Cartas en el ciberespacio
Hola, R.
Posiblemente ni me recuerdes. Fui alumna tuya en la Universidad de X, hace unos diez años. Rizos y gafas es la descripción más estándar que se me aplica. En alguna ocasión habíamos coincidido en el tren, yo bajaba en misma estación que tú.
Recuerdo tus clases con nostalgia (a veces, incluso con síndrome de abstinencia), porque, además de dejarme con el convencimiento de ser el único profesor que me enseñó algo a lo largo de la carrera, tus continuos ánimos y halagos hacia mi forma de traducir fueron los que me empujaron a intentar ganarme la vida con ello, en lugar de hacer lo mismo que la mayoría de mis compañeros, y ponerme a tramitar pedidos de ventas al extranjero en empresas varias.
Hasta ahora, no me ha ido del todo mal. He traducido todos los números de una revista llamada XXX, de Ediciones Y, una colección de libros de recetas para otra editorial, un libro sobre la carrera espacial entre EEUU y Rusia, y otros pequeños proyectos, como carátulas de DVDs, etcétera, todos ellos publicados, tanto en España como en Latinoamérica.
De todas formas he tenido que combinar las traducciones con un trabajo de administrativa de seis horas diarias, por aquello de la necesidad de un sueldo fijo (aunque mísero), y de salir de casa y mantener el contacto con el mundo exterior. Y en la oficina, puedo traducir, lo cual me ha venido de fábula.
Ahora me encuentro con que la revista, después de cuatro años, se cierra, y sin otra fuente de ingresos que mi sueldo de secretaria. Y, navegando por la red, intentando encontrar alguna editorial o empresa de traducción que me diera una oportunidad, he dado con esta dirección de correo electrónico.
Si te has molestado en leer todo lo escrito hasta ahora, ya me doy por satisfecha. Pero la desmoralización me obliga a preguntarte si conoces algún sitio al que pudiera enviar mi CV, o si tienes alguna idea de por dónde podría tirar, para encontrar trabajo como traductora autónoma, y así no tener que dejar mi puestecillo de administrativa, que no me enriquece económicamente, pero sí personalmente, y es muy importante para mí.
Mil perdones por la desfachatez y otras mil gracias por haberme leído. (Siempre que la dirección no esté equivocada, en cuyo caso, también me disculpo).
Espero que tus actuales alumnos sepan valorar y apreciar tus clases (y no es peloteo, I swear).
Gracias de nuevo,
LL.
Media hora más tarde...
Querida LL:
Claro que me acuerdo de ti. Y me alegro de que hayas estado trabajando como traductora todo este tiempo. Creo que deberías comenzar por el sector editorial de tu cuidad, específicamente por las editoriales Z y E, porque sacan muchas publicaciones periódicas. También miraría algunas de prestigio cuya editorial no conozco, como National Geographic. Finalmente, hay un número de revistas especializadas en deportes, culturismo, etc., que suelen ser una plataforma publicitaria: su máximo anunciador compra la franquicia de la revista, normalmente estadounidense, y después vende aparte el espacio de publicidad y traduce los artículos al español. Hay varias en tu ciudad.
Tras eso, si no funciona habrá que cambiar de sector. De todos modos, persevera en el editorial, que ahí hay mucho bacalao que cortar.
Espero que te sea útil. No desesperes. Piensa que buscar un trabajo ES un trabajo, ok? Mantenme informado. A veces me llega alguna oferta, aunque no en los últimos cuatro meses.
Un abrazo,
R.
Después de más de diez años... me parece increíble.
Y más increíble le parecería a él enterarse de lo feliz que me ha hecho. Será cierto que siempre hay una luz al final del túnel...
Una entre doscientas
Viernes por la tarde. Último día laborable, fin de semana por delante.
Los ánimos, no demasiado buenos.
La secretaria está triste, porque se ha quedado sin su principal fuente de ingresos, que son las traducciones, y se ve en la obligación de encontrar otras nuevas cuanto antes, o de replantearse su vida laboral y dejar el trabajo en la pequeña empresa familiar en la que campa a sus anchas, y buscar algo mejor remunerado, o de pedir un aumento de sueldo al jefe, en el peor momento posible para hacerlo. La primera alternativa es la única que le gusta, pero también la más difícil. El resto, no quiere ni pensarlo.
El jefe está triste, porque su separación es definitiva. Hace cuatro días ha tenido lugar el juicio por la demanda que su ya ex mujer interpuso contra él. Por su forma de hablar y de interpretar los hechos, está claro que alberga mucha más esperanza de lo que la estadística permite de conseguir la guardia y custodia de sus hijos, y, con ella, su casa. Y su vida.

Viernes por la tarde, en el trabajo. La empresa está en un pequeño centro comercial de un pueblo, en el que hoy, viernes por la tarde, se inaugura un centro para la infancia, con servicios de psicología y logopedia, refuerzo escolar, técnicas de estudio…
A tales efectos, no basta con invitar a unos canapés y a una copita de cava. Como el centro es infantil, no escatimemos en medios y montemos un despliegue digno de recordar. Fiesta, música, amplificador, payasos y niños. Nos espera una tarde entretenida….
La situación empieza a degradar en extraña, por emplear un adjetivo. A eso de las cinco y media de la tarde, empieza el espectáculo. Debo reconocer que la nostalgia me embarga, y todos debemos admitir que, payasos como los “míos”, nunca más los ha habido. Toda la música era la que yo escuchaba en la infancia, la gallina Turuleta, el auto de papá, hola don Pepito… Me emocioné y todo.
Eso sí, el jaleo montado, entre música, niños, madres, payasos y globos, era digno de un circo, y no de unas galerías en las que, compartiendo planta con la función, hay un dentista, una podóloga, una constructora, un centro de estética, una tienda esotérica, una peluquería y una autoescuela, la mayoría trabajando.

En pleno auge de “cómo están ustedes”, y con el acceso a la autoescuela más que complicado, llegan los alumnos del curso de ciclomotor. Cuando se abre la puerta de la autoescuela, no se oye más que el espectáculo. Bueno, y cuando se cierra… lo mismo.
La vibración del momento es anómala. Pero no sólo por los payasos y los niños. Es de noche, hace frío y es una tarde atípica. Es una tarde distinta a las más de doscientas tardes de viernes que he pasado allí. Algo ocurre.
Algo está a punto de ocurrir.
¿Cómo están ustedeeeeees?....
Llega mi jefe con la cara desencajada. Acaba de recibir una llamada de su abogado comunicándole la sentencia: lo ha perdido todo. Me deja a cargo de los alumnos, y se encierra en su despacho. Llora.
Mi corazón late a mil pulsaciones por segundo. ¿Qué hago? Objetivamente, el tema no es tan trágico. No es el primer hombre que se separa y a quien deniegan la custodia de los hijos y el domicilio conyugal. Ni será el último.
Pero, a través de sus ojos, es una tragedia. Porque, en realidad, lo es.
¿Qué se le dice a una persona que acaba de perder todo por lo que ha luchado y trabajado durante media vida?
Poco acerté a decir. Y creo que cuanto más lo intentaba, peor salía. Me partió el alma, y mucho más de lo que su mente egocéntrica y simple le permitirá notar. Tanto es así, que me ha costado dormir, que no podía dejar de imaginármelo como lo vi ayer, llorando, desesperado. Supongo que el niño que lleva dentro tendrá que crecer de golpe. Y supongo que, una vez más, no verá la mano que le tiendo.
Y a escasos metros, siguen los payasos, los niños, la música… precisamente esta tarde de viernes, de entre las más de cincuenta que tiene el año.
Es curioso cómo la alegría y la tristeza pueden compartir un pequeño escenario tan generosamente. Prácticamente se tocan la una a la otra, sin molestarse, y, a la vez, sin dirigirse la palabra. Es casi increíble que cerca de un corazón alegre se encuentre otro sin esperanza, y al lado de éste último, uno roto en mil trozos. Y así sucesivamente, con todos los corazones aparentemente unidos, pero realmente separados por mundos enteros. Parece mentira que en unos metros cuadrados se unan tantas fuerzas y tantos sentimientos tan distintos.
Y que sea tan difícil…(¡imposible!)... decirle a alguien “estoy aquí” y darle un abrazo...
Miseria
Hace un mes que no escribo nada. Y cuanto más espero, peores noticias…
En todo este tiempo, me he quedado sin ordenador durante un par de semanas. Pobre, estuvo en cuidados intensivos, con un virus y alguna que otra lesión. Ahora ya está curado, formateado, restablecido, con placa nueva y en plena forma. Cómo lo eché de menos…
Mi cochecito también tuvo que pasar por chequeo médico, y ya tengo el papelito verde de “coche viejo, pero tirandillo hasta 2007”. En el diagnóstico, me recomendaron fervientemente cambiarle la correa de distribución, por los kilómetros que llevo… pero todo se andará, porque ahora no está el horno para tal desembolso.
Pasé una mala racha anímica, con toda probabilidad producida por el otoño, la estación más triste y en la que me voy apagando poco a poco hasta el invierno, donde, sencillamente, sobrevivo. La primavera no tarda tanto en llegar.
Y ahora, para colmo de todo mal, tras una época de constante tirantez con mi jefe, cuyo juicio por separación se celebra (nunca he entendido por qué este verbo; suena a alegría…) pasado mañana, resulta que me quedo sin mi principal fuente de ingresos, que era la traducción de una revista cada mes. Porque la editorial la cierra. Sin más.
Y con la nómina que cobro, no es que no llegue a fin de mes, es que no aguanto ni la primera semana. Y no es una hipérbole…
Así que, se comprenderá que me queden pocas ganas de escribir en el blog, porque para contar miserias… Cierto es, que así escrito, no suena tan grave. Pero para mí, lo es. Necesito encontrar traducciones cuanto antes, porque tengo ahorros para un par de meses, a todo tirar. Sé que soy buena, y sé que valgo. Pero necesito una oportunidad. He mandado currículos a editoriales diversas, a ver si a alguien le inspiro confianza y me encarga algún librito, alguna corrección…algo.
Suerte tengo de mi recién nacida afición por lo espiritual, el reiki… en resumen, los otros puntos de vista. Me he aficionado a leer a Kryon (aunque sin tomármelo todo al pie de la letra, porque puede llegar a asustar) y a todo aquel que es capaz de dar nuevas perspectivas sobre el consabido de dónde venimos, adónde vamos, qué hacemos aquí…
No sé el porqué de este cambio en mí, de esta necesidad de aprender y de comprender más. Aunque las cosas nunca suceden porque sí, y puede que, una vez más, todo esté interconectado.
Es curioso. Un día me matan la incertidumbre y el temor a tener que cambiar de trabajo y renunciar a traducir y a trabajar de administrativa a la vez, en la empresilla de cerca de casa. Al día siguiente, soy puro optimismo, y estoy convencida de que conseguiré trabajo de traducción, y mejor pagado que la revista, y que seguiré en la empresilla cerca de casa, traduciendo y encima, contenta, porque este “susto” me habrá servido para darle a mi jefe su justa importancia: sólo es mi jefe. Y no es verdad que esté harta de trabajar para él. Estoy cómoda, y quiero quedarme.
Hoy estoy con altibajos. Aunque, a medias con mi hermana y mi madre, con la excusa de estar deprimidas (yo por el trabajo, mi hermana porque le han hecho una desgracia en la peluquería, y mi madre por tener dos hijas deprimidas) hemos acabado con una barra entera de turrón de chocolate. Porque lo valemos, qué demonios… Y es cierto, es antidepresivo. Yo que “me había quitado” del chocolate, a ver si voy a recaer.
En fin, esperemos que las cosas vuelvan a su cauce y que el cosmos se alinee para que todo funcione.
De todas formas, sigo agradecida por todo.
Siempre se puede estar muchísimo peor.






