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Días de lluvia
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Desbloqueo y doble personalidad

El sábado hice el curso de iniciación al Reiki.
Hoy sé que estoy deseosa de seguir con el resto de niveles, y de llegar a tener la maestría.

Éramos cinco alumnas (todo mujeres, tal vez por aquello de la sensibilidad, la visceralidad, la espiritualidad…). En principio debíamos acudir allí sin predisposición ninguna. No debíamos esperar nada del curso. Presumo que, a mayor inclinación, mayor alteración de consecuencias.



Siempre he oído decir que en estos cursos hay quien llora, quien vomita, quien se desmaya. Para poder practicar el Reiki, un maestro, y sólo un maestro, tiene que someter al alumno a un desbloqueo de los chacras, que son los siete principales centros de energía de nuestro cuerpo. Antes de iniciarnos con dicha liberación, nos practicó una mini-sesión de Reiki a cada una.
Yo sólo conocía a dos de las cinco, pero fue curioso el hecho de que la que me parecía más escéptica y menos predispuesta, lloró de forma desgarradora. Por lo visto, junto conmigo y otra, era la que tenía un bloqueo mayor. En su caso, en el chacra de las emociones, y en el mío, en el de la comunicación. “O has tenido bronca con alguien cercano, o tienes una conversación pendiente”, me dijo el maestro.
O ambas cosas.



En fin, el caso es que yo no podía tener bloqueadas las emociones cuando, sin motivo aparente, había estado llorando desconsoladamente los cinco días previos al curso. Vaya, que llegué allí y se me habían acabado las lágrimas. Me pregunto si fue casual el hecho de haber llorado tanto precisamente en esos días. En realidad, mi vida no había sufrido ningún cambio como para tener toda aquella tristeza dentro. Sí, mi jefe es un capullo, pero eso no es ninguna novedad. Me pareció más persona y más vulnerable durante unos meses… pero se ha vuelto a revelar el capullo de siempre. Tampoco vamos a hacer de eso un mal mayor. Al fin y al cabo, el problema lo tiene él.

Durante el transcurso del sábado, en las ocho horas que duró el curso, aprendimos historia del Reiki, nos desbloquearon los chacras (desbloqueo que permanece de por vida, a menos que no se cuide), nos enseñaron el primer símbolo reiki, e hicimos prácticas unas con otras. A diferencia de otras, no vi colores, no lloré, no sentí ninguna llamada espiritual… tanto fue así, que terminé confesando que tengo un lado escéptico que me puede más de lo que yo pensaba. Evidentemente, si creyese que todo eso son pamplinas, no hubiera pagado por el curso. Pero mi cabeza está en continua contradicción, y cuestionándoselo todo a cada momento. Yo lo llamo mi “lado terrenal”. ¿Y si soy menos sensible? ¿Y si no sirvo para esto? ¿Y si nunca llego a sentir nada?
Pero, por otro lado, hace años que tengo la “facultad” de quitarle el hipo a la gente, siempre que me hagan caso y me tomen en serio. Y pocos lo hacen, pero con ellos, funciona. Simplemente pongo las manos sobre su cabeza, les hago respirar hondo y expulso al hipo. Y funciona. ¿No es prueba suficiente de que esas cosas pasan? Eso sí, cuanto menos dudan de mí, más rápido se les quita. Ahí está la prueba de que no hay que estar en continuo estado de cuestionamiento. Pero… ¿cómo evitarlo?



El Reiki es muy espiritual, lo cual no significa “religioso” ni “sectario”. Y yo soy una persona muy espiritual, aunque nada religiosa. Soy una firme convencida de que la casualidad no existe, de que nada sucede porque sí, y de que todo confluye para llegar a un fin concreto. La vida no es sólo un cuerpo funcionado como la perfecta máquina que es. Es un hecho demostrable y demostrado que la energía existe, y fluye, y se canaliza.
Pero, por otro lado, no me acabo de creer capaz de practicarle una sesión de Reiki a alguien y que esa persona vaya a sentirlo de verdad. Tal vez por eso aún no lo he intentado.

A veces pienso que tengo dos personas dentro de mí. La escéptica y la creyente. La espiritual y la terrenal. La cerrada y la abierta. Es cierto que se me conoce como aficionada a lo oculto, a lo esotérico, a lo espiritual, a las velas, al incienso… Pero en realidad, no se me conoce. Soy dual. ¡Estoy como una cabra!

De todas formas, sigo con mis sesiones de Reiki cada noche (conmigo misma), y me ambiento con incienso, velas y música relajante especialmente compuesta para esta práctica. Es la ventaja de ser espiritual pero disfrutando de las comodidades del mundo terrenal, como bajar la música de Internet. Para estos casos… ¡que viva la dualidad!
Bien, pues en dichas sesiones, es cierto que estoy consiguiendo desconectar y no pensar en el trabajo, el jefe, y la vida cotidiana. Es cierto que de mis manos, siempre heladas, cada vez se desprende más calor. Y es cierto que en la garganta noto una especie de dolor como seco, como una presión interna, que se me pasa en unos minutos… curiosamente, en el chacra de la comunicación. Y mi lado terrenal luego me dice que es por haber respirado hondo, que se me ha secado el cuello.
Ay…¿cómo puedo hacerlo callar?



Pero pienso seguir. Soy feliz desde ese día y sólo por ese motivo, ya merece la pena. Y, en el fondo, mi lado espiritual me empuja a continuar. Me dice que, con paciencia y dejándome llevar por lo que siento, y no por las preguntas, llegaré a donde me proponga.
Y, en el fondo, sé que es cierto.

 
Trastorno afectivo estacional

Caigo en picado. No sé exactamente por qué; ni siquiera sé si hay motivos. Hace unas semanas lloraba por cualquier cosa. Siempre por una razón, por absurda que fuera: un expulsado de Operación Triunfo, películas, series… incluso anuncios. Pero siempre había un motivo.

Ahora ya no necesito inspiración para que mis ojos se llenen de lágrimas, en el trabajo, en el coche, en casa…

Supongo que gran parte de la culpa está en el trabajo. Mi jefe me crispa los nervios. Le odio. Pero le odio demasiado.
Y en el fondo, la culpa es mía. No tengo ninguna obligación de desvivirme por alguien que no lo merece. La estúpida soy yo. El otro día me pidió (por poner un verbo) que fuera a mirar ordenadores para cambiar el nuestro. Y así lo hice. Le pasé todos los presupuestos de todas las tiendas de las cercanías. Le aconsejé uno, porque él, de ordenadores, ni la más remota idea, y quedó aprobada mi elección. Al día siguiente, me volvió a “pedir” que le preparase todo el papeleo para financiarlo, y yo arriba y abajo, papeles para acá, formulario para firmar para allá, vuelta arriba y paseo abajo. Y ya no pude más cuando me dijo:
- Ve a buscarlo tú.
No sé quién despertó dentro de mí, porque me oía hablar en voz alta y no me podía creer lo que salía de mi boca. Yo no soy así.

- Ve a buscarlo tú, que tienes tiempo.
- Sí, claro, como no tengo nada mejor que hacer…
- Hostia, tranquila…
- Nada de tranquila. ¡Menos exigencias! Si voy, será porque quiero.
- Creía que te gustaban estas cosas.
- Me gustan cuando quiero. Iré si me da la gana.

Desde ese día, palabras las justas. Lágrimas, más de las necesarias.
Pero, obviamente, fui.
Le odio.
Odio que se desviva por su fulana a cuatrocientos kilómetros de aquí, y no vea que tiene al lado a una persona, que, además de llevar mucho tiempo intentando hacerle la vida más fácil, está pasando un mal momento. Ni siquiera le importa. Y yo sufriendo por él y sus circunstancias… Tres hurras por su futura ex, porque aguantarlo diez años es como para ganarse el cielo.
Está claro que no sólo soy invisible como mujer, lo cual ya me tiene sin cuidado. Soy invisible como persona. Como ser humano. Simplemente, soy un accesorio más para que él viva más cómodamente. No tengo sentimientos, o si los tengo, no importan.
No entiendo que una persona pueda ser tan tremendamente egoísta.
Odio el egoísmo.

He leído algo sobre los trastornos afectivos estacionales, que creo son depresiones o similares en función de la época del año. Y si no lo son, yo ya he bautizado a mi problema. El otoño siempre ha sido mi castigo, pero no sé si este año es peor, si no aguanto más la tensión en el trabajo, si aprecio a mi jefe o realmente le odio (que ya es un sentimiento, ojalá pudiera sentir indiferencia…), si son las hormonas, si fue el eclipse… pero lloro y lloro. Y ahora ya no me hacen falta motivos.
Odio el otoño.

Mañana por fin es el curso de iniciación al reiki. Llevo esperándolo ansiosa un mes, y ahora parece que no me apetece tanto. Pero tengo la esperanza de que el maestro pueda extraerme toda la energía negativa que llevo dentro y enseñarme a quitarme el estrés.
Y al otro… que le den. Todo el mundo tiene lo que se merece y confío en que la “justicia” sea justa.

No me gusta tener malos deseos hacia nadie. Pero creo que esta vez, me han obligado.