Febrero
Cada vez paso más tiempo sin escribir. En realidad, tengo muchas cosas aparcadas y aún no sé si las retomaré todas. Por lo pronto, hoy me he sentado delante del ordenador con fines creativos, lo cual ya es un gran paso.
El final del año pasado fue pésimo. Incluso me llegué a asustar porque tantos problemas en cadena me sonaron a “mal de ojo”. Un mal de ojo no tiene por qué ser una maldición consciente y dirigida por parte de otra persona. La envidia, los celos, los malos deseos… pueden transformarse en malos presagios, malos consejeros para quien los siente, y malos resultados para quien los sufre. Pero no me considero lo suficientemente importante como para que nadie me tenga envidia, ni lo suficientemente mala como para que nadie quiera maldecirme.
Diciembre fue un mes cuando menos intenso. Parece que desde que perdí parte de mi sustento económico, o uno de mis dos trabajos, todo iba a recorrer una fuerte pendiente descendente. Suerte que, al ser el último mes del año, es fácil recurrir a aquello de “año nuevo, vida nueva” como elemento de consuelo y tranquilizador (y algo tonto, también, para qué negarlo). Porque llegó un momento en que temí que tenía a alguna sombra negra planeando sobre mí, y que cada día sería peor que el anterior.
Para empezar, la familia de mi alma gemela, que me cuida desde el cielo, me da la espalda. Y eso duele. Sé perfectamente que ellos no son él, y mi amigo era él, y ya no está, y cerca de ellos no estoy cerca de él. Pero duele. Él está conmigo, de alguna forma, porque cada día le recuerdo por algo. Y esa es la manera de acercarme a él. Pero se ha cometido una injusticia conmigo. Y no soy mala.
Diles que yo no soy mala.
El día de nochebuena, al despertar por la mañana, enciendo el móvil. Me sorprende ver una llamada perdida de mi casa, a las tres de la madrugada. Afortunadamente, soy una persona tranquila de espíritu y nada alarmista, aunque sé que algo ha ocurrido.
Ese algo es un accidente de coche de mi hermana del que, por suerte, al margen del susto, ha salido prácticamente ilesa, aunque le ha costado el coche. Con esto no apunto al materialismo, sino a que el impacto fue tremendo, de frente contra una roca. Cualquiera que vea ese coche, pone la mano en el fuego por que sus ocupantes no han salido vivos de ahí dentro.
Las fiestas navideñas, en cambio, son las mejores que recuerdo en años. En mi familia se respiró una paz y una unión que no recordaba haber vivido nunca. Tal vez por el susto de mi hermana, que volvió a nacer, porque mi hermano volvió a casa por navidad, porque todos crecemos, maduramos, y nos vamos conociendo y aceptando con nuestros defectos y virtudes, y con nuestros buenos y malos momentos, o porque este año tocaba que fuera así. Y espero que no sea el último.
Pero la paz navideña no nos concedió un solo día de retribución. Justo después de fiestas, mi madre tuvo que ingresar en el hospital, con una crisis respiratoria aguda. Curiosamente, empecé a pensar que menuda estupidez era el haberme hundido por perder un trabajo un par de meses antes, o por sentirme ignorada por mi jefe.
Tal vez la vida quería darme una lección, porque tiempo atrás había empezado a valorar las cosas y a darles su justa importancia, pero aparentemente se me estaba olvidando. Me apartaba del camino y tenía que volver a él. Pero, mierda, ¿es necesario darme estos sustos? Basta de mala racha. Tampoco creo haber hecho nada tan malo.
Mi madre estuvo una semana hospitalizada. Esa semana, yo estuve totalmente ida, por la incredulidad que me acompañaba durante aquellos días. La gota colmó el vaso y empezó a desbordar. Sé que no son desgracias, que todo está saliendo bien, menos mal que dentro de lo malo, todo es bueno…
Pues no. No, no y no. No quiero seguir dando las gracias, lo estoy pasando mal, y encima me siento culpable por ello. ¿Por qué no tengo derecho a pasarlo mal? ¿Quién o qué hace que me sienta una criminal por eso? He nacido en el lado afortunado del mundo, y lo paso mal. ¿Con qué excusa?
¿Es que acaso necesito una excusa?
Mi conflicto podría definirse más como eterno que como interno, porque siempre está mi dualidad mareando la perdiz. Tengo dos almas dentro que discuten por todo… Al final, la solución será el divorcio. Que una de ellas se marche para siempre…
Entre accidentes, hospitalizaciones, invisibilidades laborales, soledad, abandono, y el recién llegado invierno, que me mata, tuve algunos problemas domésticos con los desagües. Un buen día, tras encender un velón navideño que, junto a una herradura dorada y un poco de sal, iba a alejar las malas energías de mi entorno, empezó a llover en el baño pequeño. Literalmente. Al oír el sonido de agua cayendo de no sé sabe dónde, el susto fue poco. Y al verla saliendo a chorro del foco halógeno, los ojos se me salieron de las órbitas. Metafóricamente.
Subí a sacar al vecino de su apacible baño, y me enteré de que algunos pisos habían tenido problemas con los desagües. Esta pila no traga bien, aquel plato de ducha se emboza… Como suele suceder, por desidia, por pereza o por causas ajenas a nuestra voluntad, las cosas no se arreglan hasta que ya es tarde. Y el primer día laborable del año, ciertamente, fue tarde. Me desperté algo más pronto de la hora habitual, y me pareció oír un sonido como el del trago de un gigante. Al abrir la puerta del dormitorio, sentí un nauseabundo olor a baño sucio, a alcantarilla. Y cuando me encontré chapoteando en el pasillo, me di cuenta de que la cosa era seria. Del plato de ducha, a borbotones, salía agua sucia (eufemismo para lo que “claramente” era). El pasillo inundado, y la “abominable criatura de la cloaca” reptando imparable hacia el salón. Mi primera reacción, como persona adulta, madura y con recursos que soy, fue ponerme a chillar, a llorar y a acordarme de todas las familias de todos mis vecinos. Pero enseguida me dije que aquello poco iba a solucionar, me puse unas zapatillas, un suéter cualquiera, y visité a todos los vecinos, llamé a la administración de fincas, a la constructora, a los de la instalación de tuberías… y no llamé a Moncloa porque no encontré el número.
El problema se arregló, y parece que ahora el agua fluye con normalidad, al igual el resto de todas esas pequeñas contrariedades que terminaron el año conmigo.
Llegué a dudar que con el final del año terminasen mis problemas, pero por lo pronto, las cosas marchan. Aún no he encontrado traducciones, pero empiezo a notar un movimiento que me dice que la cosa está cerca. También me he atrevido a pedir el aumento que creo que merezco a mi jefe y, con un poquito más de vino de la cuenta, en un buen restaurante, me atreví a eso y a decirle todo lo que llevo dentro desde hace tanto tiempo. Lo del aumento está por ver, porque aunque dialécticamente me sé vencedora y con medalla, la sartén por el mango la tiene él. A finales de mes me dará una respuesta. Y en el terreno personal, dejé en aquel restaurante un lastre de cuatro años y medio. Casi levito al salir. Luego fuimos a tomar unas copas, y charlamos distendidamente de otros temas. Lo cierto es que, si yo he descubierto a otra persona en esa cena, espero que la sensación sea recíproca. Tal vez pensar que ese día marcará la línea entre un antes y un después sea algo exagerado… pero, sinceramente, espero que no.
Puede que las cosas ahora recorran una pendiente ascendente. Y que todo vaya mejor a partir de ahora. Lo cierto es que estoy tranquila, optimista y positiva. El Reiki es otro de los temas que tengo aparcados, porque soy contraria a hacer las cosas por obligación (excepto las inevitables) y no me ha apetecido tocar el tema, ni en su forma teórica ni en la práctica, durante varias semanas. Pero ayer vi un libro sobre Reiki que me llamó la atención, y voy a comprarlo. No tardaré en retomarlo.
Creo que estoy volviendo. El descarrilamiento ha sido un poco aparatoso, pero estoy de nuevo sobre raíles. A partir de ahora, las cosas sólo pueden ir mejor…
… Ah… lo de la inundación tiene gracia al leerlo, pero puedo prometer y prometo, que no hace ninguna al vivirlo…






