banal, ¿cómo no va a hacerlo un mundo oculto y rodeado de misterio?



Dentro de poco hará siete años que perdí a mi mejor amigo. Lo echo muchísimo de menos, pero lo que en psicología se conoce como el “período de duelo” ya pasó. En principio, la adaptación a la vida después de una gran pérdida dura entre uno y tres años, dependiendo de cada persona. Yo pasé un tiempo muy mal, pero el cambiar de casa y dejar atrás tantos rincones que hablaban sin preguntarles nada me resultó de gran ayuda. Los recuerdos siguen imborrables, pero tampoco me perdonaría que fuese de otro modo. A veces duelen, a veces sorprenden, a veces hacen sonreír…
Pasaron años en los que soñaba que él seguía entre nosotros, y que todo era normal. Salíamos a tomar algo, charlábamos, reíamos… y el despertar era terrible. Eran sueños bastante habituales, que yo atribuyo a mi no aceptación de lo ocurrido.

Una noche, hará poco más de un año, todo fue distinto. Yo dormía, y él apareció en mi sueño. Pero no era como había sido siempre. Esta vez, venía de visita. De donde estuviese. Pasamos juntos un día entero, en el que pude contarle toda mi vida hasta el momento, enseñarle mi nuevo piso, explicarle tantas cosas que tenía pendientes, abrazarlo, decirle lo muchísimo que lo quería y lo echaba de menos…
Pero, como todo en la vida, el día terminó, y él tuvo que marcharse. Aún sabiendo que pedía un imposible, le supliqué que no se fuera… y él me dijo que tenía que hacerlo, y que yo lo sabía.
Había venido a despedirse.

Dicen que los muertos no se marchan si alguien los retiene.
Dicen que sólo se comunican con las personas que no temen hacerlo.
Y también dicen que una persona es más receptiva cuando la mente descansa y el inconsciente aflora, es decir, durante los sueños.

Desde aquella noche, no he vuelto a soñar con él. No le he visto más que en mis fotos y en mis reminiscencias.
La vidente me aseguró que es algo muy frecuente. Que vienen a despedirse cuando estás preparada para decir adiós de verdad. Y ya no vuelven.



Adiós…
...Pero siempre seguirás conmigo en mis recuerdos.