logotipo

img_google
Días de lluvia
Historias, anécdotas y reflexiones personales
Acerca de

Vótame

convocado por:
20minutos.es

Sindicación
 
Amistad

Tres amigas y compañeras de facultad montaron su propia empresa de traducciones. Al poco de empezar yo en mi actual trabajo administrativo, desistiendo ya de introducirme en el mundillo para el que había estudiado durante cinco años, les salió un proyecto al que no podían hacer frente, por el volumen de material a traducir y porque siguieron conservando sus puestos de trabajo. Me lo ofrecieron a mí. Era una revista de una conocida editorial, y sería trabajo seguro cada mes, a menos que la publicación no funcionase y se retirase del mercado. Acepté, ya que podía combinar mis dos trabajos, y empezó nuestra relación laboral, siguiendo a la amistosa ya existente.

Más de tres años duró la relación laboral, durante los cuales, por conservar la amistosa, tuve que morderme la lengua en más de una ocasión. Estuve seis meses sin cobrar, me obligaron a darme de alta como autónoma, aún sabiendo que con lo poco que me pagaban no me saldrían los números, me quisieron hacer creer que no ganaban un duro a mi costa (cuando jamás me hubiera quejado de lo contrario, porque sé cómo funciona el mundo), me sometieron a una especie de control por desconfianza, ya que sabían que su clienta estaba en contacto conmigo… Una serie de acciones que podría haberme ofendido, pero, oye, que son mis amigas. Y que viva la amistad.

Su clienta sólo se puso en contacto conmigo porque supo quién hacía realmente todo el trabajo, y por cuestión de pragmatismo. Cualquier cambio, alteración o incidencia tendrían que ser responsabilidad mía, y ahorrábamos tiempo hablando directamente. Pasándonos el material a traducir directamente. Comunicándonos directamente.
Llegó un momento en que la empresa de traducción para quien yo trabajaba, y que a su vez trabajaba para ella, sólo se limitaba a recibir facturas por un lado, pagarlas, enviar facturas por el otro, y cobrarlas. Y eso sucedió al cabo de menos de un año de empezar la revista. Y continuamos así durante más de tres. Que viva, que viva la amistad.

Durante aquel tiempo, me fueron cayendo mil indicios de que, si en algún momento decidía abandonar el proyecto, la clienta me pediría a mí un presupuesto y prescindiría de ellas. Cuando no pude traducir por enfermedad, mis amigas lo hicieron por mí. Una vez y no más. Cuando tuve problemas puntuales al cabo del tiempo para traducir por acumulación de trabajo, la clienta prefirió reestructurarlo todo antes de darles una sola página a ellas. Con eso no quiero decir que yo sea mejor que ellas ni muchísimo menos, sino que quizá la revista lleva mi estilo desde el principio y lo quieren mantener, o que a la clienta en particular le gusto más yo, de forma totalmente subjetiva. Me encanta mi trabajo, pero soy consciente de que me queda mucho por aprender.

El número de páginas empezó a disminuir, los textos originales perdían calidad y se empezó a aumentar el porcentaje de artículos de producción propia. Y los números ya no salían. A nadie. La clienta decidió prescindir de los servicios de la empresa de traducción, de forma irrefutable e innegociable, para buscarse la vida por otras vías. Cuando mis amigas me llamaron para notificármelo, sólo me supo mal por ellas, porque a mí hacía tiempo que no me salía a cuenta el trabajo. En realidad, ahora que pienso, no sé por qué lo hacía. Para no dejarlas colgadas, por inercia, por estupidez, porque viva, viva, y requeteviva la amistad…

El problema llegó cuando la clienta me llamó para pedirme presupuesto. No lo esperaba, los acontecimientos se precipitaron y fallé en una cosa: en no decírselo a mis amigas. Tras asegurarme de que con ellas no había negociación posible, aun a riesgo de quedarme yo fuera, pasé un presupuesto de casi el doble de lo que cobraba, pensando que me pasaba tres pueblos, porque “ellas me pagaban el máximo que podían, y no ganaban dinero a mi costa”. Y la clienta aceptó mi presupuesto sin pestañear. En otras palabras, todavía me había quedado corta. Entonces se me empezó a caer la venda de los ojos, y me sentí menos culpable del rumbo que habían tomado las cosas. Les mandé un correo electrónico (la misma vía de comunicación que empleaban ellas para notificarme prácticamente todo lo relacionado con el trabajo) explicándoles la situación.

Su respuesta fue contundente: tenía que haberles pedido autorización para pasar un presupuesto, era cuestión de tiempo que las cosas terminasen así, yo las había dejado fuera de toda negociación posible, había actuado de mala fe… y me podía ir a la mierda. Viva, viva y viva… Tres hurras por la amistad.

No me han vuelto a dirigir la palabra. No entiendo cómo les ha podido sentar tan mal el perder un proyecto que no les daba dinero, según decían… No entiendo cómo soy tan imbécil de que me duela tanto haberlas perdido como amigas, cuando yo aguanté todo lo que aguanté por la dichosa amistad, y ellas no han sido capaces de entender que nadie les ha robado un cliente. Que lo han perdido ellas solas. Y que por algo será.
Yo ahora sé que podría haberles quitado el trabajo hace tiempo, y jamás se me pasó por la cabeza. He estado tres años perdiendo dinero por ellas (y por idiota, claro), y ahora, en vista del resultado, a veces me pregunto si no debería haberlo hecho. Pero sigo pensando que no. Si volviera atrás, actuaría de la misma forma. Jamás le robaría un cliente a nadie, y menos si son amigas. Viva la amistad.