Feliz Navidad
No. Ya no estoy positiva.
Sí. Se puede estar peor. Hay desgracias terribles, lo sé. Pero eso no significa que tenga que agradecer el haber "pisado mierda" (con perdón) estos últimos meses.

Espero que los inconvenientes (no, no, no; no son desgracias, son putaditas) a los que me estoy enfrentando desde hace unos meses terminen con el año.
Feliz Navidad y próspero 2006 (y los que fumáis, os jodéis, dice la coletilla este año....)

Un abrazo y energía positiva a la blogosfera, de una fumadora en racha.
Ahora comprendo
Yo siempre he tenido amigos. Unas veces mejores y otras peores. En ocasiones más, en ocasiones menos. También me caracterizo por tener ex amigos. Es cierto, un amigo (al menos por ahora) siempre se bromea con ello.
No quiero repetirme, pero mi mejor amigo se fue hace más de siete años, y sé que nunca tendré una amistad como aquella. Cuando lo perdí, creía que nunca podría superarlo. El dolor era incluso físico. La dura mano del destino, que yo entonces sentía como la guadaña de la muerte, me oprimía el estómago. Y no lo soltó en años. No he dejado de añorarle ni un solo día, ni lo haré durante el resto de mi vida.
De entre mis incontables amigos y ex amigos, he tenido casi todas las relaciones amorosas y físicas de mi existencia. Uno de mis primeros “novietes” se convirtió más tarde en un buen amigo, con el que compartí algunas noches de soledad conjunta, en las que nos acompañábamos mutuamente y nos dábamos cariño y fingíamos querernos. Amistad y sexo pueden ir de la mano. Sí.
Con los años, las distancias fueron acortándose y alargándose. Temporadas de gran amistad, temporadas de gran vacío…. Hasta que la distancia se hizo tan y tan larga que no supimos encontrar el camino de vuelta. Ahora, si tropezamos por casualidad, nos saludamos como vecinos de escalera. Siempre me he preguntado por qué, e incluso le he llegado a echar de menos… pero si no me he molestado en ir a averiguarlo, será que, en el fondo, tampoco me importa tanto.
Desde que mi amigo del alma murió, me acerqué a su familia, que era conocedora de la unión casi mística que teníamos los dos. Incluso me la ratificaron, lo que en momentos duros siempre es un destello de alegría. Entablé amistad con sus padres y su hermana. Iba a visitarlos, me sentía cómoda con ellos. Me sentía cerca de él. Lo sentía cerca de mí.
Desde el primer año, se ha celebrado una comida navideña en su casa, con los amigos presuntamente más allegados, los padres y la hermana. La primera fue durísima para mí. El resto, cuando menos entrañables.
El actual “vecino de escalera”, mi amigo de antes, se enamoró de la hermana de mi amigo muerto. Empezaron a salir, pasaron los años, se casaron y ahora han tenido un hijo. Desde su boda, hace más de dos años, apenas sé nada de ellos. Si la encuentro a ella, nos hablamos, nos contamos, nos prometemos vernos, y luego nunca lo cumplimos. Él: como un vecino de escalera. Pero de esos que se nota que no te soportan. Tanto es así, que ni él, ni ella, ni su madre me dijeron nada del embarazo y del posterior parto. No conozco al bebé. Y curiosamente, me han dicho que es idéntico a su tío, mi amigo, mi vida. Lástima, porque no creo que llegue a conocerle nunca.
Nadie puede imaginarse cuánto le extraño.
El domingo pasado, se celebró la tradicional comida navideña. Hace un par de años, los padres se separaron y la comida se mudó de casa. Y posiblemente también de propósito, aunque no podría jurarlo.
El domingo pasado, se celebró la tradicional comida navideña. Y no fui invitada.
No comprendo por qué el yerno “vecino de escalera” quiere verme lejos. ¿Tendrá miedo de algo? Es la única explicación que se me ocurre. Poco convincente, sí, pero mi conciencia duerme como un tronco. No le he hecho nada malo a él, ni a ella, ni a la familia.
Comprendo entonces que haya ejercido su influencia para dejarme al margen.
No comprendo, en cambio, su animadversión hacia mi persona, pero tampoco me ha quitado el sueño, lo confieso.
Comprendo así que la madre, teniendo que escoger entre su hija y yo, la eligiese a ella. Faltaría más.
No comprendo, sin embargo, el motivo de dicha disyuntiva. Somos adultos, civilizados, y podemos comer juntos en una misma mesa sin matarnos. Bueno, al menos, yo sí puedo.
Comprendo que no todo el mundo está cortado por el mismo patrón y que hay personas con las que no comparto absolutamente nada. No hay que forzar las cosas. No hay que intentar unir mundos separados.
No comprendo, con todo, que una señora de cierta edad quiera inventarse excusas baratas para justificar sus acciones. Una persona es libre de tomar decisiones, que, al menos por mi parte, siempre serán respetadas, pero siempre debe afrontar las consecuencias. Y no intentar tratarme de estúpida, porque no lo soy. Y las excusas no cuelan. Bueno, tal vez si me las hubiera dado en persona… pero ni eso.
Además, esa comida es en honor a su hijo…
…¿no?
Después de pasar unos días llorando sin tregua, intentando comprender por qué no podía asistir a una comida en honor a la persona que más he querido en el mundo, intentando descubrir cuál había sido mi pecado para no ser bienvenida, y tratando de que la mano del destino me soltase el estómago por segunda vez… lo entendí todo.
El error ha sido mío desde el principio. Yo creía que acercándome a su familia, me acercaba a él.
Y no.
Él era él.
Y se fue.
Y nadie puede reemplazarlo.
Esa comida es un teatro. En realidad, sé que, de entre todos los asistentes, uno opina que con los años hay que olvidar ciertas cosas, otro va porque su hermano es el yerno, otro por amistad con la madre, otro por compromiso…
Lo más increíble de todo es que, ahora que se han acabado las lágrimas, me siento liberada. Es una sensación extraña. Como si hubiera terminado una responsabilidad en mi vida. Y nunca me acerqué a esa familia por obligación ni por compromiso. Lo hice con todo el amor del mundo y lo volvería a hacer una y mil veces. Pero, en vista de que el sentimiento no es mutuo, lo mejor es que las cosas hayan terminado así.
Os deseo lo mejor, familia.
Ha llegado el momento de tomar caminos distintos.
Lluvia intensa
Sigo viva.
Sigo en “racha”.
Me quedé sin curro y todavía no he encontrado nada. ¿Alguien necesita traductora?
Ahora me he quedado sin coche. Una inútil le dio un golpe estando correctamente estacionado. En principio, lo cubre el seguro. Pobrecito. A la buena mujer se le cayó el monedero, y se le ocurrió agacharse a recogerlo. Y mi cochecito, que estaba esperándome, paró al monovolumen en pleno descarrilamiento.
Me he quedado sin tarjetas de crédito. Una tiene la banda magnética hecha trizas. La otra, se la tragó el coche de mi hermano (es que no encuentro otra explicación). El otro día tuve que dejar la compra en el súper, y salir pitando al banco, a ver si me daban dinero sin tarjetas ni libreta, con el consecuente bochorno y el carrito de la compra lleno.
Mi jefe vive en la inopia, se niega a aceptar la realidad, y me estresa. Escribe cartas a los periódicos, a las emisoras de radio y televisión, busca en Internet asociaciones de padres separados. No entiende que lo suyo es un caso más y que le no queda otra que asumirlo. Le aprecio y no soporto ver que va directo a estrellarse, y que su nube sube y sube, con lo que la caída resultará mucho más estrepitosa.
El próximo domingo, se celebra una tradicional comida navideña en casa de los padres de aquel amigo mío que murió, y al que sigo echando de menos como el primer día. Mi alma gemela, mi confidente. Mi querido mejor amigo. Dicha comida ha tenido lugar cada año, y, como mejor amiga de mi mejor amigo, no he faltado.
Este año, no he sido invitada.
No lo entiendo.
Este año, por primera vez en mis treinta y uno de existencia, he comprado un décimo para la lotería de Navidad. Si es cierto que después de la tormenta llega la calma, me toca seguro. Y si sigue la racha, no rascaré un céntimo. Tengo un cincuenta por ciento de posibilidades: o me toca, o no me toca.
Hace una semana que no dejo de sangrar por la nariz, como una cocainómana cualquiera. Y juro que, a pesar de esta mala racha, aún no me he dado a la bebida o a las drogas. Mis vicios siguen siendo el ordenador, el tabaco, la serie “Perdidos” y el sudoku.
Y ya tengo dos niveles de Reiki. Puedo hacerlo a distancia. Creo que funciona, pero mi lado escéptico me pide más pruebas de las que tengo. Dualidad, pugna entre lo espiritual y lo terrenal, dudas… no sé. ¿Alguien necesita terapia energética?
A lo mejor esta serie de catastróficas desdichas es una prueba del destino para mi crecimiento personal. Porque, cierto es, que todo esto me llega a pasar hace un año y me hundo (soy de fácil ahogamiento, lo reconozco). Pero, sorprendentemente, estoy tranquila, positiva y optimista. A veces pienso que demasiado. No me reconozco. Estoy cambiando.
Sigo dando gracias por todo. Siempre se puede estar peor…






